Aqui tienen un relato acerca de la supuesta relacion del Rey con Marta Gaya, del libro "Un rey golpe a golpe" de Patricia Sverlo
Aparte de los numerosos manejos, nunca probados, para impulsar la renuncia al trono de Juan Carlos, aquel año 1992 –de triste recuerdo para la Reina- dejó el nombre propio de Marta Gayá grabado en las páginas impresas de varios medios de comunicación, que por primera vez hablaron de una amante del Rey con inusitada frescura, provocando turbulencias políticas de distinto alcance.
Después de treinta años de matrimonio y de una lista de amantes a la que nadie se aventura a poner cifras, el Rey perdió la cabeza por Marta Gayá, reputada decoradora, divorciada de un importante empresario productor de galletas del que tiene un hijo, alta y esbelta, de ojos verdes, siete años menor que el Rey y residente en Mallorca todo el año, en un lujoso chalet de La Mola, zona exclusiva para ricos y famosos. Se conocieron en 1990 y pasaban juntos muchos fines de semana y otros periodos no vacacionales en los que el Rey comenzó a descuidar las obligaciones familiares e, incluso, las oficiales.
Sus encuentros eran protegidos al principio con gran cautela, pero su apego se volvió tan intenso que el secreto fue breve. Sofía fue de las primeras personas que se enteró, el 29 de junio de 1990, en una cena que ofrecía el Rey en el Beach Club de Mallorca con ocasión de las regatas de la Copa del Rey y en honor de Karim Aga Khan y de Alberto de Mónaco. Asistían al convite unos 200 comensales, todos sentados ya, como manda el protocolo, cuando llegaron el Rey, la Reina y sus ilustres invitados. Pero una mesa todavía estaba vacía. Casi a los postres, descortésmente tarde, se presentaron José Luis de Vilallonga, el príncipe Tchokotua y su esposa y Marta Gayá. En lugar de enfadarse, y para humillación de la Reina, el Rey se levantó de su asiento y fue a saludarlos efusivamente. Los presentes comentaron que aquello tenía que estar previsto y que era una especie de demostración de amor de Juan Carlos, quizá para hacer más o menos pública su relación con Marta Gayá. De otro
modo, la falta de delicadeza que había mostrado con la Reina no podía explicarse.
(…) La aventura con Marta Gayá comenzó a ser un problema más tarde. Primero, porque las relaciones del monarca siempre habían sido más breves e intermitentes y ésta ya empezaba a durar demasiado. Marta, una profesional seria y una señora respetable, no se prestaba fácilmente a una relación pasajera. Su relación parecía cosa formal y podía poner en peligro, incluso, el matrimonio regio en una edad difícil para Juan Carlos, la cincuentena. Pero, sobre todo, se convirtió en un conflicto de verdad cuando las escapadas del Rey empezaron a tener consecuencias políticas.
Las turbulencias comenzaron gracias al Presidente del Gobierno. Cuando el 18 de junio un periodista de El País le preguntó a Felipe González si había consultado con el Rey el nombre del ministro que sustituiría en Asuntos Exteriores al fallecido Francisco Fernández-Ordóñez, el Presidente contestó: “No he podido hacerlo porque el Rey no está”. Pero en la agenda del monarca no había ningún viaje. El País publicó que el Rey estaba en Suiza para someterse a un chequeo médico rutinario, pero el general Sabino Fernández-Campo desmintió la noticia en la radio y dijo literalmente sobre el viaje: “Bueno, lo que yo creo, y lo que se me ha dicho, es que está descansando, un pequeño descanso de montaña que le viene muy bien”. Su expresión ‘lo que se me ha dicho’ despertó suspicacias de todo tipo.
Sabino habló telefónicamente con el Rey para que volviera a España cuanto antes. Juan Carlos regresó apresuradamente el sábado 20 de junio por la mañana. Despachó con Felipe González antes del mediodía y comió con el Presidente de Sudáfrica, Fredierik de Klerk, que estaba de visita oficial en España. Sin embargo, se perdió la celebración del último cumpleaños de don Juan, su padre, con su familia. Por la tarde Juan Carlos ya estaba de nuevo en Suiza, en una localidad cercana a Saint-Moritz. La Reina fue sola a la cena en la residencia del Conde de Barcelona en Puerta de Hierro y al día siguiente presidió, en sustitución del monarca ausente, la apertura de la Cumbre Iberoamericana.
En total, el Rey estuvo en Suiza del 15 al 23 de junio, víspera de su onomástica, que tampoco contó con la tradicional celebración en los jardines de Campo del Moro. El horno no estaba para bollos. Ni siquiera fue a la tradicional corrida de toros de la Asociación de la Prensa. Y para colmo, el Príncipe tampoco aparecía por ningún sitio. Según la explicación oficial, estaba entrenando con el equipo olímpico de vela. Pero otros relacionaban su ausencia con el fuerte disgusto que le había provocado la ruptura con Isabel Sartorius-"
“La polémica no cesó. Por el contrario, El Mundo destacó unos días después que como consecuencia de la escapada, se había incurrido en un presunto delito de falsificación de documento público. En efecto, según el Boletín Oficial del Estado el Rey había firmado en Madrid una ley (la sanción real para la creación de la Universidad de La Rioja) un día en que estaba en Suiza, el 18 de junio. “O el lugar es falso, o la fecha es falsa, o la firma es falsa”, afirmaba El Mundo. Y advertía que, aunque el rey no está sujeto a responsabilidad según la Constitución, al presunto delito le correspondía, según el Código Penal, una pena de entre 6 y 12 años de prisión. El columnista Javier Ortiz ponía la puntilla: “Lo mismo va la gente y se cabrea y le da por pensar que tal vez un presidente de república podría salirme más económico. No sería la primera vez que este país hiciera, por así decirlo, Borbón y cuenta nueva”.
Cuando ya todo parecía haberse calmado, en agosto, la revista francesa Point de Vue sacaba la historia del Rey con Marta Gayá. Habían llamado a la clínica en la que supuestamente el rey había estado descansando en Suiza y les colgaron el teléfono abruptamente. Citaban fuentes del entorno de la Zarzuela para hablar de Marta Gayá como explicación del misterio. Y también hacían referencia a la relación del Príncipe con la Sartorius, que “envenena desde hace tres años la atmósfera madrileña”. Al día siguiente lo reproducía El Mundo en una nota de portada, ampliada en la información interior.
La nueva tormenta política se centró esta vez en descubrir qué fuente había filtrado la información a la prensa. En un complicado enredo, se señalaban y se culpabilizaban unos a otros. La primera en publicar muy solapadamente algo sobre el romance mallorquín del Rey había sido la revista Tribuna en 1990. En 1992 es cuando ya se descubrió abiertamente. En medio de todo este lío, y lo más rápido posible, El Mundo había eliminado la nota en la primera página de la primera edición y también quitó algunos párrafos de la información interior, suavizando y matizando sus comentarios. Pero Pedro J. Ramírez no iba a librarse así como así de la responsabilidad.
De repente, y por sorpresa, Diario 16 difundió en portada que el culpable de las filtraciones había sido Mario Conde. Y el Rey llamó personalmente al banquero y éste dijo que no tenía nada que ver. Y el Rey también llamó a su amigo Giovanni Agnelli, presidente de Fiat y máximo accionista del grupo Rizzoli, propietario de la revista Oggi y del 45% del accionariado de El Mundo. Y Agnelli llamó al presidente de Rizzoli y éste a Unidad Editorial, matriz empresarial del diario El Mundo, pidiendo la cabeza de Pedro J. Ramírez.
El director del diario madrileño salvó el pellejo de milagro en un almuerzo de conciliación entre Conde y el Rey al que llegó a los postres el propio Pedro J. el 12 de septiembre de 1992. Para ser perdonado por la Casa Real, Pedro J. Ramírez, a instancias de Mario Conde, se vio obligado a asegurar que había sido en realidad Sabino Fernández-Campo quien había filtrado la información. Esto le serviría a Conde para recomendarle al Rey que cesara al general de su cargo.
Conde pudo evitar también que los socios italianos vendieran su paquete de acciones y abandonaran El Mundo. Y todo quedó solucionado, aunque nada claro. Porque el 24 de septiembre, la revista italiana Oggi publicó un completo reportaje contando otra vez la historia del Rey con Gayá. Aderezaba el texto con numerosos comentarios críticos sobre un monarca que “estaba siendo poco reflexivo”, “menos diligente en sus obligaciones”, “tan enamorado que parece un muchacho”,etc. Está claro que la prensa extranjera no se rige por las mismas normas.
Aquí El Mundo no repitió la aventura de publicar insensateces sobre el monarca nunca más. Tribuna, por su parte, sustituyó al director Julián Lago por Fernando García Romanillos, que entendió que los temas de la Casa Real no incrementaban el número de lectores y sí hacían perder publicidad
En cuanto a Sabino Fernández-Campo, el general salió por la puerta falsa de la Zarzuela muy poco después”.