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Desde luego y según se desprende de sus memorias, al panteón de Loeches le tenía una manía tremenda, no me extraña que no quisiera reposar ahí.
Entierro de su madre: Durante todos aquellos veranos de infancia, y más aún tras la muerte de mi madre —la enterraron en ese feo y oscuro panteón de Loeches, en un acto multitudinario del que no tengo ni siquiera una imagen—, papá y yo seguimos viajando por el mundo...
Entierro de su primer marido: Regresé a España en un avión con el féretro de Luis, igual que había sucedido con papá. Sólo que este viaje fue muchísimo más largo, eterno, como eternos se me hicieron aquellos tristes días... Todo era una pesadilla. El panteón de Loeches, solemne y oscuro, tan alejado de la luz que yo necesito. Miraba aquel panteón como si fuera un monstruo que se tragaba a los seres que más había querido en mi vida.
Entierro de su segundo marido: Fue todo un horror. La desaparición de Jesús me dejó arrasada y llena de sombras por dentro que, una vez más, no podía revelar a nadie. Otra vez estaba en aquel triste y lúgubre panteón de Loeches, otra vez vestida de negro —y el color lo sentía por dentro, comprendí muy bien el luto— y, aunque rodeada de mis hijos y mis nietos, otra vez sola de nuevo.
Sobre lo que quiere para su entierro: Yo no quiero ir al panteón de Loeches, un sitio frío, triste e inhóspito. Desde aquel día de mi primera comunión en que fui a la tumba de mamá de la mano de mi padre hasta la última vez, con mi querido Jesús, siempre ha sido una pesadilla. Por eso tomé la decisión de ahorrar a mis seres queridos ese trago cuando me muera. Con esta decisión final de incinerarme y quedarme en Sevilla, no sé dónde colocarán lo que he dicho varias veces que sería mi epitafio: «Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió».
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