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Desde mediados de septiembre, Pepe había vivido pendiente de la evolución de los acontecimientos. Su enojo personal con Isabel II, a quien atribuía la responsabilidad de no haber sabido escuchar los consejos que podían haber salvado a la corona en esa etapa crítica, se había disuelto igual que un azucarillo en agua hirviendo al recibir la noticia del desastre de Alcolea. En ese punto, Pepe, en Biarritz, entró de nuevo en contacto con Napoleón III y Eugenia. Éstos, sinceramente consternados, estaban dispuestos a acoger a la familia real española en Francia. Para Eugenia era casi una cuestión de principios.
Pepe cubrió el trayecto de Biarritz a Hendaya para estar en Hendaya cuando arrivase a la estación el tren en el que viajaba Isabel II. No cabe duda de que a Isabel, que había estado llorando amargamente desde el instante en que habían cruzado el puente sobre el río Bidasoa, le afectó mucho ver a Pepe Alcañices esperándoles en el andén, en actitud firme y recia a pesar de que hacía una noche de perros. La soberana se arrojó a los brazos de Pepe todavía sollozando, diciendo:
-¡Has visto, Pepe, has visto...!.
Supongo que lo que quería decir era: ¿Has visto cómo me han echado de España, con cajas destempladas?. Pepe debió pensar para sus adentros que él la había advertido alguna que otra vez de que estaban haciendo cabriolas estúpidas al borde de un precipicio, pero era demasiado caballeroso para mencionarlo. En tono amable, indicó que había ordenado que se preparase un sustancioso almuerzo para que los viajeros pudiesen reponer fuerzas antes de abordar otro tren, éste francés, que les conduciría a la estación de La Negresse, en Biarritz.
Ese gesto retrata a Pepe. El hombre podía haber estado cómodamente establecido en Deauville con Sophie y los chicos Morny. A cambio, arrostraba una climatología adversa mientras íba de un lado a otro intentando proveer en un tiempo récord soluciones reales para los problemas que podía toparse una familia real que acababa de iniciar un período de exilio.
Napoleón III y Eugenia están en La Negresse, aguardando a los exiliados. A toda prisa, han decidido ofrecerles el castillo de Pau, en el Béarn, que había sido cuna -ironía- del fundador de la casa de Borbón, Enrique de Navarra, luego rey Henri IV de Francia. Que Napoleón y Eugenia hubiesen seleccionado el château de Pau tenía lógica, porque se encontraba de la única residencia real, con la categoría apropiada por lo tanto, situada a una distancia razonable. Visto desde el exterior, el castillo tenía un aire de fortaleza, elevándose en lo alto de una suave colina con sus torreones. El interior había sido objeto de una restauración dirigida por Eugenia. No se había escatimado lujo, pero la practicidad se había relegado a un segundo plano. Las habitaciones y los salones desplegaban un panorama esplendoroso, mientras que, por ejemplo, las cocinas se habían quedado más o menos como debían haber estado en la época de Jeanne d´Albret, la madre de Henri IV.
Se decidió que Isabel II ocuparía la alcoba de la emperatriz Eugenia, mientras que la alcoba de Napoleón III se destinaba al rey consorte Francisco de Asís. A Pepe debieron girarle los ojos en las órbitas, me figuro yo, cuando Francisco de Asís empezó a protestar ruidosamente porque la alcoba de Eugenia, que íba a ocupar Isabel, tenía un bonito boudoir anexo y un cuarto de baño espacioso, en el que no faltaba de nada, mientras que al alcoba de Napoleón III era bastante más austera. Pero la preocupación inmediata de Pepe era proveer un acomodo apropiado para los niños. Napoleón III y Eugenia sólo tenían un hijo, el Príncipe Imperial; no obstante, los aposentos del Príncipe Imperial no sólo debían acoger al príncipe Alfonso, sino también a las infantas Pilar, Paz y Eulalia. No había dónde acostar a las chiquillas, por lo que Pepe hubo de aflojar la billetera para que alguien se dirigiese apresuradamente a una almoneda de la ciudad de Pau en busca de camas con colchones. Se había hecho muy tarde cuando las criaturas pudieron acostarse finalmente.
El día siguiente amaneció con cielo encapotado, lluvioso y húmedo. Hubo un momento de alarma en el castillo, porque las niñas despertaron con los cuerpecitos cubiertos de ronchas rojas que les escocían terriblemente. Cuando se informó a la reina Isabel, ésta se quejó lastimeramente de que las desgracias nunca llegaban de una en una, sino a tropel. Pero los médicos llamados a toda prisa descartaron que las pequeñas infantas sufriesen el sarampión, que era lo que se había temido. Simplemente, las camas adquiridas para ellas en una almoneda habían llegado al castillo infestadas de chinches. Las chinches eran las responsables de aquel sarpullido que padecían las hijas de la soberana.
Más tranquila en ese sentido, Isabel enseguida tuvo que encarar otros asuntos. En primer lugar, su querido Marfori no sólo preparaba para que ella lo firmase un Manifiesto en el que la soberana denunciaba "la ilegalidad que se había instalado en España" a raíz de un golpe de Estado. Marfori también insistía en que Isabel debía reclamar sus pertenencias, todo lo que ella poseía que se había quedado en el Palacio de Madrid. Obviamente, no íba a ser Marfori quien se presentase en Madrid a negociar un asuntito tan delicado. La tarea le correspondería a Pepe (me pregunto cómo resistió éste la tentación de arrearle un puntapié en el trasero a Marfori). Arreglar la situación financiera también era un trabajo para Pepe.
A eso hubo que añadir una nueva bomba. Francisco de Asís, aún enfurruñado porque había tenido que dormir en la alcoba de Napoleón III, anunció que él había sobrellevado mal que bien su matrimonio durante décadas por razón de Estado pero que, ahora que la nación les había echado igual que a perros pulgosos, tenía toda la intención de separarse de Isabelita. La idea de Francisco de Asís consistía en que Isabelita le asegurase una cantidad de dinero "razonable", que le permitiese vivir de la manera en que correspondía a un rey consorte en el exilio; por otro lado, se establecería con su secretario personal e íntimo amigo Antonio Ramos de Meneses en París, dado que éste disponía de un apartamento en propiedad en la rue Le Sueur, en el quartier de L´Étoile.
A Pepe debían rondarle toda clase de ideas asesinas por la cabeza, si uno lo piensa, jajaja. Isabelita, manejada por Marfori, quería sus pertenencias de Palacio. Había que clarificar las finanzas de la reina, tradicionalmente confiadas a la Banca Rothschild de Londres. Y para colmo Francisco de Asís se empeñaba en que rompía su convivencia con la mujer para irse a casa de su secretario, que se rumoreaba que era su amante. Era un panorama como para volverse republicano, pero Pepe seguía siendo monárquico, lo que sí constituye en sí mismo algo milagroso.
Con tanta tarea pendiente, había que establecer prioridades. Pepe se marchó a París, con dos misiones claras. En primer lugar, quería conseguir una residencia en la capital adecuada para la reina y sus hijos, ya que era nada propio que el rey consorte corriese a establecerse con su secretario en un piso parisino mientras la reina titular, con los niños, permanecía en un incómodo castillo bearnés. En segundo lugar, Pepe quería enterarse del estado económico de la reina, que tenía desde hacía años un fondo creado en la Banca Rothschild.
En el primer punto, Pepe acudió de nuevo a Eugenia. Para ésta, no era fácil seguir ayudando, porque la oposición la estaba poniendo a caldo por dedicarse a patrocinar a aquellos españoles que no habían sabido conservar su trono. Sin embargo, la emperatriz no podía desoír los ruegos de Pepe. Tras conferenciar con Napoleón, se decidió ofertar el hermoso pabellón de Rohan, en la rue Rivoli, a la soberana. Pepe insistió, para tranquilidad de la imperial pareja, en que se trataba de una residencia provisional: en cuanto él hubiese clarificado de qué patrimonio disponía la ex reina, pensaba gestionar la compra de un palacete, porque, en su opinión, la familia real española no podía "vivir de prestado".
En el segundo punto, Pepe íba a quedarse de una pieza al repasar los extractos facilitados por la Banca Rothschild. Los papeles dejaban claro como el agua cuán inconsciente y manirrota había sido la augusta señora doña Isabel a pesar de las provisiones tomadas muchos años antes en relación con ese fondo de la Banca Rothschild por tres caballeros de probada solidez, Nicolás de Alcañices (el fallecido padre de Pepe), el marqués de Santa Cruz (tío de Pepe) y el marqués de Miraflores y Valldepera. Aquellos hombres se habían dejado los cuernos en la tarea de distribuír el dinero inicial del fondo para que se revalorizase de manera constante a través de inversiones cuidadosamente estudiadas. Pero Isabel II nunca había sabido emplear sus rentas ni dejar en paz el capital. Entre otras cosas, Pepe descubrió que Isabelita le había "prestado" nada menos que seis millones de reales a su padrastro, Agustín Muñoz duque de Riansares. Riansares vivía con su esposa María Cristina, madre de Isabelita, y con su nutrida prole, en Francia: repartían el tiempo entre un maravilloso palacete situado en los Campos Elíseos y un castillo de ensueño, Mondesir, situado cerca de Le Havre, en Normandía. Estaban en una situación opulenta, por decirlo en pocas palabras. Pero a los Riansares no se les ocurrió que el año 1869 pudiese ser el más apropiado para devolverle a Isabelita las generosidades pasadas de ésta.
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