Se puede imaginar cómo se encontraba anímicamente Pepe mientras asistía el 13 de mayo de 1868 a la boda de la infanta Isabel. Estaba, simple y llanamente, dividido. Dividido entre la felicidad que le proporcionaba su vida privada y la fuerte sensación de desastre inminente que le sugería la esfera pública española. Para él, un aristócrata plenamente adicto a la monarquía, resultaba un motivo de abatimiento constatar que el reinado de Isabel II avanzaba hacia un desenlace nada venturoso.
La época isabelina había sido, cuando menos, una época marcada por la inestabilidad, con serios conflictos latentes que estallaban de tanto en tanto. Pero los tres años precedentes habían sido tremendos. Desde 1865 caminaban en el filo de la navaja, por así decirlo. A principios de 1868, Sesto creía firmemente que había habido una oportunidad de tratar de remontar la situación. Esa oportunidad se había perdido lamentablemente y Sesto achacaba la responsabilidad, en particular, a la camarilla de indeseables que rodeaban a Isabel. Ésta había demostrado una peculiar inclinación a dejarse llevar por las peores influencias. La gente la ponía a caldo porque se percibía que la mangoneaban todos los de su círculo, desde el padre Claret o sor Patrocinio hasta -peor todavía- el impresentable de Carlos Marfori, su secretario particular...y amante. El gobierno formado en torno a González Bravo era otro aspecto calamitoso de la escena global.
El 20 de mayo, apenas SIETE DÍAS después del casorio de Isabel con Girgenti, el gobierno suspendió las Cortes porque percibía una creciente hostilidad a su línea política por parte de los parlamentarios. La clausura de las Cortes pareció abocar al país a una completa falta de animación en el plano político, pero era una calma chicha muy engañosa. Sesto se admiraba de la cantidad de panfletos que circulaban, cuestionando abiertamente a Isabel II. De pronto, las hojas volantes que proliferaban hacían hincapié en los peores pecados de Isabel II. Se le achacaba responsabilidad en los sangrientos sucesos de la Noche de San Daniel o del Matadero, acaecida tres años atrás; se la comparaba con una madre desnaturalizada y cruel que había consentido el sacrificio de esos hijos inocentes a cuenta de una dura represión. Pero se añadían otros detalles acerca de su nada irreprochable vida privada, empezando por las injerencias de personajes como sor Patrocinio o Marfori, pasando por una denuncia explícita de la decadencia moral de Isabel consumada a través de una lista interminable de relaciones adúlteras. A Sesto le pareció llamativo que los republicanos fuesen, en cierto
modo, los más comedidos a la hora de atacar a la reina Isabel: ponían el énfasis en la crítica política, no en destrozar por entero la reputación personal de la señora. Daba mucho que pensar que fuesen el resto, los que no se calificaban de republicanos, los que echasen leña al fuego en una pira encendida para quemar la imagen de la reina hasta obtener un montón de cenizas.
La Unión Liberal trabajaba a destajo para promover una revolución que se les hacía "urgente". Sesto, con su fino instinto político, se daba cuenta de que se estaba llegando a un punto crítico, de eclosión de la amplia conjura que durante meses se había cernido amenazante sobre el trono. En el gobierno de González Bravo también percibían esa inmediatez del peligro, por eso se reaccionó de manera drástica el 8 de junio de 1868. Se cursaron órdenes para apresar a una serie de generales unionistas, con la intención de mandarles al destierro en las islas Canarias: se trataba de Serrano, duque de la Torre; de Dulce, marqués de Castel Florite; de Serrano Bedoya. Casi simultáneamente, se mandó orden al duque de Montpensier, cuñado de la reina, eterno conspirador, para que se exiliase de España. Montpensier tuvo que empacar sus cosas para dirigirse a Lisboa con Luísa Fernanda y los hijos de ambos a excepción de la primogénita, quien, ya casada, residía con el marido en Inglaterra.
A Pepe se le pusieron los pelos cual escarpias. Adivinaba que esa exhibición de fuerza gubernamental no se basaba en una fortaleza real. Si antes habían estado expuestos a la eclosión revolucionaria, con esa serie de medidas no se abortaba la conjura, sino que, por el contrario, se estaba motivando a todos los conjurados y a su amplia base de simpatizantes a pasar a la acción cuánto antes. Tras haberle explicado la situación a Sophie, Pepe emprendió un viaje desesperado a La Granja. Para no variar, la crisis había coincidido con una estancia de Isabel II en La Granja, dónde se la veía la mar de contenta. Pepe no fue el único que se le presentó para explicarle que se estaban acumulando errores de bulto en la gestión de la crisis. Otros, como don Antonio Cánovas del Castillo, lo intentaron también. Pero no valieron de nada sus exhortaciones.
Esa intervención fallida fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Pepe. Aduciendo que su palacio madrileño se había vuelto incómodo por las obras acometidas para reproducir el ambiente único de la Alhambra y que Madrid se volvía sofocante en verano, Pepe se largó a París con Sophie. Recogieron a los hijos de Sophie para marcharse a pasar el verano a Deauville, pues, en fechas anteriores, pujando alto en subasta pública, Pepe había rescatado la villa de los Morny que había quedado en riesgo a cuenta de la caótica testamentaria del primer esposo de su mujer.