Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Edward VIII, Un reinado de culebrón.
NotaPublicado: 12 Abr 2008 13:51 
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EDUARDO VIII, UN REINADO DE CULEBRÓN

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Luis Reyes, 30/01/06


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Menos de un año de reinado le bastó a Eduardo VIII para socavar el prestigio de la monarquía victoriana. En vísperas de la Guerra Mundial, abandonó el trono por una relación sadomasoquista. Jorge V había dicho: “Tras mi muerte, el chico (su heredero, Eduardo VIII) arruinará su vida en doce meses”. Se equivocó; le bastaron once. Sin embargo nadie podía adivinar aquel 28 de enero de 1936, hace ahora 70 años justos, que el entierro de Jorge V sería el último fasto del Imperio Británico.

En aquel momento, Inglaterra era la indiscutible primera potencia mundial, su inmenso imperio abarcaba la mitad del planeta, y su monarquía era universalmente respetada y admirada. Pero cuando la comitiva fúnebre enfilaba palacio, la cruz de diamantes que adornaba la corona real, colocada sobre el féretro, se desprendió y cayó por los suelos.

Aunque los ingleses no sean muy supersticiosos, fue inevitable pensar en una señal de mal agüero. Efectivamente, en muy pocos años comenzó la II Guerra Mundial e Inglaterra pasó a potencia de segunda y perdió el imperio. En cuanto al prestigio de la monarquía británica, no duraría tanto. Como había previsto el difunto Jorge V, Eduardo lo destruiría en menos de un año.

Las exequias del rey, no obstante, estaban impregnadas de la majestad que transmitía la familia real. La viuda, la reina Mary, con su figura de riguroso negro expandiendo dignidad, los cuatro bien plantados hijos del monarca, impecables en sus uniformes militares escoltando el féretro... Esas figuras eran, sin embargo, como personajes siniestros de un drama shakesperiano, cuya presencia en escena sólo puede desembocar en tragedia. La reina Mary, en primer lugar, tan imponente... demasiado. Dicen que jamás les había dado un beso a sus hijos, quizá por el resentimiento de que su matrimonio fuese un apaño “de segunda mano”. Ella estaba prometida, en efecto, con el hermano mayor de Jorge V, pero cuando el novio murió de sífilis, lo substituyeron por Jorge.

El déficit afectivo en que crecieron los vástagos reales explica sus enfermizos caracteres. El primogénito padecía una clara desviación sexual sadomasoquista, que le convirtió en esclavo de la primera mujer que le maltrató. Bertie, que sucedería a Eduardo como Jorge VI, sufría una timidez patológica que le provocaba tartamudez cada vez que se encontraba ante una audiencia; necesitaba fumar compulsivamente y fallecería de cáncer de pulmón con sólo 56 años. En cuanto al pequeño, el duque de Kent, simplemente le atraían las camisas pardas y las cruces gamadas; moriría en 1942, en un misterioso vuelo en el que al parecer se dirigía a Suecia para llegar a un acuerdo con Hitler.

Un último detalle macabro alrededor de las exequias de aquel rey virtuoso y consagrado a su deber. Su muerte tras larga enfermedad, el 20 de enero, había sido provocada por una inyección letal, una sobredosis de cocaína y morfina que le había suministrado –con autorización de la reina Mary, es de suponer– el médico real, lord Dawson of Penn. No se trataba tanto de eutanasia para aliviar el sufrimiento del moribundo como de la necesidad de controlar la hora del óbito: antes de las 12 de la noche, para que pudiera dar la noticia The Times, el periódico respetable, y que no llegase al público a través de los diarios vespertinos, que eran prensa amarilla. La razón de Estado por encima de todo, hasta el último momento.

Ahora podemos interpretar todas esas circunstancias como sombríos augurios, pero hace 30 años la opinión pública acogía con optimismo el nuevo reinado. Eduardo VIII les parecía un monarca “moderno” que traía aires de renovación. Quitando el pequeño círculo que le conocía bien –en aquella época la vida privada de la realeza no estaba bajo el escrutinio de la prensa– era lógico pensar así. Eduardo, que en realidad se llamaba David, había sido un perfecto príncipe de Gales. Guapo, amable, sin el estiramiento de la realeza victoriana pero siempre elegantísimo, luciendo como nadie los uniformes militares o los trajes inventados para él –el tejido Príncipe de Gales–, se había beneficiado del desarrollo de los medios de comunicación, pues era uno de esos personajes de quienes se enamora la cámara.

Era la persona más fotografiada del mundo y siempre salía bien en las fotos. Y aunque aún no existía la televisión, aparecía constantemente en los noticieros cinematográficos, en actos oficiales, compitiendo en múltiples deportes, en alegres jolgorios... Siempre transmitiendo simpatía, carisma y savoir faire. “El hombre que todos los hombres querrían ser y con quien todas las mujeres querrían casarse”, decían los cronistas, el David Beckham de antes de la guerra. Uno de sus encantos es que tenía cara de niño y parecía mucho más joven de lo que era. Quizá por eso el público no era consciente de una grave falta del nuevo rey.

Tenía ya 42 años y no se había casado. La primera obligación dinástica de un monarca es asegurar la descendencia legítima. En el momento de subir al trono, Eduardo debería llevar casi 20 años casado y haber tenido varios hijos cuando era joven. Pero el príncipe de Gales se había manifestado tan refractario al matrimonio como aficionado a las mujeres casadas... con otros. A los 24 años se había echado su primera amante oficial, Freda Birkin, esposa del honorable Dudley Wards y luego del español marqués de Casa Maury. Fue una relación de muchos años, primero como enamorados y después como amigos.

En las cartas que el príncipe le escribía a Freda, que han sido publicadas, se mostraban ya inquietantes rasgos de carácter. Muchas están escritas en un grotesco estilo imitando la media lengua de un niño pequeño, pero lo que dicen es tremendo. El príncipe de Gales desearía morir joven, teme volverse loco y es anoréxico. La siguiente relación adúltera fue con lady Thelma Furness, una americana habitual de los ecos de sociedad, entre cuyos numerosos amantes estaría el Aga Khan. Y a través de ella conoció a la que sería funesta para su destino, Wallis Simpson, una aventurera a quien su primer marido había hecho educar sexualmente en un prostíbulo de China. Wallis descubrió a primera vista que el príncipe era un masoquista al que le iba la marcha, lo maltrató y lo convirtió en su marioneta. Todo esto era ignorado por el público. Cuando un sirviente palaciego descubrió a Eduardo de hinojos, pintándole las uñas de los pies a Wallis como si fuera su doncella, no fue a vender la exclusiva a la prensa rosa, como haría hoy día, sino que pidió la baja, porque no podía soportar ver a su soberano haciendo de esclavo sexual. El rey Jorge V, sin embargo, estaba al tanto de lo que pasaba, pues el servicio secreto había recibido órdenes de vigilar a Wallis.

“Pido a Dios que mi hijo Eduardo no se case nunca y no tenga hijos”, llegó a decir Jorge V, previendo lo que iba a pasar. Porque efectivamente, el proyecto de Eduardo era casarse con Wallis Simpson en cuanto ésta obtuviera el divorcio de su segundo marido. El cataclismo político provocado por las intenciones del nuevo rey fue inmenso. Lo que Eduardo VIII pretendía era inconcebible en la realidad británica de la época. Simplemente el no ser de sangre real invalidaba a Wallis para casarse con el rey, según las leyes dinásticas. Encima era divorciada, lo que implicaba el veto de la Iglesia Anglicana, de la que el propio Eduardo era cabeza. Y por si fuera poco, se trataba de una aventurera de pésimos antecedentes.

Todas las fuerzas vivas del país, encabezadas por el primer ministro Stanley Baldwin, se opusieron al capricho real. Que la conservara como amante, bueno, al fin y al cabo casi todos los monarcas tenían esas debilidades. Pero antes de permitir aquella boda, el rey tendría que dejar de serlo. Todo esto ocurría bajo un manto de secretismo, pues la prensa británica de la época tenía un sentido de la responsabilidad nacional que le impedía publicarlo, tan grande se adivinaba el descrédito para la Corona.

En Estados Unidos, en cambio, los periódicos habían entrado en lo que un periodista americano llamó “la mejor historia desde la resurrección de Cristo”. Pero el mundo aún no estaba globalizado, Estados Unidos pertenecía a la periferia, y el público inglés permanecía en la inopia. Por fin, el 3 de diciembre de 1936, cuando la abdicación se presentaba ya casi inevitable, los periódicos británicos informaron del escándalo constitucional. El 11 de diciembre, en un castillo llamado Fort York, el rey Eduardo VIII se reunió con sus tres hermanos para dejar de serlo. Allí firmaron todos los documentos de abdicación y el traspaso de la corona al pobre Bertie, a partir de entonces Jorge VI. Luego, Su Alteza Real –pues ya había dejado de ser Majestad– leyó un mensaje a la nación por los micrófonos de la BBC, explicando las razones de su vergonzante retirada. El discurso se lo había escrito Churchill, que por ir a la contra había apoyado a Eduardo VIII. Habían pasado diez meses y 21 días del plazo vaticinado por Jorge VI para que Eduardo arruinara su vida.

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NotaPublicado: 07 Ago 2008 19:24 
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He encontrado esta foto de lo que parecer ser su casa en Paris.


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NotaPublicado: 08 Ago 2008 09:58 
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Que sorpresa de casa!!, yo pensaba que vivían en un palacete de la capital, de estilo barroco francés. Esa casa más bien parecen oficinas o una tienda!


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NotaPublicado: 08 Ago 2008 10:12 
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No, la culpa es mía, la foto es de Bryanston Court, se supone que ahí vivía Wallis en la época que conoció a David, futuro Edward VIII. Allá por 1930.

Me retracto, no es París. La foto superior es de Wallis en la casa.


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NotaPublicado: 08 Ago 2008 10:24 
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Sabbatical, hola ;) Podras contar mas sobre la historia de Eduardo y Wallis ? :-)


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NotaPublicado: 08 Ago 2008 10:29 
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Voy a intentar poner más artículos sobre ellos, lo que encuentre interesante (wink)
Cuando venga kalliope, le propondremos un tema sobre ellos....

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NotaPublicado: 08 Ago 2008 10:58 
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Voy a poner un artículo del periódico La Nación, publicado a raíz de la aparición de este libro, en español El Rey Traidor.

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NotaPublicado: 08 Ago 2008 11:02 
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LIBROS
Eduardo VII: de amante a espía
La Revista entrega este adelanto exclusivo del libro El rey traidor, del investigador galés Martin Allen, que intenta demostrar las vinculaciones nazis de Eduardo VIII, el hombre que fue rey de Inglaterra por trescientos veinticinco días y que abdicó por amor. ¿Por amor?


Durante un tour por Alemania, cuyo fin era conocer los proyectos industriales y edilicios del país, el matrimonio no perdió oportunidad de visitar la casa de descanso en los Alpes del mismísimo Adolf

Amoroso. Eso les pareció siempre el duque de Windsor a millones de mujeres que vieron en él al caballero romántico que renunciaba a su corona por amor. Al hombre más elegante del siglo pasado.
Pero siempre, entonces y ahora, otras versiones sugirieron que, aunque ésa fue la imagen que se proyectó por conveniencia de la corona británica, la abdicación se produjo por motivos bastante más oscuros.
El 20 de enero de 1936, la muerte del rey Jorge V de Inglaterra transformó a su hijo mayor en Eduardo VIII, el príncipe Eduardo, que reinó sólo entre el 20 de enero de 1936 y el 11 de diciembre del mismo año, cuando abdicó.
Eduardo mantenía desde hacía tiempo relaciones cariñosas con Wallis Simpson -a la que había conocido en 1929-, mujer divorciada dos veces y sin otro título honorífico que el de señora. Una vez en el trono, el rey quiso legitimar la situación y pretendió casarse. Si bien no era incorrecto que se casara con quien le viniera en ganas, no era aconsejable que lo hiciera contra el consejo del primer ministro o el sentimiento de la opinión pública, que por cierto vería con malos ojos a un rey desposando a una señora divorciada dos veces y cuyos dos maridos, para peor, se mantenían vivitos y coleando. Wallis no tenía siquiera la respetabilidad de una viuda.

Podía elegir casarse y arriesgarse a una crisis política; hacer un matrimonio morganático -en cuyo caso su mujer y sus hijos no participarían de honores reales o herencia alguna-, abdicar y casarse, o abandonar a Wallis.
Eligió abdicar. O fue obligado por el premier Stanley Baldwin. Su hermano Jorge VI, duque de York, fue el nuevo rey, y Eduardo nombrado duque de Windsor. Se le ofrecieron dos opciones: ser subdelegado regional en Gales u oficial de enlace en la delegación militar británica en París. Eduardo eligió lo segundo.
El libro El rey traidor, de Martin Allen, asegura que este puesto le permitió inspeccionar más de 1500 kilómetros de defensas francesas y que mediante su amistad con Charles Bedaux, un riquísimo hombre de negocios francés con vinculaciones nazis, le pasó un detalle minucioso sobre la posición de los mismos ejércitos a Hitler. El informe habría sido el responsable del resultado favorable a los ejércitos alemanes en la batalla de Francia, en junio de 1940.

Eduardo, dice Allen, era un fanático consciente de la ideología nazi, y no un ingenuo simpatizante de Hitler y aun antes de ser rey estaba convencido de que la Rusia soviética era una amenaza trágica para Europa y elogiaba abiertamente a la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Y ése, dice Allen, habría sido el verdadero motivo de abdicación tan apresurada. Inglaterra no podía tener un rey fascista.
Fue mejor, entonces, transformarlo en un amante torturado.

Se conocieron en una fiesta en casa de lady Thelma Furness. Wallis y su marido, Ernest Simpson, eran amigos de Thelma, y coincidieron con alguna regularidad en casa de ésta hasta que empezaron a verse una vez a la semana, aproximadamente, en la casa que tenían los Simpson en Bryanston Court. Eduardo iba allí a tomar el té con Wallis, y la amistad creció hasta el punto de que el príncipe invitó en mútiples ocasiones al matrimonio a que pasaran el fin de semana en la casa y retiro rural de Eduardo, Fort Belvedere. Lo que surgió entre ellos fue una pasión lenta, no un flechazo instantáneo, y no hay forma de saber si Wallis miró a Eduardo con buenos ojos desde el principio. Lo que sí se sabe es que después de conocerse bien, Wallis empezó a buscar la compañía de Eduardo en forma creciente, hasta que se estableció entre ambos una relación profunda; y Eduardo se enamoró perdidamente de ella.
Sin embargo, mientras Eduardo se enamoraba de Wallis Simpson, había otra influencia que ya penetraba en su vida. Sería un secreto muy bien guardado en el interior de las esferas superiores del poder británico. Eduardo, príncipe de Gales y futuro rey, sentía un entusiasmo desbordante por la ideología política de nuevo cuño que recorría Europa: el fascismo.

Desde el asesinato del zar Nicolás y su familia, Eduardo, al igual que casi toda la realeza, sentía un miedo cerval hacia el bolchevismo, y estaba horrorizado y firmemente convencido de que la Rusia soviética intentaría la conquista ideológica de Europa.
Su entusiasmo dejó de ser una inclinación personal, y empezó a elogiar los progresos que se estaban haciendo en la Italia de Mussolini, a sentir una clara adoración por Hitler y los nazis alemanes.
Estudiaba los planes de Hitler para reducir el desempleo, el milagro que se había producido en la economía alemana tras la llegada de los nazis al poder, y su admiración crecía. Llegó incluso al extremo de declarar públicamente que Gran Bretaña debía tender la mano, en señal de amistad, al régimen hitleriano. Jorge V, enfurecido, acusó a su hijo de comportamiento anticonstitucional por intervenir en la política exterior de otro país y hacer declaraciones germanófilas. Por desgracia, Eduardo no hizo caso a sus padre, ya que era fascista por naturaleza, y siguió dando indicios de por quiénes simpatizaba calificando a Francia y Gran Bretaña de "democracias chapuceras".

Dos meses antes de morir, Jorge V confió a lady Gordon-Lennox: "Quiera Dios que mi hijo mayor no se case nunca ni tenga hijos, y que nada se interponga entre Bertie (Jorge VI), Lilibet (Isabel II) y el trono". La salud del rey estaba ya seriamente deteriorada y muy poco antes de su fallecimiento vaticinó al primer ministro Baldwin que "cuando yo falte, el muchacho se hundirá solo en menos de doce meses". El rey Jorge V murió en enero de 1936, sin saber que se escucharían sus oraciones y sus vaticinios se cumplirían. Aunque la estrella del príncipe de Gales llegó a su cenit con su coronación como Eduardo VIII, empezó a declinar rápidamente cuando las autoridades y altas jerarquías que lo rodeaban comprendieron que su conducta caprichosa, su insistencia en entrometerse en política, sus inclinaciones dictatoriales y su fascismo declarado eran señal inequívoca de que el nuevo rey iba a representar un problema político y constitucional de primera magnitud.

Aquella noche leyó Eduardo el discurso de abdicación en el castillo de Windsor.
Delante del Palacio de Buckingham, en pleno centro de Londres, se manifestaron quinientos Camisas Negras de Oswald Mosley, haciendo el saludo fascista y gritando: "¡Queremos a Eduardo!" y "Uno, dos, tres y acierto, Baldwin vivo o muerto!" Otros Camisas Negras se manifestaron ante la Cámara de los Comunes, agitando pancartas que exigían: "¡Echad a Baldwin!¡Apoyad al rey!"Al día siguiente por la mañana hubo una concentración masiva de fascistas en Stepney y, ante un público de tres mil personas, sir Oswald Mosley exigió que se sometiera la abdicación al arbitraje del pueblo. Se rompieron ventanas y en las calles hubo peleas entre fascistas y socialistas. Gran Bretaña parecía al borde del abismo.
Wallis escuchó el discurso de abdicación en Villa Lou Viei, la casa mediterránea de Herman y Katherine Rogers, en compañía de sus amigos. Wallis diría siempre que escuchó las palabras de Eduardo con pesar silencioso, pero sobre lo que sucedió aquella noche hay otras versiones. Una criada que estaba presente dice que Wallis, haciendo una mueca, murmuró: "El imbécil, el muy imbécil".

El día de la boda, el jueves 3 de junio de 1937, lució un sol esplendoroso, pero fue en conjunto mucho más tranquilo de lo que había esperado Eduardo, muy distinto del acontecimiento real que había planeado. No asistió ningún miembro de su familia. Este desaire público ofendió mucho a Eduardo. Wallis escribiría después: "La orden tácita se había dado, el Palacio de Buckingham haría como si nuestra boda no existiera. No iba a haber reconciliación, ninguna muestra de reconocimiento oficial". Repudiado por su familia, Eduardo advirtió que muchos amigos suyos se distanciaban de él para no disgustar a la Casa Real. Los invitados que asistieron fueron vergonzosamente escasos, incluso para las costumbres modernas, y al final sólo había dieciséis amigos íntimos en el comedor de Candé, que es donde se celebró la ceremonia.
Lady Alexandra, esposa de Fruity Metcalfe, escribiría tiempo después: "Nos dimos la mano en el salón. Me di cuenta de que a ella debía besarla, pero no pude (...) A veces tenía detalles tiernos con él, le tomaba la mano, lo miraba como si lo amase, y entonces era imposible no conmoverse, pero la actitud de Wallis Simpson era demasiado formal. Como si acogiera con indiferencia la pasión de un amante más joven que ella. Supongo que en la intimidad será un poco más animada, de lo contrario tiene que ser deprimente." Entre los regalos de boda había una cajita de oro con una inscripción, aportación personal de Adolf Hitler.

El viaje de novios comenzó cuando el cortejo ducal subió al Orient Express; con 226 maletas y baúles, 7 criados y 2 perros, cruzaron Francia e Italia y llegaron a Venecia, donde los recibió una vitoreante multitud italiana que no paraba de hacerles el saludo fascista. Las banderas de las fasces mussolinianas ondeaban alegremente en el aire de la tarde soleada, y Eduardo, libre ya de las prohibiciones del gobierno británico y del Ministerio de Asuntos Exteriores, deleitó a la multitud estirando el brazo con la palma abierta para devolver el saludo al nuevo régimen italiano, repitiéndolo muchas veces mientras el cortejo ducal, protegido por la policía italiana, cruzaba la atestada estación y salía a la plaza donde aguardaban las góndolas. Las había enviado el mismo Mussolini y llevaron al grupo hasta el Lido. Ya los estaban esperando en el Hotel Excelsior.
Los Windsor se quedaron en Venecia tres horas y media y luego reanudaron el trayecto hacia el retiro austríaco de Wasserleonburg, donde iban a pasar la luna de miel.
Mientras estuvieron en Venecia, acompañados por el sonriente gentío y la flotilla de góndolas vistosamente pintadas, visitaron la basílica de San Marcos, el Palacio Ducal y la plaza de San Marcos, desde donde se dirigieron al Excelsior para tomar el té. Luego volvieron a la estación, donde un funcionario entregó a Wallis un centenar de claveles, de parte de Mussolini. Subieron al tren, sonó el silbato, y cuando el convoy se puso en movimiento, el sonriente Eduardo, de pie ante la ventanilla abierta, despidió a la multitud con el saludo fascista. El gesto fue recibido con un hurra de júbilo y un millar de brazos estirados.

Al día siguiente, Eduardo viajó otra vez con el doctor Ley. En Pomerania, el vehículo se detuvo para recoger al gobernador local y reanudó la marcha hacia Crossensee, donde estaba el cuartel general y campo de instrucción de las SS Totenkopfverbände (unidades SS de las calaveras). Allí, una banda interpretó el himno nacional británico, mientras una expertísima guardia de honor presentaba armas. Eduar-do dio el saludo nazi e inspeccionó las tropas, yendo y viniendo ante las filas formadas, con el SS Reichsfürer (jefe nacional de los SS), Heinrich Himmler, a su lado.
Aquellos hombres eran la flor y nata de las SS; integraban la guardia de honor de Hitler y le habían jurado fidelidad hasta la muerte, como daba a entender su emblema de la calavera y las tibias. Eran los SS mejor equipados y entrenados, aquellos a quienes se podía confiar las misiones más arriesgadas e impopulares al servicio de la nación, desde morir combatiendo hasta conducir a los judíos de Europa a las cámaras de gas.
Eduardo recorrió todo el cuartel, desde la imponente puerta principal hasta los pintorescos barracones techados con paja, pasando por las aulas donde los reclutas recibían el curso completo de adoctrinamiento ideológico que se exigía para ser miembro de las SS; en esas aulas los jóvenes aprendían prehistoria aria, seudoantropología y la falsificada historia de la mitología nazi. Terminado el recorrido, Eduardo vio lucirse a la crème de la crème en el campo de desfiles: tocaban las bandas, ondeaban las banderas, y Eduardo estaba en éxtasis.


Texto: Leila Guerriero

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NotaPublicado: 08 Ago 2008 15:22 
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sabbatical escribió:
Voy a intentar poner más artículos sobre ellos, lo que encuentre interesante (wink)
Cuando venga kalliope, le propondremos un tema sobre ellos....


Gracias Sabbatical ;) Sera un hilo muy bueno :thumbup:
Hay tantas cosas desconocidas en la historia de David y Wallis !! Toda este tema entorno con la implicacion de Eduardo VIII con la 2a Guerra Mundial era o es, casi desconocido para mucha gente. Yo habia oido alguna cosa, pero nada serio, y estoy impaciente por saber mas ;)


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NotaPublicado: 24 Ago 2008 00:46 
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Apasionante y con muchas incognitas la vida de este rey del que siempre se ha dicho que abdicó por amor, pero que ahora según parece abdicó por ser obligado a hacerlo.
También he leido que Eduardo había tenido una hija en 1.919 nacida en Colombia, sinceramente es la primera vez que me entero de la existencia de esta hija.


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Al día siguiente de su famoso discurso se despidió de su familia real, abandonó su residencia de Fort Belvedere para marchar al exilio forzado con el nuevo título real: Duque de Windsor. Primero fue a Austria por seis meses, siendo huésped de los barones de Rothschild, sus amigos personales y luego a Francia, donde se reencontraría con su amada Wallis Simpson. Solamente tuvo apoyo solidario de su única hermana, la Princesa Real María, quien poco después de esa abdicación tuvo que ir a vivir en Austria con su marido, el conde de Harewood y se instaló en el castillo de Enzenfeld, cerca de Viena. Como prueba de su lealtad, en 1947, la Princesa Real María se negó a asistir al matrimonio de su sobrina, princesa Isabel (Isabel lI) con Felipe Mountbatten en protesta por la no invitación a su hermano mayor, el duque de Windsor a dicha boda. Años después, en 1960 si fue invitado a asistir al matrimonio de la princesa Margarita, la hermana de Isabel II, pero se rehusó a ir debido a un conflicto familiar.

Aunque tradicionalmente se ha venido diciendo que abdicó por amor, en 2006 una investigación de la BBC sacó a la luz documentos y testimonios con los que se demostraría que la verdadera razón de su abdicación fue una conspiración urdida por el gobierno (presidido por Stanley Baldwin), la Iglesia de Inglaterra y miembros de la Familia Real. Al parecer era considerado demasiado moderno (como demuestra su actitud y su forma de vestir), un mujeriego y un desprestigio para la Corona por no respetar las tradiciones. Así, utilizando su matrimonio como excusa, le obligaron a abdicar.


Eduardo VIII del Reino UnidoEn Francia se casaron el 3 de junio de 1937 ante la presencia de pocos amigos de su confianza en el castillo de Candé, cerca de Tours. Después de su abdicación, Eduardo había sido nombrado Duque de Windsor (con tratamiento de Alteza Real) por su hermano menor, el nuevo rey Jorge VI. Su nueva esposa adquirió el título de Duquesa de Windsor pero no la dignidad de Alteza Real. Este hecho encolerizaría al duque durante muchos años.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el duque obtuvo el cargo de Gobernador General de las Bahamas (1940-1945), en aquel tiempo todavía una colonia británica. Después de la guerra, él y su esposa volvieron a Europa y vivieron otra vez en Francia donde pasaron juntos la mayoría de su vida. Eduardo visitaba a su familia en Inglaterra algunas veces, pero la familia real nunca aceptó a su mujer. La pareja nunca tuvo hijos.

Eduardo murió en París el 28 de mayo de 1972 y Wallis catorce años más adelante el 24 de abril de 1986. Los dos fueron enterrados juntos cerca del castillo de Windsor al oeste de Londres, concretamente en Frogmore a pocos pasos del conocido Mausoleo Real de Alberto y Victoria, bisabuelos del ex rey Eduardo VIII. Se cuenta que tiempo antes Eduardo, ya convertido en Duque de Windsor se negó a ser enterrado en la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor en calidad del rey de Reino Unido pues sabía que allí no enterrarían a Wallis y decidió que sus restos sean enterrados en el Cementerio Real de Frogmore junto a los de su esposa.

La casa natal de Eduardo VIII en White Lodge es la actual sede del Colegio Real de Ballet, luego de ser por mucho tiempo la residencia particular de los nobles británicos, que entre ellos se destacan los duques de Teck, abuelos maternos del Duque de Windsor.

La mansión de Fort Belvedere, donde residió el rey Eduardo VIII en Inglaterra hasta el último día de su breve reinado, poco después de su célebre abdicación, fué adquirida por un billonario canadiense para que sea su residencia privada al establecerse en el Reino Unido.

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NotaPublicado: 03 Jun 2009 18:07 
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Mensajes: 2149
Ubicación: Gualeguaychú
Hoy se cumplen 72 años de la boda entre Eduardo VIII y Wallis Simpson.


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NotaPublicado: 03 Jun 2009 22:06 
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Registrado: 17 Feb 2008 21:47
Mensajes: 18591
Apasionante ;)
Decididamente, el asunto Edward-Wallis siempre dará mucho pero mucho que hablar, porque fue una historia con tela para cortar...


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