Sabba...¿¿nunca te ha atraído Liselotte von der Pfalz?? Más maja ella...y con una historia...uff, te encantará, jajajaja.
Bueno, venga, un poquito de Sophie

Ese baile del que hemos hablado en el Palacio de Alcañices...el mismo en el que Pepe se presentó con un frac negro mientras Sophie lo hacía envuelta en una novedosa creación color naranja de Charles Worth...sirvió de preludio a varios meses de grandes fiestas en las mansiones de los más encumbrados aristócratas del reino. Los Heredia Spínola, por ejemplo, aprovecharon el día de la onomástica del príncipe Alfonso (23 de enero 1872) para ofrecer una fiesta memorable en su palacio. La noche del 24 de enero, cuando aún nadie se había recuperado de los pies destrozados por tanto bailar en el palacio de los Heredia Spínola, volvieron a enfundarse en trajes de gala para asistir a otra fiesta de ensueño en casa de los marqueses de Bedmar. Los marqueses de Torrecilla completaron el carrusel el 25 de enero, con una gran gala en su domicilio madrileño.
Toda esa sucesión de fiestas tenía una clara intencionalidad. Los Grandes que se sentían alfonsinos NO asistían a eventos en la corte de los Saboya. Por tanto, los tradicionales bailes en el Palacio Real había que sustituírlos por otros bailes ofrecidos de manera consecutiva por aquellos aristócratas de rancio abolengo, conscientes de la repercusión que obtendrían en los medios de comunicación de entonces. Los madrileños que sabían leer no se perdían la oportunidad de devorar las amplias reseñas acerca de los festines que se estaban dando tan encumbrados personajes. A partir de ahí, los comentarios flotaban en el aire alcanzando también a los iletrados que no podían regodearse en las crónicas almibaradas de
"La Época".
Sophie, muy consecuente con su liderazgo social entre los alfonsinos, había esperado a que se completase la secuencia de fiestas de los Heredia Spínola, los Bedmar y los Torrecilla para empezar a planificar ella misma otra fiesta en el Palacio Alcañices en el que pensaba introducir a la sociedad española en el baile de la mazurca. No podía poner fecha mientras no volviese a Madrid de un viaje relámpago a Andalucía junto a Pepe, que debía atender asuntos relacionados con algunas propiedades por debajo de Despeñaperros. Pero la idea de promover otro gran baile estaba en la mente de Sophie. Sin embargo, en cuanto llegaron a Madrid procedentes de Andalucía, se encontraron...¿qué diréis vosotros? Pues sí, un telegrama de Isabel II, que pedía a Pepe que se acercase a París para tratar asuntos relativos a la educación de Alfonsito.
Le hiciese gracia o no a Sophie, Pepe atendió de inmediato el requirimiento de Isabel. Cogió el tren de Madrid a París, para conferenciar con Isabel II. La ex reina le explicó que creía que Alfonsito ya había perfeccionado suficientemente su alemán en Munich, bajo tutela de los Adalberto; había sonado la hora de que Pepe se trasladase a Munich para acompañar a Alfonsito hasta Viena, dónde el mozo tenía que ingresar en el Theresianum. Pepe estuvo dispuesto, claro. Nunca contrariaba a Isabel y, por otra parte, lo cierto es que sentía un inmenso afecto casi paternal hacia Alfonsito. Así que el príncipe Alfonso se despidió de los Adalberto en Munich y viajó a Viena escoltado por Pepe, por Guillermo Morphy y por Ceferino, el fiel ayudante de cámara.
Pepe no se limitó a llevar al chico a Viena, meterle en el colegio y dejarle allí. Estuvo varios días pendiente de Alfonsito, llevándole a pasear por la capital austríaca, tomando el refrigerio en los cafés de
moda, asistiendo al Prater o acudiendo al teatro para una representación de
Un Ballo in Maschera de Verdi. Para el duque de Sesto, era importante asegurarse de que Alfonso se quedaba contento en Viena. Sólo después, pudo emprender viaje de regreso: una escala en París para informar a Isabel de cómo había ído todo y vuelta a Madrid.
En Madrid, Sophie le esperaba para contarle que íban a dar un baile de máscaras en Carnaval. Los caballeros debían ataviarse igual que el tiempos del Rey Sol, las damas lucirían trajes dignos de Madame de Pompadour y se bailarían minués. Si Pepe pensó que lo de los minués estaba de más, tuvo la prudencia necesaria para callarse, jajaja.