«La Casa Real no está para decir, sino para estar», sostiene la Princesa
Don Felipe y su esposa se interesaron por la crisis y, en un ambiente distendido, celebraron que los premios conviertan Oviedo en una fiesta
Oviedo, Ángeles RIVERO
¿Quién escribe el discurso que lee el Príncipe en la entrega de los premios que llevan su nombre? ¿Le ayuda su periodista esposa? Según don Felipe, la Princesa de Asturias es quien le da el visto bueno. Al menos, esto vino a decir seguramente en uno de sus muchos gestos de cariño y complicidad con ella. Según doña Letizia, lo escribe el heredero de la Corona y sus más directos colaboradores. Literalmente, «es cosa del Príncipe y de las personas más cercanas a él entre quienes llevan la gestión de la Casa Real. Yo no tengo nada que ver en absoluto».
Hubo coincidencia general en que se trata de la intervención del Príncipe, si no más importante, sí al menos más esperada del año. Y aclarado este punto, la Princesa abundó en él. «Es un discurso muy elaborado y dotado de contenido, dentro de lo poco que se puede decir desde una institución que no está para decir, sino para estar». Doña Letizia se valió de las manos para dar solidez al mensaje «una institución para estar» y zanjó el asunto: «Yo lo leo una vez terminado y puedo dar mi opinión, pero es cosa suya».
Los Príncipes abordaron esta y otras cuestiones, con más o menos morbo pero en todos los casos de actualidad, durante la audiencia que concedieron ayer en el hotel de la Reconquista a los directores de los medios de comunicación de la región, entre ellos LA NUEVA ESPAÑA, el diario donde Letizia Ortiz hizo sus primeras prácticas periodísticas. Era el primer encuentro de la Princesa con sus compañeros de profesión asturianos, motivo por el que pronto se rompió el protocolo. Doña Letizia estaba en su ciudad, entre colegas y muy guapa. Falda gris de cintura alta, blusa morada con lazada al cuello y zapatos grises de los que a ella le gusta calzarse. Pero fue don Felipe, traje gris de raya diplomática, camisa blanca a rayas, corbata en tonos guinda y azul y zapato marrón de hebilla, quien más rápidamente pareció sentirse como en casa.
Tras el saludo protocolario y la fotografía oficial, hubo complicidad. Tanta que resulta inevitable contar lo que allí pasó. Ambos se interesaron por la crisis, esa sombra que se alarga, y su impacto en la prensa, la radio y la televisión. Asturias no la sufre con tanta intensidad como las comunidades que venían teniendo un ritmo de crecimiento mayor, pero la realidad no invita al optimismo. «Esperemos que no se prolongue demasiado para que las personas afectadas, llegado el caso, puedan ser repescadas por las empresas», dijo don Felipe, visiblemente preocupado.
En este valle de lágrimas, los premios se reciben como un alivio en la región. Oviedo se convierte en una fiesta y la ciudad es un bullir. «Quienes conocemos desde niños la semana de los premios sabemos que para Oviedo son como una especie de San Mateo, aunque lógicamente con otra significación. Se nota en los comercios y en las calles», señaló doña Letizia. «Veo que servimos de ayuda. Pues aquí estamos, y encantados», añadió don Felipe.
Los Príncipes llegaron al Reconquista después de visitar La Gesta I, el colegio donde la Princesa juntó sus primeras letras. Doña Letizia fue a las aulas de su infancia Ortiz Rocasolano, Letizia, una antigua alumna que se reencuentra, veintiséis años después, con sus profesoras, sus compañeras de clase, sus amigas y hasta su pupitre. Fue, seguramente, uno de los actos más entrañables de la semana de los premios para la hoy Princesa de Asturias. Eso, al menos, dio a entender. «A las profesoras no las llamábamos señorita, ni siquiera seño, sólo "se", que es la contracción máxima», recordó, por ejemplo. «El colegio está como cuando yo era niña. Arreglado -se nota que lo han ido renovando- pero igual», explicó en otro momento. Con las amigas, la inevitable comparación para ver cómo ha resistido cada cual el paso del tiempo.
Y hablando de esto y lo otro, en un ambiente especialmente distendido, se consumieron los veinte minutos que vienen a durar las audiencias que conceden Sus Altezas Reales en vísperas del gran acto en el Campoamor. Ya casi en el tiempo de descuento, otra jugada de riesgo bien resuelta. «Alteza, ¿y las citas poéticas que suelen jalonar sus discursos para la entrega de los premios también son suyas?», le preguntaron al Príncipe. «Usted lo ha dicho». Aportaciones de la Fundación al margen, «son citas y, por tanto, no son mías, sino del autor».
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