Quiero abrir este hilo para poder recopilar, en la medida de lo posible, artículos (Si los hay), comentarios, cualquier tipo de escrito de este gran escritor, veo que no es fácil y que la información está muy dispersa, pero quizá sería bueno intentarlo.
Comienzo poniendo la necrólogica que le dedicó José Luis de Vilallonga en el periódico La Vanguardia, para que opineis y sobretodo... para que alguien me aclare quién es la tercera Infanta

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Ha muerto Juan Balansó en lo que todavía podemos llamar la flor de la edad, una planta de difícil clasificación pero a la que nadie se le olvida nunca echar agua. No éramos lo que se dice grandes amigos, pero nos conocíamos, nos apreciábamos y compartíamos parecidas preocupaciones ante problemas que no son siempre del dominio público. La última vez que le vi en vida fue aquí, en Barcelona, durante la presentación de una novedad de ediciones Zeta que presentaba nuestro común amigo Rafael Borrás. Amable, irónico, siempre un poco distante, me preguntó: “¿Qué? ¿Sigues siendo monárquico?”. “Sí –le contesté–, y con problemas parecidos a los tuyos.”
Imagino que la desaparición de Juan Balansó habrá supuesto un respiro para los habitantes de la Zarzuela, porque aunque monárquico convencido no andaba con demasiados miramientos cuando se trataba de poner de relieve los errores y los fallos de aquellos que supuestamente deberían de ser perfectos. Su extensa obra, siempre sobre los mismos temas –“Las bodas reales”, “Las coronas huecas”, “Las alhajas de exportación”, “Trío de príncipes” y un largo etcétera–, no se leía en la Zarzuela con la misma tranquilidad con que se hojea el “Hola” cada semana. Balansó había adoptado desde un principio, vis a vis de las personas reales, una actitud bastante crítica, aunque nunca ejerció de mosca cojonera como Jaime Peñafiel desde que le reprocha a la Reina no participar en sus duelos familiares. Balansó volaba a otra altura.
La primera vez que hablamos largo y tendido, en Madrid, a raíz de la publicación de “El Rey”, Balansó me felicitó por no haber escrito un libro de cortesano. A los pocos días, casi sin conocernos, cenamos juntos. “La primera vez que me preguntaron si era monárquico –me contó– respondí que dependía de quien fuera el titular de la Corona. Pero muy pronto y para quitarme muchos problemas de encima, admití que lo verdaderamente correcto era ser sólo monárquico de la institución.”
Tenía mucha razón Balansó. Yo, que admito ser un monárquico genético, por no decir biológico, he tenido a veces que hacer frente a problemas insoslayables por no ser solamente un adepto de la institución.
El mismo día en que comenzamos a trabajar juntos en su biografía, don Juan Carlos me preguntó si a mi entender había en España muchos monárquicos cuando accedió al trono. Tardé más de lo que hubiese querido en contestarle que no, que sólo había algún nostálgico del precedente reinado, pero que empezaban a abundar ya los juancarlistas. El Rey frunció el ceño con desagrado y me dijo: “Que la gente me quiera a mí es muy de agradecer, pero lo que importa es que quieran a la institución. La institución lo es todo. Yo no hago más que pasar”.
Ese ha sido siempre el gran dilema de los monárquicos españoles. Querer al hombre o a la institución. Como a Balansó, a mí me parece que la monarquía constitucional es una fórmula perfecta que permitió estar –lo que no ocurrió con la República– por encima de los partidos, lo que a veces ha llevado a los íberos a explicarse en encontronazos salvajes. Pero dicho esto, finalmente, todo depende de la cabeza en la que se asienta la Corona. Es decir, del titular.
A mis pasados ochenta años he conocido ya a dos. A don Alfonso XIII en mi casa lo veneraban, mientras que en la calle le reprochaban la guerra de África, los continuos “borboneos” y la dictadura de Primo. Tras un paréntesis de República y de Guerra Civil, he conocido, esta vez más de cerca, a un segundo rey quien, como dice Sabino Fernández Campo en sus “Escritos morales”, es un rey que se ha ganado la corona lanza en mano, ganándose así el respeto de los españoles. Cuando le llegue el turno a un tercer titular espero estar ya criando malvas porque ya no me da el cuerpo para sustos.
La otra noche, Balansó, como quien pone palabras a una idea todavía poco consistente, me preguntó: “Para ti, monárquico de toda la vida, ¿tiene la monarquía todavía un sentido ante el futuro que se nos viene encima?”. La pregunta del millón. ¿Será capaz el próximo titular de ejercer un ápice de soberanía real en una Europa a punto de convertirse en un conglomerado de naciones con un solo presidente a la cabeza? Un puesto al que tanto Giscard, como probablemente el propio Aznar ya tienen echado el ojo. Los ingleses, a pesar de los zascandiles que pululan en su familia real, siguen a pesar de todo siendo monárquicos y eso explica en gran parte su negativa a integrarse en la Unión Europea prefiriendo que en los días de tormenta sea el Continente quien se quede de nuevo incomunicado. Balansó me dijo aquella noche algo que me parece obvio: las pocas monarquías que quedan en Europa se las están cargando los herederos, casándose con lo primero que se les pone por delante, tratando de vivir, no como lo que son, sino como unos señoritos pijos que heredarán en su día el cortijo del abuelo.
Dos veces este periódico, para el que trabajo desde hace más de diez años, me ha negado la publicación de unas crónicas por considerarlas poco afines con mi combativo monarquismo. Acato, como es lógico, la línea editorial de mi periódico, el más importante quizá de Catalunya, pero me duele que a veces no se entienda que mi lealtad a la institución va pareja con el deber que tengo de ser sincero y a veces duro con aquellos a los que mi familia viene sirviendo desde hace siglos.
Muchos de los errores cometidos por quienes representan la institución podían haber sido subsanados en los últimos años por el jefe de la Casa del Rey y por su secretario general. A ellos les incumbía, entre otras cosas, impedir, por ejemplo, que los Reyes acudieran a las horteriles ceremonias nupciales de la tercera infanta, donde Sus Majestades se encontraron cara a cara con gentes que deberían estar en la cárcel purgando sus estafas, además de muchas otras personas cuyos nombres no han subido todavía a la superficie de la ciénaga. Era también, entre otras cosas, competencia de esos altos funcionarios advertirle al próximo titular de la Corona de que no era el momento idóneo para construirse una horrenda y carísima casa donde por ahora vive solo, cuando tantos hombres y mujeres jóvenes no pueden crear una familia por no tener donde alojarla. Esa falta de sensibilidad –si no tienen pan que coman bollo– la pagó hace un par de siglos una reina con la cabeza.
José Luís de Vilallonga La Vanguardia, 7/VII/2003