Atendiendo al límite de los 6 meses y a lo que señala Lamballe sobre el fisco, creo que podrían actuar fácilmente, dentro de lo difícil que es domeñar a este hombre. Él y su entorno equiparan, torticeramente, la imposibilidad de residir en Zarzuela con la imposibilidad de vivir en España. No vive aquí porque no quiere. Nadie le echó de su país, solo de palacio. Y, por desgracia, sus memorias y su desobediencia sin límites han empeorado todo lo que se había recompuesto.
La Casa del Rey debería iniciar unas negociaciones con él, mandarle a Villarino y Araújo, y plantearle una serie de requisitos para acogerle de nuevo. Entre ellos, cumplir las normas de conducta impuestas por el Rey a la Familia Real. Se acabaron los regalos (incluidos jets privados), la utilización de dinero ajeno y las visitas de gente poco confiable entre los muros de palacio. Eso va por la Debray, no puede pisar Zarzuela. Vida de fraile obediente, con salidas de ocio, pero sin dar que hablar, sin dar lugar a polémicas. Y por supuesto, imposición de un bozal a todas las amistades con incontinencia verbal. Los muros de Zarzuela fueron sagrados durante su reinado y deben continuar siéndolo si vuelve. En boca cerrada no entran moscas.
Quizás podrían plantear un regreso por fases. Tres meses en casa de la Infanta Elena, a
modo de normalización y sondeo de ánimos, con visitas habituales a Zarzuela y pasado ese tiempo, comunicar que por su salud, debe ser trasladado a palacio. No pasa nada por exagerar un poquito, aunque no le guste que se diga que su salud se ha agravado.
Y ahora viene lo importante. La Casa del Rey debe comunicar que esas negociaciones se van a producir y si no tienen éxito también. Como también debería comunicar si alguien más, ajeno a la Casa, se niega o no cree conveniente volver acoger al Rey padre. Es decir, la pelota siempre sobre tejados ajenos. Ante cualquier negativa, que no se diga que el Rey y su equipo no han hecho todo lo que estaba en sus manos.
En estos tiempos que nos están tocando vivir, hay que ser un poco zorros. Y en eso, los Windsor, tienen un máster: en serlo y en matarlos. Deben mirarse en ese espejo.
Vamos con ello.