Octavius, espero ansiosa esas castañuelas made in Belgrado

Estábamos en que los Sesto veraneaban en Deauville en el año 1871. Habían querido que se añadiese al grupo Alfonsito. Isabel se les había agregado por su cuenta, llevando consigo a las niñas Pilar, Paz y Eulalia. Eso nos había venido al pelo para comentar lo cansina que era Isabel...¿verdad?
Pues...fijaos que al rematar ese divino sejour en Deauville, la Isabelita vuelve a París y, claramente influenciada por su Marfori del alma, rompe en pedazos el acta de su abdicación en Alfonso. Cuando Pepe se enteró de esa escenita acaecida en el Palacio de Castilla, debió estar a punto, pero a puntito, de sufrir un infarto de miocardio. Allí estaba él, aguantando mecha en Francia porque en septiembre se había comprometido a llevar a Alfonsito de vuelta a Viena para que iniciase el nuevo curso. De repente, a Isabel le daba la ventolera, gracias al Marfori de sus pecados, y hacía trizas el acta de abdicación, a la vez que iniciaba una correspondencia dirigida a Serrano, duque de la Torre, tratando de convencer a su antaño "general bonito" de que le convenía despegarse por completo de Amadeo para volver a vista a los Borbones. Figuraos el percal. Todo lo que hacían un Pepe o ya no digamos un don Antonio Cánovas del Castillo, se quedaba al albur de las ocurrencias de Isabelita, quien, para añadir sal a las heridas, envió una carta a los líderes alfonsinos quejándose de que "habían maltratado" a Antoñita, la mujer de Serrano, a quien exhortaba a rodear en el futuro de delicadezas y atenciones. Ella misma, decía Isabel, estaría feliz si pudiese recibir en París a los de la Torre.
Para morirse a plazos, tuvo que pensar Sophie, que llevaba tiempo peleando a cara de perro con Antoñita de la Torre, "Alteza" derivada de la Regencia que había asumido temporalmente Serrano.