“Un día, Su Majestad tenía previsto visitar la Ópera de Sídney y el Puente del Puerto antes de una fiesta en el jardín que se celebraría esa tarde en los terrenos de la Residencia del Gobernador, donde nos alojábamos. Aquella mañana llovía a cántaros, pero, por supuesto, la Reina nunca defraudaría a nadie. Después del desayuno, se cambió y se marchó hacia la Ópera. Como Su Majestad estaría fuera toda la mañana, el personal almorzó temprano antes de que nos llevaran a todos al mercado cubierto local. Mientras paseaba entre los puestos, me fijé en que un vendedor vendía pájaros. Entre todos aquellos hermosos ejemplares de colores vivos, vi un pájaro marrón de aspecto bastante soso e inmediatamente pensé que debía de ser el escurridizo cucaburra. Le pregunté a la tendera: «¿Qué pájaro tan peculiar es ese?», y ella me respondió: «Es el cucaburra». Así que lo compré; tenía en mente algo que pensé que le gustaría a la Reina.
De vuelta en la Residencia del Gobernador, Su Majestad aún tardaría un rato en regresar, así que subí a su habitación para buscar la percha perfecta para mi nuevo amigo. Pensé que quizá le gustaría estar al sol, que acababa de salir tras la lluvia de esa mañana, ya que estaba acostumbrado al calor, así que lo dejé fuera, en el balcón, dentro de una jaulita. Esperé en la habitación de la Reina a que regresara y, cuando entró y cruzó la habitación, le dije: «Su Majestad, hay un pájaro gris de aspecto curioso en su balcón».

Sin pestañear, la Reina miró hacia fuera y gritó: «¡Es un cucaburra!» Fui a abrir las puertas de la jaula y ella dijo en voz alta: «¡No! ¡No lo hagas! ¡Se escapará volando!», y en un santiamén ya estaba detrás de mí. Me acerqué al pájaro, lo cogí y, volviéndome hacia Su Majestad mientras intentaba mantener la seriedad, le dije solemnemente que estaba muerto. Ella se quedó horrorizada mientras caminaba hacia ella con los brazos extendidos y, al coger el pájaro de mis manos, se dio cuenta de que la había estado tomando el pelo todo el rato. En realidad, era un peluche. «¡Feliz Día de los Inocentes!», dije con una sonrisa pícara, y ella solo tuvo dos palabras para mí: «¡Estás despedida!». Me reía sin poder controlarme mientras Su Majestad se volvía hacia Su Alteza Real y le decía: «¿Sabes lo que me acaba de hacer? ¡Ángela me ha tomado el pelo!», y yo no podía dejar de reírme.
Nunca llegué a ver un cucaburra de verdad, pero me alegra decir que el peluche que compré aquel día en el mercado está con nosotros en el Castillo de Windsor y ocupa un lugar de honor en el respaldo del sofá del salón de la Reina. Me río para mis adentros cada vez que lo veo”.

El cucaburra de Angela en el Castillo de Windsor