No me halagues tanto, Nando, jajajaja. El mérito, básicamente, es de Ana de Sagrera, que se tomó el trabajo de reconstruír la vida de Sophie, una rusa entre españoles, personaje singular de la época

Sagrera cita a Julio de Benalúa cuando éste evoca su llegada a París desde Madrid, tras la caída de Isabel II.
"Llegamos a París y cuál no fue mi asombro, cuando en lugar de ver a mi tío y tutor (que estaba ausente), me recibió y me sentó en sus rodillas, dándome un beso, una señora alta, rubia, fina, con el pelo cortado, que me pareció guapísima y conun aire de suprema distinción que difícilmente olvidaré. Era mi tía Sofía, la que desde entonces fue para mí como una nueva madre. La que me educó con sus cuatro hijos y que llegó a quererme tanto como a ellos".Pienso que Sophie fue muy sensible a la situación de Julito porque ella misma, a los siete años, se había visto apartada de su madre, por la que en esa época bebía los vientos, siendo enviada a cubrir un larguísimo trayecto en berlina desde París a San Petersburgo para que ingresase como interna en el Smolny. A Sophie le resultaba fácil empatizar con la situación de Julito. Se veía a sí misma en ese niño a quien sentó en sus rodillas y besó con ternura.
La casa de los Sesto en París debió parecer un colegio. Aparte de los cuatro hijos de Sophie, acogieron a Julio Benalúa, sobrino de Sesto. Pero además en 1868 se incorporó al retén otro muchachito de trece años, Pepe Xifré y Hamel, hijo huérfano del agregado honorario de la Embajada de España en París, que había fallecido nada más enterarse del destronamiento de Isabel II. Pepe, el hijo de José Luís Xifré Downing con una tal Mademoiselle Hamel, fue puesto bajo la tutela de Pepe Alcañices, buen amigo del fallecido progenitor. El chico se convirtió en "otro miembro de la familia".
En total, pues, seis chavales. Por no hablar de los hijos menores de Isabel II, que visitaban asiduamente a los Sesto, en particular en su casa de Deauville...