En la tarde del dos de agosto de 1904, llegó a Caín de Arriba, pueblecito leonés, un pastor de la Vega de Ario (Asturias), enviado por don Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, para anunciar a Gregorio Pérez que éste le esperaba para acometer el intento de la subida al Naranjo de Bulnes, tal como habían proyectado el verano anterior. Esa misma noche, aprovechando la luna llena, Gregorio subió a Ario, a donde llegó al amanecer. Pidal le estaba esperando para acometer las ascensiones de la Torre de Santa María y de Peña Santa como entrenamiento.
Al día siguiente, muy temprano, dieron comienzo a la jornada de acercamiento al Naranjo. Bajaron por Ostón hasta el río Cares. Tomaron su primer almuerzo al lado de la espectacular surgencia del Farfao, en la zona inferior de la Canal de Sabugo. Pasaron después por la larga y agotadora ladera del monte Llué hasta el collado Cerrado, desde donde siguieron en travesía hasta la recogida majada de Orandi, en cuya cueva pararon a comer. Fue allí donde Pidal hizo avisar al que tenía que ser el tercer participante de la cordada: Inocencio Mier, excelente trepador, que se encontraba en un pueblo cercano. Inocencio y Gregorio fueron siempre sus acompañantes habituales en sus arriesgadas aventuras cinegéticas por los Picos de Europa. Le esperarían en la majada de Camburero, en donde dormirían. Finalizada la comida, prosiguieron por la falda del Albo y Los Collados, excelente mirador desde el que se tiene una bella vista del Naranjo de Bulnes.

Estudio de la ascensión
Sentados en esta atalaya, estudiaron con los prismáticos del marqués las paredes del coloso. Llegaron a la conclusión de que podría intentarse la ascensión por la cara norte, utilizando la brecha que se lanza hacia la parte cimera.

Una vez decidido, descendieron a la majada y se alojaron en la cabaña de Esteban Mier, hermano de Inocencio, en la que hicieron tertulia e informaron a todos los pastores allí presentes de su pretensión, que éstos tomaron como una locura, pues “
bien atrevidos los hubo en Bulnes y los hay también, y nunca subió arriba nadie; pero es que ni los rebecos tampoco”, como dejó dicho Gregorio.
Al alba del día cinco, esperaron un tiempo a Inocencio, pero como no llegaba, emprendieron el camino hacia la Vega del Urriello. A las ocho de la mañana terminaron de desayunar en la fuente que existe al pie del gran monolito. Subieron por la Canal de La Celada y se desplazaron a la frontal Morra de Carnizoso, desde donde comprobaron la posibilidad de llegar al “descanso”, fijando los jalones precisos para ello. Determinados los puntos esenciales de la ruta, se dirigieron a la pared. Comenzaba la histórica aventura. Al pie de la pared, en una pequeña terraza de piedras sueltas, se prepararon para el empeño. Gregorio se descalzó, Pidal se calzó unas alpargatas y allí dejaron el morral con sus pertrechos; tan sólo llevaron una cuerda de cáñamo y los prismáticos.
Comienza la subida al Naranjo
Al cabo de un cuarto de hora regresó Gregorio y comentó: “
¿Sabe usted que no se me hace tan malo como lo ponían?”. Pidal se echó la cuerda a la espalda y acometieron la ascensión. ¡Ya están ante la Llambrialina! Gregorio pasó el primero a favor de la adherencia de sus pies desnudos. Luego lo hizo Pidal, apoyando las manos en la pared superior. Vencido el obstáculo, subieron unos metros e hicieron una travesía en horizontal hacia el hombro, que ya podían ver.
Para que os hagais una idea, ESTO es el inicio de la Llambrialina

por ahí pasaron con una cuerda de cáñamo, uno desclazo y otro en alpargatas
Sabemos que nuestros personajes se colocaron en el hombro que habían visto desde Los Collados porque, asentados en este sitio para descansar, divisaron la fuente donde habían desayunado y estuvieron estudiando con los prismáticos las características de la grieta superior. No existe otro punto desde el que puedan verse estos dos objetivos si no es éste.
Acometieron después la escalada del muro vertical que lleva al comienzo de la grieta. Es un muro que exige grandes dotes de escalador. Tiene rugosidades que permiten el apoyo de los pies, pero no presenta cómodos agarres para las manos.
"Panza de burra"
Envueltos ya en la niebla, se adentraron en la grieta con toda determinación hasta que Pidal oyó exclamar a Gregorio: “
De aquí no pasamos, don Pedro”. ¿Qué había allí? La grieta se hallaba cortada por una formación rocosa que se abombaba, impidiendo el paso. Estuvieron estudiando todas las posibilidades. Al final, Pidal encontró un buen agarre para su mano izquierda. Afianzando bien el cuerpo, pidió a su acompañante que se subiera sobre él y lo elevó con su otro puño. De esta manera Gregorio alcanzó un asidero que le permitió ponerse encima del abombamiento, desde donde ayudó a subir al marqués con la ayuda de la cuerda. Habían superado el obstáculo que ha recibido el nombre de “la panza de burra”.
Superado el nivel de la niebla, se encontraron con el final de la grieta. Al poco se situaron en la cresta cimera. La cumbre estaba a su alcance. Loco de alegría, el marqués se soltó de la cuerda, adelantó a Gregorio, llegó al punto más alto y… “
entoné el más formidable ¡hurra! Que di en los días de mi vida”. Era la una y cuarto de la tarde. El mayor coloso de los Picos de Europa había sido vencido. Contemplaron absortos el paisaje que les rodeaba, identificando los picos, torres, pasos, neveros, pedrizas… El tiempo transcurría y aún quedaba lo peor: la bajada. Pero no podían abandonar esta corona sin dejar el testimonio de su estancia, de manera que levantaron tres grandes mojones que aún se mantenían en pie cuando Schulze llegó dos años después. Bajaron por la misma grieta de subida pero, al llegar a la más alta “panza de burra”, Gregorio, que no veía medio de salvar este paso, murmuró: “
¡Dios mío, Díos mío! ¿Cómo subí yo por aquí?”. El obstáculo fue vencido mediante el uso de la cuerda. La ataron a una piedra y la introdujeron en un canalizo; después bajaron a pulso y cortaron la cuerda. El trozo que allí quedó sirvió para confirmar a Schulze el paso de los pioneros y fue bajada por Víctor Martínez en 1916.

Vista del mar de nubes desde la cima. Los monolitos de los pioneros no se conservan, ahora en lo más alto se encuentra esta imagen de la Virgen y el Niño

Descenso del Naranjo
Más abajo, para salvar la auténtica “panza de burra”, usaron una técnica parecida al actual rápel. Al salir de la grieta, Gregorio propuso buscar otra ruta de bajada. Así pues, se desviaron a la derecha, introduciéndose en el comienzo de la Gran Terraza. El marqués quedó aguardando mientras Gregorio fue en busca de un nuevo paso. Sobre las siete y media de la tarde, Pidal oyó la voz de su guía que le anunciaba alborozado haber encontrado la Llambrialina. Poco les quedaba. Pasaron la Llambrialina, recuperaron sus pertenencias, bajaron a todo correr hasta la fuente “
secos de sed”. A lo largo de toda la jornada no habían bebido nada y habían comido tan sólo unos caramelos. Comieron entonces unos chorizos y “
buenas conservas” y se lanzaron hacia la majada de Camburero entre las tinieblas de la noche.

Una pastora oyó sus gritos y les orientó. Llegaron a las cabañas a las once y, mientras cenaron, tuvieron que repetir una y otra vez su hazaña a los asombrados pastores. Así terminó la jornada del cinco de agosto de 1904, fecha de la conquista del Naranjo y del nacimiento del alpinismo en España.
