Debo señalar en este punto que Pepe y Sophie estaban en Madrid en junio de 1871 por dos razones. En primer lugar, no querían perderse la ocasión de participar en ese homenaje alfonsino-carlista a Pío IX que suscitaría tal revuelo. En segundo lugar, esperaban a que concluyese el curso escolar para los chicos.
Pero la idea era salir hacia París en cuanto rematase el año lectivo. París, por ende Francia, estaba volviendo a la normalidad después de la terrible etapa conformada por la guerra franco-prusiana, el colapso del II Imperio, la apresurada proclamación de una nueva República que debía asumir la firma de paz con los vencedores alemanes y, al final, la tremenda revolución social que cristalizó en la experiencia de la Comuna de París entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871. Los historiadores aún debaten si la Comuna de París fue un período derivado de un socialismo radical o de un anarquismo puro y duro. Finalmente, las tropas del gobierno de la III República que presidía Thiers tuvieron que lanzar un durísimo ataque sobre París para acabar con la Comuna. Hubo una sangrienta represión de los Comuneros y, a la postre, París quedaría sometida a Ley Marcial durante nada menos que CINCO años.
Pero esa Ley Marcial en París decretada por la III República de Thiers significaba que podían retornar a la capital los que se habían ído al socaire de la guerra franco-prusiana y del cataclismo del Imperio. Isabel II, desde Suiza, había escrito cartas perentorias a Pepe. Ella no pensaba seguir aburriéndose en la bucólica Suiza, estaba decidida a retornar a su Palacio de Castilla y necesitaba que Pepe se lo pusiese en bandeja de plata. Por otro lado, Pepe y Sophie querían ver cómo estaba su casa de la rue Gabriel. Así que, para atender sus propios asuntos domésticos y para resolver la situación de la reina Isabel II, los Sesto, con los chicos, salieron de Madrid rumbo a París.
Eran tan evidentes los destrozos en París que, tomadas una serie de medidas de urgencia, decidieron dirigirse a Deauville a disfrutar del verano. Sophie escribió a Isabel, invitando a la reina a que se reuniese con ellos en Deauville. Isabel se mostró encantada con la idea. Le apetecía disfrutar de la intensa vida social de la hermosa población normanda, rodeada de sus hijos menores. Sophie la entretendría sin reparar en gastos, ocupándose también de acomodar a las jóvenes infantas, en tanto que Pepe trataría de elucidar el futuro educativo de Alfonso, que ya no debía seguir sus estudios en el París republicano. La idea de Pepe consistía en enviarle por una época larga al prestigioso Theresianum de Viena, algo en lo que está plenamente de acuerdo Cánovas del Castillo siempre que, más adelante, el joven pase por una Academia Militar en la querida Inglaterra (don Antonio, tan anglófilo él).
Para Pepe no fue fácil la tarea. Convencer a Isabel resultó pan comido, pero no convencer a Francisco de Asís, a quien, gustase o no, había que consultar esa clase de decisiones que afectaban a un hijo menor de edad, sometido a su tutela. El alemán de Alfonsito era muy rudimentario, por lo que no podía ingresar de manera inmediata en el Theresianum, con un nivel académico bastante consistente. Pepe explicó que Alfonsito podía ir mejorando su alemán previamente pasando una larga temporada en Munich, dónde su tía Amalia del Pilar, esposa del príncipe Adalbert de Baviera, estaría feliz de acogerle en casa. A la postre, Francisco de Asís se mostró de acuerdo gracias a una oportuna intervención por carta de la infanta Isabel, condesa de Girgenti, que seguía en Suiza con el marido. Pepe debió de pensar que menos mal que Isabelita era sensata.
La estancia de los Sesto en Deauville primero y de nuevo en París después no podía prolongarse: a principios de diciembre, se contaba con que estuviesen de nuevo en Madrid tras haber conferenciado todo lo necesario con Isabel, con Francisco de Asís, con Alfonsito, etc. Sophie, de cualquier
modo, aprovechó sus últimos días para visitar con Pauline de Metternich el attelier de Charles Worth. Tenía previsto ofrecer una gran fiesta en su palacio madrileño a mediados de diciembre, así que quería llevar un vestido completamente a la última
moda para la ocasión, aparte de otros trajes que hiciesen palidecer de envidia a las damas madrileñas incluyendo en el lote a sus mejores amigas
