Siendo Pepe el caballero cumplido que era, os podéis suponer que pasó ese mes de septiembre sobrellevando la preocupación por la emperatriz Eugenia. Sabía que ella había protagonizado escenas de increíble valor en las Tullerías, negándose a abandonar su puesto aunque el quedarse, decía, pudiese valerle un destino similar al de Marie Antoinette. Eugenia sólo había aceptado emprender la huída cuando alguien le había preguntado si deseaba quizá exponer también la vida de sus fieles (ahí debió recordar, con sincero espanto, la suerte de la princesa de Lamballe, por ejemplo).
Por suerte, el dentista de Eugenia, Míster Evans, era tan decidido y osado como la Pimpinela Escarlata surgida de la pluma de la baronesa d´Orczy. Gracias a Evans, Eugenia pudo viajar a través de una Francia en la que, de repente, todos parecían odiarla; nadie tenía en cuenta que esa "española", desde que había estallado la guerra, había trabajado denodadamente, en jornadas de hasta veinte horas consecutivas, en Saint-Cloud y en las Tullerías, intento desesperado por salvar la situación. Gracias a Evans, Eugenia pudo embarcar en el
"Gazelle", que se dirigía a Southampton. Gracias a Evans, Eugenia pudo alcanzar sana y salva la isla de Wight. Gracias a Evans, Eugenia pudo llegar al York Hotel, en las cercanías de Ryde Roads. Evans estaba al tanto de algo que Eugenia ignoraba: el Príncipe Imperial se había anticipado a su madre, para aguardar la presencia de ésta en el York Hotel. El reencuentro de Eugenia con su hijo fue uno de los instantes ciertamente emotivos de ese capítulo de la historia.
Sesto sintió que se le caía una carga de los hombros el día en que se enteró de que Eugenia se encontraba en Hastings, viviendo aún en un hotel de forma relativamente
modesta pero decorosa. La epopeya de la emperatriz había conmovido a no pocos caballeros británicos: hasta doce aristócratas le ofrecieron sus residencias para que no tuviese que quedarse en el York Hotel. Pero Eugenia era una mujer con un profundo sentido de lo correcto. Ella seguía siendo, indicaba, la emperatriz regente de Francia y no sería adecuado que se beneficiase de la hospitalidad de algún caballero inglés en esas circunstancias tan especiales. Pepe debió sonreírse al enterarse de esto. Eugenia siempre sería Eugenia.
Tranquilizado acerca de la suerte que había corrido Eugenia, Sesto empezó a hacer vida social con Sophie, que, evidentemente, era la sensación de la temporada en Madrid. Todos se hacían lenguas acerca de la belleza y la suprema elegancia de Sophie. Admiraban sus vestidos mañaneros, de excelente terciopelo con cuello y puño de piel, pero, en especial, sus abrigos de marta cebelina. Se le atribuía una ropa interior de batista tan delicada que cada camisa sería "de un solo uso" y se afirmaba que comía con guantes para no mancharse las manitas. De alguna forma, surgió una leyenda en torno a la duquesa rusa. Estoy convencida de que a Sophie le encantaba ser una figura rodeada de leyendas de esa clase.
Estaba contenta recibiendo en el palacio y disfrutando de la vida social de la capital. No se perdió los estrenos más sonados en el Teatro de la Zarzuela. En vísperas de Todos los Santos, asistió con Pepe a una representación de
"Don Juan Tenorio" que la dejó impresionadísima aunque necesitaba ayuda para captar los versos de Zorrilla.