sabbatical escribió:
No me digáis que Inés no era una belleza. Vaya madre que tuvo Pepe, no me extraña que fuera solterón... no encontraría la que igualara a la madre, jaja. (Entonces estas cosas pasaban)
Bueno...él pensaba que sí la había encontrado. Recuerda que se pasó años y años enamorado de Paca de Montijo. Lo que sucedía es que Paca de Montijo se había casado con el duque de Alba. Así que a él no le quedaba otra opción que admirarla en público y suspirar por ella en privado.

Pepe también enfermó de cólera, de hecho cayó postrado en su lecho el 10 de octubre y hay que recordar que Inés, su madre, falleció el 11 de octubre. Así que os podéis imaginar el percal de don Nicolás, marido de Inés y padre de Pepe, que aún vivía en esas fechas. Para sorpresa de los médicos, el 24 Pepe había mejorado lo suficiente como para insistir en que no íba a quedarse en cama a verlas venir cuando había tanto trabajo acumulado en su despacho del gobierno civil. Ese día no regateó esfuerzos, pero al volver a su palacio con la conciencia tranquila por haber cumplido, le dió otro subidón de fiebre. Le obligaron a confinarse de nuevo en su habitación, de la que ya no pudo salir hasta el 31 de octubre.
En esos días aciagos...¿a que no adivináis quien mandó ocho telegramas a Alcañices pidiendo insistentemente noticias y anunciando que había transferido cinco mil francos para asistir a los madrileños afectados de cólera? Pues sí, la emperatriz Eugenia, jajaja. A sus ruegos de noticias, Pepe respondió con un sencillo telegrama dictado el 16 de octubre:
"Estamos bien y agradecemos a vuestra majestad sus bondades. Pepe".
Por cierto...ante el primer brote de cólera, los reyes de España, con sus hijos, se habían marchado a La Granja, en Segovia, que tenía fama de ser un lugar de aire tan limpio, tan puro, que allí no podía enfermar nadie. Isabel II estuvo ausente de Madrid durante la crisis. De hecho, no volvió a la capital hasta el 14 de diciembre. Los madrileños se lo hicieron pagar: vieron pasar la comitiva por las calles en dirección a palacio en un silencio sepulcral, con expresiones muy frías; sólo dedicaban aplausos y vítores al duque de Sesto, el gobernador civil. Era una forma clara de decirle a la reina: "Algunos se han quedado en tu puesto y han pagado un alto precio por eso, pero tú estabas bien a gusto en La Granja, hermosa". Isabel lo pasó fatal ante semejante recepción: al entrar en palacio, tenía los ojos rebosantes de lágrimas. Pepe, muy caballero, notaba que se lo reconcomía la culpabilidad porque a él la gente le había vivado mientras que a la reina la habían mirado con gesto de airado reproche. El pobre hombre ofreció su dimisión en el acto porque él, gobernador civil, no había sabido, pensaba, gestionar la crisis de manera que el pueblo no volcase el descontento hacia la familia real. Pero el hombre que presidía el gobierno a finales de 1865, el general O´Donnell, se negó en redondo a aceptar la dimisión de Pepe.