La Otra Crónica. El Mundo 2/3/13.
‘LADIES OF SPAIN’
Andrew Morton (Dewsbury, 1953) fue bautizado el ‘terror de las monarquías’ desde que en 1992 publicara ‘Diana, su verdadera historia’, un libro en el que, con la colaboración de la propia Lady Di, destapaba las infidelidades del príncipe Carlos. Vendió siete millones de ejemplares y comenzó su carrera de biógrafo: Victoria y David Beckham, Tom Cruise, los duques de Cambridge... El próximo día 5 de marzo, Morton publica en España ‘Ladies of Spain: Sofía, Elena, Cristina y Letizia’ (La Esfera), el trabajo más exhaustivo jamás realizado sobre las interioridades de la Familia Real española y del que LOC les adelanta una pequeña parte de su contenido: «El rey preside una Corona hecha añicos, ya que su propia conducta y la de su yerno, Iñaki Urdangarin, son objeto de un escrutinio frío e implacable. Durante una crisis, el coste de la monarquía se convierte en un pararrayos por el que se canaliza el descontento. En el drama que está teniendo lugar, increíblemente una gran parte del peso recae en Letizia y su esposo». Estos son sólo algunos de los extractos del libro sobre nuestra monarquía que más dará que hablar. Una obra de imprescindible lectura para entender lo que pasa en la Casa Real española.
REINA SOFÍA: EN SU ADN ESTÁ AGUANTAR AL REY
" En marzo de 1963, Elías Bredimas, un político griego poco conocido, tomó la palabra en el Parlamento y preguntó acerca de la boda de la princesa Sofía y don Juan Carlos. Llevaban un año casados y circulaban rumores de que estaban a punto de separarse. ¿Qué iba a ocurrir con la cuantiosa dote (300.000 dólares) que les había concedido el Gobierno griego? Aquéllos fueron los primeros, aunque no los últimos, comentarios sobre la fidelidad del rey, que en aquellos años vivía bajo el estricto control de Franco.
Libre de la constante vigilancia de Franco, el rey se embarcó en una serie de amistades con otras mujeres. Hablaba todos los días con Carmen Díez de Rivera, jefa de gabinete de Adolfo Suárez, por la que se sentía fuertemente atraído. Se dice que, en una ocasión, al menos, el rey le manifestó su adoración: «Soy hombre antes de rey. Sencillamente, te adoro». Casi todo el mundo en España se encoge de hombros cuando se le pregunta por las infidelidades: «Bueno, ya sabes, es un Borbón».
En Toledo, la reina le sorprendería en compañía de Sara Montiel, aunque la actriz nunca lo ha reconocido. No era la única. Raffaella Carrá, Nadiuska, Sandra Mozarowski y Bárbara Rey, que grabó sus conversaciones con el rey. Según el historiador Amadeo Martínez Inglés, Bárbara estuvo cobrando dinero del Gobierno hasta 1996, cuando Aznar ordenó suspender los pagos. Durante los 80 al rey le gustaba desaparecer en compañía de la decoradora Marta Gayá.
Cuando en 1992 aparecieron dos reportajes sobre la relación, Felipe González denunció que se trataba de una conspiración extranjera. Se cuenta que en una cena en Mallorca, el rey le dijo a la reina que iba a saludar a sus suegros en una referencia a la familia Gayá.
Tal vez la presunta relación más tristemente célebre fue con la desaparecida princesa Diana, a quien sedujo en el palacio de Marivent. Diana habló con tres hombres sobre su experiencia con el rey: con el príncipe Carlos, con Ken Wharfe, su escolta, y conmigo, cuando trabajé con ella en Diana: su verdadera historia, en 1991. A Diana, don Juan Carlos le parecía encantador pero demasiado sobón y atento. Cuando le mencionó a su esposo este exceso de familiaridad, Carlos le dijo que no eran más que tonterías. Confundida y perpleja mandó llamar a Ken Wharfe, su escolta, desconcertado también porque don Juan Carlos le estaba tirando los tejos. ¿Qué debía hacer ella? Diana le dijo: «Es increíblemente encantador pero —ya sabes— un poco demasiado atento. Es muy sobón. Sabes Ken, creo que el rey me desea bastante. Parece absurdo pero estoy convencida de que es así».
Aunque Diana menospreciaba al rey por «jugar a ser un hombre del pueblo» y porque al haber nacido entre la realeza carecía de una visión exterior del mundo como la que ella tenía, se sintió halagada por sus atenciones. Cuando regresó a Inglaterra, Diana les habló inmediatamente a sus amigos sobre don Juan Carlos. «Un hombre muy libidinoso. Me sentía incómoda al estar con él en una habitación. Aunque os aseguro que no pasó NADA». Durante aquellas vacaciones, Diana se dio cuenta de que no era la única mujer que vivía una vida separada de su marido. La reina Sofía se encontraba en una situación parecida. Aquel incidente y los acontecimientos posteriores vienen a ilustrar la diferencia generacional entre doña Sofía y Diana. Mientras que doña Sofía,
que se había educado en la realeza en una época en que las mujeres aguantaban y callaban, llevaba una vida independiente y hacía la vista gorda a la conducta de su esposo, Diana pertenecía a una generación más joven de mujeres que no estaban dispuestas a sacrificar la única posibilidad de felicidad de su vida en aras del deber y la abnegación. Su valiente decisión de colaborar conmigo en su biografía, y de poner al descubierto el doble rasero que hay debajo de la imagen de cuento de hadas de su boda real, es algo que jamás se le habría pasado por la imaginación a doña Sofía.
Ella sigue adelante, todo sonrisas en público, pero derramando muchas lágrimas en privado. Como me contó una antigua cortesana de la reina: «No se hablan. Fingen hablarse en los eventos públicos. Ella ha llorado mucho por culpa de las amantes del rey. Estaba muy enamorada de él».
Doña Sofía pertenece a una generación para la cual los matrimonios dinásticos todavía eran habituales, y a una época en que se daba por descontado que un rey o un príncipe tenía por lo menos una amante. El estilo de vida de los reyes ha generado una respuesta más compleja por parte de sus hijos. Todos ellos han aceptado desde su infancia que la palabra del rey es ley, y que la persona con la que aspiren a casarse es una cuestión que afecta no sólo a la casa de Borbón, sino a la opinión pública española. Al mismo tiempo, doña Elena, doña Cristina y, sobre todo, don Felipe han torcido el gesto cuando sus padres, que siguen juntos por un profundo sentido del deber, les han dictado lo que tienen que hacer en los asuntos del corazón. Cuando el rey se va de cacería, sus hijos saben que es una excusa para pasar unos días con sus amigos y con su novia del momento.
Como me contaba una persona cercana a la corte: «Por supuesto que sus hijos se enfadan con él. Lo desaprueban, sobre todo cuando perciben la infelicidad de su madre. No obstante, desde su nacimiento les han educado en la idea de que el rey es el rey, y que es la persona más importante del mundo, no sólo para su familia, sino también para España». Lo cierto es que la reina no habla de esos asuntos con sus hijos. Sabe que es algo que el rey lleva haciendo toda su vida. El príncipe y las infantas saben que su padre no se casó con su madre por amor. Nunca ha estado enamorado de ella. Cuando los hijos de los reyes se hicieron adultos y empezaron a tomar decisiones vitales por su cuenta, ese conflicto entre responsabilidad dinástica y felicidad personal iba a llevar a la casa de Borbón por unos derroteros fascinantes e inesperados.
Muchos años después, doña Sofía les aconsejaba a sus hijos que se casaran por amor y no por obligación. El compromiso con la reina Sofía fue, según algunos, fruto de un genuino sentimiento de atracción más que de conveniencia dinástica. La fidelidad es otra cuestión. En 1961, tras pasar la noche con la condesa italiana Olginha di Robilant, don Juan Carlos le dijo que se había comprometido con una princesa real. A los 15 años, doña Sofía conoció en el Agamenón a Juan Carlos, que venía en representación de los orbón. Ella le describiría como «simpatiquísimo y bromista». Cuando don Juan Carlos se burló de los intentos de doña Sofía de aprender judo, ella le derribó sobre la cubierta. Pero a don Juan Carlos no le faltaban admiradoras. Tenía el mundo a sus pies. Era esbelto,rubio, con ojos azules, amante de los coches deportivos y de la gran vida. Las féminas le miraban con adoración cuando salía con sus compañeros de la Academia de Zaragoza y también estaba María Gabriela de Saboya, a quien Franco y don Juan consideraban demasiado liberal, aunque su compromiso con Juanito pareciera inminente.
RESIGNACIÓN
Tras la visita que Harald realizó a Grecia durante el verano de 1960, daba la impresión de que el anuncio del compromiso matrimonial entre el príncipe heredero y la princesa griega [doña Sofía] era sólo cuestión de tiempo. Fueran cuales fuesen los sentimientos de doña Sofía por el príncipe heredero, se dio cuenta de los verdaderos sentimientos de él cuando Harald se vio involucrado en un accidente de automóvil en Oslo. Aunque salió ileso, el orgullo de doña Sofía sí resultó herido al descubrir que la acompañante del príncipe no era otra que Sonia Haraldsen.
Un día, Franco le dijo a don Juan Carlos: «Ya basta de aventuras», y le entregó la correspondencia interceptada entre Juanito y su novia brasileña. Aunque acudió en compañía de María Gabriela a los Juegos Olímpicos de Roma, don Juan Carlos flirteó allí con la princesa Sofía de Grecia, a quien permitió afeitarle el bigote en el cuarto de baño durante una cena en el barco del rey griego. Doña Sofía, una mujer bastante austera, dotada del mismo núcleo de hierro que su madre, pero animada por un inteligente sentido del humor, era consciente de su elevado estatus. A diferencia de su madre, ella era taciturna, pero ambas tenían un sentido de la ambición parecido. Su futuro papel de reina estaba en su sangre y en sus genes. Era su destino. Sin embargo, la petición de matrimonio de don Juan Carlos tampoco estuvo a la altura del alto rango de doña Sofía.
Tras su breve pero intenso cortejo en Corfú —doña Sofía no fue la única que quedó impresionada por el «encantador y atractivo» español, pues su madre, la reina Federica, le describió como una persona «inteligente y amable», con unos irresistibles ojos claros y largas pestañas—, las dos familias volvieron a reunirse en Lausana, Suiza, en el mes de septiembre, para sellar el acuerdo. Durante las celebraciones, en el hotel Beau Rivage, don Juan Carlos lanzó al aire una cajita y gritó: «¡Sofi, cógelo,eh!». En la caja había un anillo de compromiso de oro con dos corazones de rubí —aunque posteriormente la reina afirmó que era una pulsera—. «Ahora nos casaremos».
La reina ha aceptado que el rey tuviera amantes como un fenómeno inevitable. Doña Sofía había demostrado valor y entereza a lo largo de los años, y su religión le aportaba solaz y consuelo. Y fue precisamente el rey el
que metafóricamente se pegó otro tiro en un pie cuando, a los pocos días, el 14 de abril de 2012, saltó la noticia de que había tenido un accidente durante una cacería de elefantes, altamente secreta y costosa, en Botsuana, donde el rey había acudido en calidad de invitado de un empresario saudí, Mohamed Eyad Kayali. En un momento en que el país estaba sufriendo una debacle económica, el padre de la nación había defraudado gravemente a su clan familiar.
Cuando salió a la luz que se había llevado consigo a la mujer que todo el mundo consideraba su amante, el rey quedó en evidencia como un viejo libertino que actuaba sin tener en consideración los intereses de su país —ni a su esposa—. El escándalo fue un golpe demoledor no sólo para el prestigio del rey, para la credibilidad de su matrimonio y para su posición frente a su familia y el público, si sino para el sentimiento de nación encarnado en la institución de la monarquía. Pero como me contaba una persona cercana a ella: La reina está comprometida con el rey. Está en su ADN. Le aceptaría aunque su amante estuviera en la cama con él. “En Casa Real todo el mundo la quiere mucho pero el rey es el rey”.
INFANTA ELENA
RENUNCIÓ AL AMOR
Según Morton, por sus padres descartó a Luis Astolfi, con quien compartía gustos y aficiones. Es patriota, amante de las dietas y la teletienda.
"Tal vez su faceta más interesante sea su falta de rencor por su hermano que le arrebató el lugar en la línea de sucesión aunque siga habiendo quien la prefiere en el trono antes que a don Felipe.
Doña Elena ha seguido acertadamente la idea de su padre de que la monarquía es una llama precaria que requiere constante atención. No fue una alumna particularmente brillante ya que prefería ver la televisión (Falcon Crest y Dinastía) y montar a caballo que estudiar. Sus maestros comentaban que "estar tan protegida en un colegio femenino hizo que diña Elena fuera más inmadura e infantil". Se especuló con que era una niña un tanto dispersa, un rumor que no ha cesado de perseguirla. Puede que en el colegio le tomaran el pelo pero la gente quiere mucho a la infanta Elena.
Está siempre a vueltas con el último régimen, siempre está probando la última dieta de
moda antes de ceder a las tentaciones. También le encanta coser y tiene otro secreto inconfesable: la teletienda. Su personalidad reservada y elegante oculta unas saludables ganas de vivir. Por eso el rey y doña Elena siempre han estado muy unidos. Cuando iba a recogerla al colegio se les veía bailando por la calle. Tiene una relación muy estrecha con su hermana. Cuando empezaron a hacerse mayores, recurrían la una a la otra para apoyarse. Sólo ellas eran capaces de comprender cómo ser infantas, en lugar de atraer a los hombres, los ahuyentaba.
Luis Astolfi no tenía un linaje digno de mención pero la infanta y él tenían mucho en común. Los dos vivían para la equitación y durante dos años estuvieron muy enamorados. Muchos creen que si hubiera habido más apoyo a aquella relación, hoy Elena seguiría junto a su apuesto jinete.
Lamiéndose las heridas, doña Elena siguió prefiriendo a los hombres corrientes a los aristócratas.
El arquitecto Alfredo Santos también se retiró. Cristina y Elena compartían desilusiones y preocupación ante la posibilidad de no encontrar a nadie dispuesto a enfrentarse con el circo mediático que lleva aparejado casarse con una infanta. En el caso de doña Cristina se trataba de Álvaro Bultó. Elena volvió al redil cuando conoció a Jaime de Marichalar, hijo de un conde, que asumió de buen grado las delicadas cuestiones de protocolo. Era el compañero perfecto, servicial, siempre dispuesto sin previo aviso. Marichalar sabía lo que quería, y estaba decidido a conseguirlo. Al final, doña Elena aceptó salir con él. Para entonces había aprendido, sin el mínimo asomo de duda, que no estaba destinada a vivir un final de cuento de hadas y que su corazón tenía que llegar a un compromiso.
Aquel era el precio de llevar sangre azul. Con el tiempo descubrió que Jaime, a diferencia de Luis Astolfi, su antiguo amor, tenía pocas cosas en común con ella, llegando a exlamar ante su padre que "ya no podía soportarlo".
INFANTA CRISTINA
PERSIGUIENDO A IÑAKI
El capítulo en el que se explica cómo conoció a Urdangarin. No cesó hasta conseguir que dejara a su prometida y a S.L., otra amante de Iñaki.
Carmen Camí supo por televisión que su novio, Iñaki Urdangarin, iba a casarse con... otra. Y que la mujer que se lo había arrebatado era la infanta Cristina. Sin poder dar crédito a lo que oía, Carmen echó un vistazo a su dormitorio, a la cama con las sábanas todavía arrugadas por la última visita de Iñaki un par de días atrás. Aunque el público español estaba encantado, Carmen se quedó destrozada. Todo el mundo estaba convencido de que Iñaki y Carmen iban a casarse.
La primera vez que Carmen descolgó el teléfono y oyó que la persona que llamaba era doña Cristina, le pasó amablemente el auricular a Iñaki sin sospechar nada. Al cabo de poco tiempo Carmen se dio cuenta de que la infanta Cristina telefoneaba varias veces. Un día las llamadas cesaron, pero no porque doña Cristina hubiera perdido el interés. Todo lo contrario: Iñaki le había dado el número de su teléfono móvil. Carmen no era la única a la que había engañado Iñaki. Más tarde descubriría que no sólo la había engañado a ella, sino también a su futura esposa, con otra amante. Iñaki era un chico muy atareado. No le bastaba con hacerle la corte a la infanta, también estaba saliendo discretamente con S.L., que trabajaba como secretaria en la consulta de un médico. Doña Cristina afrontaba las obligaciones de su sangre real a base de intentar estar por encima de ellas y dejar huella a su manera. Enormemente competitiva y obstinada.
En cuestión de hombres, doña Cristina era agresiva a la hora de ir en su busca, igual que cuando iba en persecución de un velero rival durante una regata. Le gustaba lo obvio: hombres deportistas, altos, sexis y musculosos. Tuvo como compañero de equipo a Fernando León, medallista olímpico de vela, al que conoció en 1983 durante un curso de vela. Doña Cristina aprendía deprisa, y acabó dándole lecciones a Fernando.
Un novio mucho más en serio fue Álvaro Bultó, hijo de Paco Bultó, fundador de las fábricas de motos Bultaco y Montesa. Su relación comenzó en 1992. A pesar de la presión a la que estaba sometido, a Álvaro le resultó muy difícil desvincularse de doña Cristina, que estaba decidida a que siguiera a su lado. Estuvieron saliendo más de dos años, pero al final Álvaro consiguió romper con ella. Fue un golpe para su naturaleza obstinada y decidida.
Iñaki era un joven discreto y hogareño. Cristina le dio caza sin tregua, acechando a su presa a través de amigos comunes, llamadas telefónicas y SMS. Él se dio cuenta de que aquella era una asociación que podría cambiar su vida. "Alucino: estoy colada por ¡un jugador de balonmano!", le dijo doña Cristina a una de sus amigas. No obstante, las apariencias engañan. Para Iñaki su decisión de matricularse en la ESADE obedecía sobre todo al deseo de demostrarle a su padre, a su suegro, a su esposa -y a sí mismo- que él era algo más que un chico guapo al que se le daban bien los deportes. Allí fue donde Iñaki conoció a un hombre llamado Diego Torres. Fue un momento decisivo para la vida de Iñaki -y para la joven monarquía española.
DOÑA LETIZIA
LA ESPERANZA REAL
Morton sostiene que nacer en un matriarcado le ayudó a conquistar al príncipe. El futuro pende de ella.
"Letizia y su familia nunca escuchaban el mensaje navideño del rey", dice un miembro de la familia. "NUNCA. Ella venía de una cultura y una mentalidad totalmente distinta de los partidarios de la monarquía. Fue como presenciar un choque de trenes".
El padre de Letizia, Jesús José Ortiz Álvarez estaba ensombrecido por la presencia de Menchu, su indómita madre. Junto con la política radical, aquel fue el segundo descubrimiento durante la adolescencia de Letizia: que los hombres, incluido su padre y, ya de paso, el rey, eran incuestionablemente el sexo débil. Sencillamente, así eran las cosas.
Letizia "era la típica hija mayor", recuerda un familiar. "Con una fuerte voluntad, independiente y decidida a hacer lo que ella quería".
En ocasiones la fuerte personalidad de Letizia resultaba difícil de asumir para sus hermanas menores y menos expresivas, sobre todo para la insegura Érika. Ésta vivía a la sombra de Letizia y nunca llegó a estar realmente a la misma altura. La convivencia con Letizia, una niña mandona, controladora y obsesiva, podía resultar difícil. Durante su adolescencia, esos mismos rasgos que exhibía Letizia siendo niña -ansiosa, obsesiva y nerviosa- se manifestaron en sus hábitos alimenticios. Nunca cocinaba ni mostraba el mínimo interés. Por añadidura, era extremadamente quisquillosa con lo que comía. Un familiar que convivió con los Ortiz en aquella época recuerda: "Letizia estaba muy delgada durante su adolescencia, y era muy maniática con lo que comía o dejaba de comer. Ahora me doy cuenta de que tenía algún tipo de desorden alimenticio, porque estaba obsesionada con su aspecto físico y se negaba a comer cualquier cosa que remotamente pudiera engordar".
En cuanto a novios, aunque Letizia había salido con algunos chicos de su edad, prefería a los tipos mayores. Mucho mayores. A la edad de 16 años, mientras seguía estudiando en el instituto Ramiro de Maeztu, Letizia conoció a un joven maestro llamado Alonso Guerrero, ambos empezaron a salir en secreto. Alonso le resultaba estimulante, inteligente, vibrante y lleno de vida. "Letizia era su alumna, y después de clase era su novia", explica un miembro de la familia. "A nadie le parecía mal. Iba a su casa a comer y a cenar".
Efectivamente, en cualquier caso Letizia fue menos precoz que sus hermanas, que se marcharon de casa y se fueron a vivir con sus novios siendo todavía adolescentes.
Lo que ella denominó su "momento Cristóbal Colón" consistió en viajar a México y Latinoamérica. "Para entonces Letizia se había cansado de Alonso". En aquella época conoció a Fernando Olvera, Fher, el cantante del grupo de rock Maná. Invitó a Letizia a un concierto. Después, ella fue a los camerinos, se puso a beber tequila al mismo ritmo que Fher, y al cabo de poco tiempo empezaron a salir juntos. Quienes habían visto hacerse mayor a Letizia no se extrañaron cuando ella y Alonso Guerrero acordaron casarse el 6 de agosto de 1998. "Alonso fue para Letizia un hombro sobre el que llorar cuando sus padres empezaron el proceso de separación y posterior divorcio", dice un miembro de la familia. El círculo más exterior de amigos de Letizia, sobre todo los que estaban al tanto de sus aventuras en México, estaban desconcertados.
Mientras, Letizia ascendía sin apenas esfuerzo por la resbaladiza pendiente del periodismo televisivo. Algo que no le venía mal a su carrera era el hecho de que, poco después de llegar a TVE, Letizia empezara a salir con David Tejera. en Letizia encontró a una mujer "con una ambición ilimitada", que estaba muy segura de sí misma. "Ella empezó la relación, ella tomó la iniciativa", recuerda un directivo. "Era una relación en toda regla. Él estaba enamorado de ella, y a todos los efectos estaban viviendo juntos". Y entonces llegó aquel fatídico encuentro en un bar de Malasaña con el príncipe Felipe. Llevó los pantalones en aquella relación. "Siempre he tratado como iguales a los hombres. Funciona muy bien". Letizia estaba decidida a tomarse las cosas con calma. Hizo bien en andarse con cuidado, ya que, según una persona próxima a la corte, don Felipe estaba saliendo con otra mujer más.
Otro directivo de televisión recuerda: "Letizia era muy lista. No quería que la relación se hiciera pública, sobre todo porque entonces todavía estaba saliendo con David Tejera". Tuvieron una importante pelea, puede que orquestada de forma deliberada por Letizia, y salió como un vendaval del apartamento de David, llevándose sus cosas. Tras la boda, en su papel se habría dado cuenta enseguida de que todos los rumores y los chismes sobre don Juan Carlos y doña Sofía eran ciertos. "Si don Felipe la hubiera tratado como el rey trataba a doña Sofía habría hecho añicos los muebles", observaba un familiar.
Al igual que sus niñas le han obligado a sentar la cabeza a don Felipe, la antigua presentadora de televisión le ha ayudado a abrir los ojos a la realidad. "Doña Letizia le ha abierto la mente a don Felipe".
LA OTRA CRONICA -
EL MUNDO, Sábado 2 de Marzo de 2013