Registrado: 22 Abr 2015 18:57 Mensajes: 24177 Ubicación: España
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"Los días en que nacieron mis hijos fueron los días más luminosos de toda mi existencia. Además, ¡cómo adoro a los niños...!
Durante el nacimiento de Alfonso me acompañó mi madre. Era un niño feo y, además, con una buena mata de cabello negro. En cambio, Gonzalo, al nacer, era rubio y guapo. Pero pronto a los dos les cambió el color del pelo y Alfonso acabó teniéndolo claro y Gonzalo, día a día, se fue convirtiendo en un bebé moreno. Por supuesto, era Alfonso mucho más guapo que Gonzalo.
Alfonso fue bautizado por el Cardenal Pacelli, futuro papa Pío XII, y la celebración tuvo lugar en casa de mi madre, que era muy grande. La razón de que se encargara el entonces Cardenal Pacelli de bautizarlo tuvo su origen en la tensa relación que existía entre el Papa Pío XI y mi suegro. En cierta ocasión, el Rey y las Infantas Beatriz y Cristina pidieron audiencia al Pontífice. Éste, al parecer presionado por el Gobierno de la República española, los hizo esperar una hora. Don Alfonso XIII, enfadado, decidió marcharse, lo que tampoco agradó al Papa. Las relaciones entre ellos se enfriaron para siempre.
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Lo cierto es que me hubiera gustado traer al mundo un tercer hijo. Consideraba que una familia con sólo dos era una prole demasiado corta, que lo ideal era tener tres criaturas, quizá porque nosotros habíamos sido también tres hermanos. Esto no fue posible porque, a los pocos años de casados, Jaime padeció algún tipo de enfermedad venérea. Tiempo después, cuando acudí a mi ginecólogo para plantearle la posibilidad de engendrar un nuevo hijo, se enfadó mucho conmigo y me riñó sólo por contemplar tal posibilidad. Yo creía que, para entonces, mi marido ya estaría curado
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Si esta conversación sobre las causas de su incontinencia sexual se hubiera producido antes de lo que se produjo, creo que no me habría separado. Pienso que, de alguna manera, hubiera resisitido junto a él con el fin de continuar haciendo vida en común, siempre y cuando ésta se limitara a convivir bajo el mismo techo. No hubiéramos sido los primeros ni los últimos en llegar a un arreglo cordial aceptando, por adelantado, que ambos habíamos contraído matrimonio por razones ajenas a nuestra voluntad. Si el Rey no hubiera muerto, es más que probable que la situación se hubiera podido reconducir, pues como he dicho ejercía gran autoridad sobre sus hijos. Pero de nada sirve mirar atrás y lamentarse. Yo hubiera aceptado un pacto a pesar de sentirme tan desilusionada y posiblemente hubiera sido un acierto. Debo confesar, con toda humildad, que lo que hice luego fue algo sin sentido, que no me sirvió de nada y que no me lo perdonaré mientras viva.
Nuestro trato diario no es que fuera maravilloso ni nada parecido, pero tampoco puedo calificarlo como un tormento. Jaime pasaba poco tiempo en casa. Él, mal que bien, iba aprendiendo a leer en los labios y nuestra comunicación, de haber resultado todo mejor, podría haber sido más fluida. En cualquier caso, la realidad es que las conversaciones entre nosotros no eran largas ni profundas. Jaime era amable, pero no tierno.
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Un día, estando en Lausanne, recibí una carta de una de las putas con las que estaba Jaime en la que me pedía el divorcio para casarse con él. Yo era de una ingenuidad tal que, presa de un gran berrinche y profundamente humillada, se la enseñé a la Reina. Ella se encargó de hablar con un abogado y nunca más supe de la carta en cuestión. Pero seamos sinceros, ¿qué podía hacer la Reina? Nada, porque no tenía ninguna autoridad sobre sus hijos.
Por otro lado, y como era de esperar, ninguno de mis cuñados me ayudó. Pero la pregunta al respecto es la misma: ¿Estaba en sus manos arreglar algo? No. Yo entonces veía con más frecuencia a Crista que a Beatriz, pero en modo alguno iba a sacar a colación tan espinoso asunto. En la actualidad podría ser una preocupación normal a tratar entre cuñadas, máxime siendo también amigas, pero en aquellos tiempos nuestra educación no nos permitía ni mencionar este tipo de cosas.
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Con mi cuñado Juan no tenía ninguna confianza y a Alessandro Torlonia o a Enrico Marone, dos bellísimas personas, no hubiera sido capaz de hablarles de un problema que sólo y, de manera exclusiva, me correspondía sobrellevar a mí. Además, cada cual tenía su vida. Unos vivían en Turín, otros en Roma, Juan y María en Estoril...
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Sé que una vez que Jaime fue a ver a su madre, ella comenzó a regañarle por su vida disipada y él la empujó sobre un sofá. A la Reina sus hijos no la respetaban como se merecía; no así al Rey, que sabía imponerse con rotundidad. Sin embargo, nunca comprendí ni llegaré a comprender por qué Don Alfonso XIII me eligió a mí para casarme con Jaime. A la vista está que no se trató de una estrategia inteligente por su parte. Podría haberlo casado con cualquier otra mujer si lo que quería era tenerlo apaciguado. Lo normal es que intuyera que yo, según pasara el tiempo, llevaría peor las infidelidades constantes de mi marido.
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Un día en Roma, antes del inicio de la guerra, me encontré sin dinero. No podía pagar al cocinero, ni a la doncella ni a nadie. Don Alfonso se enteró de la desagradable situación por la que atravesábamos y también supo que Jaime solía utilizar la asignación que él nos enviaba para sus gastos personales. Muchas veces me he preguntado por medio de quién supo de nuestra total insolvencia. Yo, por dignidad, no había comentado esto a nadie y, mucho menos, al Rey. A partir de aquel momento, y por indicación suya, pasé a administrar el dinero que, por supuestos, ya no recibíamos en casa. Cada mes yo enviaba a un criado a la Embajada de España para recogerlo en mano.
Una noche, regresaba yo de alguna recepción con mi suegro y, antes de dirigirse hacia el hotel, encargó a su chauffeur que me dejara en casa. Al despedirme de él, mientras le agradecía su amabilidad y le deseaba buenas noches, retuvo mi mano entre las suyas y, mirándome a los ojos, me dijo: <<You are a brick.>> Al menos se hacía cargo de mi sufrimiento. Me consideraba fuerte como una roca y yo le agradecí muchísimo este gesto. En realidad, toda mi familia política estaba al corriente de que nuestro matrimonio hacía aguas pero, lógicamente, callaban.
Cuando se produjo la renuncia de Jaime, el Rey le aseguró que tanto él mismo como Juan se ocuparían en el futuro de solucionar sus asuntos económicos. Lo cierto es que Juan comenzó a ayudar a mis hijos cuando se fueron a España, no antes. Y sólo a ellos. A mí no fue capaz de preguntarme, en ningún momento, si estaba agobiada, si necesitaba algo... No es que yo hubiera aceptado nada a lo que no hubiera tenido derecho, pero sí doy importancia a un gesto de solidaridad, que no es, ni más ni menos, que procurar ponerte en el lugar del otro. Es latoso, claro, por decirlo de una manera frívola, porque en estos casos el otro tiene una necesidad que puede ser afectiva, económica o, simplemente, la urgencia de ser escuchado. Y tú, teniendo su consuelo -nunca se me ocurrió hablar de solución- en tu mano, se lo niegas.
Pienso que, que con el tiempo, este tipo de actitud siempre acaba por pasarte factura. Antes creíamos que las cuentas pendientes las saldaríamos en la otra vida. No es cierto. En ésta también suele llegar la justicia a la existencia de cada cuala para colocarle en su sitio. Al final, seamos sinceros, ¡qué duro es ser duro!"El últmo pildorazo, en forma de sentencia, que suelta es tremendo. Encima cuando Alfonso y Gonzalo llegaron a España y el Conde de Barcelona empezó a hacerse cargo de sus gastos, ella ya llevaba 5 años casada con Sozzani y 7 divorciada de Jaime. Antes de que los chicos llegaran a España en 1954, habían estado años internos en Friburgo. Así que Don Juan, poco tenía que velar por ella y a pesar de eso, buenos dineros largó a Jaime.
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