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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 29 Ene 2026 17:06 
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Registrado: 22 Abr 2015 17:57
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Lo que le contará María y lo que le cuenta el propio JC. Tiene hilo directo con él.

Lo que no me gusta un pelo es que empiecen a hablar por boca de la Reina Sofía. Si ella no lo hace, no debería hacerlo nadie.

Si el problema para residir permanentemente en España es el tributario, la Casa del Rey debe hacerlo saber. Miren ustedes, el Rey Juan Carlos, como miembro de la FR, debe acogerse a una serie de normas de conducta que él no acepta. Le hemos pedido esto, aquello y lo de más allá para valorar si puede volver a Zarzuela y lo ha rechazado. Fin.

La cuestión es informar a los españoles, no manipularlos con versiones. Decirle a todo el mundo a las claras que si no vive en España es porque no quiere y si no reside en Zarzuela es porque no obedece. Lo que no es de recibo es que encima de todo, el que pague el pato sea su hijo. Y si no se explica todo esto, efectivamente, lo pagará.

Yo confío en que habrá movimiento los próximos meses. Villarino y Araújo no son Alfonsín, no tienen una mala relación con el Rey JC que predisponga a este contra ellos. Les resultará más fácil hacerle entrar en razón. Y confío también en que el Rey JC ceda en todo lo razonable porque es evidente que ha llegado el momento.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 29 Ene 2026 20:11 
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Registrado: 10 Jul 2020 19:50
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SI a todo Clara, transparencia para no comerse otro marrón inmerecido, uno que además dejaría poso, que se expliquen que los escuchamos.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 29 Ene 2026 20:36 
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Registrado: 03 Mar 2008 16:43
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Sisisisii, por supuesto, transparencia total.

No digo que él se merezca volver o que pueda hacerlo con carta blanca. Para nada. Pero empiezo a pensar que es más fácil minimizar los daños si tiene supervisión directa, control de entradas y salidas y, por descontado, visitas con lupa. Ahora mismo es un ser libre y de libre acceso, imposible domesticar a miles de kilómetros ¿no estaría mucho mejor en el recinto de la Zarzuela, supervisado por personal de la Casa del Rey, que rodeado de entes desconocidos y peligrosos?

Además, si por un casual muere fuera de España habiendo dicho por activa y por pasiva que quería volver a Zarzuela, con su esposa también pidiéndolo para consolar el dolor de sus pérdidas, creo que sería fatal para la imagen del Rey y de la Corona. Y Letizia podría pasar, injustamente, a ser la arpía de las arpías.

A izquierda y a derecha cargan munición contra la Corona. Hay que extremar precauciones.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 29 Ene 2026 21:21 
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Registrado: 26 Mar 2019 22:04
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A Zarzuela que no vuelva. Qué sí vuelve a vivir junto a la reina Sofía capaces son de decir los periodistas que el amor ha regresado.
Y si ellos quieren... allá ellos. Pero no me gustaría estar leyendo que Sofía es una mujer sin dignidad. A estas alturas, no. Su vida que quede privada.

¿Y la Angorilla? Se la podría alquilar JC a Patrimonio Nacional...


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 29 Ene 2026 21:47 
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Registrado: 01 Oct 2023 19:43
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Febe escribió:
A Zarzuela que no vuelva. Qué sí vuelve a vivir junto a la reina Sofía capaces son de decir los periodistas que el amor ha regresado.
Y si ellos quieren... allá ellos. Pero no me gustaría estar leyendo que Sofía es una mujer sin dignidad. A estas alturas, no. Su vida que quede privada.

¿Y la Angorilla? Se la podría alquilar JC a Patrimonio Nacional...

Lo de Sofía lo meten para dar pena, tiene 0 credibilidad para mi


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 29 Ene 2026 22:44 
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Registrado: 01 May 2011 11:16
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Ubicación: Valladolid
El autoexilio se lo tiene merecido pero es verdad que en un futuro hay que plantearse que pasaría si JC fallece fuera de España y eso habría que haberlo solucionado antes con un regreso.

Ya podría imitar a Carlos V y hacer un retiro a Yuste.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 01 Feb 2026 17:47 
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Registrado: 22 Abr 2015 17:57
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Ubicación: España
Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulos 5 y 6

***


Si hay otra persona admirable a la que debo mucho es mi padre, que se quedó en Estoril y adoptó una actitud discreta para no ser un obstáculo. Una postura elegante y fiel a lo que siempre había sido. Cuando advirtió que España, bajo mi impulso, tomaba el irreversible camino hacia la democracia, pocas semanas antes de las elecciones, decidió renunciar oficialmente a sus derechos dinásticos, para que la Corona no fuera un legado de Franco, sino un legado de los Borbones de España. (…) A partir de ese momento, estuvo dispuesto a trasmitirme su legitimidad dinástica. Ya no habría más ambigüedad, no más dos reyes, uno de iure y otro de facto, uno en España y otro en el exilio. Me convertiría en el único Rey y jefe de la Familia Real.

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El 14 de mayo de 1977, en el salón de recepciones de la Zarzuela, nos reunimos un pequeño grupo: mi padre, mi madre, mis dos hermanas, sus respectivos maridos e hijos, Sofi y nuestros hijos, vestidos de calle, ante un reducido auditorio de unas veinte personas, la mitad de ellas militares. Con la voz ronca de fumador empedernido, mi padre pronunció su discurso, que, en pocas palabras, significaba: «Toma, te lo dejo todo a ti». Se volvió hacia mí y declaró con aplomo: «Majestad, por España, todo por España. ¡Viva España, viva el Rey!». Palabras que le había dicho su propio padre, Alfonso XIII. (…) Lamento no haber organizado una ceremonia digna de su abnegación. Debería haberle dado más pompa con un gran acto en el Palacio Real. Al final, fue una reunión familiar en la que mi padre se sacrificó, con la dignidad que le caracterizaba. (…) Hasta 1982 no se trasladó de nuevo a Madrid. Nunca se benefició de ningún privilegio ni de un palacio de Patrimonio Nacional. Al final no pediría nada a España, pese a haber pasado toda su vida en el exilio, llevando una existencia limitada por las restricciones financieras y viviendo de modestos apoyos amistosos y políticos.

[…]

Todo cuanto he hecho por este país fue gracias a él. Ya he descrito nuestra relación, que superó todas las pruebas, y nuestra complicidad, que siempre prevaleció sobre nuestras fugaces discusiones. No me cansaré de repetirlo: fue mi mejor guía, mi mejor consejero, mi mejor amigo. (…) Los españoles lo conocieron poco y quizás no lo apreciaron en su justo valor. Espero que la historia le haga justicia.

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Justo antes de las elecciones, Torcuato Fernández-Miranda presentó su dimisión. Sentía que su trabajo estaba hecho. Me hubiera gustado que permaneciera más tiempo, pero ya estaban surgiendo conflictos con Adolfo Suárez, que, gracias a su éxito en llevar a buen puerto el proceso democrático, se estaba emancipando de su autoridad. (…) No parecía querer participar en esta nueva España en plena efervescencia: «Dejo paso a los jóvenes dirigentes», me dijo, con la tranquilidad de haber cumplido la misión para la que le había designado. Concedí a mi antiguo maestro, que había encontrado la fórmula legal para una salida suave del franquismo, el título de duque y la más alta condecoración de la Corona, el Toisón de Oro. (…) He estado rodeado de personas que han aceptado, sin remordimientos ni rencores, ceder su misión a las nuevas generaciones, como hice yo mismo al abdicar. Hay algo admirable en renunciar al poder, sobre todo frente a quienes se aferran desesperadamente a él.


La campaña electoral parecía una fiesta popular organizada en torno a los nuevos partidos políticos. Me alegraba este ambiente dinámico y positivo, desconocido para la mayoría de los españoles, que nunca habían participado en unas elecciones democráticas. Todo estaba por inventar: los que acudían a los mítines lo hacían por primera vez, tanto los oradores como los espectadores. Observé divertido cómo el país pasaba de la austeridad de las ceremonias militares auspiciadas por la Iglesia al rock, al color, a las minifaldas y a una contracultura transgresora que desafiaba la vieja moral y las tradiciones. (…) He leído en varios libros que se me acusa de haber enviado una carta al Sha de Irán pidiéndole dinero para ayudar a Adolfo Suárez a constituir su partido. Lo desmiento totalmente.

[…]

Una verdadera euforia caracterizó estas primeras elecciones legislativas del 15 de junio de 1977. Arrojaron resultados típicos de las democracias occidentales, con el predominio de dos partidos de centroderecha y centroizquierda, signo de cierta madurez política en nuestra sociedad. Adolfo Suárez, con su nuevo partido UCD (Unión de Centro Democrático), ganó las elecciones, aunque sin mayoría absoluta, seguido de cerca por el Partido Socialista Obrero Español y sus jóvenes dirigentes, en detrimento de los partidos encabezados por hombres del pasado: el tan temido y diabolizado PCE quedó por debajo del 10%, al igual que Alianza Popular, del exministro reformista Manuel Fraga Iribarne, partidario de «la democracia, pero con autoridad». Los partidos abiertamente franquistas no obtuvieron ni un solo escaño. El resultado de las elecciones confirmó mi premonición de que la sociedad española anhelaba moderación y liberarse de nuestro molesto pasado. (…) Ciertos reflejos heredados del régimen autoritario costó que desaparecieran… (…) La democracia sigue siendo un proceso que debe aprenderse y defenderse.

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Invité a todos los diputados recién elegidos a una recepción en el Palacio Real. Me produjo una inmensa satisfacción poder reunir, sin discriminación, a representantes de los distintos bandos políticos, que con anterioridad se habían enfrentado tan violentamente. Fue mi manera de formalizar nuestra reconciliación nacional. (…) Guardo en la memoria esta frase de Adolfo Suárez: «Mi misión no es permanecer en el poder, sino transformar la naturaleza de ese poder para que sea la libre expresión de la voluntad popular».

En la sesión inaugural del Congreso una de las vicepresidencias de la mesa de edad la ocupó Dolores Ibárruri, la Pasionaria, una leyenda en el bando republicano, conocida por el «¡No pasarán!». Tenía más de ochenta años y acababa de regresar de su largo exilio en la URSS. Fue la única diputada de 1936 reelegida en 1977. ¡Todo un símbolo! Hay que imaginarse la escena: un rey nombrado por Franco al lado de la más hosca de las estalinistas. Dieciocho meses antes habría sido impensable. (…) Entrábamos en una nueva era de tolerancia y respeto mutuo, con el juego habitual de los partidos políticos, como en cualquier democracia.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 01 Feb 2026 17:58 
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En noviembre de 1978, viajé a México, país de asilo para los republicanos de la Guerra Civil, con el que acabábamos de restablecer relaciones diplomáticas. Cuando llegué, pregunté al embajador español en México:

¿Vive todavía la viuda del presidente Azaña?

—Sí, vive aquí, pero no la conozco —me contestó.

Le haremos una visita. Tengo que encontrar un hueco en mi agenda.

Dolores Rivas Cherif era la viuda de Manuel Azaña, último presidente de la Segunda República y figura destacada del republicanismo español, además de un gran escritor. La edad y el destino de aquella mujer me inspiraban un gran respeto. Cuando se le comunicó mi propósito, respondió: «Es a mí a quien corresponde ir a saludar a mi Rey». Ella decidió acudir a la embajada española para encontrarse conmigo, por deferencia, lo que, dada su edad, me conmovió. Durante el caluroso abrazo con esta histórica figura republicana, viuda de un jefe de Estado que había cruzado los Pirineos a pie para exiliarse al final de la Guerra Civil, en ese momento tan preciso, consideré que había conseguido reconciliar a los españoles con su pasado para construir una nueva España por fin unida y solidaria. «A mi marido le hubiera gustado tanto ver nuestro encuentro», me dijo. Era a la vez majestuosa y adorable. (…) Ambos habíamos pasado por los tormentos de la historia española, que nos habían obligado al exilio, pero siempre habíamos llevado a España en el corazón. (…) Cada vez que iba en visita oficial a México pedía que le enviaran un ramo de flores.

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La democracia estaba en marcha, pero no podíamos detenernos en tan buen momento, y no debíamos fracasar en nuestra siguiente tarea, que era, como recordé a los representantes electos en la primera sesión del Congreso, la de mayor significado: la redacción de la Constitución. (…) España nunca había tenido una Constitución consensuada, así que el reto era enorme. (…) Esa tarea no me incumbía directamente, pero yo era su garante. Mi monarquía debía sostenerse en una Constitución fruto del milagroso consenso que habíamos alcanzado. (…) Había adoptado la postura de un rey constitucional antes de serlo por ley. Era necesario formalizar un texto reunificador, y no un texto militante, que sentara los fundamentos de nuestra joven democracia.

Cuando hice mi entrada en el hemiciclo en esta sesión parlamentaria histórica, observé que, a diferencia de los comunistas, los diputados socialistas se mostraban algo cautelosos conmigo. (…) Yo había heredado de Franco plenos poderes y estaba dispuesto a renunciar a ellos para ser un rey democrático al frente de un país reconciliado. (…) No lo dudé ni un segundo porque sabía que era lo que debía hacer por el país. (…) Esta renuncia era mi deber.

El desmantelamiento de las instituciones franquistas se logró sin purgas, sin juicios. Los que habían sido expulsados por el régimen volvieron a sus puestos. (…) No podíamos estancarnos en la venganza y reabrir las heridas de la Guerra Civil a través de innumerables juicios. Se habría retrasado al menos unos años la construcción de nuestra democracia, un proceso ya de por sí frágil y delicado. El Ejército no habría tolerado que lo pusieran en la picota, y los franquistas se habrían tensado hasta el punto de rechazar probablemente la reforma política. El trabajo de los historiadores para esclarecer la verdad habría llevado tiempo. Soy consciente de que cuando se mira tanto hacia adelante las heridas del pasado no se curan, pero me movía la urgencia política, un impulso hacia la renovación, hacia un futuro común y fructífero. La presión de la calle demandaba amnistía y elecciones, no un gran juicio. Hoy en día, hay quienes sienten la necesidad de redescubrir una «memoria histórica», como se dice. Mientras no se utilice con fines políticos o de venganza, y mientras contribuya a nuestra convivencia, puedo entenderlo, pero no es eso lo que he observado recientemente en las últimas decisiones gubernamentales, que de nuevo tienden a enfrentar a unos contra otros, a víctimas contra verdugos, cuando hemos movilizado tantos esfuerzos para poner fin a estos sufrimientos.

[…]

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En un poderoso acto simbólico, quise responder a las reivindicaciones identitarias catalanas y pedí a Josep Tarradellas, la figura indiscutible del republicanismo catalán, exiliado en Francia desde la Guerra Civil, que regresara a España para encabezar una Generalitat recién restaurada. Para sorpresa de todos, le pedí que viniera a la Zarzuela para que reconociera públicamente la legitimidad de la Corona y la unidad del país. Luego se reunió con Adolfo Suárez para sellar un acuerdo sobre el estatuto de autonomía de Cataluña. (…) Este hombre alto y digno, de casi ochenta años, viajó después a Barcelona, donde fue recibido por una multitud entusiasta. Al llegar, pronunció la famosa frase: «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!». Los términos continúan siendo importantes: se dirigía a los «ciudadanos» y no a los «catalanes», porque lo consideraba excluyente, y el anuncio de su presencia en Cataluña bastó para concretar su lucha política por el reconocimiento de la Generalitat de Cataluña, abolida en 1938. Restituía así a un héroe del pasado para darle el lugar que le correspondía en nuestra nueva España.

[…]

Mi compañero de internado José Luis Leal, entonces ministro de Economía, me dijo: «España se mueve entre el Tercer Mundo y Europa. Hay que tomar las decisiones adecuadas para llevar al país por el buen camino». Quiero rendir homenaje a sus [color=#800000]esfuerzos por modernizar la economía española y anclarla en los estándares europeos. El camino hacia la integración en la CEE todavía sería largo y tortuoso. En mi opinión, los Pactos de la Moncloa, firmados el 25 de octubre de 1977, fueron un paso decisivo: todos los sindicatos y todos los partidos llegaron a un acuerdo en torno a un compromiso social basado en una política de austeridad, que era imprescindible para que el país saliera del caos económico en el que estaba sumido, sin esperanza de mejora a corto plazo. (…) Nunca, en nuestra historia, habíamos alcanzado un acuerdo semejante: medidas urgentes para combatir la inflación y el desequilibrio de la balanza comercial, la reestructuración de algunos sectores y las reformas imprescindibles para establecer una auténtica economía de mercado. Desgraciadamente, esto incluía algunas decisiones impopulares, pero necesarias. (…) Los efectos de este pacto fueron veloces: en pocos meses, la inflación disminuyó y mejoró el equilibrio presupuestario. Sigo convencido de que este pacto económico creó un entorno político propicio para la redacción de la Constitución.


***


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 01 Feb 2026 21:20 
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Registrado: 26 Mar 2019 22:04
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Jorpray escribió:
El autoexilio se lo tiene merecido pero es verdad que en un futuro hay que plantearse que pasaría si JC fallece fuera de España y eso habría que haberlo solucionado antes con un regreso.

Ya podría imitar a Carlos V y hacer un retiro a Yuste.

¿Y Marivent?

¿Y el pabellón de caza que se hizo construir en Zarzuela?


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Feb 2026 14:33 
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Registrado: 22 Abr 2015 17:57
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulo 7

***


[…]

Al principio de mi mandato, estábamos cruelmente faltos de personal. Hubo noches en las que apenas dormía tres horas porque tenía que hacerlo todo y estar en todos los frentes. Por ejemplo, para preparar mi primer viaje oficial a Estados Unidos, pedí al Ministerio de Asuntos Exteriores una nota sobre la situación del país, que no llegó nunca. (...) Me rodeaban unos cuantos asesores, los mismos desde 1969. Aún recuerdo a Antonio Banda, que llevaba la agenda en el bolsillo de la chaqueta. Cuando queríamos concertar una cita, yo decía: «¡Hay que llamar a Banda para que lo apunte en la agenda!» y él aparecía con un pequeño cuaderno en el que anotaba meticulosamente nuestros compromisos. (…) Me río cuando pienso en aquellos días, que deben parecerle muy anticuados a todo el mundo, cuando hoy la Casa Real está formada por decenas de empleados inclinados sobre sus pantallas. (…) Cuando me convertí en Rey, opté por la continuidad, pero no estábamos preparados para semejante intensidad. Por iniciativa de Carrero blanco, en 1973 se amplió la Zarzuela. Yo llevaba tiempo planteándome, junto con un arquitecto, la construcción de un anexo que encajara lo mejor posible con la estructura histórica del palacio. Se construyeron dos alas conectadas por un túnel que daba acceso a los despachos del personal de la Casa Real. Todo estaba entrelazado: la vida familiar y la vida de Estado. Mis hijos podían estar jugando a las canicas en el vestíbulo cuando llegaban las visitas oficiales. (…) Progresivamente, la Casa Real se estructuró mejor y trabajó en coordinación con los ministerios. Cuanta más democracia se construía, más profesionales nos volvíamos.

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Avanzábamos en ese camino de la democracia, pero tropezábamos con la determinación del terrorismo de ETA, que quería impedirlo a toda costa. 1978, 1979 y 1980 fueron los tres años más sangrientos de la banda, con 237 víctimas registradas. Fueron precisamente los años de consolidación de nuestra democracia. Aunque la lucha de ETA era, en un principio, contra el régimen franquista, con la llegada de la democracia multiplicó sus crímenes, convirtiéndose en una organización en contra de la libertad y a favor de la independencia del País Vasco.

El 15 de octubre de 1977 el Consejo de Ministros aprobó una ley de amnistía general que dejaba sin efecto todas las condenas por delitos políticos y de opinión dictadas desde 1939, y que sellaba la reconciliación total del país. Incluía a los opositores violentos a la dictadura. De los cuatrocientos condenados vascos aún presos tras la primera amnistía decretada al principio de mi reinado, más de la mitad lo estaban por actos de terrorismo. Teníamos la esperanza de que esta nueva amnistía, tan ferozmente exigida, traería la paz al país. Pero fue todo lo contrario. Los terroristas nos pusieron a prueba, perpetrando más atentados que nunca. Nada podía frenar esa dinámica infernal: atentados, presos, y luego secuestros o asesinatos para exigir su liberación. En 1981, el número de miembros de ETA encarcelados era el mismo que en 1977. Quizá fuimos demasiado ingenuos.

[…]

Cada muerte causada por los viles actos de los terroristas era una herida personal, una mancha indeleble en mi reinado. Cada atentado conseguía sobrecogerme, paralizaba la acción del gobierno y sembraba el caos. (…) Tras el primer atentado, mantuve una reunión prolongada con mis colaboradores para decidir si debía ir o no al funeral. Discutimos el tema largo y tendido y, tras pensarlo detenidamente, decidí no asistir porque no podía comprometerme a ir a todos los funerales de todas las víctimas durante mi mandato. No quería demostrar favoritismos. Hice una excepción por el horrible atentado perpetrado por Al Qaeda en la estación de Atocha de Madrid el 11 de marzo de 2004. Volveré sobre aquel día, el peor de mi reinado, en el que, como muchos españoles, no pude contener las lágrimas. (…) La Familia Real, los altos mandos, los funcionarios, los empresarios: todos éramos un objetivo. Ya en 1974, cuando Franco aún vivía, planearon secuestrarme o matarme en Mónaco. Afortunadamente, uno de los implicados denunció el complot a la policía y cancelamos nuestra visita a la Riviera. Creo que el delator sería asesinado más tarde por ETA. En el verano de 1977 desactivaron una bomba en Palma de Mallorca, donde yo pasaba mis vacaciones. En 1995 se frustró otro atentado terrorista contra mí. Durante varios días, ETA me tuvo en su punto de mira. Alquilaron un apartamento en el puerto de Palma de Mallorca, a tiro de piedra de mi barco, adonde iba todos los días. No se atrevieron a disparar porque no tenían un plan de fuga y no sabían cómo escapar de la isla después de asesinarme. ¡Los yihadistas son nihilistas y mueren en los atentados que provocan, pero los terroristas vascos protegen su pellejo!

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Reconozco que fue nuestra pesadilla. Y más teniendo en cuenta que por entonces no contábamos con la ayuda de Francia, tierra de refugio y base de retaguardia de ETA. El presidente Giscard no comprendía mis insistentes peticiones de cooperación policial, o me hacía promesas vanas. Me llamaba «mi querido amigo» con aire muy imperial, pero yo me hacía pocas ilusiones. También se había comprometido, durante mi primer viaje oficial a Francia en octubre de 1976, a apoyar la candidatura de España a ingresar en la CEE, pero Giscard temía la vehemente oposición de los agricultores franceses, que preveían la llegada masiva de productos españoles más baratos. No fue hasta la elección de François Mitterrand en 1981 cuando Francia cambió su postura sobre estas dos cuestiones fundamentales para nosotros. Giscard quería que yo fuera su único interlocutor, mientras que yo le explicaba que Adolfo Suárez era el representante del ejecutivo. Giscard lo trataba con indiferencia en las reuniones oficiales.

[…]

En ese contexto de violencia terrorista se redactó la Constitución. La octava Constitución de la historia de España, pero la primera fruto de un consenso político. Ni Adolfo Suárez ni yo sabíamos cómo proceder adecuadamente. ¿Había que partir de una hoja en blanco o de un borrador redactado por el ministro de Justicia, Landelino Lavilla? Tras muchos titubeos, las partes acordaron finalmente crear una comisión de siete miembros: UCD, el partido de centro-derecha de Adolfo Suárez, tenía tres ponentes (Miguel Herrero, José Pedro Pérez-Llorca y Gabriel Cisneros); el PSOE tenía dos, pero cedió uno al representante de los nacionalistas vascos y catalanes (entonces formaban un único grupo parlamentario), Miquel Roca, que ocupó su plaza junto al abogado socialista Gregorio Peces-barba; Manuel Fraga, antiguo ministro franquista, era otro de los ponentes y por último estaba el representante del Partido Comunista, Jordi Solé Tura. (…) Yo seguía las discusiones desde la distancia, sin jamás intervenir para no romper mi neutralidad autoimpuesta. En ocasiones fue muy frustrante, pero tuve que adoptar la posición de rey constitucional, incluso antes de que se votara la Constitución. Este texto fundamental tenía que ser irreprochable y no ser «la Constitución del Rey».

[…]

Trabajaron día y noche con espíritu de cohesión, sometidos a múltiples presiones, conscientes de la importancia crucial de su tarea. Se pusieron de acuerdo en el carácter no confesional del Estado, la abolición de la pena de muerte, la unidad de la nación española y el reconocimiento de las «nacionalidades», un término difícil de aceptar por todos, para identificar la existencia de regiones solidarias entre sí. Pensé que deberíamos haber adoptado una forma de federalismo, pero esta idea no fue unánimemente admitida y hubiera sido difícil conseguir que las Fuerzas Armadas la aceptaran. (...) Recuerdo tensiones terribles, como las relativas a la abolición de la pena de muerte, rechazada por algunos en nombre de la lucha contra el terrorismo, o las relativas a la libertad de enseñanza y el papel de la Iglesia, la mayoría de edad a los dieciocho años y el derecho al aborto. Muchas veces estuvimos al borde de la ruptura. Fernando Abril, ministro y hombre de confianza de Adolfo Suárez, y Alfonso Guerra, número dos del PSOE, trabajaban en la sombra, en plena noche y con la mayor discreción, para alcanzar compromisos. Sé que el ministro de Justicia, Landelino Lavilla, se quejaba de que lo despertaban regularmente a horas intempestivas para pedirle asesoramiento jurídico. (…) Todos los protagonistas fueron muy valientes. Reinaba entonces la madurez política. Éramos conscientes del reto histórico que estaba en juego. Nadie quería ser responsable de un fracaso. (…) La conciencia de un bien colectivo prevaleció sobre las ambiciones partidistas o individuales, lo que no es frecuente en la historia de España.


El comunista Santiago Carrillo no puso objeciones a la forma monárquica del Estado. En cambio, los socialistas reivindicaron el carácter republicano de su partido y presentaron ante la Comisión Constitucional una enmienda a favor de la república. (…) En su opinión, votar a favor de la monarquía consolidaría la Corona nombrada por Franco, aunque fuera garante de los avances democráticos. Para mí, su enmienda fue simbólica y necesaria, y dio legitimidad parlamentaria a la monarquía. (…) La noche del 11 de mayo de 1978 me reuní con unos amigos para cenar en un restaurante y les dije: «¡Felicitadme, me acaban de legalizar!». La Comisión Constitucional del Congreso acababa de aprobar el artículo 1.3 sobre la forma del Estado español con 23 votos a favor, 13 abstenciones (los socialistas) y ningún voto en contra. A pesar de todo, me sentí aliviado. La monarquía española es la única del mundo que ha sido ratificada dos veces: primero por las Cortes y luego por referéndum. Es doblemente legítima.

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El 21 de julio de 1978, día de la votación final, dos militares fueron acribillados a balazos en pleno centro de Madrid. ETA había vuelto a atentar. Adolfo Suárez, exhausto y pálido, acudió al Congreso con el general Manuel Gutiérrez Mellado, ministro del Ejército, vestido para la ocasión con uniforme militar. Llevaban mucho tiempo enfrentándose a insultos. Los franquistas les llamaban «traidores» y las Fuerzas Armadas los odiaban abiertamente porque consideraban que el Gobierno no se movilizaba lo suficiente contra los terroristas. Aquel día, el presidente del Gobierno recordó a los diputados que no debían ceder al miedo y al chantaje terrorista, y que había llegado el momento de votar ese texto histórico. El resultado: 258 votos a favor, 2 en contra y 14 abstenciones. Los diputados del PNV (Partido Nacionalista Vasco) se ausentaron para no tener que votar, lo que presagiaba futuras tensiones. (…) El referéndum celebrado el 6 de diciembre de 1978 ratificó nuestro Proyecto de Constitución con un 88,5% de votos a favor. Me preocupó la alta abstención (33%), pero sobre todo me emocionó haber sido capaz de dar a España, por primera vez en su historia, una Constitución fruto del consenso, sin vencedores ni vencidos. El 27 de diciembre acudí a las Cortes para sancionarla. Elegí vestir el uniforme militar para dar aún mayor solemnidad a este acto y encarnar simbólicamente a las Fuerzas Armadas, que desde aquel momento se convertían en un Ejército democrático. (…) En los días siguientes a la muerte de Franco, podrían haberme destituido. Obedecían a mi autoridad porque me había nombrado el Caudillo y así lo exigían sus últimas voluntades: las órdenes de Franco no eran discutibles, ni siquiera después de su muerte. Me respetaban porque procedía de sus filas y sabía hablarles con firmeza. (…) Estaban cambiando de identidad, y el país también. Aquel día, todos nos volvimos diferentes.

Al rubricar la Constitución, me tembló la mano, algo que no me había ocurrido nunca. Me embargaban la emoción y la trascendencia del momento. Siempre he guardado con orgullo la Constitución cerca de mí, sobre mi escritorio. Es el fruto de un esfuerzo colectivo y el producto de una época. Sin duda, hoy habría que retocarla, porque nuestra sociedad ha cambiado. Se habla mucho del artículo 57, sobre la sucesión a la Corona, que da prioridad al hombre sobre la mujer, una tradición que tiene su origen en los Borbones y que promueve el derecho de progenitura, salvo en caso de descendencia masculina. En la época, este artículo, que hoy resulta chocante, no suscitó ningún comentario. Como señala Alfonso Guerra, también debería modificarse un artículo que discrimina a los hombres, el que dice que la mujer del rey es reina, pero el marido de la reina es solo príncipe consorte de la reina. Sé que Felipe de Edimburgo, marido de la reina Isabel II, mi prima, sufrió mucho por esto. E insisto: en 1978, la Constitución fue el mejor texto democrático posible. Sigo agradecido a todos los que contribuyeron a ella. Fue un gran éxito colectivo.

[…]

En tres años, el país se había transformado por completo. Para algunos, los cambios eran demasiado lentos o tímidos, pero no hay otro ejemplo en el mundo de una Transición tan rápida. (...) La vida cotidiana de todos los españoles se metamorfoseó, tanto en lo político como en lo social: la democracia acompañó a fenómenos sociales de gran envergadura, como el éxodo rural, la masificación universitaria y de la clase media, el turismo y la revolución cultural de «la movida». Lo hicimos lo mejor que pudimos, siempre en interés de España. No todo fue perfecto, por supuesto, pero fue un hermoso momento de construcción, esperanza y vitalidad que me satisface haber dejado como legado a mi hijo. (...) Lamento no haber podido consultar los archivos de mi padre, que me habrían ayudado en este libro. Cuando murió, en 1993, no me tomé el tiempo de profundizar en ellos y no sé lo que contienen. Hoy, mientras recorro mi historia, me habría gustado ponerlos en orden, descubrir su correspondencia con Franco en particular, entregarlos a los organismos oficiales. Tal vez habría encontrado nuevas claves para comprender mi destino. Es una gran frustración saber que están encerrados en cajas, y olvidados en un cuarto oscuro de la Zarzuela.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Feb 2026 14:47 
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Ni una mención a Álvarez de Miranda en las memorias hasta ahora. Me parece MAL, FATAL. Qué sabrá la Debray sobre él.

Encarnación del diálogo y la conciliación, militante monárquico en los años más duros del franquismo, metido en las conspiraciones antifranquistas, partícipe en la cumbre de Múnich del 62, detenido por ello y desterrado a Fuerteventura por el régimen. Un hombre y monárquico de bien.

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Feb 2026 15:34 
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulo 8

***


Cuatro años de poder y de crisis habían agotado a Adolfo Suárez, que se enfrentaba a disensiones dentro de su propio partido, una coalición de diferentes tendencias políticas (democristianos, liberales, socialdemócratas). (...) A fuerza de encadenar reformas, había acumulado mucho descontento: las Fuerzas Armadas no le tenían ningún aprecio, sobre todo desde la legalización del PCE, la derecha le reprochaba sus contactos con Fidel Castro y Yasir Arafat, el sector bancario estaba resentido por una serie de medidas en favor de las cajas de ahorros, la Iglesia desaprobaba la legalización del divorcio y de los anticonceptivos, Estados Unidos no entendía por qué frenaba la adhesión en la OTAN y los medios de comunicación, totalmente liberalizados, ponían de relieve los ataques de la oposición de izquierdas a la acción del Gobierno. Se afirmó por entonces que me había distanciado de él. Nada más lejos de la realidad. Conservaba mi confianza, mi gratitud y mi sincera amistad. Pero mi papel había quedado limitado por la Constitución, y un distanciamiento institucional por mi parte era lo adecuado.

[…]

Suárez había superado una moción de censura presentada por los socialistas y luego se había sometido a una cuestión de confianza: legalmente, era todo lo legítimo que podía ser. Pero estaba agotado y no tenía apoyos. Sorprendió al país cuando anunció su dimisión por televisión el 29 de enero de 1981. Yo me había enterado unos días antes, en una de nuestras reuniones semanales. «No es necesario ni obligatorio que dimitas», le insistí. Él me respondió en tono firme: «He tomado mi decisión y no voy a dar marcha atrás». (…) Él declaró en televisión, siempre con su prestancia: «Como frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige un cambio de personas, y yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España». Esta frase seguirá siendo enigmática. ¿Se había enterado de que se conspiraba contra él? Los rumores en los pasillos llegaban hasta mí: «Todo vale con tal que caiga Suárez». Lamenté su salida de la escena política en estas circunstancias después de haber entregado tanto a España. Era un hombre que nunca hablaba mal de nadie y que asumió la responsabilidad de sus propios errores y los de su Gobierno. (…) La política es cruel. ¡Ni siquiera Churchill fue reelegido por los británicos tras la Segunda Guerra Mundial!

Cinco días más tarde, yo tenía previsto ir al País Vasco, una región inestable y hostil a la monarquía. El Ejército y el jefe de la Casa Real intentaron disuadirme. (…) Solo en 1980, ETA había asesinado a 95 inocentes, entre ellos a 31 guardias civiles, 8 militares y 15 policías. «Es territorio español y evidentemente voy a ir», respondí, sin dudarlo. (…) Sobre todo, porque se trataba de un viaje histórico, el primero de un Rey a la región desde 1929. Algunos vascos estaban convencidos de vivir en «territorio ocupado», así que no me sorprendió que hubiera manifestaciones «antiespañolas» cuando llegué. La seguridad estaba al límite cuando llegué con Sofi a la Casa de Juntas de Guernica. En cuanto empecé mi discurso, los diputados de Herri Batasuna, el partido independentista, con el puño en alto, entonaron el Eusko gudariak a pleno pulmón, tapando mi voz. Otros diputados reaccionaron aplaudiéndome y gritando «¡Viva el Rey!». La escena era caótica. (…) Me volví hacia Sofi, sentada detrás de mí, que permanecía imperturbable, sin dejar traslucir ninguna emoción en el rostro. ¡Qué autocontrol el suyo! Luego miré a los jóvenes soldados encargados de mi seguridad. Estaban muy nerviosos. Incluso algunos llegaron a acercar la mano a la cartuchera de cuero del arma. (...) En unos segundos me di cuenta de que era absolutamente necesario reducir la tensión de inmediato para evitar lo peor. Así que les dije bromeando a los diputados independentistas: «¡Vamos, vamos, cantad más alto! ¡No os oigo con todo este ruido!».

No iba a marcharme, eso habría equivalido a ceder, por eso intenté crear una distracción, hasta que el lehendakari Carlos Garaikoetxea ordenó finalmente a la recién creada policía autonómica del País Vasco que expulsara a los alborotadores. Menos mal que no intervino la Policía Nacional, porque habría sido mucho peor. (...) En el bolsillo tenía preparado un papel con algunas frases por si las cosas se torcían. Lo saqué con discreción, dejando a un lado mi discurso inicial, y declaré solemnemente: «Frente a quienes practican la intolerancia, desprecian la convivencia, no respetan las instituciones ni las más elementales normas para una ordenada libertad de expresión, yo quiero proclamar una vez más mi fe en la democracia y mi confianza en el pueblo vasco». (…) No temblé, pero me sentí aliviado cuando salí del hemiciclo.

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A la vuelta, Sofi y yo nos fuimos el fin de semana a descansar a la estación pirenaica de Baqueira, un refugio que apreciaba mucho. (…) La noche de nuestra llegada, el viernes 6 de febrero, al bajar del helicóptero, nos sorprendió la noticia de que la madre de Sofi, la Reina Frederica, acababa de morir. (…) Se había quedado en Madrid para cuidar de los niños mientras estábamos fuera, y aprovechó nuestra ausencia para someterse a una pequeña intervención de cirugía estética, a la que no sobrevivió. Sofi, por supuesto, regresó inmediatamente a Madrid. Yo me quedé en Baqueira esa noche porque tenía una cita que no quería cancelar.

[…]

Yo sabía que el Ejército estaba harto. Me preocupaban los movimientos de protesta y el descontento en algunos cuarteles. Ya se había desarticulado una conspiración militar llamada «Operación Galaxia» a finales de 1978. Uno de los instigadores, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, que había sido jefe de la comandancia en San Sebastián, fue condenado a siete meses de prisión. Uno de sus compañeros, comandante de la Guardia Civil de Guipúzcoa, fue asesinado casi ante sus ojos por ETA. (…) Y desde entonces circulaban rumores. Quizá no nos los tomamos suficientemente en serio, pero ¿cómo condenar o contrarrestar meros rumores? Algunas personas abogaban por instaurar un Gobierno fuerte de salvación pública presidido por un militar. Se decía que los socialistas habían aprobado la idea, entre muchas otras. Cada cual tenía su propia solución a los problemas del país.

Yo le había pedido a un hombre de mi confianza, el general Alfonso Armada, que se reuniera conmigo en Baqueira para cenar. Quería calibrar el estado de ánimo de las tropas y obtener información de primera mano. Tras muchos años como secretario de la Casa Real, pasó a ser gobernador militar de Lérida, y acababa de ser ascendido, ante mi insistencia y a pesar de la oposición de Adolfo Suárez —un detalle que también resultará importante—, a segundo jefe del Estado Mayor. (…) Aquella tarde éramos dos amigos íntimos que discutíamos sobre la delicada situación que atravesaba el país. En aquel momento, no me dijo nada que pudiera alertarme.

—Se oyen cosas en los cuarteles... —me dijo.

—Hay que permanecer alerta. ¿Y cuál es el estado de ánimo de los coroneles? —le pregunté.

—Mantienen la calma —contestó con tranquilidad.

No dijo ni una palabra sobre la comida a la que había acudido unas semanas antes con un dirigente socialista, Enrique Múgica, en casa del alcalde de Lérida. Nunca sabré lo que hablaron en aquella reunión, de la que me enteré más tarde. Todos los partidos tramaban en secreto conspiraciones políticas para llenar a su manera el vacío de un poder tambaleante. Decididamente, estaban jugando con fuego... y yo me di cuenta demasiado tarde. Si no recuerdo mal, animé a Armada a hablar directamente con el que había sido ministro de Defensa, el general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno desde el inicio de la Transición. (…) Era un hombre notable, recto, que no dudaba en decir lo que pensaba, gustara o no, y un defensor a ultranza de la democratización. Había puesto en marcha una valiente reforma de modernización de las Fuerzas Armadas y nunca vaciló a la hora de obligarlas a permanecer sometidas al poder civil.

Pocos días después, tras ásperas negociaciones con el Gobierno griego sobre las condiciones del funeral de la Reina Federica, viajé con Sofi y mi familia política a Atenas. Solo se nos permitió estar allí unas horas, con la mayor discreción, para enterrarla junto a su marido, el Rey Pablo, en la antigua residencia familiar de Tatoi. Entre nuestra tristeza y el nerviosismo de las autoridades locales, fue un día terrible. A mi regreso, y en cumplimiento de la Constitución, recibí a los líderes de los distintos grupos parlamentarios. UCD, que tenía mayoría, propuso a Leopoldo Calvo-Sotelo, número dos de Suárez, como candidato a la presidencia. La votación parlamentaria de investidura se fijó para el 20 de febrero, aproximadamente una semana después. Calvo-Sotelo solo obtuvo mayoría simple. Una segunda votación estaba prevista para las 18:00 horas, tres días más tarde.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com


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