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He abierto mi mente y acabo de ver los dos. Adelantando cada dos por tres porque se hace soporífero e inaguantable. Si sabes algo de la historia íntima de estos dos y tienes un poco de sentido crítico, no hay por dónde cogerla.
Pero si la serie es mejorable aquí o allí, el documental posterior es un absoluto delirio en algunas ocasiones. He decidido que la Eyre tiene una patología siquiátrica porque no encuentro otra explicación para la ristra de gilipolleces y desvaríos que salen de su boca: que sepáis que en Villa Mouriscot, el día de su pedida, se echó absolutamente encima de Ena para hacerla de todo en el jardín porque no podía aguantarse. En el momento de la conversión de Ena, hubo que tirar de un manual de la Inquisición (¿excuse me?) que, al parecer, exigía que la nueva conversa se apretara bien apretados un cilicio en cada muslo mientras vestía de saco y padecía el más horrible de los fríos. Al parecer la sangre le corría por sus muslos en el momento de su conversión. Así, sin exagerar nada, nada, nada. En el momento del primer parto, el del príncipe de Asturias, la hicieron sufrir lo indecible, pariendo con las ventanas abiertas, "con carámbanos en las ventanas" (un 10 de mayo en Madrid, no sé dónde se encontrarán carámbanos). Suma y sigue, porque resulta que en la Casa Real española, que nunca ha sido especialmente antisemita, había médicos judíos a diestro y siniestro, que practicaban la circuncisión de todo infante, perro, gato o comadreja que pasaba por allí. Si te echabas una siesta en palacio te levantabas circuncidado y con un desgarro anal de propina. Es así como se enteran de que el mozo es hemofílico. Y esta, damas y caballeros, es la fuente de la que bebe semejante absurdez.
Todo lo que rodea a la nueva reina (marido, suegra, palacio, corte, pueblo, país...) es feo, sucio, corrupto y no comprende a Victoria Eugenia, que es un faro de luz, sin mácula.
Una fuerza de la naturaleza era su suegra María Cristina. Una mujer de rompe y rasga, archiduquesa y reina de la cabeza a los pies, gobernadora de las riendas de su vida y de todo un país. Llegó como extranjera y murió entrando en la Historia desde la calma y casi el injusto anonimato. El presidente republicano Castelar siempre decía:
"Un caballero siempre ha de descubrirse en dos ocasiones: ante el Santísimo y ante la Reina Regente"
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