Minnie escribió:
Upridge
En España, hay que admitirlo, no son demasiado famosas esas cuatro Gracias de Curlandia.
Pero lo curioso del asunto es que no era la primera vez que uno de sus amantes la hacía a un lado "por culpa" de una de sus hijas. Su hija mayor Wilhelmine había iniciado allá por 1801 una aventura sexual, en la efervescencia de la juventud, con el que entonces era el compañero sentimental de Anna Dorothea, el aristócrata finés Gustaf Mauritz Armfelt. Cuando Wilhelmine se embarazó de Armfelt, fue imposible que Anna Dorothea no se diese por enterada del affaire, que le hizo llevarse un buen berrinche. El resultado de aquello fue una niña ilegítima, Vava Armfelt, de la cual se hicieron cargo en Finlandia. Wilhelmine estuvo sobrada de tiempo para lamentar el haber tenido que renunciar a Vava Armfelt.
Considerando el episodio Armfelt de Wilhelmine, con la que mantenía una relación poco materno-filial, Anna Dorothea se quedó literalmente apabullada por las circunstancias cuando hubo de afrontar que su pequeña Dorothée prevalecía ampliamente sobre ella misma en el interés del muy maduro pero aún fascinante Talleyrand del Congreso de Viena. Para Anna Dorothea debió ser la definitiva toma de conciencia de su propia edad, iniciaba el declive mientras sus hijas protagonizaban algunas escenas inolvidables en la Viena del Congreso.
En cuanto a Dorothée, la posibilidad de irse a Viena con el tío Talleyrand fue una maravillosa válvula de escape a la tremenda frustración que le producía su matrimonio con Edmond. Hay que pensar que Dorothée, adolescente, había estado muy románticamente prendada del aristócrata polaco Adam Jerzy Czartoryski, una de las figuras de la corte imperial de San Petersburgo, amigo Alexander, primero zarevitch y luego zar, y además según se comentaba vinculado sentimentalmente a la bellísima esposa alemana del propio Alexander, Elizabeth Alexeyevna. Anna Dorothea había jugado sucio, con la connivencia del que antaño había sido su querido y más que probable padre biológico de Dorothée, el también polaco Alexander Batowski, para evitar cualquier idilio de su hija Dorothée con Adam Czartoryski. Aquello no era lo que convenía en aquel momento, la gran señora ya tenía en mente un casamiento francés de relumbrón para la petite Dorothée.
Dorothée nunca fue ni remotamente feliz junto a Edmond, que debía ser un perfecto ejemplo de "bueno para nada", un mozo que tenía un puesto de mucho lucimiento en el séquito de Berthier pero que sólo pensaba en demostrar su habilidad jugando a los naipes con fuertes apuestas por medio y en galantear mujeres de dudosa reputación. Por lo que se sabe, independientemente del "carrerón" de su madre y de sus tres hermanas mayores, Dorothée, que llegó a Francia siendo una mocita escuálida, fue una esposa sufriente y virtuosa para Edmond. Pese al ambiente en el que se movía, Dorothée conservó una reputación de decente esposa de Edmond hasta la etapa Congreso de Viena. Ahí surgieron los rumores sobre la clase de relación que sostenía con el tío Talleyrand y, ya puestos, ahí se consumó su aventura con el apuesto aunque un tanto vano conde Clam Martinic.
Minnie, no sé si tienes o no razón cuando dices que en España no se conoce mucho a la Duquesa de Sagan ni tampoco a sus hermanas, pero es que en mi experiencia conozco a muy pocos que sepan que una vez hubo un señor que se llamó Talleyrand. Me temo que la curiosidad nacional por los grandes hombres y mujeres de la historia que nacieron y vivieron más allá de las fronteras es muy pequeña, lo cual quizá podría imputarse a la desastrosa costumbre nacional de traducir los nombres de la gente. Así, por ejemplo, ¿qué curiosidad podría nadie perfeccionar si para saber algo de la hija mayor de la Duquesa de Courlande tuviera que buscar por Guillermina de Sagan? Al no encontrar nada lo normal sería que se desentendiese, y a sí sucede, que somos un país de desentendidos e indiferentes.
Hasta donde tengo entendido en el verano de 1800 la duquesa de Sagan, que lo era desde primeros de año, andaba un tanto cabreá porque la reina Luise de Prusia, con la que se caía respectivamente mal, le había dejado compuesta y sin pretendiente, al convencer al calzonazos de su dueño y señor de que negase a su primo Louis-Ferdinand el derecho a pegar un braguetazo colosal con la recién titulada Duquesa de Sagan, la cual era un primor de 19 añitos sentada en la mayor fortuna de Europa, ya que su padre, segundos antes de perecer, había desheredado por pendón a su desatada hija Johanna, pasando lo que le habría correspondido -el condado de Náchod- a su primogénita y favorita. Con tales dones era natural que Louis-Ferdinand, que no tenía dónde caerse muerto, alucinara pepinillos con el ardor que le mostró la jovencita en la umbría de los bosques de Löbichau, aunque para consternación de todo el mundo el ucase de la implacable belleza del pañuelazo y el bofio le dejó tal y como estaba: tieso del todo. Wilhelmine se lo tomó fatal, intuyo porque a la sazón andaba muy necesitada de los bajos (las cuatro hermanitas, que jamás se parecieron mucho a las de Louise Mary Alcott, alcanzaron la posteridad con un asombroso record familiar: todas ellas, en algún momento de sus vidas, disfrutaron una "enfermedad de nueve meses"), de
modo que puso sitio al coyuntural amante principal de su mamá, el general Von Armfeldt, a la sazón asesor financiero de cabecera (el secundario seguía siendo Batowski, al cual mantenía cómodamente hospedado en un pequeño schloss de las proximidades, por si las urgencias), tras lo cual comenzó a ser asesorada con frecuencia. Dado su carácter descuidado se asesoraba en todas partes de la casa (Löbichau es un supercasoplón), aunque con la mala pata de que un día la madre los pilló en pleno asesoramiento. Hay diversos relatos acerca de cómo se lo tomaron, casi todos ellos de tipo muy melodramático, pero en mi opinión personal, siendo las dos esencialmente prusianas, supongo que no se desencajaron demasiado. En realidad todo eso da lo mismo, pues lo importante fue que pocas semanas después las dos descubrieron que tenían un problema bastante peor. Pese a una boda orquestada a toda prisa con un príncipe parásito francés, Louis de Rohan Gemenée o algo por el estilo, el tripartit consideró que no habría forma de camuflar de prematuro/a a lo que viniera, de
modo que se inclinaron por un parto de tapadillo, bajo nombre supuesto, en la lejana Hamburgo. La partera era incompetente, la cachorra muy grande y la consecuencia resultante que Wilhelmine ya nunca tendría que preocuparse de preñeces indeseadas. Quizá en venganza por eso impuso a la criatura el nombre de Gustava, y tras eso se la encajaron a unos primos Armfeldt del general Von Armfeldt. Es notorio que años después Wilhelmine de Sagan hizo todo lo que pudo, y varias veces (liarse con el Zar fue una), para recuperar a su hija del pecado, aunque sin éxito. Fue de las pocas cosas en las que esta gran mujer,
modelo indiscutible de la perfección femenina, no consiguió salirse con la suya.
La Duquesa de Courlande que habría matado por ser la châtelaine de Talleyrand en septiembre de 1814 rondaba los 54 y estaba para los leones, o casi (moriría seis años después, tengo entendido que del corazón, como años después le sucedería a su hija mayor). Es perfectamente natural que Talleyrand le agradeciera los servicios prestados. Quizá no demostrase mucha humanidad al desinstalarla de su vida como haría con un zapato viejo, pero Talleyrand, cuando le convenía, razonaba como un hombre de estado, y el jefe de la legación francesa en el Congreso de Viena no podía presentarse en los salones del bracete de una yaya, por venerable que fuera. De ahí que apostara por Dorothée, con lo cual hizo muy bien (ningún miembro de ningún cuerpo diplomático se lo reprocharía).
No creo que a Dorothée le apesadumbrase demasiado disfrutar un marido imbécil, putero ad nauseam y que se jugaba hasta la ropa interior de su señora. Era, por entonces, el destino de las aristócratas: casarse con el primer idiota de gran nivel que se lo propusiera, engendrar un heredero y a vivir, que son dos días. Así lo hizo Wilhelmine, que durante cinco años sostuvo un matrimonio triangular con Louis y con Armfeldt (a éste no lo desinstaló tras parir), al punto que iban juntos a todas partes, a París también, y los dos miraban hacia otro lado con admirable bonhomía cada vez que la duquesa les pegaba el salto; también lo hizo así Pauline, que tras casarse con el estólido príncipe Hollenzollern-Hechingen resistió junto a él lo justo para engendrar, y en su momento parir, a su único hijo Konstantin, para tras eso mudarse a Viena y emprender una vida que hacía las delicias de la yellow press imperial; una vida en la que pronto se le reunió la tercera hermana, Johanna, casada gracias a gestiones de su madre con un noble italiano, un Duque d'Acerenza del que se cuenta que las esposas ardientes no le gustaban demasiado, al punto que cinco años después Jonanna-Jeannette le dejó plantado y se fue fue a vivir a Viena con Pauline. Al inicio del Congreso de Viena, por cierto, la correlación de amantes en presencia era como sigue: Wilhelmine con Metternich aunque ya planeando cambiarlo por el Zar, y además Alfred Windisch-Grätz (era tonto de capirote, pero habría dado celos a Nacho Vidal), y Pumpernickel y Sir Christofer Lamb para el asunto del de vez en cuando; Pauline con el general Vallmoden (y otro más cuyo nombre ahora mismo no recuerdo), Johanna con el barón Gentz y Dorothée ya velando armas con Talleyrand (el bello checo Clam-Martinitz aún tardaría en manifestarse). Eran, en fin, cuatro hermanitas deliciosamente depravadas. Lástima que la historia no nos haya regalado muchas más como ellas.