Iñaki sostiene que la princesa de Asturias está detrás de los «ataques de la prensa» que dice padecer
El lunes 7 de noviembre de 2011 marcó un antes y un después en la vida del hispanobelga Iñaki Urdangarin Liebaert. A pesar de los 6.497,2 kilómetros que separan Washington DC y Barcelona, no tardó demasiado en atisbar que ya nada sería igual al acabar aquella desapacible, por lo húmeda, tarde noche del otoño mediterráneo. Mandatada por el incorruptible juez José Castro, una suerte de Antonio di Pietro en versión cordobesa y dirigida in situ por ese Eliot Ness mallorquín que es el fiscal Pedro Horrach, la Policía Judicial no efectuó un registro light precisamente. Peinó todos y cada uno de los domicilios de los gerifaltes del Instituto «sin ánimo de lucro» Nóos, las sedes sociales del entramado y si no irrumpió en el palacete más famoso de Pedralbes fue simplemente porque allí no vivían ya los duques de Palma sino sus arrendatarios de origen árabe. Que, si no, muy probablemente allá que se hubieran presentado.
Tal y como cuenta el libro Urdangarin: un conseguidor en la corte del rey Juan Carlos, editado por La Esfera de los Libros, que sale a la venta mañana, la reacción de altos funcionarios de La Zarzuela fue tajante cuando alguien de la Policía les sopló con no mucha antelación lo que iba a acontecer: «¡Que se joda!». Ciertamente, algo de esto último ocurrió. El interesado certificó en cuestión de minutos que se había esfumado para siempre el «no nos pasará nada» con el que resumía a Diego Torres la impunidad psicológica que les sirvió de carta blanca a sus fechorías.
Que ya no era un intocable o que, tal vez, nunca lo fue. Que la pareja que cobraba millonadas por nada o por proyectos intertextualizados -que es como llaman los
modernos a lo que toda la vida se conoció como copiar o plagiar- de Internet tenía sus horas contadas a los ojos de esa lenta pero inexorable diosa que es Doña Justicia.
El primer libro sobre el caso Urdangarin, escrito por los periodistas de EL MUNDO que lo destaparon, Esteban Urreiztieta y Eduardo Inda, desvela también en su primer capítulo -que se reproduce a continuación casi en su totalidad- que el 40 cumpleaños del duque de Palma, celebrado en el palacete de nueve millones de euros en enero de 2008, terminó como el rosario de la aurora, con el príncipe abroncando a su cuñado por su ritmo de vida y por las impertinencias que le espetó bien entrada la noche.
De cómo empezó en Alcalá de Henares su carrera hacia el enriquecimiento solchaguiano, supersónico, presentándose en la cabalgata de Reyes de 2003 con la infanta Cristina y sus tres hijos mayores. O de cómo el mismísimo rey de España le hizo un favor de suegro posibilitando la reunión con Camps y Barberá en Zarzuela, de la que saldría su primer gran negocio. Favor que
el yernísimod evolvió al padre de su mujer malversando fondos públicos, falsificando facturas y documentos, engañando a Hacienda y evadiendo buena parte del botín a paraísos fiscales. Lo que don Juan Carlos pensaba que era una iniciativa impecablemente profesional resultó un gran fraude que acabaría con el paso de los años haciendo tambalear los cimientos de la primera institución de este país. Si bien es cierto que nunca le gustó para su hija, quería algo más que un deportista, no lo es menos que siempre pensó que era un buen chico... hasta que la cruda realidad le hizo cambiar bruscamente, y lo que es peor, para siempre, de opinión.
Inda y Urreiztieta también cuentan las peripecias deportivas del personaje, que intentó ser algo más que presidente del Comité Olímpico Español. Los jerarcas del COE pensaban que había perdido el oremus cuando les confesó que su objetivo vital era ser el nuevo Samaranch: «Quiero ser presidente del COI». Más de uno casi se cae de la silla al escuchar las palabras de un deportista que sin haber pasado de la vicepresidencia española, para la cual por cierto fue elegido dedocráticamente, ya quería ser el nuevo Papa del deporte.
El libro relata con ritmo de thriller la lucha a brazo partido de la Jefatura de la Casa del Rey y Telefónica por imponer un poco de sentido común a un Iñaki Urdangarin que, en lugar de agachar la cabeza, se envalentonó multiplicando exponencialmente los problemas, los riesgos y, en definitiva, el escándalo. Urdangarin: un conseguidor en la corte del rey Juan Carlos hace especial hincapié en un hito más propio de una película de Cantinflas que de una institución seria como la Corona: el vídeo que el marido de la infanta Cristina grabó «dando las gracias al pueblo español en unos momentos tan difíciles como los que estamos viviendo [sic]». Rafael Spottorno no daba crédito a lo que veían sus ojos y escuchaban sus oídos cuando recibió el CD con un discurso a la nación que era una surrealista versión del que don Juan Carlos protagoniza cada Nochebuena. El diplomático madrileño que ejerce de jefe de la Casa del Rey desde hace un año ordenó tirar el documento a la basura en medio de un enfado monumental.
Letizia Ortiz es, como suele ser habitual por desgracia para ella, involuntaria protagonista de las 421 páginas. Iñaki Urdangarin le culpa de buena parte de sus males, de que sus corruptelas pasasen de los cajones de los juzgados a las portadas de los periódicos, las cabeceras de los telediarios y el prime time de los programas estrella de la radio. Sostiene que la Princesa de Asturias se ha dedicado a sembrar la opinión pública de maledicencias: «Es periodista, nos tiene manía y seguro que está detrás de todo lo que nos está pasando». Por supuesto, no hay una sola evidencia que avale su extraterrestre teoría.
Otra de las grandes sorpresas de un libro repleto de novedades son las ya famosas «bombas atómicas [sic]» que Diego Torres dice poseer. El socio de Iñaki Urdangarin asegura a sus íntimos que abonó con la tarjeta de crédito del Instituto Nóos el anillo de pedida de Letizia Ortiz. La única verdad es que el príncipe encargó a su hermana pequeña recoger en la Joyería Suárez de Barcelona el segundo secreto mejor guardado -después de la boda en sí- de un acontecimiento que garantizó la continuación de la dinastía. Doña Cristina delegó en su marido porque se encontraba en la cama con 39 de fiebre, víctima de una brutal gripe. En cualquier caso, en su peculiar relato reconoce que el príncipe intentó pagar la sortija y que el duque de Palma le respondió que «corría de su cuenta». Vamos, que se la regalaba.
En el último capítulo se describe con todo lujo de detalles la deriva del caso y la impotencia de Zarzuela por hacer entrar en razón a un duque de Palma al que se da por desahuciado tanto social como penalmente. El jefe del Estado fuerza la máquina para lograr un divorcio que impediría el titular más temido en los montes de El Pardo: «Condenado el yerno del Rey». El fin último es perogrullesco: que salga el menos malo, «Condenado el ex yerno del Rey». Una batalla que habrá de librarse en los próximos meses sin muchos visos de éxito por cuanto la Infanta Cristina sigue tan enamorada como el primer día, ha hecho piña con su marido y ha jurado estar a su lado «pase lo que pase».