Aquí me toca señalar...no sin cierta sensación de bochorno...que los señores que se definían como alfonsinos mostraron mayor contención y decoro que las damas de su partido. Supongo que ellos, por fervientes partidarios que fuesen de la restauración, se tomaron esa etapa con cierta dosis de cachaza o un poco de mesura. Sus mujeres e hijas se mostraron un tanto arrebatadas e incluso exaltadas. La guerra de guerrillas en la que se embarcaron debió provocar a veces una pizca de apuro en sus coetáneos de sexo masculino.
Por ejemplo, no cabe dudar de que Pepe era alfonsino hasta la médula y el núcleo viviente de aquel partido en concreto. Pero no quería, por ejemplo, traicionar su personal código del honor haciéndole desaires públicos a Amadeo, porque recordaba que Amadeo había sido un huésped en su casa, que había comido en su mesa y que le había regalado un reloj de oro en señal de agradecimiento por la simpática generosidad del anfitrión. Pepe prefería evitar escrupulosamente cualquier sitio en el que hubiese una remota posibilidad de encontrarse frente a frente con Amadeo. De haberse dado esa situación, me atrevería a pronosticar que Pepe no hubiera sido capaz de actuar con descortesía. Sencillamente, eso le hubiese puesto en evidencia ante sí mismo. Su estrategia consistía en ajustar el ritmo a los planes políticos cuidadosamente elaborados por don Antonio Cánovas del Castillo mientras trataba de ganarse al pueblo para el príncipe Alfonso.
Sophie era menos sosegada. Se llevaba de maravilla con don Antonio Cánovas del Castillo, para quien actuaba de secretaria siempre que hacía falta, pero le reprochaba al estadista que se marcase objetivos a largo plazo. Si por Sophie fuese, se azuzaría el caballo de la historia hasta llevarle a un galope frenético. Don Antonio estaba enamoradiscado de Sophie, pero, por suerte, no se dejaba contagiar por la visceralidad de la duquesa de Sesto.
La premura con la que Sophie organizaba flagrantes ofensas a los reyes provenientes de Italia tuvo que inquietar a veces a Pepe y a don Antonio. María Vittoria, la mujer de Amadeo, se había apresurado a viajar a Madrid en cuanto le había sido posible afrontar el trayecto, porque le dolía la soledad con la que se había topado su esposo y le tocaba la fibra sensible el haberse enterado de que él se estaba echando más de una cana al aire. La bondadosa, compasiva, responsable, inteligente y resolutiva María Vittoria hubiese merecido, siquiera, algo de cuartelillo por parte de las damas de la nobleza. Pero no fue así. La duquesa de la Torre se negó en rotundo a ser su camarera mayor, cuando a través de los siglos se había juzgado ese cargo uno de los más apetecibles en el escalafón de la corte española. La viuda de Prim, ofendida porque se había acudido a ella con la oferta habiéndola rechazado primero la esposa de Serrano, se escudó en su luto para no aceptar ese puesto (al menos mostró delicadeza al elegir una coartada plausible). Pocas querían agregarse a la corte de María Vittoria. Ni hablar de contar con la duquesa de Sesto, la marquesa de la Torrecilla, la condesa de Heredia Spínola, la marquesa de Valmediano, la marquesa de Bedmar, etc. Todas eran alfonsinas de la cabeza a los pies.
Su manera de humillar a María Vittoria fue particularmente cruel -y hay que decir que la idea partió de Sophie, nos guste o no-. Entre la carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá se encontraba lo que se denominaba en tono reverente "el Salón", que venía siendo el paseo del Prado, avenida de cuatro kilómetros de extensión por esa época. Como las grandes damas no acudían ni de guasa a la corte, "el Salón" se había convertido en la cita ineludible de cada tarde. Se paseaban en coches descubiertos, luciendo magníficos sombreros, peinados increíbles con bellos tocados de lazos o plumas, trajes recien llegados desde los atteliers parisinos, etc. Los madrileños comúnes y corrientes se divertían bastante observando desde las aceras a las señoras que daban vueltas en sus carruajes para despertar admiración con sus elaboradas toilettes.
Por supuesto, Amadeo estaba al corriente de que "el Salón" constituía una especie de ritual de la gran aristocracia. Cuando María Vittoria llegó a Madrid, estaba despuntando una bonita primavera y el soberano quiso tener una gentileza con ella llevándola a conocer "el Salón". Pero se había sabido -en Madrid todo se sabía...- que el rey italiano pensaba llevar en una tarde concreta a la reina "al Salón". En un tiempo récord, Sophie había exhortado a todas las alfonsinas a demostrar que lo eran luciendo mantillas de blondas en la cabeza. Debió ser impresionante ver a Sophie con su mantilla de blondas blancas, flanqueada en el coche descubierto por dos sobrinas de Pepe, Belén y Mercedes, que también llevaban cada una su mantilla de blonda con chantilly. Casi ninguna de la señoras había fallado en esa ocasión; la que no tenía a mano una buena mantilla de blonda blanca, se había procurado una negra, y si no encontraban ni lo uno ni lo otro, rebuscaban en los baúles de las antepasadas, con lo que incluso había mantillas de estilo claramente goyesco.
María Vittoria, en su candidez, encontró precioso el espectáculo, asegurándole a su marido que al día siguiente ella también llevaría su mantilla igual que lo hacían las damas españolas. Alguien en Palacio tuvo que "comerse el marrón" de explicarle a María Vittoria que sería ridículo que ella se presentase con mantilla, porque las damas de las mantillas se las habían puesto para demostrar su lealtad a Alfonso. Para la pobre mujer representó un chasco; trató de conservar la calma, pero las lágrimas brotaron de sus ojos a despecho de ese esfuerzo por controlar las emociones.
El episodio suscitó una agria controversia. Los que no eran alfonsinos (había legión, claro, jajaja) debían estar hasta las narices de la duquesa de Sesto, la Heredia Spínola y compañía. Había habido episodios que lo probaban, incluso alguien había dejado un artefacto explosivo a base de petardos en las puertas del Palacio de Alcañices en las semanas anteriores. Ahora, pasaron a la ofensiva. Mandaron "al Salón" a una carreta en la que se sentaban varias mujeres de mala vida, prostitutas a las que, esa vez, se había pagado para que llevasen mantillas de blondas, enormes peinetas y trajes aparatosos mientras permanecían en su coche escoltadas por un tipo de sombrero calañés, con grandes patillas, para evocar la figura de Pepe. La ofensa no alcanzó a Sophie, porque ese día Pepe le había prohibido salir a pasearse; no sabía el duque que se les había preparado aquella auténtica parodia, pero sí le habían soplado que se temía que hubiese alguna clase de disturbio, de
modo que le había dicho a su mujer que no pensaba consentir que saliese de casa.