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 Asunto: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 02:31 
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Madrigalejo, a 97 kilómetros de Cáceres, del 22 al 23 de enero de 1516.

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Ya no pudo forjar la paz definitiva con la Francia del joven Francisco I -reino que pretendía el Nápoles y la Navarra hispanos- el rey Fernando, "quien a finales de 1515 se desplazó hacia Andalucía, hacia el territorio de Málaga y Granada, allí donde un cuarto de siglo antes había alcanzado la gloria. Ahora en su vejez parecía que pretendía relanzar de nuevo su proyecto africano tras los ataques de Oruj Barbarroja, queriendo armar una flota cuya avanzadilla ya había auxiliado a los mallorquines en Bugía. Así hacía suyo una vez más el ideal que le persiguiera, sin lograrlo alcanzar, de <<paz entre cristianos y guerra contra infieles>>. Pero él ya no sería el libertador de Jerusalén como auguraban profecías al tiempo de su nacimiento. Atacado de hidropesía, la hinchazón de todo su cuerpo se lo iba a impedir, aunque todavía hubo una conexión entre su vida y su muerte: la modestia del lugar en donde vino y se fue del mundo. Como dijera Pedro Mártir de Anglería en su carta fechada el día de su muerte, el 23 de enero de 1516, a modo de elegía: <<El señor de tantos reinos, el adornado de tantas palmas, el propagador de la religión católica y el vencedor de tantos enemigos, murió en una miserable casa rústica y, contra la opinión de las gentes, pobre. No había nacido en una choza, si bien casi se consideraba engendrado en una, y era rey, quizá en esos momentos el más poderoso de todos. Nunca perdió el convencimiento de ser un elegido, aunque tampoco nunca fue un visionario>>. Como el Frasno, a cuatro leguas de Calatayud, lugar en el que el rey Fernando creía haber sido procreado, Madrigalejo, aldea de la ciudad de Trujillo, no era precisamente el ombligo del mundo. Pero la pobreza del lugar no impidió la amplitud de miras y la grandeza de espíritu de Fernando el Católico en los momentos previos de hacer redactar su último testamento y de entregar su alma a Dios.

Esta pieza, que anulaba a otras anteriores que la habían precedido, no dejó cabo por atar, después de haber pedido el rey consejo a sus más íntimos colaboradores. La magnanimidad de su pensamiento casi arranca ya desde el comienzo del testamento. El Rey Católico, que se encontraba muy dolido con su desconocido nieto Carlos, en absoluto le desheredó. Muchas veces han corrido rumores de que llegó a nombrar, o pensó en ello, como heredero a su segundo nieto Fernando -hermano menor de Carlos, educado en Castilla-. En verdad es lo que la afectividad del rey le obligaba, pero no así la legitimidad dinástica. Sobreponiéndose a sus deseos, la realidad fue que el rey Fernando obró de acuerdo con la razón de Estado que subyacía a aquel tema cuando sus consejeros así se lo subrayaron. Es más, ni siquiera el infante Fernando fue nombrado gobernador de Castilla durante el tiempo que tardase en personarse en ella el heredero don Carlos. Esta decisión hubiese sido una amenaza para la paz de aquella corona, pues siempre habría personajes dispuestos a aceptarla y a defenderla buscando incluso dominar al niño de no más de trece años que entonces era Fernando. Por razón de Estado, por tanto, se nombró gobernador del reino a Carlos de Gante, porque el testamento no descalificaba a la reina Juana, aunque asumía la imposibilidad de que ella gobernara dada su incapacidad mental. Y en tanto en cuanto Carlos no apareciera en Castilla, el cardenal Cisneros sería quien empuñaría momentáneamente las riendas de la administración, mientras que en la Corona de Aragón similar función recaería sobre don Alfonso de Aragón, el arzobispo de Zaragoza y preciado hijo natural del monarca.

Mas el rey Fernando no terminó con cláusulas tan sencillas su testamento. En él quiso cerciorarse de que Carlos de Gante gobernaría bien. Eso suponía que se rodease, tanto en Castilla como en Aragón de colaboradores naturales de aquellos territorios, intuyendo los peligros que supondría la presencia de un entorno flamenco. Esto ya había sucedido en el breve paréntesis gubernamental de Felipe el Hermoso y parecía entreverse en la antipática visita del preceptor de Carlos, Adrian de Utrecht, quien se había presentado en Castilla como pájaro de mal agüero en espera de la muerte de Fernando. Suponía también que su secretario, Pedro de Quintana, debería presentar a Carlos la relación de todo lo que éste tenía que realizar, subrayando básicamente que se dedicase por entero a la defensa de la fe católica y a la subyugación de los infieles musulmanes. El ideal fernandino, que atravesó su vida, se quería proyectar en la de su sucesor. Y los consejos políticos, en fin, se centraron para terminar en la necesidad que el nuevo gobernador tendría de conservar la forma de la administración de aquellos reinos, recalcando que se respetasen las realidades forales de cada uno de ellos.

Pero el testamento quiso abarcar también los aspectos más privados y personales del rey que moría. Pensó en gratificar a sus servidores, en ayudar a un determinado número de pobres que así estimasen sus albaceas, en dejar bien colocados a su hijo, don Alfonso de Aragón, a su nieto, el infante Fernando, y a su esposa, Germana de Foix. Finalmente, tras preocuparse por la salvación de su alma por la que habría que destinarse diez mil misas, el rey Fernando, como en el primer testamento de su vida que redactase en plena guerra civil castellana, dejó escrito que quería que sus restos reposasen al lado de su esposa Isabel, que descansaba en la Capilla Real de Granada. Hasta en el último suspiro el Rey Católico recordaba a quien auténticamente fuera su otro yo en esta vida. Firmado el documento el 22 de enero de 1516, a Fernando sólo le restaron pocas horas para darle la extremaunción antes de que en la madrugada del 23 con su muerte pasara también a la historia
".

ERNEST BELENGUER - Fernando el Católico.

Fernando de Aragón, el Rey Católico.
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Por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de Granada, de Jerusalén, de las Dos Sicilias, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar y de las islas Canarias, conde de Barcelona, del Rosellón y de la Cerdaña, duque de Atenas y de Neopatria, señor de Vizcaya y de Molina, marqués de Oristán y de Gociano.

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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 02:46 
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Últimamente andas de centenario en centenario, eh? :lmao:

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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 11:49 
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Jajaja, empieza fuerte el año... :-D

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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:00 
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Fernando el Católico
Henry Kamen


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“Nada hace estimar tanto a un príncipe como las grandes empresas o el dar de sí ejemplos extraordinarios. En nuestro tiempo tenemos a Fernando de Aragón, actual rey de España. Podemos casi llamarle príncipe nuevo, ya que de rey débil que era se ha convertido por su fama y por su gloria en el primer rey de los cristianos; y si examináis sus acciones, las encontraréis todas grandiosas y alguna extraordinaria”. Con estas palabras describe Maquiavelo a Fernando el Católico en su obra más conocida, El Príncipe. El autor italiano sitúa al monarca aragonés como paradigma de las virtudes que todo soberano ha de tener y le convierte en su modelo de príncipe ideal. La fama de Fernando, atestiguada en diferentes escritos de la época, se extendió por todo el continente europeo, principalmente por sus logros militares, aunque también por su extraordinaria habilidad diplomática.

A pesar de la importancia de Fernando el Católico en nuestra historia, lo cierto es que la historiografía y el imaginario popular no han prestado mucha atención a su figura, a veces relegada, intencionadamente, a un segundo plano. La disciplina histórica adolece, por desgracia, de los mismos defectos que la sociedad y en ocasiones se deja llevar por sesgos partidistas y políticos ajenos a su principal cometido. Fernando el Católico ha sido víctima de esta lacra. Los historiadores “castellanos” potenciaron la imagen de su mujer, Isabel la Católica, como símbolo de la preeminencia de Castilla en la Península; mientras que la historiografía catalana acusó a Fernando de ser el causante de su decadencia comercial y económica. De este modo, unos y otros rebajaron e incluso cuestionaron la relevancia del monarca aragonés. Tan solo en los últimos años han comenzado a aparecer tímidos intentos por rehabilitar la imagen de Fernando el Católico, alejándose, para ello, de cualquier prejuicio político y construyendo su relato en torno a evidencias históricas.

Entre estos trabajos se encuentra la obra que acaba de publicar el hispanista Henry Kamen, Fernando el Católico. 1451-1516. Vida y mitos de uno de los fundadores de la España Moderna*, en la editorial Esfera de los Libros. El libro de Kamen es una asequible e interesante biografía del monarca aragonés escrita para el gran público. Como el propio autor aclara en el prefacio de su obra, “El presente trabajo es un breve estudio que ofrece al lector no especializado una guía para comprender la carrera política y vital de uno de los fundadores de la España moderna. Ofrece una perspectiva general más allá de la cronología y la genealogía, y al mismo tiempo pretende establecer un panorama claro del contexto político en el que Fernando, el Rey Católico, vivió y se desenvolvió”.

La obra de Kamen aborda, como recoge la cita anterior, la biografía de Fernando el Católico y el entorno político que le tocó vivir. Nos hallamos de lleno en el Renacimiento, momento en que Europa empieza a desperezarse tras un letargo de siglos. Las luces vuelven a alumbrar la mentalidad de los intelectuales europeos y tiene lugar una eclosión de las artes y las ciencias. Junto a las innovaciones culturales se produce una transformación radical de las instituciones políticas y de los sistemas de gobierno; el feudalismo comienza a resquebrajarse y los monarcas imponen poco a poco su autoridad y poder. Nuevos actores emergen, como España e Inglaterra, mientras el Papado y el Imperio ceden su hegemonía. Fernando fue un testigo privilegiado de estos sucesos y, junto a su esposa, uno de los principales impulsores de la nueva época que empezaba a abrirse. El historiador británico explica con gran acierto y amenidad este proceso, a la par que da cuenta de los hitos más importantes de la vida del Rey Católico.

Henry Kamen no rehúsa abordar las cuestiones más controvertidas sobre la figura de Fernando. Todo lo contrario, entra de lleno en ellas. Quizás la que más tinta ha generado sea la pretendida unidad española con el matrimonio de los Reyes Católicos, que el historiador británico niega tajantemente. Así lo expresa de forma categórica: “En este punto podemos abordar una serie de aspectos relativos a esta unión de dos monarcas de dos reinos completamente distintos, una alianza que no puede encontrarse en toda la historia de ningún otro país de Europa. Fue una unión personal y física de dos mandatarios, pero no una unión de sus reinos: no hubo unión alguna de Castilla y Aragón, ni en términos territoriales o políticos ni en términos de la posición que ostentaron ambos monarcas. La conclusión es sencilla, pero se ha malentendido casi siempre”. A lo largo de la obra son constantes las alusiones a esta cuestión y mucha de la información que facilita el hispanista va encaminada a apoyar su tesis.

Entre los demás aspectos controvertidos analizados en el libro, destacan los dedicados a la religión y a la confesionalidad del reino. En aquella época la fe ocupaba un puesto preferente en la “agenda política” y condicionó muchas de las decisiones adoptadas por Fernando el Católico. Por ejemplo, Kamen estudia la recuperación de la Inquisición (que tuvo un objetivo más político que religioso), la expulsión de los judíos en España y la aparición de un cierto regalismo con el que la Corona quiso recuperar la influencia sobre el clero local.

La parte central de la obra está dedicada a la biografía de Fernando el Católico. Aunque el historiador británico no sigue explícitamente esta partición, la vida del monarca aragonés puede dividirse en tres fases. La primera, desde su infancia hasta el matrimonio con Isabel, fue un periodo muy turbulento para el heredero. Los conflictos políticos en Aragón y en el Principado de Cataluña, como consecuencia de la enemistad entre su padre y su hermanastro, Juan II y Carlos de Viana, le permitieron conocer de primera mano los entresijos de la guerra, al mismo tiempo que lidiaba con las penalidades de la huida y la derrota. La segunda fase comienza en 1468, cuando a los dieciséis años es coronado como rey de Sicilia, contrae matrimonio con Isabel de Castilla (en contra de la voluntad de Enrique IV) y se inicia el conflicto entre Juana de Portugal (o la Beltraneja) e Isabel por la sucesión legítima al trono de Castilla. La victoria de los ejércitos comandados por Fernando frente a Portugal y a algunos nobles castellanos, permitió reforzar la posición de la Corona y la autoridad de los nuevos reyes (Fernando accedió al trono aragonés en 1479).

Durante los más de treinta años de matrimonio los Reyes Católicos acometieron diversas empresas (“El mayor logro de Fernando e Isabel fue imponer en España la paz y el orden; fue tal el aspecto más recordado por las generaciones posteriores”) de las que la conquista de Granada en 1492 quizás sea la más lustrosa y la que mayor resonancia tuvo en Europa. Una vez concluida la guerra, se ocuparon, en especial Fernando, de los asuntos europeos y las relaciones con Francia y las posesiones aragonesas en Italia pasaron a ser el foco de atención. Francia fue el principal enemigo durante estos años y la guerra devino inevitable. Por primera vez, España jugó un papel activo en los asuntos de Europa.

En 1504 moría Isabel, con lo que concluye la segunda fase de la vida de Fernando. Las disposiciones testamentarias establecían que el trono de Castilla lo heredase la hija de los Reyes Católicos, Juana, casada con Felipe el Hermoso. La ansiada unidad estuvo a punto de desmoronarse por la ambición de Felipe, quien apartó de los asuntos castellanos a Fernando. El monarca aragonés se resignó y marchó a sus posesiones italianas. Sin embargo, un giro inesperado, la repentina muerte de Felipe el Hermoso y la incapacidad de Juana, obligaron a Fernando a tomar de nuevo las riendas de las dos Coronas hasta que la muerte le sobrevino en enero de 1516. Durante esta tercera y última fase, Fernando contrajo matrimonio con Germana de Foix y anexionó el reino de Navarra a Castilla.

Kamen utiliza la muerte de Isabel como punto de inflexión y aprovecha este suceso para detener la narración e introducir un “paréntesis cronológico” en el que aborda aspectos puntuales del reinado de los Reyes Católicos. Destaca el “modelo económico” (si se puede llamar así) que adoptaron para sus Estados; las cuestiones religiosas; el descubrimiento del Nuevo Mundo; la cultura de la época o la organización política de sus posesiones peninsulares y europeas. En estos epígrafes Kamen abandona momentáneamente la biografía de Fernando y nos muestra una amplia panorámica de la España de principios de siglo XVI.

En 2016 celebramos el quinto centenario de la muerte de quien para muchos fue el primer rey de España. Seguramente, como ha ocurrido durante estos últimos meses, asistiremos a una importante labor de difusión con congresos, exposiciones y ciclos de conferencias. La verdad es que son necesarios. Pocas figuras de nuestro pasado han jugado un papel tan importante en la conformación de la identidad española y han recibido tan poca atención. La biografía de Henry Kamen es una oportunidad magnífica para todos aquellos que, interesados en la vida del monarca aragonés, no quieran acudir a los trabajos académicos, a veces más tediosos. Con un estilo ameno y ágil, el historiador británico navega por la vida de Fernando y por la incipiente Monarquía Hispánica.

Henry Kamen (1935) ha sido profesor en distintas universidades de España, Gran Bretaña y Estados Unidos, así como en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Autor de estudios fundamentales sobre la historia de Europa de la época moderna, entre ellos cabe destacar: Felipe V: el rey que reinó dos veces (2000), Felipe de España (2001), Imperio: la forja de España como potencia mundial (2003), El gran duque de Alba (2005), Bocetos para la Historia (2006), Los desheredados (2007), El enigma de El Escorial (2010), El rey loco y otros misterios de la España imperial (2012), La Inquisición española: una revisión histórica (2013) y España y Cataluña (2014).

*Publicado por la editorial Esfera de los Libros, octubre 2015.


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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:10 
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Fernando el Católico: de él recibimos España
Pedro Fernández Barbadillo


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Los visitantes a la Capilla Real de la Catedral de Granada pueden descender a la cripta y contemplar a través de una reja los centenarios ataúdes que guardan hasta el fin de los tiempos los despojos de la reina Isabel I de Castilla, de su marido el rey Fernando II de Aragón, de la hija de ambos Juana I y su marido Felipe de Habsburgo y de su nieto el príncipe Miguel de la Paz, al que los hombres habían destinado a heredar las coronas de Castilla, Aragón y Portugal. Sed Deus noluit.

El sábado 23 de enero de 2016 se cumplen los 500 años de la muerte de Fernando de la Casa de Trastámara (1452-1516), rey que fue de Castilla (1474-1504), de Aragón (1479-1516), de Sicilia (1468-1516) y de Nápoles (1504-1516). Y se conmemora con una misa funeral en la Capilla Real. Cuando el 26 de noviembre de 1504 falleció Isabel I de Castilla, nacida en 1451, que no reinaba en Aragón, la obra de los Reyes Católicos, pudo quebrarse y, en ese caso, la visita a la Capilla Real sería a los restos en piedra de un sueño, como la tumba de la princesa Cristina de Noruega en la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias o la de la última reina católica de Inglaterra, María I, en la Abadía de Westminster.

De ambos monarcas ha escrito su principal biógrafo, el académico Luis Suárez, que "en todo operaban de acuerdo". Aparte de culminar la Reconquista, otros dos de sus grandes éxitos fueron el sometimiento de la nobleza levantisca y la política exterior. Como príncipe de Aragón, Fernando tenía como enemigo a Francia, que ocupaba el Rosellón y la Cerdaña y ambicionaba Napolés, donde reinaba una rama de los Trastámara, y trasladó esa enemistad a Castilla.

Una nueva dinastía europea

Una de las consecuencias de la nueva política exterior fue la alianza con otros adversarios de los Valois franceses y para ello los Reyes Católicos recurrieron a sus cinco hijos. Los planes de Isabel y Fernando eran engendrar una dinastía que gobernase casi toda Europa Occidental mediante la trabazón de los Trastámara, los Tudor y los Habsburgo. Así los reyes franceses quedarían rodeados. Y en el futuro quizás una Cristiandad pacificada pudiera combatir a los turcos y liberar los Santos Lugares.

En la Península Ibérica, Isabel y Fernando pretendían restaurar la unidad rota en el siglo VIII por la invasión musulmana, y por ello, en 1479 en el Tratado de Alcazovas con su antes enemigo Alfonso V de Portugal pactaron el matrimonio de la infanta Isabel con el infante Alfonso, primogénito de Juan, príncipe heredero del trono luso.

Su hija mayor, Isabel (1470-1498), princesa de Asturias hasta el nacimiento de su hermano, fue destinada a Portugal; la boda se celebró en 1490. Juan (1478-1497), el único varón y además enfermizo, y la infanta Juana (1479-1555) casaron con los dos hijos de Maximiliano de Habsburgo, rey de Romanos (heredero del Imperio), Margarita de Austria y Felipe el Hermoso, en 1497 y 1496 respectivamente.

Antes de acabar las bodas, empezaron los entierros. El primer marido de Isabel falleció al caerse del caballo en 1491 sin hijos y ella se casó de nuevo con el ya rey portugués Manuel I en 1496. La reina consorte murió en 1498 al dar a luz a Miguel de la Paz, que vivió veintitrés meses. En un desafío al destino, los Reyes Católicos casaron a María (1482-1517) con el viudo Manuel I.

La benjamina, Catalina de Aragón (1485-1536), marchó a Inglaterra en 1501 para casar con el príncipe de Gales, Arturo Tudor, y, después de su muerte, con el hermano menor de éste, el futuro Enrique VIII, en 1509.

Destrozada por las muertes de sus hijos mayores y su nieto, así como por la locura que empezaba a manifestar Juana, la reina Isabel falleció en 1504 en su querida villa de Medina del Campo.

El matrimonio con Germana de Foix

Hasta entonces, como explica Suárez (Los Reyes Católicos), Isabel y Fernando, que nunca usaron el título de reyes de España, aunque les nombraran así desde el extranjero, encabezaban una Unión de Reinos: Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Sicilia, Cerdeña y Nápoles (conquistado por las armas castellanas mandadas por el Gran Capitán). Además, en la Corona de Aragón, las mujeres estaban excluidas del trono, aunque podían transmitir derechos sucesorios.

¿Podía haberse disgregado lo unido, como ya había ocurrido a las muertes de Sancho III el Mayor, rey de Pamplona, (1035), y del emperador Alfonso VII (1157)? La heredera legítima de Isabel era su hija Juana, que había venido a España en 1502 para ser jurada como heredera por las Cortes. En un codicilo de su testamento, la reina establecía que si Juana estaba ausente del reino, renunciaba por sí misma o era incapacitada, Fernando debía ser nombrado regente, y no Felipe de Habsburgo, al que no citaba como rey, sino como "su marido".

Pero el archiduque llevaba tiempo maquinando para apoderarse de Castilla. Una de sus maniobras era atraerse, por medio de Juan Manuel de Villena, señor de Belmonte, a un sector de la gran nobleza descontenta a la que los Reyes Católicos habían despojado de sus privilegios (los Pacheco, los Stúñiga, los Guzmán y los Manrique). Y otra era restaurar la alianza entre Castilla y Francia, para lo que había negociado con el rey Luis XII el Tratado de Blois (1504), en el cual ambos se comprometían a casar a sus hijos, Carlos y Claudia.

Se unía un elemento de confusión, que eran los dos hijos varones de la reina Juana. Mientras en Flandes permanecía el mayor, Carlos, nacido en 1500, en Castilla se educaba el segundo, Fernando, así llamado en honor de su abuelo, que además había nacido en Alcalá de Henares en 1503. Para los castellanos, el primero era un extranjero y el segundo un compatriota.

Los visitantes a la Capilla Real de la Catedral de Granada pueden descender a la cripta y contemplar a través de una reja los centenarios ataúdes que guardan hasta el fin de los tiempos los despojos de la reina Isabel I de Castilla, de su marido el rey Fernando II de Aragón, de la hija de ambos Juana I y su marido Felipe de Habsburgo y de su nieto el príncipe Miguel de la Paz, al que los hombres habían destinado a heredar las coronas de Castilla, Aragón y Portugal. Sed Deus noluit.

El sábado 23 de enero de 2016 se cumplen los 500 años de la muerte de Fernando de la Casa de Trastámara (1452-1516), rey que fue de Castilla (1474-1504), de Aragón (1479-1516), de Sicilia (1468-1516) y de Nápoles (1504-1516). Y se conmemora con una misa funeral en la Capilla Real. Cuando el 26 de noviembre de 1504 falleció Isabel I de Castilla, nacida en 1451, que no reinaba en Aragón, la obra de los Reyes Católicos, pudo quebrarse y, en ese caso, la visita a la Capilla Real sería a los restos en piedra de un sueño, como la tumba de la princesa Cristina de Noruega en la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias o la de la última reina católica de Inglaterra, María I, en la Abadía de Westminster.

De ambos monarcas ha escrito su principal biógrafo, el académico Luis Suárez, que "en todo operaban de acuerdo". Aparte de culminar la Reconquista, otros dos de sus grandes éxitos fueron el sometimiento de la nobleza levantisca y la política exterior. Como príncipe de Aragón, Fernando tenía como enemigo a Francia, que ocupaba el Rosellón y la Cerdeña y ambicionaba Napolés, donde reinaba una rama de los Trastámara, y trasladó esa enemistad a Castilla.
Una nueva dinastía europea

Una de las consecuencias de la nueva política exterior fue la alianza con otros adversarios de los Valois franceses y para ello los Reyes Católicos recurrieron a sus cinco hijos. Los planes de Isabel y Fernando eran engendrar una dinastía que gobernase casi toda Europa Occidental mediante la trabazón de los Trastámara, los Tudor y los Habsburgo. Así los reyes franceses quedarían rodeados. Y en el futuro quizás una Cristiandad pacificada pudiera combatir a los turcos y liberar los Santos Lugares.

En la Península Ibérica, Isabel y Fernando pretendían restaurar la unidad rota en el siglo VIII por la invasión musulmana, y por ello, en 1479 en el Tratado de Alcazovas con su antes enemigo Alfonso V de Portugal pactaron el matrimonio de la infanta Isabel con el infante Alfonso, primogénito de Juan, príncipe heredero del trono luso.

Su hija mayor, Isabel (1470-1498), princesa de Asturias hasta el nacimiento de su hermano, fue destinada a Portugal; la boda se celebró en 1490. Juan (1478-1497), el único varón y además enfermizo, y la infanta Juana (1479-1555) casaron con los dos hijos de Maximiliano de Habsburgo, rey de Romanos (heredero del Imperio), Margarita de Austria y Felipe el Hermoso, en 1497 y 1496 respectivamente.

Antes de acabar las bodas, empezaron los entierros. El primer marido de Isabel falleció al caerse del caballo en 1491 sin hijos y ella se casó de nuevo con el ya rey portugués Manuel I en 1496. La reina consorte murió en 1498 al dar a luz a Miguel de la Paz, que vivió veintitrés meses. En un desafío al destino, los Reyes Católicos casaron a María (1482-1517) con el viudo Manuel I.

La benjamina, Catalina de Aragón (1485-1536), marchó a Inglaterra en 1501 para casar con el príncipe de Gales, Arturo Tudor, y, después de su muerte, con el hermano menor de éste, el futuro Enrique VIII, en 1509.

Destrozada por las muertes de sus hijos mayores y su nieto, así como por la locura que empezaba a manifestar Juana, la reina Isabel falleció en 1504 en su querida villa de Medina del Campo.
El matrimonio con Germana de Foix

Hasta entonces, como explica Suárez (Los Reyes Católicos), Isabel y Fernando, que nunca usaron el título de reyes de España, aunque les nombraran así desde el extranjero, encabezaban una Unión de Reinos: Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Sicilia, Cerdeña y Nápoles (conquistado por las armas castellanas mandadas por el Gran Capitán). Además, en la Corona de Aragón, las mujeres estaban excluidas del trono, aunque podían transmitir derechos sucesorios.

¿Podía haberse disgregado lo unido, como ya había ocurrido a las muertes de Sancho III el Mayor, rey de Pamplona, (1035), y del emperador Alfonso VII (1157)? La heredera legítima de Isabel era su hija Juana, que había venido a España en 1502 para ser jurada como heredera por las Cortes. En un codicilo de su testamento, la reina establecía que si Juana estaba ausente del reino, renunciaba por sí misma o era incapacitada, Fernando debía ser nombrado regente, y no Felipe de Habsburgo, al que no citaba como rey, sino como "su marido".

Pero el archiduque llevaba tiempo maquinando para apoderarse de Castilla. Una de sus maniobras era atraerse, por medio de Juan Manuel de Villena, señor de Belmonte, a un sector de la gran nobleza descontenta a la que los Reyes Católicos habían despojado de sus privilegios (los Pacheco, los Stúñiga, los Guzmán y los Manrique). Y otra era restaurar la alianza entre Castilla y Francia, para lo que había negociado con el rey Luis XII el Tratado de Blois (1504), en el cual ambos se comprometían a casar a sus hijos, Carlos y Claudia.

Se unía un elemento de confusión, que eran los dos hijos varones de la reina Juana. Mientras en Flandes permanecía el mayor, Carlos, nacido en 1500, en Castilla se educaba el segundo, Fernando, así llamado en honor de su abuelo, que además había nacido en Alcalá de Henares en 1503. Para los castellanos, el primero era un extranjero y el segundo un compatriota.

Fernando, aunque contaba con el respaldo del arzobispo de Toledo, Francisco Jiménez de Cisneros, era expulsado del gobierno de Castilla, con el riesgo de que se desencadenase una guerra civil. Y ante la amenaza de que Felipe retirase las guarniciones castellanas de Nápoles, el rey de Aragón firmó el 12 de octubre de 1505, al año exacto del testamento de Isabel La Católica, con Luis XII el segundo Tratado de Blois, "obra maestra de la habilidad política del rey Fernando", según Suárez.

A consecuencia del pacto, el cincuentón Fernando se casó con Germana de Foix (1488-1538), de 18 años y sobrina de Luis XII. El 24 de noviembre, los procuradores del rey Fernando y del archiduque Felipe pactaron la Concordia de Salamanca, que reconocía al Habsburgo la condición de rey en igualdad de poderes con su mujer y situaba al Trastámara como simple gobernador. Medio año más tarde, con Juana y Felipe ya en tierra española, los dos príncipes pactaron una nueva Concordia, la de Villafáfila (en junio de 1506), por la que se reconocía a Juana incapaz para reinar, se dejaba a Felipe como rey único de Castilla y se obligaba a Fernando a retirarse a Aragón.

Suárez resume así la Concordia de Villafáfila:

"todo lo logrado en 1475, Unión de Reinos y monarquía dual, parecía ahora disipado".

Si Fernando tenía un heredero varón, la Corona de Aragón se separaría de la de Castilla.

Los visitantes a la Capilla Real de la Catedral de Granada pueden descender a la cripta y contemplar a través de una reja los centenarios ataúdes que guardan hasta el fin de los tiempos los despojos de la reina Isabel I de Castilla, de su marido el rey Fernando II de Aragón, de la hija de ambos Juana I y su marido Felipe de Habsburgo y de su nieto el príncipe Miguel de la Paz, al que los hombres habían destinado a heredar las coronas de Castilla, Aragón y Portugal. Sed Deus noluit.

El sábado 23 de enero de 2016 se cumplen los 500 años de la muerte de Fernando de la Casa de Trastámara (1452-1516), rey que fue de Castilla (1474-1504), de Aragón (1479-1516), de Sicilia (1468-1516) y de Nápoles (1504-1516). Y se conmemora con una misa funeral en la Capilla Real. Cuando el 26 de noviembre de 1504 falleció Isabel I de Castilla, nacida en 1451, que no reinaba en Aragón, la obra de los Reyes Católicos, pudo quebrarse y, en ese caso, la visita a la Capilla Real sería a los restos en piedra de un sueño, como la tumba de la princesa Cristina de Noruega en la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias o la de la última reina católica de Inglaterra, María I, en la Abadía de Westminster.

De ambos monarcas ha escrito su principal biógrafo, el académico Luis Suárez, que "en todo operaban de acuerdo". Aparte de culminar la Reconquista, otros dos de sus grandes éxitos fueron el sometimiento de la nobleza levantisca y la política exterior. Como príncipe de Aragón, Fernando tenía como enemigo a Francia, que ocupaba el Rosellón y la Cerdeña y ambicionaba Napolés, donde reinaba una rama de los Trastámara, y trasladó esa enemistad a Castilla.
Una nueva dinastía europea

Una de las consecuencias de la nueva política exterior fue la alianza con otros adversarios de los Valois franceses y para ello los Reyes Católicos recurrieron a sus cinco hijos. Los planes de Isabel y Fernando eran engendrar una dinastía que gobernase casi toda Europa Occidental mediante la trabazón de los Trastámara, los Tudor y los Habsburgo. Así los reyes franceses quedarían rodeados. Y en el futuro quizás una Cristiandad pacificada pudiera combatir a los turcos y liberar los Santos Lugares.

En la Península Ibérica, Isabel y Fernando pretendían restaurar la unidad rota en el siglo VIII por la invasión musulmana, y por ello, en 1479 en el Tratado de Alcazovas con su antes enemigo Alfonso V de Portugal pactaron el matrimonio de la infanta Isabel con el infante Alfonso, primogénito de Juan, príncipe heredero del trono luso.

Su hija mayor, Isabel (1470-1498), princesa de Asturias hasta el nacimiento de su hermano, fue destinada a Portugal; la boda se celebró en 1490. Juan (1478-1497), el único varón y además enfermizo, y la infanta Juana (1479-1555) casaron con los dos hijos de Maximiliano de Habsburgo, rey de Romanos (heredero del Imperio), Margarita de Austria y Felipe el Hermoso, en 1497 y 1496 respectivamente.

Antes de acabar las bodas, empezaron los entierros. El primer marido de Isabel falleció al caerse del caballo en 1491 sin hijos y ella se casó de nuevo con el ya rey portugués Manuel I en 1496. La reina consorte murió en 1498 al dar a luz a Miguel de la Paz, que vivió veintitrés meses. En un desafío al destino, los Reyes Católicos casaron a María (1482-1517) con el viudo Manuel I.

La benjamina, Catalina de Aragón (1485-1536), marchó a Inglaterra en 1501 para casar con el príncipe de Gales, Arturo Tudor, y, después de su muerte, con el hermano menor de éste, el futuro Enrique VIII, en 1509.

Destrozada por las muertes de sus hijos mayores y su nieto, así como por la locura que empezaba a manifestar Juana, la reina Isabel falleció en 1504 en su querida villa de Medina del Campo.
El matrimonio con Germana de Foix

Hasta entonces, como explica Suárez (Los Reyes Católicos), Isabel y Fernando, que nunca usaron el título de reyes de España, aunque les nombraran así desde el extranjero, encabezaban una Unión de Reinos: Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Sicilia, Cerdeña y Nápoles (conquistado por las armas castellanas mandadas por el Gran Capitán). Además, en la Corona de Aragón, las mujeres estaban excluidas del trono, aunque podían transmitir derechos sucesorios.

¿Podía haberse disgregado lo unido, como ya había ocurrido a las muertes de Sancho III el Mayor, rey de Pamplona, (1035), y del emperador Alfonso VII (1157)? La heredera legítima de Isabel era su hija Juana, que había venido a España en 1502 para ser jurada como heredera por las Cortes. En un codicilo de su testamento, la reina establecía que si Juana estaba ausente del reino, renunciaba por sí misma o era incapacitada, Fernando debía ser nombrado regente, y no Felipe de Habsburgo, al que no citaba como rey, sino como "su marido".

Pero el archiduque llevaba tiempo maquinando para apoderarse de Castilla. Una de sus maniobras era atraerse, por medio de Juan Manuel de Villena, señor de Belmonte, a un sector de la gran nobleza descontenta a la que los Reyes Católicos habían despojado de sus privilegios (los Pacheco, los Stúñiga, los Guzmán y los Manrique). Y otra era restaurar la alianza entre Castilla y Francia, para lo que había negociado con el rey Luis XII el Tratado de Blois (1504), en el cual ambos se comprometían a casar a sus hijos, Carlos y Claudia.

Se unía un elemento de confusión, que eran los dos hijos varones de la reina Juana. Mientras en Flandes permanecía el mayor, Carlos, nacido en 1500, en Castilla se educaba el segundo, Fernando, así llamado en honor de su abuelo, que además había nacido en Alcalá de Henares en 1503. Para los castellanos, el primero era un extranjero y el segundo un compatriota.

Fernando, aunque contaba con el respaldo del arzobispo de Toledo, Francisco Jiménez de Cisneros, era expulsado del gobierno de Castilla, con el riesgo de que se desencadenase una guerra civil. Y ante la amenaza de que Felipe retirase las guarniciones castellanas de Nápoles, el rey de Aragón firmó el 12 de octubre de 1505, al año exacto del testamento de Isabel La Católica, con Luis XII el segundo Tratado de Blois, "obra maestra de la habilidad política del rey Fernando", según Suárez.

A consecuencia del pacto, el cincuentón Fernando se casó con Germana de Foix (1488-1538), de 18 años y sobrina de Luis XII. El 24 de noviembre, los procuradores del rey Fernando y del archiduque Felipe pactaron la Concordia de Salamanca, que reconocía al Habsburgo la condición de rey en igualdad de poderes con su mujer y situaba al Trastámara como simple gobernador. Medio año más tarde, con Juana y Felipe ya en tierra española, los dos príncipes pactaron una nueva Concordia, la de Villafáfila (en junio de 1506), por la que se reconocía a Juana incapaz para reinar, se dejaba a Felipe como rey único de Castilla y se obligaba a Fernando a retirarse a Aragón.

Suárez resume así la Concordia de Villafáfila:

"todo lo logrado en 1475, Unión de Reinos y monarquía dual, parecía ahora disipado".

Si Fernando tenía un heredero varón, la Corona de Aragón se separaría de la de Castilla.

Un partido de pelota en Burgos

Pero la Providencia vino en rescate de España. El soberbio borgoñón, que todavía no había obtenido la renuncia de su esposa ni su reconocimiento por parte de las Cortes, jugó un partido de pelota en Burgos, bebió un refresco muy frío "y se le presentó una fiebre que en pocos días acabó con él. (…) el rey falleció el 25 de septiembre de 1506 a consecuencia de una neumonía infecciosa".

La reina Juana, apoyada por Cisneros y el primer duque de Alba, pidió a su padre que acudiese a Castilla para ejercer la regencia. "Cada uno de los grandes constituía sus mesnadas (…) y las usaba para recuperar aquellas parcelas sobre las que creía tener derecho". Fernando, que podía haberse negado a regresar a la Castilla que le había expulsado, envió desde Italia plenos poderes a Cisneros. Además, Germana, que visitaba y consolaba a la reina loca, parió en mayo de 1509 en Valladolid un niño, Juan de Aragón y Foix, que murió a las pocas horas. Quedaba abierto el camino para Carlos.

Las últimas labores de Fernando el Católico fueron:

La ordenación de la conquista y el gobierno de las Indias: el establecimiento de las encomiendas y los municipios, la promulgación de las Leyes de Burgos, la fundación de la Junta de Navegantes para controlar el Atlántico, la confirmación de los privilegios de la Casa de Contratación en Sevilla.
La anexión de Navarra en 1512, que se incorporó a Castilla por decisión de las Cortes navarras en marzo de 1513.
La convocatoria en 1510 de las Cortes de Monzón para toda la Corona de Aragón y las de Madrid, por las que se reconocía a Carlos de Habsburgo como heredero por delante de su hermano Fernando y donde quedó claro que "la Unión era más fuerte que las diferencias entre los reinos".

Suárez recoge el último gesto del rey mientras agonizaba en Madrigalejo:

"la orden a Cisneros para que se encargara de hacer eficaz el testamento que todo lo entregaba a Carlos".

Aunque se extinguió su apellido, Fernando salvó la unión de reinos y su descendencia alcanzó la cumbre del poder. Su nieto Carlos reinó en nombre de su hija Juana en España y en 1520 fue elegido emperador. Su biznieto, Felipe II, cuya madre, la emperatriz Isabel, era una Avis, heredó Portugal. Por unas décadas, el plan de los Reyes Católicos de unir toda la Península Ibérica, se hizo realidad y la corona del rey de España fue la órbita del sol. Deus voliut!


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http://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2016-01-23/pedro-fernandez-barbadillo-500-anos-de-la-muerte-de-fernando-el-catolico-77909/

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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:15 
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Fernando el Católico, un Rey para la unidad de España
El 23 de enero de 1516, enfermo y agotado, moría el Rey. En su lecho de muerte finalizó su obra cambiando su testamento que garantizaba la unidad de España.
Juan E. Pflüger


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“Se le cayó la quijada (…) más a la verdad su enfermedad era hidropesía con mal de corazón, aunque algunos quisieron decir que habían sido hierbas porque se le cayó la quijada”. Con estas palabras narró el cronista Lorenzo Galíndez de Carvajal los últimos momentos de Fernando el Católico. Alojado en una modesta propiedad de la orden de Calatrava en Madrigalejo llamada casa de Santa María, el monarca que forjó la unidad de España se encontraba postrado en cama. Acababa de sufrir un ictus –la caída de quijada de la que hablaba el cronista- y tenía una insuficiencia cardíaca además de dolorosos accesos de gota. Tras pedir confesión, el Rey se sentía morir, llamó a los relatores y escribanos y al tesorero real y se aprestó a modificar su testamento.

Su intención, que quedó sellada con un “Yo, el Rey” bajo su rúbrica, era clara: perpetuar la unidad de España. Una unidad que se había reconstruido tras ocho siglos de reconquista y que recuperaba lo que la monarquía cristiana visigoda había logrado territorial, legal y administrativamente.

El mismo modelo había sido el empleado por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, cuando completan la unificación territorial. Primero con su matrimonio, que une los reinos históricos de Castilla y Aragón, luego con la culminación de la reconquista el dos de enero de 1492, con la toma de Granada. También siembran la semilla de la unidad ibérica con el matrimonio entre sus hijas –primero Isabel y a su muerte María- con Manuel I de Portugal. Solo quedaba Navarra que consiguió unir a la corona Fernando, aunque Isabel, había muerto diez años antes y no pudo ver culminado el proyecto que ambos plasmaron en 1475 en la Concordia de Segovia.

Fernando aseguró las posesiones españolas, porque gracias a él y a Isabel se podía volver a hablar de una política internacional común para España en el Mediterráneo, en las campañas italianas y en la expansión imperial en América, donde Castilla llevó la iniciativa, mientras Aragón le guardaba las espaldas en la Península.

El proyecto común estaba afianzado, pero había que darle continuidad. Por eso Fernando, en su lecho de muerte, decidió cambiar su testamento. Cuando su hija Juana ya había heredado la corona de Castilla, que gobernaba su marido Felipe el Hermoso, saltó una generación y nombró heredero de todas sus posesiones, que quedaban unificadas a su nieto Carlos de Habsburgo.

Pero su obra, llevada al alimón de su primera esposa Isabel –Tanto monta- no se quedó en la mera unificación territorial. La unificación religiosa, como paso previo a la jurídica, la unificación lingüística en la administración, la unificación militar,… el proyecto común que hemos heredado y que justifica su continuidad estaba arrancando.


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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:19 
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Granada comienza hoy la conmemoración por el V centenario de la muerte de Fernando el Católico
Conferencias, exposiciones, conciertos y un ciclo de cine que repasará la filmografía inspirada en la época de los Reyes Católicos.

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Granada conmemora desde este sábado el V centenario de la muerte de Fernando El Católico (1452-1516), cuyos restos descansan en la Capilla Real, mediante un programa de actividades que incluye conferencias, exposiciones, conciertos y un ciclo de cine que repasará la filmografía inspirada en la época de los Reyes Católicos.

Uno de los elementos clave de este centenario será la inauguración en los próximos meses de la restauración de los exteriores de la Capilla Real, en el marco de un proyecto que está en marcha desde 2006.

El programa de actividades arranca oficialmente este sábado, cuando se cumple el V Centenario de la muerte de Fernando el Católico, con la celebración a las 12,00 horas de la Santa Misa, Solemne Funeral, por el Rey Fernando, en la Capilla Real.

Desde el Ayuntamiento se van a organizar durante este año diferentes actividades para acercar la memoria de Fernando II de Aragón a toda la ciudad, como visitas escolares relacionadas con su época y su vida y con la Capilla Real.

Además, el conjunto de bibliotecas municipales ahondarán en la memoria del Fernando El Católico y se va a organizar un ciclo de cine que tenga como objetivo hacer un repaso de la historia de la cinematografía inspirada en la época de los Reyes Católicos.

Este centenario también tendrá cabida en el Festival Internacional de Música y Danza, en el que se pondrá en marcha una exposición en colaboración con Acción Cultural.

La Real Academia de Bellas Artes está organizando por su parte un ciclo de conferencias del 12 al 15 de abril, en un lugar por determinar, y un concierto en la Capilla Real de polifonía sacra, el día 16 de abril, en el que se repasará la música existente en tiempo del Rey Fernando.


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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:23 
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Fernando el Político, pionero de la razón de Estado
Hoy se cumplen 500 años de la muerte en Madrigalejos, Cáceres, del Rey Católico
RICARDO GARCÍA CÁRCEL

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El 23 de enero de 1516 moría en Madrigalejo, Cáceres, el rey Fernando el Católico. Hace hoy 500 años. El rey Fernando ha sufrido historiográficamente una polarización que ha lastrado su imagen. Unos historiadores lo han asimilado tanto a Isabel, su mujer, con la que se casó en 1469, que han reducido su significación a la condición de marido de la reina de Castilla en el escenario del matrimonio feliz y armónico que tanto se ha idealizado y sublimado.

El arquetípico tanto monta, monta tanto, en realidad, era incumplido por estos historiadores que ahogaban la figura de Fernando en el fondo bajo el aura dorada de su esposa, Isabel, la candidata a la santidad, la piadosa, discreta, esposa enamorada, madre amantísima. El, en cambio, Fernando ha sido visto por esta historiografía como el marido infiel, mirada torva, egoísta, avaro… Siempre segundón en el retrato comparativo que hicieron los cronistas de ambos.

En el otro extremo ideológico, la historiografía nacionalista catalana lo ha fustigado sistemáticamente, como rey de la dinastía castellana de los Trastámara, absolutista, enfrentado a su hermanastro Carlos de Viana, el hijo mayor de Juan II de Aragón, convertido éste en mito romántico, por su muerte oscura y precoz en 1561. No importa que Vicens Vives ya en los años treinta del siglo XX, demostrara que esta imagen de Fernando era pura quimera. El arquetipo negativo del Rey Católico sigue vigente.

A la hora de juzgar al rey Fernando hay que precisar en primer lugar la dificultad de separar su reinado del de Isabel. Se casaron en 1469 y ella murió en 1504. Treinta y cinco años juntos. Una unión matrimonial que desde luego, no fue unidad nacional tal y como entendemos hoy el concepto de nación. Castilla y Aragón siguieron manteniendo sus propias peculiaridades políticas, sociales y económicas. Ni el uno ni la otra tuvieron plena jurisdicción sobre la Corona que representaba cada cónyuge. Una gran parte de la nobleza castellana, cuando murió Isabel, demostró tener más simpatía por Felipe el Hermoso, marido de Juana la Loca que por Fernando. Ello determinó, en buena parte, la decisión de éste de casarse con Germana de Foix en 1505 y dar un giro a su vida, proyectándose, intensamente hacia Italia.

A la hora de juzgar a Isabel y Fernando no podemos, por otra parte, entrar en el concurso de méritos en torno a los acontecimientos decisivos que protagonizaron ambos y que tienen en 1492 su referencia fundamental: la conquista de Granada, la expulsión de los judíos o el descubrimiento de América. En estos hitos históricos, ciertamente, Fernando tuvo un papel más trascendente de lo que tradicionalmente se ha dicho. En particular, respecto al apoyo fundamental para que Colón llevar adelante su proyecto, como estudió Manzano, Fernando tuvo una participación trascendente en la decisión final a través de muchos funcionarios y asesores suyos que intervinieron en la aprobación final del viaje colombino. Fernando, por otra parte, se ufanó, no pocas veces, de su participación decisiva en la gestación del descubrimiento. En 1508 dirigiéndose al capítulo general de la Orden de San Francisco, reunido en Barcelona, hacía constar: «Haber sido yo la principal cabeza de que aquellas islas se hayan descubierto».

Pero la figura de Fernando el Católico emerge, con un significado especial, al margen de Isabel, por su perfil de político, en toda la dimensión cóncava del término. Lo resaltó Maquiavelo que lo escogió su obra El príncipe (1513) y lo acabó ratificando Baltasar Gracián en El político (1640). Fernando el Católico ha pasado, en definitiva, a la historia, como el pionero de la razón de Estado. Como ha recorrido Ángel Sesma, Fernando fue, de hecho, el primer monarca hispano en eliminar de su firma el nombre y dejar su sello en un incuestionable: yo el rey. Un rey autosatisfecho, como superador de infinidad de trances. Su obsesión en el marco de una vida extraordinariamente agitada, en la que no le faltó hasta un atentado como el que sufrió por parte del payés de remensa Juan Canyamares el 7 de diciembre de 1492, fue el equilibrio, la conjunción de los extremos.

Aragonés de Sos de Aragón, se movió siempre entre Castilla, Navarra y Cataluña, conjugando absolutismo y foralismo, demostrando una increíble capacidad de adaptarse a todas las situaciones. Esa virtud ya la subrayó el cronista Pulgar cuando escribió su retrato de Fernando: «la fabla igual ni presurosa ni mucho espaciosa. Muy templado en su comer y beber y en los movimientos de su persona porque ni la ira ni el placer facían en él alteración. Tenía la comunicación amigable. Home era de verdad, como quiera que las necesidades grandes en que le pusieron las guerras le facían algunas veces variar».

Los valores individuales, la apelación a la fortuna (que el tiñó de providencialismo) y la invocación de la necesidad como justificación o aval legitimador, principios de Maquiavelo marcaron siempre el ejercicio político de Fernando. Su relativismo moral le hizo buscar la conciliación de intereses distintos y distantes.

En el marco de la revolución catalana de 1640 siglo y medio después de su muerte, un texto anónimo se refería a él nostálgicamente: «Quien mayor entendió esta razón finísima de Estado fue el católico rey Don Fernando que tenía como regla que siempre que la balanza de la satisfacción del rey y del Reino estuvieran iguales sería durable el rey y el Reino».

El sueño de todo buen rey, la satisfacción conjunta del rey y del Reino. La monarquía española después de la muerte de Fernando el Católico se proyectó hacia otros horizontes: salió, en buena parte, del Mediterráneo, soñó con imperios lejanos, olvidó el pragmatismo de Fernando. Curiosamente en esta misma semana conmemoramos el tercer centenario del nacimiento del mejor rey Borbón, Carlos III, y el quinto centenario de la muerte de Fernando el Católico. Aquel rey Borbón que volvió de Italia en 1759 después de ser rey de Nápoles-Sicilia durante 25 años, para reinar en España, se une en nuestra memoria a Fernando, el Rey Católico, que se fue a Italia, porque parecía que los españoles no sabían valorar sus méritos. La ida y la venida de dos grandes reyes.


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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:26 
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Se cumplen 500 años de la muerte del rey Fernando El Católico
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La historia de Fernando el Católico, es el relato de la unificación de un reino que, tras dos generaciones más, se convertirá en un imperio, el país más antiguo de Europa, España.

La Corona de Aragón abarcaba en el siglo XV los reinos de la propia Aragón, los de Valencia y Mallorca y el Condado de Cataluña. En 1410 el rey aragonés Martín I el Humano, murió sin descendencia directa, dos años más tarde, en 1412, se acuerda en la villa zaragozana de Caspe elegir como rey de Aragón al que entonces era regente de Castilla, Fernando de Antequera. Con la elección de este monarca en el llamado Compromiso de Caspe, se inicia el reinado de la rama de la dinastía Trastámara en la Corona Aragonesa.

Elegido rey de Aragón, el abuelo de Fernando el Católico, no renunciará a la regencia castellana, así preparará el futuro de sus hijos, los infantes de Aragón, para que controlaran todos los reinos peninsulares. El mayor de sus hijos sería Alfonso V de Aragón, el segundo, Juan, sería proclamado rey de Navarra por las Cortes de Tarazona en 1425 y rey de Aragón tras la muerte de su hermano Alfonso en 1458.

Juan II de Aragón y Navarra casó en segundas nupcias con Juana Enríquez, de cuyo matrimonio nacería el futuro Fernando el Católico, heredero de la Corona de Aragón y, con ella, unificador bajo un mismo cetro de Aragón, Navarra, Cataluña, Valencia y Mallorca, preparando así la futura unificación de todos los reinos peninsulares, salvo Portugal, al casarse con la que sería la reina Isabel la Católica de Castilla.

Por su parte, Isabel de Castilla, fue proclamada heredera por su hermano el rey Enrique IV, en detrimento de la propia hija del rey, Juana, considerada hija ilegítima, fruto del adulterio de la esposa del rey con el favorito Beltrán de la Cueva, de ahí el sobrenombre de Juana la Beltraneja. Muerto el rey sin estar resuelto el problema sucesorio, estalló la guerra civil en la que Portugal apoyaría a Juana y Aragón a Isabel, ésta resultaría vencedora al derrotar sus partidarios a los portugueses en Toro (1476) y Albuera (1479).

El matrimonio de Isabel y Fernando, los que serían llamados Reyes Católicos, en 1469, significó la consolidación de la tendencia de los reinos hispanos a su unificación que fructificaría tras su reinado. Juntos lograron por fin la expulsión definitiva de los invasores musulmanes incorporando el reino nazarí de Granada a la corona unificada en 1492, año donde también se inicia el ensanchamiento de España más allá del Atlántico con la llegada de las naves de Cristobal Colón a lo que sería llamado América.

Los Reyes Católicos verán culminada su obra de unificación y engrandecimiento del dominio hispánico con el advenimiento al trono de Carlos I, heredero de Fernando, emperador germánico, rey de Castilla, León, Aragón, Valencia y Mallorca, conde de Barcelona y señor de los Países Bajos y de gran parte de Italia como heredero de Alfonso V.

La unión de las coronas de Castilla y Aragón bajo el reinado de los Reyes Católicos, supuso el nacimiento de la monarquía hispánica y la gestación del Estado moderno. Con dicha unión se unifican en el reino no solo las coronas sino también la religión, la administración, la justicia y propicia igualmente la unidad militar, fiscal y política. Nace el Estado español moderno según la consideración que tal tiene poniendo fin a la época medieval, concentración del poder en la Corona en detrimento del poder diluido entre señores feudales y un territorio donde se acuña y usa la misma moneda, se rige por las mismas leyes y se defiende con el mismo ejército.

Fernando II el Católico había nacido el 10 de Mayo de 1452 en la localidad zaragozana de Sos. Hijo del rey Juan II y de su segunda esposa, Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez. Al subir al trono de Aragón su padre en 1458, él recibió los títulos de duque de Montblanch y conde de Ribagorza. Se convirtió en heredero al trono de al morir su hermano Carlos de Viana (1461). Además, su padre le nombró lugarteniente general de la Corona (1466) y rey de Sicilia (1468).

El 19 de Octubre de 1469 contrajo matrimonio en Valladolid con la Infanta y heredera de Castilla, Isabel, hermana del rey castellano Enrique IV. Ambos eran biznietos del rey Juan I de Castilla, por lo que necesitaron dispensa papal para casarse. A la muerte de Enrique IV, Fernando fue reconocido rey de Castilla mientras viviera la reina Isabel. Por la Concordia de Segovia, firmada el 15 de Enero de 1475, se acordó la igualdad de poderes de ambos conyugues, de ahí el mote adoptado en su escudo de armas Tanto monta y, junto con las armas unidas de Castilla y Aragón, el yugo y el haz de flechas. El Papa Alejandro VI les concedió el título de Católicos.

Juntos se propusieron terminar la obra de la Reconquista y tras la toma de Granada, el rey Fernando, hombre de valor, astuto y de genio político, pensó en asegurar a España del peligro del Norte de África, tomando plazas como Melilla (1479) y conquistando las Islas Canarias (1484-1496).

A su vez, la posición en Europa se consolidó con las repetidas victorias en Italia de las tropas hispanas sobre el rey francés Carlos VIII, bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. En 1507, Fernando es coronado rey de Nápoles. La política matrimonial de los Reyes Católicos con respecto a sus hijos, fructificaría después con la consolidación de un vasto imperio bajo el trono de España.

La reina Isabel murió en 1504 dejando como regente de su hija Juana a su marido Fernando. Tras el paréntesis de la regencia de Felipe el Hermoso, esposo de Juana, Fernando regresó de Aragón para hacerse cargo de nuevo de Castilla. Juana fue declarada loca y recluida en Tordesillas hasta su muerte. El rey había casado de nuevo, esta vez con Germana de Foix y, de haber tenido un hijo con ella, habría sido proclamado rey de Aragón, con la posibilidad de volver a separar los dos grandes reinos hispanos.

Fernando el Católico murió el 23 de Enero de 1516 en la villa de Madrigalejo (Cáceres), cuando se dirigía al monasterio extremeño de Guadalupe. Dejó como heredero de Castilla y Aragón a su nieto Carlos de Gante. Tras de sí, el rey Católico, dejó las bases de la España moderna, unificada y asentada como la primera potencia mundial.


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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:35 
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Los últimos años de Fernando el Católico
A la muerte de Isabel la Católica, Fernando se vio forzado a ceder el poder en Castilla a su yerno, Felipe el Hermoso. Pero dos años más tarde regresó con mayor fuerza que nunca, dueño absoluto del reino de Nápoles y decidido a vengarse de quienes lo habían traicionado
Por Enrique Soria Mesa. Catedrático de Historia Moderna. Univ. de Córdoba, Historia NG nº 107

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En 1504, Fernando el Católico logró uno de los objetivos que había acariciado durante más tiempo. Por fin, tras décadas de intentos, el reino de Nápoles había pasado a poder español. Las tropas y el dinero de Castilla consiguieron expulsar a los franceses de aquella antigua posesión aragonesa y derrocar a la dinastía local gracias a una serie de sensacionales victorias del Gran Capitán, el genio de la guerra de aquel tiempo. Un éxito como pocos que habría coronado una gloriosa trayectoria vital. Sin embargo, ese año fue también el de la muerte de Isabel la Católica, la reina de Castilla, con la que Fernando se había casado treinta y cinco años atrás. El fallecimiento produjo sin duda en el monarca aragonés un profundo impacto emocional, pues, pese a los deslices de Fernando y puntuales desacuerdos, entre ambos había surgido un respeto y estima mutuos que completaban lo que fue una alianza política. Pero también lo dejó en una posición política muy débil, ya que sus derechos al trono castellano dependían únicamente de su condición de rey consorte. La heredera legítima era su hija, Juana, casada con el archiduque Felipe de Habsburgo, Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano. Una hija aquejada de una evidente inestabilidad mental y que además estaba enamorada de forma obsesiva de su esposo, quien la manejaba a su antojo. Estaba claro que su joven yerno, aupado al trono castellano, no iba a permitir las injerencias de Fernando en el trono de Castilla.

La muerte de la reina Isabel, además, reabrió viejas heridas mal cerradas en el tejido social castellano. La gran nobleza, que odiaba con saña al «viejo aragonés», como lo llamaban, no desaprovechó la coyuntura y se pasó en bloque a Felipe. Los principales magnates, que habían sido sojuzgados en tiempos pasados, vieron la oportunidad de desprenderse del yugo de la monarquía y de volver a sus acostumbrados abusos, rapiñas y usurpaciones. Fue así como, nada más desembarcar Juana y Felipe en La Coruña, en abril de 1506, procedentes de los Países Bajos, se puso en evidencia el cambio de lealtades de la aristocracia. A medida que los nuevos reyes se iban internando en el territorio peninsular, se iban añadiendo a su séquito infinidad de tropas enviadas por la más alta nobleza. Finalmente, Fernando se vio obligado a entregar todo su poder y retirarse a Aragón, sus tierras patrimoniales.

El genio y la fortuna

En esta tesitura, el genio político de Fernando el Católico se puso de manifiesto una vez más. Todo parecía haberse puesto en su contra: abandonado por la nobleza castellana, acosado en Nápoles por los franceses, cuya potencia militar era muy superior, enfrentado al emperador Habsburgo, al rey de Aragón se le cerraban todas las salidas. Pero todo cambió gracias a una jugada maestra de la diplomacia. Fernando se alió con su más acérrimo enemigo, Luis XII de Francia, y se casó con la sobrina de éste, Germana de Foix, de apenas 17 años. El enlace entrañaba una colaboración política entre los dos monarcas, lo que suponía una amenaza directa para Felipe el Hermoso. También conllevaba la posibilidad de que la Corona de Aragón quedara separada de la de Castilla si la nueva pareja tenía descendencia masculina. Sólo el azar biológico evitó este desenlace, ya que el matrimonio tuvo un hijo que murió nada más nacer.

La suerte también jugó a favor de Fernando. ¿Quién iba a suponer que el joven y robusto Felipe caería gravemente enfermo y moriría de repente? Es lo que sucedió en 1506. Tan rápido se desarrolló todo, que más de uno habló de que alguien lo había envenenado, cosa nada rara en la época, aunque más bien parece que el impetuoso príncipe flamenco fue víctima de una epidemia de peste que asolaba la Península. Comoquiera que fuese, la desaparición de Felipe permitía a Fernando volver a ocupar el poder en Castilla, esta vez como regente, actuando en nombre de su hija Juana la Loca y de su nieto, el futuro emperador Carlos V, por entonces un niño de seis años.

La noticia de la muerte de su yerno le llegó a Fernando cuando se encontraba en Italia, en un pueblo de la bahía de Génova. El viaje respondía al interés del monarca aragonés por el reino de Nápoles, la joya de la corona en Italia, un extenso territorio que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, había terminado de conquistar para la monarquía española en las batallas de Ceriñola y Garellano (1503). Pese a estas victorias, el dominio de Fernando era todavía frágil. Por un lado, un fuerte sector de los barones, la alta nobleza feudal napolitana, seguía inclinándose secretamente por el rey de Francia. Por otro, la reciente conquista del reino, dirigida por el castellano Fernández de Córdoba, se había realizado sobre todo con dinero y tropas también castellanas; ahora, como rey de Aragón, Fernando pretendía integrar el reino italiano en su corona, y justamente por ello temía que se le pudiesen discutir sus derechos. Además, estaba la incómoda figura del Gran Capitán, de quien algunos decían que estaba dilapidando el patrimonio regio napolitano repartiendo toda suerte de mercedes a sus subordinados. A oídos del rey Fernando llegaron incluso rumores de que el aclamado general tramaba dar un golpe de mano para convertirse él mismo en rey de Nápoles.

De modo que, nada más abandonar Castilla, Fernando se dirigió a Barcelona y allí se embarcó con rumbo a Italia. En Génova se entrevistó con el Gran Capitán, al que colmó de muestras de afecto y de títulos. Pero cuando llegó a Nápoles, sabiendo ya la muerte de Felipe, no tuvo contemplaciones. El Parlamento del reino lo reconoció como rey, lo que significaba que automáticamente el Gran Capitán cesaba en sus funciones de virrey. Para compensarlo, el Rey Católico le concedió un nuevo título, el de duque de Sessa, así como el cargo de maestre de la Orden de Santiago. El veterano general –tenía 56 años– se vio obligado a abandonar Italia, el país que había conquistado para un rey que ahora se deshacía de él sin contemplaciones.

Las famosas cuentas

La leyenda añadió luego una famosa historia en torno a las relaciones entre Fernando el Católico y Gonzalo Fernández de Córdoba, la de las «Cuentas del Gran Capitán». En una ocasión, cuando supuestamente el rey le pidió que justificara los gastos realizados como virrey de Nápoles, Gonzalo, haciendo gala de su característica sorna, le mostró una lista con las cantidades desorbitadas que había gastado... en beneficio únicamente del rey: 200.000 ducados para pagar a frailes y monjas que rezaran por sus victorias; 740.000 para los espías que le habían permitido conquistar el reino... El monarca comprendió la pulla y cambió de tema. La historia, de cuya veracidad no hay pruebas, servía para poner de manifiesto el generoso desprendimiento del noble militar, en contraste con la mezquindad de Fernando, y reflejaba la imagen negativa que se llegó a crear en torno a un rey nada agradecido a sus vasallos, por mucho que a éstos les debiera.

En el verano de 1507, el Rey Católico emprendió el retorno a España decidido a recuperar el poder que dos años antes le habían arrebatado en Castilla. Tras desembarcar en Valencia, se adentró en tierras castellanas a través de Soria. En Tórtoles de Esgueva, un pequeño pueblo próximo a Burgos, se encontró con su hija, la princesa Juana, acompañada por un carro tirado por cuatro caballos en el que iba el ataúd de su esposo Felipe. Padre e hija tomaron el camino de Burgos, pero poco antes de llegar doña Juana se negó a seguir. Fernando no vaciló y, para evitar que en el futuro reclamara sus derechos al trono, hizo que la encerraran en el castillo de Tordesillas, fuertemente vigilada. Allí permaneció durante medio siglo, hasta su muerte en 1555.

Para Fernando, había llegado el momento de la venganza contra aquellos que lo habían traicionado apenas un año antes, cuando muchos de sus servidores se pasaron al bando de Felipe el Hermoso nada más llegar éste a Castilla. Para ello el Rey Católico no dudó en valerse de la Inquisición. Así, permitió que el inquisidor Lucero, el Tenebrario, instalado en Córdoba, asolara media Andalucía encarcelando a cientos de judeoconversos, muchos de ellos antiguos servidores de la Corona, de los que buena parte ardieron vivos en las hogueras encendidas por el tribunal de la fe. Conviene recordar que los conversos españoles vieron en la llegada de Felipe el Hermoso una oportunidad de oro para eliminar la Inquisición, o cuando menos para recortar parte de sus atribuciones.

Merecido escarmiento

La represión llegó a su extremo con el encarcelamiento del mismísimo arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, antiguo confesor de Isabel la Católica, del cual se conocía su origen hebraico, tan cierto como indudable era su fe católica. De nada le sirvió su carácter de hombre santo, al decir de muchos, su pobreza evangélica y su intachable actuación. Sólo la muerte evitó que su procesamiento pudiera acabar en algo más terrible y que fuera condenado falsamente por hereje.

El monarca no pudo llevar a cabo la venganza contra la alta nobleza, por el enorme potencial militar de tan poderoso grupo. Pero cuando las circunstancias lo permitieron, Fernando se apresuró a dar un escarmiento a quienes lo hubieran desafiado. Por ejemplo, el atolondrado marqués de Priego, don Pedro Fernández de Córdoba, sobrino carnal del Gran Capitán, cometió el error de encarcelar a un ministro regio, por lo que en 1508 hubo de ver cómo un ejército real ocupaba su señorío y el castillo de Montilla, capital de sus estados, estuvo a punto de ser demolido. Salvó la vida por los pelos, pero el mensaje del soberano quedaba muy claro.

Vejez y muerte

La vejez de Fernando corrió en paralelo con el engrandecimiento de la figura de Cisneros. Hombre de Iglesia y de Estado, Jiménez de Cisneros fue inquisidor general, arzobispo de Toledo e incluso cardenal. Asumió la regencia de Castilla durante la estancia de Fernando en Nápoles, y volvería a desempeñar tal papel desde la muerte del rey hasta la llegada a España de Carlos V. Cisneros utilizó las inmensas rentas que le proporcionaba su extenso y rico arzobispado para una empresa que tuvo mucho de aventura personal: la conquista de la estratégica plaza norteafricana de Orán, un paso más en la expansión imperial española.

Esta nueva hazaña no frenó el declive físico de Fernando. El rey, el «viejo aragonés», se moría. Acosado por una esposa mucho más joven, que ansiaba tener descendencia a toda costa, se rumoreaba que incluso tomaba extraños brebajes para fortalecer su ya caduca virilidad. Falleció el 23 de enero de 1516, cuando se hallaba en una remota aldea extremeña, Madrigalejo. Como escribió el historiador Pedro Mártir de Anglería, «el señor de tantos reinos, el adornado de tantas palmas, el propagador de la religión católica y el vencedor de tantos enemigos, murió en una miserable casa rústica y, contra la opinión de las gentes, pobre».


Imagenhttp://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/grandes_reportajes/7768/los_ultimos_anos_fernando_catolico.html?_page=2

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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
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 Asunto: Re: V Centenario de la muerte del Rey Católico
NotaPublicado: 23 Ene 2016 12:41 
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Un 23 de enero de hace 500 años moría Fernando el Católico


En enero de 1516, el rey, enfermo, viajó hacia Andalucía y Extremadura en busca de mejor clima. Contaba con detenerse en Guadalupe para celebrar capítulo de la Orden de Calatrava, pero al acercarse a Madrigalejo, en Cáceres, se sintió tan mal que se detuvo en una casa de campo, donde falleció con gran austeridad, sin comodidades y en humilde aposento. Le faltaba mes y medio para cumplir los 64 .
Diego José Dormer en sus Anales de Aragón, nos lo relata.


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