Retrocedamos un poquito en el tiempo, pues Prim se nos murió a las cinco cuarenta y cinco de la tarde del 30 de noviembre, tras haber sido objeto del cobarde atentado contra su persona a las siete y media de la tarde del 27 de diciembre.
El 27 de diciembre, justo a la hora en que Prim se encontraba con sus asesinos en la calle del Turco, en el Palacio de Alcañices, situado casi a tiro de piedra, Sophie Troubetzkoi empezaba a dirigir con su habitual empaque a sus hijos y a los pupilos de su marido para que estos ensayasen una serie de tableaux vivants, cuadros vivientes, que íban a representar en Nochevieja.
Los cuadros vivientes eran algo muy a la
moda desde hacía tiempo. A Sophie le entusiasmaban, de hecho ella misma se había distinguido por su afición a participar en cuadros vivientes. Muchos de los egregios personajes del II Imperio francés, ya fenecido, podían recordar todavía cierta fiesta que, en la época de gloria, habían ofrecido los emperadores Napoleón y Eugenia en las Tuilleries. La fiesta se había iniciado con la repentina entrada en el gran salón, profusamente decorado e iluminado, de una serie de catorce caballeros disfrazados de jardineros que conducían cada uno un carro decorado con esmero; la protagonista de cada carro venía siendo una flor, representada por alguna dama de postín. Por ejemplo, a la refinada Maria Anna di Ricci, condesa Walewska, le tocó ser un rojo clavel, en tanto que la condesa de La Bedoyère era una rosa de un delicado tono cremoso y madame de Getry se había transformado en un bouquet de lilas. En aquella escena tan bucólica, de uno de los carros descendieron dos mariposas que interpretaron unos pasos de ballet. Las mariposas eran la duquesa de Cadore...y Sophie Troubetzkoi de Morny.
Perdonadme esa pequeña digresión, pero así queda claro tanto el gusto general por los cuadros vivientes, como la particular afición de Sophie. Dado que le apasionaba participar en cuadros vivientes, se tomó muy en serio la tarea de preparar a sus chicos para que ellos tomasen parte en uno coincidiendo con la Nochevieja. A las diez de la noche, seguían ensayando en el salón agradablemente caldeado. Se quedaron de una pieza cuando un criado irrumpió de repente, pálido y descompuesto, informando de que le habían comunicado de buena tinta que Prim había sufrido un ataque contra su vida en la cercana calle del Turco y que le habían conducido, herido, al Ministerio de la Guerra.
Sophie, espantada, buscó a Pepe para comunicarle esa información. Pepe debió sentir aquello de: "si me pinchan, no sangro". De inmediato se echó un abrigo por encima para resguardarse del frío extremo: Madrid llevaba varios días con temperaturas mínimas, con fuertes ventistas de nieve. A la vez, sus criados le preparaban un carruaje cerrado. Quería ir rápidamente al Ministerio de la Guerra. No esperaba que le permitiesen ver a Prim, pero sí confiaba en poder ponerse a disposición de Francisca Agüero, la esposa del general.
Las circunstancias habían situado a Juan Prim y a Pepe duque de Sesto en bandos opuestos. Juan defendía ardorosamente a su rey italiano, Amadeo de Saboya, a quien había previsto recibir en Cartagena, en tanto que Pepe deseaba de corazón que esa aventura fracasase estrepitosamente porque quería ver en el trono al príncipe Alfonso. Pero al margen de esa firme discrepancia política, Pepe no olvidaba que había congeniado con Juan, en tanto que, por otro lado, conocía a Francisca Agüero desde antes de que la dama se hubiese casado con Prim. Para Pepe era importante testimoniar su respeto y su adhesión a Francisca. En otro sentido, me imagino yo que, mientras íba al Ministerio de la Guerra, Pepe daría mil vueltas en su cabeza a aquel atentado. En las semanas anteriores, se había extendido el rumor de que se había activado una trama que tenía por objetivo eliminar a Prim. El propio Prim había recibido serias advertencias, pero había decidido que el que hubiese algunos tipos decididos a mandarle al otro mundo no interferiría en su agenda en absoluto. ¿Quien estaba detrás del atentado? Pepe se daba cuenta de que los alfonsinos serían, también, sospecosos, pero, por ese lado, pensaba que enseguida quedaría claro que no habían tenido arte ni parte. ¿El general Serrano, aquel Regente a punto de perder la regencia?¿Montpensier, frustrado porque Prim se la había jugado apostando por Amadeo de Saboya? ¿Quienes?.