Obituario de la Princesa Irene de Grecia: reservada realeza y humanitariaLa publicitaria concertista de piano y fiel hermana de la Reina Sofía de España y del Rey Constantino de Grecia, fallece a los 83 años.
https://archive.is/aknfRThe TimesCuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos concedió a la Princesa Irene de Grecia una indemnización de más de medio millón de libras por los bienes confiscados por el Gobierno griego a su familia, respondió de una manera que no sorprendió a nadie que la conociera bien. El dinero se donó discretamente en su totalidad a causas benéficas y luego se olvidó de él.
Nacida como princesa de la Casa de Glücksburg, la misma dinastía europea del Príncipe Felipe, durante mucho tiempo fue indiferente a las posesiones, escéptica ante los derechos e instintivamente atraída por la creencia de que los privilegios conllevan obligaciones más que recompensas. En esto, como en muchas otras cosas, vivía según un código privado que debía poco a las convenciones y nada en absoluto a la ostentación.
Sus primeros años estuvieron marcados no sólo por la guerra y el exilio, sino también por las complicaciones morales que perseguían a otras familias reales europeas de la época. Los Glücksburg, como otras dinastías alemanas, contaban entre sus miembros con partidarios del movimiento nazi. Este legado influyó inevitablemente en las valoraciones históricas de la familia en su conjunto. La propia Irene era una niña durante la guerra, y de adulta se distanció de la política dinástica y de las ideologías políticas.
Cuando la monarquía griega fue derrocada en 1967, la princesa abandonó su país sin buscar un papel público como símbolo de la pérdida, ni se entregó nunca a la queja o la nostalgia. Un amigo suyo comentó más tarde que «no consideraba el exilio como una injusticia personal, sino como una circunstancia que había que sobrellevar con dignidad y, si era posible, aprovecharla».

A pesar de haber nacido en una de las casas reales más prominentes de Europa, siempre se resistió a definirse públicamente, incluso cuando sus dotes la llevaron brevemente a la escena pública, como ocurrió en 1969, cuando actuó como concertista de piano en el Royal Festival Hall de Londres. Sus dotes como músico podrían haberla convertido fácilmente en concertista a tiempo completo, pero no fue así.
Esa misma reserva marcó su vida privada. En una familia real en la que el matrimonio se consideró durante mucho tiempo tanto una obligación como un deseo personal, Irene eligió un camino diferente, permaneciendo soltera y negándose a dar una razón. En varias ocasiones fue objeto de discretas especulaciones dinásticas.
Entre los posibles pretendientes se mencionó en ocasiones al príncipe Michel d'Orléans, conde de Évreux, hijo de Enrique, conde de París, pretendiente orleanista al trono de Francia, pero nunca se formalizó ninguna relación. Se rumoreó que también había sido señalada para convertirse en Reina de Noruega.
Nacida en Ciudad del Cabo en 1942, cuando Grecia estaba bajo la ocupación del Eje y la familia real en el exilio, entró en un mundo alejado de los palacios reales griegos, en circunstancias marcadas por el desplazamiento y la incertidumbre. Sus padres, los futuros reyes Pablo y Federica, mantuvieron un hogar disciplinado durante los años de guerra, conscientes de que el exilio no debía convertirse en indulgencia.
Tras el plebiscito de 1946 que restauró la monarquía, la familia regresó a Grecia. Irene creció en Atenas y en el palacio real de verano de Tatoi. En 1967 se exilió definitivamente con su familia.

Su educación reflejó tanto las inestables circunstancias de su infancia como la creencia de sus padres de que la seriedad mental debía compensar la inestabilidad. Educada de forma privada en Grecia y en un colegio de Alemania, demostró ser una estudiante capaz, aunque poco llamativa, con especial aptitud para los idiomas y un creciente interés por la filosofía y la religión.
Era la menor de tres hermanos y estaba más unida a su hermano Constantino, con quien compartía un fuerte vínculo. Ejercía una influencia discreta en la familia, aconsejando más que opinando, y mostrando una serenidad emocional que contrastaba con las presiones a las que se veía sometido su hermano una vez que éste ascendió al trono.
Al llegar a la edad adulta, estaba claro que no pretendía asumir un papel público basado únicamente en su rango. Aunque cumplía con las obligaciones familiares cuando era necesario, mostraba poco interés por el protagonismo ceremonial y se resistía a participar en la vida social característica de la realeza en el exilio.
Se inclinó por trabajos que le ofrecieran un compromiso directo y una finalidad práctica, a menudo fuera de su vista. Sus primeros compromisos sostenidos fueron con causas humanitarias, como su trabajo con la Cruz Roja y organizaciones afines, que la pusieron en contacto con refugiados, desplazados y comunidades afectadas por conflictos o la pobreza.
El colapso final de la monarquía griega en 1967 agudizó el contraste entre la trayectoria de Irene y la de su hermano. La vida de Constantino en el exilio se hizo inevitablemente pública y controvertida, marcada por litigios, entrevistas y continuas discusiones sobre la legitimidad y el juicio histórico. Irene, por el contrario, se apartó discretamente. Leal a su familia, no actuó como coadyuvante de la causa de su hermano, ni intentó interpretar los acontecimientos en su nombre.
En sus últimos años vivió tranquilamente, dividiendo su tiempo entre España y la India, donde estudió filosofía con el distinguido erudito indio TMP Mahadevan. Permaneció muy unida a su familia, en particular a su hermana, la Reina Sofía de España. Sus sobrinas y sobrinos la llamaban tía Pecu, término cariñoso que reflejaba su espíritu independiente.
Sus intereses humanitarios, una vez establecidos, no disminuyeron con el tiempo. Siguió apoyando obras de caridad y siguió ocupándose de cuestiones relacionadas con el desplazamiento y la marginación social mucho antes de que esas causas atrajeran la atención de la
moda.
Quienes la conocieron en la adolescencia recordaban a una joven que escuchaba más de lo que hablaba, recelosa de las charlas superficiales. El aprendizaje, como la música, le importaba menos como exhibición que como medio de ordenar el pensamiento y la atención.

Si evitaba el protagonismo, no era por timidez, sino por convicción. Creía que la utilidad requería cierto grado de anonimato y que el servicio perdía autoridad cuando exigía reconocimiento. Su vida estuvo marcada por la agitación, lo que la hizo escéptica ante la permanencia e inclinada a definir el valor en términos éticos más que institucionales.
Su hermano, el rey Constantino II, falleció antes que ella (necrológica del 11 de enero de 2023). Le sobreviven la Reina Sofía, su sobrino, el Rey Felipe VI de España, su primo segundo, el Rey Carlos, y miembros de la familia real griega, entre ellos el Príncipe Heredero Pavlos de Grecia.
Su vida no estuvo marcada ni por intervenciones dramáticas ni por conflictos públicos, sino por la firmeza, la conciencia y la
moderación. En una época que premiaba la visibilidad, ella eligió la marginalidad; en una familia acostumbrada a la ceremonia, prefirió el servicio. Fue una elección discreta, sostenida durante décadas, y ahí radicó en última instancia su distinción.
La Princesa Irene de Grecia nació el 11 de mayo de 1942. Murió tras una enfermedad cognitiva el 15 de enero de 2026, a los 83 años.