Registrado: 22 Abr 2015 18:57 Mensajes: 24177 Ubicación: España
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"Aunque ya he comentado que mi suegro, Don Alfonso XIII, era un hombre de naturaleza simpática y campechana, dejaba traslucir en ocasiones una profunda tristeza que a mí me sobrecogía porque se podía palpar. Seguramente, mi percepción no hubiese sido compartida por ningún miembro de su familia, pero este hecho no era extraño si tenemos en cuenta la falta de sensibilidad que les caracterizaba; algo más sobrecogedor, si cabe. Yo fui, de manera instintiva y lentamente, tratando de adentrarme en el alma de aquel ser sufriente para, con disimulo, intentar averiguar las causas de aquella profunda melancolía de la que era víctima. Efectivamente, había sido un hombre activo y muy deportista hasta que los galenos que trataban su afección cardiaca se lo impidieron.
Pero no era ésta la razón última de sus pesares. La verdadera causa era mucho más honda: el Rey, en realidad, no estaba capacitado para vivir fuera de España. Así de crudo. Así de duro y realista.
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Igual de cierto es que la Familia Real italiana, los Saboya, le trataron a él y a toda su familia de manera exquisita, por lo que todos los Borbones les quedaron para siempre agradecidos. Ahora bien, en el fondo de sí mismo les resultaba insoportable sentirse lejos de su país. Echaba en falta sus grandes contrastes, su luz, sus gentes... El motivo que hizo que finalmente se estableciera en Roma no fue otro que tratar de amortiguar su añoranza potenciando las similitudes entre los dos países. Sin embargo, este afán no fue sino algo semejante a un sucedáneo, a una quimera. Y es que la manera de ser de Don Alfonso XIII era la de un español por los cuatro costados. Sí, un español, no a mucha sino a muchísima honra, de aquellos que ejercen como tal de manera natural.
Según me contaron, cuando en abril de 1931 abandonó España precipitadamente rumbo al exilio, fue Romanones, recién nombrado Ministro de Hacienda, y no el propio Rey, quien le comunicó su partida a Doña Victoria Eugenia. Mientras Don Alfonso XIII embarcaba en Cartagena rumbo a Marsella, la Reina salió de España en tren junto a sus hijos desde El Escorial. Juan, que entonces ya era cadete en la Escuela Naval de San Fernando, partió en barco hasta Marsella. La familia se reunió en París, en el Hotel Meurice, y más tarde se trasladaron a vivir a Fontainebleau.
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No creo que Don Alfonso XIII consiguiera nunca restablecerse de aquel dolor tan cargado, a la vez, de aunténtica humillación, tan sordo. Por el contrario, y como antes comentaba, creo que se trató de un motivo importante añadido a su inconmesurable melancolía. De otro lado, ya en el exilio, fueron varias las casas reinantes que le volvieron la espalda a pesar de haber tenido él muchas atenciones con ellos mientras había sido Rey de España. Él, al menos, así lo sentía, ya que de vez en cuando se quejaba amargamente de las lamentables reacciones de aquella gante con la que había reído cuando los vientos soplaban a favor.
Según parece, fueron los monárquicos quienes muy pronto se impacientaron y, una vez producidas las renuncias al trono de sus dos hijos mayores en 1933, plantearon la posibilidad de que abdicara en favor de su heredero, Juan. Esta reacción, que él consideraba una ingratitud sin paliativos, iba minando su ya delicado estado de ánimo. Tanto es así que, cuando murió el pretendiente carlista Don Jaime en París, el Rey se lamentó de su propia soledad ante la gran cantidad de partidarios carlistas llegados desde España, como si de un imán de tratara, aquel que cae en desgracia, el aunténtico perdedor.
Tiempo después, mis hijos y yo experimentaríamos también el sabor de la injusta derrota. Tal vez esta realidad sea el motivo que justifique mi sincero respeto y simpatía hacia mi suegro, a pesar de que su comportamiento con nosotros, y de manera especial con mis hijos, fuera infinitamente más arbitrario que lo que cabía esperar. Pero no deseo ser dura.
Fui queriendo más al Rey a medida que tuve más información sobre sus descensos anímicos y los duros años de exilio. Su matrimonio con Doña Victoria Eugenia, que había empezado a naufragar hacia 1914, tras el nacimiento del Infante Gonzalo, su último hijo, se hizo literalmente añicos al salir de España. Así, a pesar de que su primo Don Alfonso de Orleáns y Borbón le aconsejó ser amable y cariñoso con la Reina por lo mucho que había sufrido y todavía le tocaría sufrir en el exilio, no debió sentirse capaz ni de intentarlo: cada uno hizo su vida y finalmente establecieron sus respectivas residencias en países diferentes.
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Otro consejo que, al parecer, le dio Don Alfonso de Orleáns fue que, desde el primer momento, empezara a organizar el regreso a España. A esto sí parece que prestó oídos y, al terminar la Guerra Civil, el Rey esperó que Franco le llamara para restaurar la monarquía. Sin embargo, más pronto que tarde el General le dio a entender que no pensaba dejar el poder de momento y llegó a insinuarle que era preferible que continuara ocupándose de la formación de Don Juan, el heredero.
Durante los diez años que vivió en el exilio, hasta su muerte, en 1941, Alfonso XIII vivió con la esperanza de que se reivindicara su nombre y, sobre tod, su patriotismo al tomar la decisión de abandonar España. Y es que, en mi opinión, él había actuado así por una causa noble, aunque dudaba de si había o no acertado en tal decisión y necesitaba, perentoriamente, que esto le fuera reconocido. Soñó en todo momento con regresar a España para convertirse de nuevo en Rey de todos los españoles. Sólo entonces abdicaría en su heredero.
Pero llegó un momento en el que se vio cercado por diferentes motivos. Su corazón se resistía a latir con normalidad y, además, no sólo se dio cuenta de que sus anhelos eran vanos, sino que también percibió que él mismo podía ser el motivo que retrasara la restauración de la monarquía en su país. Fue entonces, en enero de 1941, cuando tomó la decisión de abdicar. Moriría poco después, en febrero de ese mismo año.
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El día que el Rey agonizaba o quizá, acababa de morir en el Grand Hotel del Roma, nos encontrábamos en su salón privado un pequeño grupo de personas: sus familiares más íntimos y los Reyes de Italia. Cuando los médicos dijeron que nada más podían hacer por su vida y que su final estaba llegando, la Reina tomó una habitación en el mismo hotel. Fue Juan quien, por orden de su madre, le dijo al Rey que ella se encontraba allí y que quería verlo. El Rey, casi sin voz, con un gesto de cabeza, se negó a recibirla. Ella insistía y fue esta vez Beatriz a quien envió de mensajera. La terquedad del Rey, que quería impedir la entrada de su mujer en la habitación, me pareció tan obstinada como digna. Eran muchos los años en los que no habían mantenido relación alguna y cada vez que por alguna razón había surgido la necesidad de verse o hablarse, la agresividad existente entre el matrimonio había saltado indefectiblemente. Resulta coherente suponer que Don Alfonso XIII pensara que ya no había tiempo para mejorar aquella desagradable situación y que era mejor que, entre ellos, todo quedara igual a como había sido en vida.
La Reina, por su parte, también me dio mucha pena. Era duro aceptar ese visceral rechazo, lleno de rencor, por parte de su marido, sobre todo en presencia de sus hijos y otras personas. Ella siempre mantuvo la esperanza de que sus relaciones se suavizaran. A mí su postura me pareció tan loable como poco realista, ya que los desamores tan intensos no se arreglan sólo con buena voluntad. A veces, un desencuentro emocional equivale a un socavón del que uno no es capaz de salir nunca. Seguramente se trataba de dos personas obstinadas y con sensibilidades distintas. Cierto es que, en los últimos tiempos, la Reina había perseguido al Rey por varios países de Europa dejando de lado su dignidad e, incluso, su discreción. Creo que todo esto podría resumirse diciendo que ella pretendía quererle, pero no era posible. Cuando Don Alfonso murió, la Reina era aún muy joven, sólo tenía cincuenta y tres años. Le quedaba una larga vida por delante.
Justo en el preciso momento en el que la vida de mi suegro llegaba definitivamente a su fin, sentado en una butaca, atendido por sus médicos y con todos nosotros alrededor, me miró fijamente. Su intensa y breve mirada, que se me hizo eterna, fue una mirada con pensamiento. Cabe la posibilidad de que me equivoque al creer que lo hizo de una manera especiañ, pero siempre lo he recordado así: como si, en cierto modo, me pidiera perdón por haber contribuido a mi anunciada especialidad. Acto seguido, uno de los médicos dijo: <<El Rey ha muerto.>> Cabe también pensar que, cuando sus ojos se detuvieron en los míos de la manera en que lo hicieron, Don Alfonso ya había muerto sin que los galenos se percataran de ello. No lo sé, pero no lo creo.
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Crista no se encontraba con nosotros cuando Don Alfonso falleció, porque estaba en cama a causa de un embarazo complicado. A los funerales del Rey, en Roma asistió también Doña Victoria eugenia. Juan, Jaime y yo estábamos situados en un lado y las Infantas Beatriz y Cristina en el otro, o acaso justo detrás de nosotros, no lo recuerdo bien. Lo que sí tengo claro es que fue éste el único momento en el que me colocaron en el lugar que, realmente, me correspondía, teniendo en cuenta que, desde su renuncia, Jaime siempre se situaba detrás de Juan en todos los actos oficiales. Delante se encontraba el Gobierno italiano en pleno. El Rey Víctor Manuel, acompañado de Juan y Jaime, presidió el cortejo fúnebre hasta la iglesia española de Santa María de Montserrat, en donde se instaló provisonalmente su sepultura, cerca de las tumbas de dos papas españoles, Calixto III y Alejandro VI. Don Alfonso XIII había testado en el verano de 1940 y había expresado su desdeo de ser enterrado en el Monasterio de El Escorial; deseo que, como se sabe, se cumplió en 1980 gracias al Rey Don Juan Carlos, su nieto".
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