Se puede decir que en el Palacio de Alcañices estaban mentalizados para esa "debacle". Cuando el duque de Sesto, el marqués de Miraflores y el marqués de Molins habían enviado su documento a las cortes, sabían de antemano que lo habían escrito con la mirada puesta en el futuro, porque, en aquel momento, no tenían nada que rascar. Los 2 votos de Alfonso eran casi puramente testimoniales. Los alfonsinos, de cualquier
modo, no habían confiado en lograr más de lo logrado.
Lo sustancial era que, a partir de ese instante, tenían la opción de aglutinar sus fuerzas todos los alfonsinos para ir promoviendo de manera efectiva un vuelco en la opinión pública. Se trataba de un auténtico desafío, lo cual encantaba a Pepe, pero más aún a Sophie. En el pasado, el interés de Sophie por la política había sido nulo o más bien escaso. Sin embargo, a raíz de la boda con Pepe, Sophie había encontrado una nueva causa con la que identificarse e implicarse a fondo. Quería sacar a la luz su famoso temperamento eslavo, ser un personaje decisivo en esa misión conjunta.
Es muy revelador que, apenas tres días después de la elección de Amadeo en sesión plenaria de las Cortes, los duques de Sesto asistiesen a una especie de gran reunión de los Grandes de España que tenía lugar en esa fecha para aprovechar que era el santo de la reina Isabel II. Hacía falta coordinarse, porque para hacer de Alfonso un rey Alfonso XII, no sólo había que mantener alto ese pabellón entre la nobleza, sino que había que ir atrayendose la simpatía popular. Los gestos serían importantes, quizá decisivos. Sophie ya se había percatado de que los españoles eran impresionables y capaces de dejarse envolver por una leyenda: la mitad de los madrileños se las apañaban para aparecer por dónde ella pasase porque querían ver con sus ojos a la rusa de rubios cabellos y ojos negros que lucía tan mona en sus martas cibelinas. Eso nutría el imaginario colectivo. Ahora, estaba dispuesta a utilizar su talento para atraer la atención a favor de Alfonso XII.
Fue Sophie la que tuvo la idea de que los alfonsinos se identificasen luciendo una flor de lis en forma de broche, prendida en el corpiño en el caso de las damas o, si se prefería, usando esos clips para sujetar los complicados peinados de
moda. La Navidad de 1871 estaba a la vuelta de la esquina, así que Sophie se lanzó a la tarea de encargar cientos de prendedores en forma de flor de lis, hechos con concha o coral. Los quería para regalarlos a las damas de la nobleza (excepción hecha, por supuesto, de la duquesa de la Torre, jajaja), pero también a los miembros de su servicio en el Palacio de Alcañices. Quería que esos prendedores estuviesen en boca de todo Madrid, no sólo de unos cuántos iniciados en la materia.
Simultáneamente, Sophie hizo montar en el hall de entrada de su Palacio un fastuoso árbol de Navidad. Era el primer árbol de Navidad que aparecía en suelo español, jajaja, así que os podéis imaginar lo rápido que se difundió entre los madrileños la noticia de que la rusa había traído consigo una tradición extranjera asociada a las fiestas. Muchos mostraron tal interés por ver el árbol, que Sophie, inteligente muchacha, hizo abrir las puertas de Palacio un sábado para que saciase la curiosidad de docenas de personas. Entre prendedores en forma de flor de lis y adornos colgando de las ramas de un gran abeto, la popularidad de los Sesto crecía. Y eso podía utilizarse políticamente, vaya que sí
