Las (des) memorias de Laurence Debray y el error de Juan Carlos I
En 2017 se publicó un libro coral titulado Rey de la democracia. Victoria Camps, Francesc de Carreras, José Luis García Delgado, Javier Gomá, Juan Francisco Fuentes, Santos Juliá, José-Carlos Mainer, Charles Powell y Fernando Puell redactaron cada uno un ensayo cuya suma de todos abrazaba el largo reinado de Juan Carlos I. Epilogó el libro Mario Vargas Llosa. La pieza se tituló Un acto de justicia. El fallecido premio Nobel escribió entonces, casi tres años después de la abdicación de Juan Carlos I, que "a medida que discurra el tiempo, el balance de los historiadores irá haciendo crecer su figura [del rey padre] de estadista y terminará por reconocerse que los treinta y nueve años de su reinado habrán sido, en gran parte por su tino y astucia, los más libres, democráticos y prósperos de la larga historia de España".
Y añadía: "Ahora se ha puesto de
moda desdeñar y criticar este sereno tránsito de la dictadura a la democracia […] pero con la perspectiva que da el tiempo terminará por reconocerse que esta inteligente y sensata transición trajo enormes beneficios a España y le ganó el respeto y la admiración del mundo entero. Y, sin duda, le ahorró traumas y violencias que hubieran dificultado enormemente su inserción en el primer mundo".
En esa misma línea de evocación se mantuvieron los discursos del Rey con motivo, ayer en el Palacio Real, de la imposición de los Toisones de Oro a la dignísima reina Sofía ("una mujer admirable que ha entregado toda su vida adulta a servir dignamente a España y por ello se ha ganado para siempre el respeto y afecto del pueblo español" en palabras de un también condecorado Felipe González) y al expresidente socialista durante trece años y secretario general del
PSOE durante 34 y a los ponentes de la Constitución, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca.
En esa síntesis de afirmaciones sencillas de Vargas Llosa se contenía la historia de éxito de Juan Carlos I, imposible que fuera o haya sido ‘robada’ como él y su discutible y discutida biógrafa, Laurence Debray, aducen para justificar un libro que transcribe los recuerdos del rey abdicado con omisiones sustanciales y afirmaciones injustas y desafortunadas en un relato superficial y victimista que no hace justicia al propio Juan Carlos I y que quizá busca propósitos divergentes. El padre del Rey trata de explicarse rebelándose contra comportamientos propios que sombrean sus muchos logros. La escritora francesa, por su parte, ha encontrado el punto de apoyo para patrimonializar la notoriedad de la coautoría de un texto cuya vocación es la de terminar en guion de una serie de Netflix.
Como ha ocurrido en nuestra historia más de una vez, el rey padre ha seguido los peores consejos (los del impulso visceral) y ha desatendido los sensatos (los exigentes de contención), cometiendo un error que frustra el intento común de una nueva proyección de su figura y su obra desconectadas de los severos motivos que le obligaron a su abdicación en junio de 2014 y a su expatriación punitiva en agosto de 2020. En ese interregno de seis años, Don Felipe tuvo que calibrar la gravedad de actitudes y comportamientos de su padre, para él desconocidos, y que explican cabalmente su extrañamiento y su alejamiento de cualquier actividad institucional.
El oficio de reinar, y de dejar de reinar, es duro porque hacerlo es un proyecto de vida, una entrega completa al destino de la Nación, como con muy oportunas palabras recordó el pasado 27 de octubre Jaime Alfonsín, exjefe de la Casa del Rey (2014-2024) y responsable entre 1995 y 2014 de la secretaría personal del Príncipe de Asturias. En su discurso de ingreso como académico de número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Alfonsín aludió a los criterios generales que deben informar la educación de la heredera, pero también a principios aplicables a los miembros de la familia real. Y uno de ellos es saberse limitados todos ellos, y el que fuera rey con más motivo, en el ejercicio de los derechos que los ciudadanos gozan en plenitud. Entre ellos, el de la libertad de expresión para amparar con el silencio y la discreción los intangibles de la monarquía parlamentaria.
Las memorias de Juan Carlos I no se atienen a los usos de la Casa Real (en España solo la infanta Eulalia , hermana de Alfonso XII, redactó sus memorias que se publicaron en julio de 1958, meses después de su fallecimiento), ni al precedente de su padre, Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, ni a los propios compromisos que adquirió el monarca abdicado con su hijo, Don Felipe, en la carta que le remitió el 5 de marzo de 2022. Entonces, archivadas las tres diligencias de investigación prejudiciales incoadas por la fiscalía, don Juan Carlos fijó su residencia en Abu Dabi y garantizó al Rey su propósito de ‘privacidad’.
Es desolador comprobar que el que fuera un gran rey de España, quizá el más admirado y querido durante al menos cinco lustros por la mayoría de los ciudadanos, ha incumplido la discreción normativa de la Casa Real, los precedentes de sus ascendientes y hasta el compromiso personal con su hijo, el Rey. Y así, cuando el tiempo jugaba a su favor, cuando su historia comenzaba a reescribirse en sus luces y no solo en sus sombras, don Juan Carlos comete un error (¿el último?) que hace coincidir con un aniversario en el que muchos ciudadanos, y, en particular, los hijos de la transición deseaban rendirle un justo reconocimiento.
De la mano, incomprensiblemente, de una escritora francesa que instruye a los españoles sobre cómo deberíamos considerar al que fuera nuestro rey, que prescribe lo que ya está escrito con más competencia que la suya sobre los méritos de don Juan Carlos y que utiliza la imagen del padre del rey para exclusivas de revista (especialmente desacertada la irrupción de ella y de él en un reportaje de estética incompatible con la naturaleza de la realeza), el cincuentenario de su proclamación se saborea agridulce e injusto para don Juan Carlos, pero, sobre todo, para la sociedad española y para el legado del gran pacto de la transición.
Sin entrar en más profundidades, un par de asuntos han de quedar nítidos. El primero es que la legitimidad de Juan Carlos I como rey de España tiene su origen en la Constitución de 1978, y no en ningún momento anterior. Esta cuestión aparece brumosa en las desmemorias de Debray que en su función de coautora no ha sabido en absoluto contextualizar la trayectoria del padre del Rey. El segundo asunto, es que Felipe VI, el legítimo jefe del Estado por decisión soberana de los españoles expresada en el referéndum constitucional de diciembre de 1978, ha adquirido día a día la legitimidad de ejercicio que extravió su padre y que exigió su abdicación.
El Rey y su Casa vienen respetando la voluntad de don Juan Carlos siempre que haya sido compatible con la reputación y el normal desenvolvimiento institucional de la Corona. Todas las hipótesis sobre don Juan Carlos y su futuro, que cumplirá 88 años el próximo día 5 de enero, están siendo contempladas en la Zarzuela. Nunca el Rey ha sido ‘insensible’ hacía su padre. Pero sí. Felipe VI ha sido antes Rey que hijo. Era y es su obligación. Como lo fue Juan Carlos I con su progenitor que, sin embargo, se cuidó de llevarse al pudridero de El Escorial (1993) los secretos de una trayectoria vital amarga pero que hicieron posible la monarquía parlamentaria, cúspide institucional de la democracia española. Es el magisterio de la historia al que hay que atender en vez de despreciar.
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