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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulo 7
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Al principio de mi mandato, estábamos cruelmente faltos de personal. Hubo noches en las que apenas dormía tres horas porque tenía que hacerlo todo y estar en todos los frentes. Por ejemplo, para preparar mi primer viaje oficial a Estados Unidos, pedí al Ministerio de Asuntos Exteriores una nota sobre la situación del país, que no llegó nunca. (...) Me rodeaban unos cuantos asesores, los mismos desde 1969. Aún recuerdo a Antonio Banda, que llevaba la agenda en el bolsillo de la chaqueta. Cuando queríamos concertar una cita, yo decía: «¡Hay que llamar a Banda para que lo apunte en la agenda!» y él aparecía con un pequeño cuaderno en el que anotaba meticulosamente nuestros compromisos. (…) Me río cuando pienso en aquellos días, que deben parecerle muy anticuados a todo el mundo, cuando hoy la Casa Real está formada por decenas de empleados inclinados sobre sus pantallas. (…) Cuando me convertí en Rey, opté por la continuidad, pero no estábamos preparados para semejante intensidad. Por iniciativa de Carrero blanco, en 1973 se amplió la Zarzuela. Yo llevaba tiempo planteándome, junto con un arquitecto, la construcción de un anexo que encajara lo mejor posible con la estructura histórica del palacio. Se construyeron dos alas conectadas por un túnel que daba acceso a los despachos del personal de la Casa Real. Todo estaba entrelazado: la vida familiar y la vida de Estado. Mis hijos podían estar jugando a las canicas en el vestíbulo cuando llegaban las visitas oficiales. (…) Progresivamente, la Casa Real se estructuró mejor y trabajó en coordinación con los ministerios. Cuanta más democracia se construía, más profesionales nos volvíamos.
Avanzábamos en ese camino de la democracia, pero tropezábamos con la determinación del terrorismo de ETA, que quería impedirlo a toda costa. 1978, 1979 y 1980 fueron los tres años más sangrientos de la banda, con 237 víctimas registradas. Fueron precisamente los años de consolidación de nuestra democracia. Aunque la lucha de ETA era, en un principio, contra el régimen franquista, con la llegada de la democracia multiplicó sus crímenes, convirtiéndose en una organización en contra de la libertad y a favor de la independencia del País Vasco.
El 15 de octubre de 1977 el Consejo de Ministros aprobó una ley de amnistía general que dejaba sin efecto todas las condenas por delitos políticos y de opinión dictadas desde 1939, y que sellaba la reconciliación total del país. Incluía a los opositores violentos a la dictadura. De los cuatrocientos condenados vascos aún presos tras la primera amnistía decretada al principio de mi reinado, más de la mitad lo estaban por actos de terrorismo. Teníamos la esperanza de que esta nueva amnistía, tan ferozmente exigida, traería la paz al país. Pero fue todo lo contrario. Los terroristas nos pusieron a prueba, perpetrando más atentados que nunca. Nada podía frenar esa dinámica infernal: atentados, presos, y luego secuestros o asesinatos para exigir su liberación. En 1981, el número de miembros de ETA encarcelados era el mismo que en 1977. Quizá fuimos demasiado ingenuos.
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Cada muerte causada por los viles actos de los terroristas era una herida personal, una mancha indeleble en mi reinado. Cada atentado conseguía sobrecogerme, paralizaba la acción del gobierno y sembraba el caos. (…) Tras el primer atentado, mantuve una reunión prolongada con mis colaboradores para decidir si debía ir o no al funeral. Discutimos el tema largo y tendido y, tras pensarlo detenidamente, decidí no asistir porque no podía comprometerme a ir a todos los funerales de todas las víctimas durante mi mandato. No quería demostrar favoritismos. Hice una excepción por el horrible atentado perpetrado por Al Qaeda en la estación de Atocha de Madrid el 11 de marzo de 2004. Volveré sobre aquel día, el peor de mi reinado, en el que, como muchos españoles, no pude contener las lágrimas. (…) La Familia Real, los altos mandos, los funcionarios, los empresarios: todos éramos un objetivo. Ya en 1974, cuando Franco aún vivía, planearon secuestrarme o matarme en Mónaco. Afortunadamente, uno de los implicados denunció el complot a la policía y cancelamos nuestra visita a la Riviera. Creo que el delator sería asesinado más tarde por ETA. En el verano de 1977 desactivaron una bomba en Palma de Mallorca, donde yo pasaba mis vacaciones. En 1995 se frustró otro atentado terrorista contra mí. Durante varios días, ETA me tuvo en su punto de mira. Alquilaron un apartamento en el puerto de Palma de Mallorca, a tiro de piedra de mi barco, adonde iba todos los días. No se atrevieron a disparar porque no tenían un plan de fuga y no sabían cómo escapar de la isla después de asesinarme. ¡Los yihadistas son nihilistas y mueren en los atentados que provocan, pero los terroristas vascos protegen su pellejo!

Reconozco que fue nuestra pesadilla. Y más teniendo en cuenta que por entonces no contábamos con la ayuda de Francia, tierra de refugio y base de retaguardia de ETA. El presidente Giscard no comprendía mis insistentes peticiones de cooperación policial, o me hacía promesas vanas. Me llamaba «mi querido amigo» con aire muy imperial, pero yo me hacía pocas ilusiones. También se había comprometido, durante mi primer viaje oficial a Francia en octubre de 1976, a apoyar la candidatura de España a ingresar en la CEE, pero Giscard temía la vehemente oposición de los agricultores franceses, que preveían la llegada masiva de productos españoles más baratos. No fue hasta la elección de François Mitterrand en 1981 cuando Francia cambió su postura sobre estas dos cuestiones fundamentales para nosotros. Giscard quería que yo fuera su único interlocutor, mientras que yo le explicaba que Adolfo Suárez era el representante del ejecutivo. Giscard lo trataba con indiferencia en las reuniones oficiales.
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En ese contexto de violencia terrorista se redactó la Constitución. La octava Constitución de la historia de España, pero la primera fruto de un consenso político. Ni Adolfo Suárez ni yo sabíamos cómo proceder adecuadamente. ¿Había que partir de una hoja en blanco o de un borrador redactado por el ministro de Justicia, Landelino Lavilla? Tras muchos titubeos, las partes acordaron finalmente crear una comisión de siete miembros: UCD, el partido de centro-derecha de Adolfo Suárez, tenía tres ponentes (Miguel Herrero, José Pedro Pérez-Llorca y Gabriel Cisneros); el PSOE tenía dos, pero cedió uno al representante de los nacionalistas vascos y catalanes (entonces formaban un único grupo parlamentario), Miquel Roca, que ocupó su plaza junto al abogado socialista Gregorio Peces-barba; Manuel Fraga, antiguo ministro franquista, era otro de los ponentes y por último estaba el representante del Partido Comunista, Jordi Solé Tura. (…) Yo seguía las discusiones desde la distancia, sin jamás intervenir para no romper mi neutralidad autoimpuesta. En ocasiones fue muy frustrante, pero tuve que adoptar la posición de rey constitucional, incluso antes de que se votara la Constitución. Este texto fundamental tenía que ser irreprochable y no ser «la Constitución del Rey».
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Trabajaron día y noche con espíritu de cohesión, sometidos a múltiples presiones, conscientes de la importancia crucial de su tarea. Se pusieron de acuerdo en el carácter no confesional del Estado, la abolición de la pena de muerte, la unidad de la nación española y el reconocimiento de las «nacionalidades», un término difícil de aceptar por todos, para identificar la existencia de regiones solidarias entre sí. Pensé que deberíamos haber adoptado una forma de federalismo, pero esta idea no fue unánimemente admitida y hubiera sido difícil conseguir que las Fuerzas Armadas la aceptaran. (...) Recuerdo tensiones terribles, como las relativas a la abolición de la pena de muerte, rechazada por algunos en nombre de la lucha contra el terrorismo, o las relativas a la libertad de enseñanza y el papel de la Iglesia, la mayoría de edad a los dieciocho años y el derecho al aborto. Muchas veces estuvimos al borde de la ruptura. Fernando Abril, ministro y hombre de confianza de Adolfo Suárez, y Alfonso Guerra, número dos del PSOE, trabajaban en la sombra, en plena noche y con la mayor discreción, para alcanzar compromisos. Sé que el ministro de Justicia, Landelino Lavilla, se quejaba de que lo despertaban regularmente a horas intempestivas para pedirle asesoramiento jurídico. (…) Todos los protagonistas fueron muy valientes. Reinaba entonces la madurez política. Éramos conscientes del reto histórico que estaba en juego. Nadie quería ser responsable de un fracaso. (…) La conciencia de un bien colectivo prevaleció sobre las ambiciones partidistas o individuales, lo que no es frecuente en la historia de España.
El comunista Santiago Carrillo no puso objeciones a la forma monárquica del Estado. En cambio, los socialistas reivindicaron el carácter republicano de su partido y presentaron ante la Comisión Constitucional una enmienda a favor de la república. (…) En su opinión, votar a favor de la monarquía consolidaría la Corona nombrada por Franco, aunque fuera garante de los avances democráticos. Para mí, su enmienda fue simbólica y necesaria, y dio legitimidad parlamentaria a la monarquía. (…) La noche del 11 de mayo de 1978 me reuní con unos amigos para cenar en un restaurante y les dije: «¡Felicitadme, me acaban de legalizar!». La Comisión Constitucional del Congreso acababa de aprobar el artículo 1.3 sobre la forma del Estado español con 23 votos a favor, 13 abstenciones (los socialistas) y ningún voto en contra. A pesar de todo, me sentí aliviado. La monarquía española es la única del mundo que ha sido ratificada dos veces: primero por las Cortes y luego por referéndum. Es doblemente legítima.
El 21 de julio de 1978, día de la votación final, dos militares fueron acribillados a balazos en pleno centro de Madrid. ETA había vuelto a atentar. Adolfo Suárez, exhausto y pálido, acudió al Congreso con el general Manuel Gutiérrez Mellado, ministro del Ejército, vestido para la ocasión con uniforme militar. Llevaban mucho tiempo enfrentándose a insultos. Los franquistas les llamaban «traidores» y las Fuerzas Armadas los odiaban abiertamente porque consideraban que el Gobierno no se movilizaba lo suficiente contra los terroristas. Aquel día, el presidente del Gobierno recordó a los diputados que no debían ceder al miedo y al chantaje terrorista, y que había llegado el momento de votar ese texto histórico. El resultado: 258 votos a favor, 2 en contra y 14 abstenciones. Los diputados del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se ausentaron para no tener que votar, lo que presagiaba futuras tensiones. (…) El referéndum celebrado el 6 de diciembre de 1978 ratificó nuestro Proyecto de Constitución con un 88,5% de votos a favor. Me preocupó la alta abstención (33%), pero sobre todo me emocionó haber sido capaz de dar a España, por primera vez en su historia, una Constitución fruto del consenso, sin vencedores ni vencidos. El 27 de diciembre acudí a las Cortes para sancionarla. Elegí vestir el uniforme militar para dar aún mayor solemnidad a este acto y encarnar simbólicamente a las Fuerzas Armadas, que desde aquel momento se convertían en un Ejército democrático. (…) En los días siguientes a la muerte de Franco, podrían haberme destituido. Obedecían a mi autoridad porque me había nombrado el Caudillo y así lo exigían sus últimas voluntades: las órdenes de Franco no eran discutibles, ni siquiera después de su muerte. Me respetaban porque procedía de sus filas y sabía hablarles con firmeza. (…) Estaban cambiando de identidad, y el país también. Aquel día, todos nos volvimos diferentes.
Al rubricar la Constitución, me tembló la mano, algo que no me había ocurrido nunca. Me embargaban la emoción y la trascendencia del momento. Siempre he guardado con orgullo la Constitución cerca de mí, sobre mi escritorio. Es el fruto de un esfuerzo colectivo y el producto de una época. Sin duda, hoy habría que retocarla, porque nuestra sociedad ha cambiado. Se habla mucho del artículo 57, sobre la sucesión a la Corona, que da prioridad al hombre sobre la mujer, una tradición que tiene su origen en los Borbones y que promueve el derecho de progenitura, salvo en caso de descendencia masculina. En la época, este artículo, que hoy resulta chocante, no suscitó ningún comentario. Como señala Alfonso Guerra, también debería modificarse un artículo que discrimina a los hombres, el que dice que la mujer del rey es reina, pero el marido de la reina es solo príncipe consorte de la reina. Sé que Felipe de Edimburgo, marido de la reina Isabel II, mi prima, sufrió mucho por esto. E insisto: en 1978, la Constitución fue el mejor texto democrático posible. Sigo agradecido a todos los que contribuyeron a ella. Fue un gran éxito colectivo.
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En tres años, el país se había transformado por completo. Para algunos, los cambios eran demasiado lentos o tímidos, pero no hay otro ejemplo en el mundo de una Transición tan rápida. (...) La vida cotidiana de todos los españoles se metamorfoseó, tanto en lo político como en lo social: la democracia acompañó a fenómenos sociales de gran envergadura, como el éxodo rural, la masificación universitaria y de la clase media, el turismo y la revolución cultural de «la movida». Lo hicimos lo mejor que pudimos, siempre en interés de España. No todo fue perfecto, por supuesto, pero fue un hermoso momento de construcción, esperanza y vitalidad que me satisface haber dejado como legado a mi hijo. (...) Lamento no haber podido consultar los archivos de mi padre, que me habrían ayudado en este libro. Cuando murió, en 1993, no me tomé el tiempo de profundizar en ellos y no sé lo que contienen. Hoy, mientras recorro mi historia, me habría gustado ponerlos en orden, descubrir su correspondencia con Franco en particular, entregarlos a los organismos oficiales. Tal vez habría encontrado nuevas claves para comprender mi destino. Es una gran frustración saber que están encerrados en cajas, y olvidados en un cuarto oscuro de la Zarzuela.***
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