sabbatical escribió:
A Minnie las Restauraciones le dan algo de sopor, en cuanto empieza una, se va a dormir rapidamente

Uy, ya salió la graciosilla...
A decir verdad, me abstraigo tanto de todo lo que me rodea cuando me hallo en vuestra grata compañía, que cuando de repente mi mirada repara en el reloj y contemplo la hora que es, me entran los siete males pensando en lo poquito que voy a dormir de noche, jajajaja. Yo soy muy dormilona, pero, por desgracia, puedo darme el gusto pocas veces. Me levanto tempranísimo de lunes a viernes, después el fín de semana, cuando pretendo resarcirme, mi cuerpo ha adquirido una especie de tic tac que me obliga a abrir los ojos antes de lo deseable

Estaba yo pensando...¿os habéis fijado en la cantidad de temas en los que aparece, así como por un casual, el pobre Leopold Hohenzollern-Sigmaringen, o, lo que es lo mismo, nuestro querido Ole-Ole-Si-Me-Eligen? Me siento obligada a rendirle tributo subiendo una foto suya, jajaja.

A la luz de lo que ocurriría después con el pobre incauto de Amadeo de Saboya, Ole-Ole-Si-Me-Eligen debió rendir un sentidísimo homenaje a la Diosa Fortuna por haberle salvado de ser un rey electo de los españoles. Pero seguro que le fastidió -era un buen tipo, en general- que su candidatura se usase a
modo de espoleta para que detonasen las tensas relaciones entre Prusia y Francia. La guerra se hizo inevitable aquel mes de julio de 1870 (básicamente, los prusianos habían actuado de forma provocadora porque ya se consideraban sobradamente preparados para afrontar la conflagración, en tanto que los franceses, como bien ha señalado Arturo en otro tema del foro, reaccionaron a la tremenda ante la forma en que se filtró la correspondencia diplomática acerca del tema, porque estaba en juego su grandeur).
Los Sesto asistieron a los episodios pre-bélicos desde Deauville. Pepe entendió que el cataclismo era inminente cuando recibió la noticia de que el famoso Telegrama de Ems se había publicado en la prensa: los franceses estaban que ardían, en particular los parisinos, que se dedicaron a apedrear la embajada prusiana en la capital gala. A partir de ahí, Pepe vivía en un sinvivir. Se enteró, por supuesto, de que el 20 de julio de había designado al reputado mariscal Le Boeuf general en jefe del ejército francés del Rhin, pero que, a pesar de esa medida, Napoleón III, incluso a despecho de un estado de salud que podía calificarse sin ambages de desastroso, estaba empeñado en ponerse al frente de sus tropas acompañado de su joven hijo el Príncipe Imperial. El 27 de julio, en Saint Cloud, Eugenia fue designada regente, porque ya se había decidido que el 28 marcharían Napoleón III y el Príncipe Imperial hacia la ciudad de Metz. El 2 de agosto, en Saarbrücken, los franceses consolidaron una serie de pequeños avances que les permitieron anunciar, en tono triunfal, que tenían el control del Sarre, pero el 4 de agosto, en Wissembourg, los prusianos inflingen una derrota a las fuerzas francesas. El predominio de los prusianos volvió a manifestarse el 6 de agosto en la batalla de Froeschwiller-Woerth.
A esas alturas, Pepe estaba francamente preocupado. Pintaban mal las cosas para Francia, muy mal. De repente, anunció que debía dirigirse a París porque alguien tenía que sacar de territorio francés lo antes posible a los miembros de la familia real española. En un breve lapso de tiempo, se empacaron las pertenencias del príncipe Alfonso, quien veía tristemente abortado el veraneo en Deauville. Pepe partió de Deauville a París con Alfonso, el jefe de estudios de don Alfonso (Guillermo Morphy) y el fidelísimo ayudante de cámara de don Alfonso (Ceferino). Sophie se quedó con sus hijos en Deauville, en un estado de gran inquietud.
Fue el duque de Sesto quien persuadió a Isabel II de que debían salir inmediatamente en dirección a Suiza. La elección era muy obvia: Suiza siempre era un lugar perfecto para eludir los problemas que asolasen al resto de países europeos, a causa de su tradicional e inviolable neutralidad. Por otro lado, si Isabel II, con sus hijos menores, se establecía en Ginebra, podían reunirse fácilmente con ellos allí su hija Isabel junto al marido, el conde Gaetano Girgenti, dado que la pareja llevaba ya tiempo en la cercana Lucerna (se suponía que ese ambiente bucólico, relajado y animoso sentaría bien al depresivo Gaetano). Pepe en persona se encargó de escoltar a Isabel y a los chicos hasta Ginebra, dejándoles cómodamente instalados en el "Hotel de la Paix".
A su vuelta a Francia, Pepe viajó rápidamente a Deauville. Sophie se había ído angustiando a medida que los prusianos sumaban victorias; comprensiblemente, no quería permanecer con los chicos en la región normanda mientras el marido estaba en la capital. A mediados de agosto, la familia al completo estaba de vuelta en su casa de la rue Gabriel. Los muchachos recordarían, a posteriori, que Pepe estaba en perpetuo movimiento entre París y el recoleto Saint Cloud, ubicado casi a diez kilómetros en dirección oeste desde la ciudad.
Eugenia, en Saint Cloud, vivía en permanente zozobra. No se le borraba de la memoria la imagen de su marido, gravemente enfermo, y de su hijo adorado subiendo al tren que les había llevado de Saint Cloud a Metz a finales de julio. La compostura de la soberana, flamante regente para ese momento absolutamente crítico, había merecido general admiración. Había ejercido un absoluto dominio de sus sentimientos mientras besaba a Napoleón y exhortaba al Príncipe Imperial en tono vehemente: "Cumple con tu deber, Luís". Por contra, había parecido que la princesa Mathilde, prima de Napoleón, mostraba una emoción más intensa. Ésta no había podido impedir un
"cri de coeur" dirigido al emperador que había persistido en su deseo de comandar al ejército:
-Pero...¡no estás en condiciones de hacer eso! No puedes montar a caballo...y ni siquiera vas a poder soportar el traqueteo de un carruaje. ¿Cómo te las vas a arreglar en el campo de batalla?.Napoleón prefirió mantener un aire estólido. Se encontraba al límite de sí mismo, pues en su persona se combinaban los efectos devastadores en las vías respiratorias de un fuerte tabaquismo con la nefrosis que le aquejaba el riñón, la artritis que afectaba a sus articulaciones, serios problemas de vejiga y de próstata. Vamos, que el hombre era un cuadro médico de los de aúpa. Pero si Mathilde no había logrado contenerse, Eugenia sí lo había hecho. Sólo al quedarse sola lloraría hasta quedarse exhausta la emperatriz regente, que volcó su angustia en una carta dirigida a su anciana madre, doña Manuela.
Con el paso de los días, Eugenia estaba padeciendo lo indecible. Las malas noticias se sucedían unas a otras, sin conceder ni un breve respiro. Sesto se mostró sincero con ella -en su estilo-. Le aconsejó que fuese previsora porque si perdían la guerra, muy probablemente caería por tierra el II Imperio. En caso de que tuviese que marchar al exilio, necesarían disponer de recursos para sostenerse decorosamente. Eugenia le hizo caso a Pepe. Dió instrucciones precisas a su administrador para que transfiriese una suma colosal, de unos siete millones de francos, a doña Manuela de Montijo, en tanto que buena parte de las joyas de la emperatriz se enviaron para que las custodiase a la princesa Pauline de Metternich.
Pepe aconsejaba con conocimiento de causa: sabía lo caro que resultaba vivir la realeza en el destierro. Isabel II, por ejemplo, estaba machacándole con telegramas desde Ginebra, quejándose de que sus gastos se habían disparado y de que carecía de dinero para satisfacer los pagos. Sesto hubo de salir immediatamente rumbo a Suiza, a comprobar con sus ojos el grado de despilfarro de Isabel II antes de resolver el apuro. Debido a los entresijos de la guerra, no se trataba de coger un tren en París y esperar cómodamente sentado en el vagón correspondiente a que se completase el trayecto ferroviario hasta Ginebra.
Pepe se dió una auténtica paliza: viajó de París a Toulouse y de Toulouse a Ginebra. Pero aunque el hombre forzó su resistencia al máximo para llegar lo antes posible a Ginebra, Isabel no tenía la paciencia necesaria y seguía bombardeando con telegramas el número 42 de la rue Gabriel. Otra esposa hubiese puesto el grito en el cielo ante las demandas perentorias de la ex soberana, que parecía convencida de que Sesto debía resolverle cualquier problema con un chasqueo de dedos. Pero Sophie estaba tan comprometida con el proyecto político de su Pepe, que no dudó en actuar por su cuenta: envió a su apoderado para que éste alcanzase al duque con el fín de entregarle una fortísima suma de dinero, en tanto que realizaba las gestiones para que unos banqueros de gran renombre abriesen, mientras, una línea de crédito urgente para Isabelita.