A ver, recapitulando.
Tenemos a Isabel II estableciéndose en el pabellón de Rohan. Ha llegado a París con sus hijos menores, para descubrir que allí, en el andén de la estación, la espera un grupito ciertamente reducido. Todos los que durante años le han bailado el agua para beneficiarse de su generosidad han preferido quedarse fuera de escena. Sólo les había movido su interés. Leales, lo que se dice leales, son los que se cuentan con los dedos de una mano. Debió resultar un palo doloroso para ella, recordad que había sido reina desde los tres años de edad. Estaba acostumbrada a vivir rodeada de gente que la halagaba, era algo que daba por descontado. Pero el giro en las circunstancias la dejaba expuesta a la cruda realidad.
Sesto hizo lo que pudo por instalar cómodamente a la soberana, apoyado resueltamente por Sophie. A Sophie le había conmovido mucho la llegada de la reina con sus hijos pequeños a una ciudad en la que debían acostumbrarse a vivir de manera radicalmente distinta a la que habían conocido previamente. Se sabe que Sophie se emocionó en especial al ver a la pequeña Eulalia, de cuatro años de edad. Sin poderse contener, la esposa de Pepe había exclamado:
-Ohhh, le beau bébé!.La niña, por alguna razón, se quedó con esa imagen grabada en su memoria. Muchos años después, una Eulalia veinteañera enviaría a Sophie una foto suya dedicada. Ponía textualmente:
"De votre bébé".
En esas semanas, Sophie se encargó de auxiliar a Isabel II en un aspecto muy concreto: el de formarse un nuevo guardarropa. A Isabel, recuérdese, el fín de la monarquía le había sobrevenido mientras estiraba al máximo sus vacaciones estivales en el País Vasco. Por tanto, los baúles que la acompañaron en su viaje hacia el exilio en Francia estaban repletos de vestidos de tejidos finos, trajes veraniegos. De repente, necesitaba ropa adecuada al otoño parisino, al igual que las niñas. Lo de las niñas podía apañarlo una
modista, pero en lo que concernía a la reina, se requería un buen taller de costura. Sophie llevaba años manteniendo una relación privilegiada por el genial Charles Worth. Fue Sophie, pues, la encargada de visitar el attelier de Charles Worth con la reina Isabel. Procurando sacar a relucir la mano izquierda, Sophie persuadió a Isabel de que le convenía dejar a Worth la elección de tejidos y colores. La española había sido exageradamente proclive a géneros y tonos demasiado chillones, que no favorecían en absoluto a una mujer de baja estatura que mostraba un considerable exceso de kilos.
Pepe estaba ocupado en otras lides. En el pabellón de Rohan, lo que tenía Isabelita a su alrededor era, básicamente, una camarilla de indeseables presidida por Marfori. Había aventureros para aburrir y algunas damas que parecían presumir de su falta de cultura. A Pepe no se le escapaba que se hacía necesario sustraer a los hijos menores de Isabel de ese ambiente deplorable. Alfonso, el príncipe, constituía la esperanza de la dinastía. Se trataba de un chiquillo de doce años, que había manifestado una salud delicada desde la tierna infancia, razón por la cual se le había mantenido entre algodones, con una educación dirigida por preceptores entre los muros de palacio. Ahora, ese muchachito requería una formación apropiada en un centro de excelente reputación. Sesto no lo dudó: enseguida hizo las gestiones necesarias para que Alfonso pudiese cursar estudios en el Saint Stanislas, al que también acudían los dos hijos varones de Sophie Troubetzkoi. Simultáneamente, se decidió que Pilar y Paz ingresarían en el Sacre Coeur. Eulalia todavía no tenía cinco años, de manera que, durante unos meses, recibiría lecciones en casa; pero, a su debido tiempo, seguiría los pasos de sus hermanas mayores.
Habiendo apañado esos asuntos, Pepe soltó la bomba ante Sophie. La reina Isabel, acicateada por Marfori, seguía insistiendo en que había que obtener del nuevo gobierno español que se le devolviesen sus pertenencias, los objetos que había dejado en Palacio. Pepe entendió que era su deber viajar a Madrid para alcanzar alguna clase de acuerdo. Estaba informado de que, en Madrid, el general Serrano, duque de la Torre, había sido nombrado regente, lo que, en la práctica, significaba que España seguía considerándose un reino, aunque con trono vacante. El general Juan Prim era el presidente de Gobierno y, simultáneamente, el Ministro de la Guerra, lo que le situaba como el nuevo hombre fuerte junto a Serrano. Ministros unionistas se mezclaban con ministros progresistas. Los primeros, los unionistas, eran más bien partidarios de ofrecerle la corona que se había quedado en el arroyo al duque de Montpensier, marido de la infanta Luísa Fernanda, quien aguardaba acontecimientos en Sevilla. Los progresistas, por entonces, tenían en mente al príncipe Ferdinand de Saxe-Coburg, viúdo de la reina María II de Portugal, padre del entonces rey Luíz de Portugal. Ferdinand había demostrado una gran competencia en Lisboa, así que se creía que podía aprovecharse su experiencia en Madrid. Sus simpatizantes españoles incluso veían fácil encontrar una solución de compromiso al hecho de que Ferdinand hubiese contraído un segundo matrimonio morganático con la condesa de Edla.
A Sophie le sentó peor que una patada en la rabadilla que Pepe expresase su voluntad de marchar a Madrid para entrevistarse con Juan Prim, el presidente de gobierno y ministro de la Guerra, a quien le había unido durante años una relación cordial, incluso amistosa. El enojo de Sophie resulta fácil de entender: en su primer año de casados, parecía destinada a que los avatares de la monarquía española la privasen de la presencia de su esposo con demasiada frecuencia. A Pepe le hizo falta apelar a toda su elocuencia para convencer a Sophie de que era necesario que él tratase de apañar las cosas con Prim en Madrid. En cualquier caso, Sophie seguía enfurruñada -no sin razón...-. Para devolverle la sonrisa a Sophie, Pepe le propuso que le acompañase durante parte del viaje, concretamente de París a San Sebastián.