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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 14 Mar 2026 23:34 
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Quinta Parte. Capítulo 1

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Una generación de españoles, bajo la influencia de turistas extranjeros que llegaban con un estilo de vida liberado, ansiaba independizarse de la asfixiante influencia de la Iglesia. Habíamos crecido en una sociedad puritana y encorsetada, totalmente desfasada con respecto al resto de Europa. Un ejemplo: hasta 1981 no se legalizó el divorcio. Con la democracia, una ola libertaria y hedonista barrió el país. La llamaron «la movida». (…) Para mí, eran la expresión de una juventud que buscaba afirmarse y recuperar el tiempo perdido.

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El nuevo Gobierno socialista, presidido por dos sevillanos de poco más de cuarenta años, Felipe González y Alfonso Guerra, durará hasta 1996 y será firmemente reformista. Ambos tenían una personalidad simpática y enérgica. Felipe González desprendía bonhomía e ingenio, mientras que Alfonso Guerra era increíblemente riguroso y culto. Se complementaban muy bien y compartían la espontaneidad y la viveza de los líderes con ambición de país. Su lucha antifranquista los había llevado a viajar y a tejer redes internacionales, a asumir riesgos y tomar decisiones audaces.

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Para mí, el regreso a España del Guernica de Picasso fue un símbolo de esta nueva etapa. El pintor malagueño había querido denunciar los horrores de la Guerra Civil representando un bombardeo del bando nacional. El inmenso lienzo de inspiración cubista, encargado por el Gobierno republicano para la Exposición Universal de París de 1937, estaba en depósito en el MoMA de Nueva York. Picasso lo había legado al pueblo español, pero a condición de que se restablecieran las libertades civiles en España. Su albacea, el abogado francés Roland Dumas, ministro de Asuntos Exteriores con François Mitterrand, inició los contactos con Adolfo Suárez, pero el intento de golpe de Estado del 23F retrasó el proyecto de trasladar el Guernica a Madrid. Tras complicadas negociaciones, en particular con los herederos, la obra maestra llegó a España en otoño de 1981. Durante meses, se formaron largas colas ante el Casón del buen Retiro —contiguo al Museo del Prado, donde pueden verse los maestros que Picasso tanto admiraba— para descubrir por fin uno de los cuadros más emblemáticos del pintor. A partir de 1992, pasó a exhibirse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. El regreso del Guernica sellaba así la normalización democrática de nuestro país.

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La Constitución limita el poder del Rey, pero la Corona hace mucho más de lo que parece a simple vista. (…) Yo era como un mensajero especial para los asuntos espinosos, el último bombero en caso de incendio. Trabajé mano a mano con todos los presidentes de Gobierno. (…) La prensa decía detectar preferencias personales mías por uno u otro, pero con todos mantuve una relación fluida y personal basada en la total confianza. Los trece años de mandato de Felipe González me dieron la oportunidad de forjar un vínculo sólido con él, por su longevidad en el cargo y por los retos que afrontamos, ya que atravesamos juntos la etapa de la Transición.

En 1976, a su llegada a Madrid en visita oficial, el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, de exuberante personalidad, me anunció nada más bajar del avión: «He traído de contrabando al opositor Felipe González. ¡Espero que no le moleste!». En aquella época, el Partido Socialista era todavía ilegal. Ambos se habían encontrado en el Congreso de la Internacional Socialista, celebrado en Suiza unos días antes, y CAP, como se le conocía habitualmente, decidió prestarle su ayuda para volver a España. Me eché a reír y le dije: «Hagamos nuestra ceremonia oficial y que él se escabulla discretamente por detrás». Así supe de la actividad clandestina de Felipe González en España. No recuerdo cuándo hablamos por primera vez, pero sí recuerdo la primera pregunta que le hice: «¿Por qué es usted republicano?». Luego le pregunté si podía tutearle y le dije que si quería podía hacer lo mismo conmigo. (…) Siempre me trató de usted y siempre quiso atenerse a la formalidad. Se esforzaba en demostrar la consideración que le merecía mi cargo.

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A cada jefe de Estado que llegaba en visita oficial a España, el presidente del Gobierno le recomendaba se reuniera primero conmigo en la Zarzuela antes de celebrar reuniones ministeriales. (…) Felipe González, republicano unos años antes de llegar al poder, ponía sumo cuidado en colocar siempre a la Corona en primer lugar. (…) Yo mantenía relaciones privilegiadas con las Casas Reales de todo el mundo y con algunos jefes de Estado, y me mostraba siempre jovial incluso con aquellos con los que no tenía química. Mi posición me exigía ser elegante y acogedor con todo el mundo. Las relaciones entre países están por encima de nuestras inclinaciones y pequeñas mezquindades personales.

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He hecho todo lo posible por agradar a los españoles, pero es ilusorio pretender complacer a todo el mundo, y menos a largo plazo. Tengo la humildad de aceptar las críticas y a los opositores, siempre que partan de una actitud constructiva e instructiva. (…) Los palacios no deben convertirse en santuarios, aunque es una tarea más difícil de lo que parece. Al principio de mi reinado quise recibir en el Palacio Real de Madrid el día de mi santo a unos tres mil españoles seleccionados por su mérito en el trabajo, su compromiso y por la ayuda que me hubieran prestado. Mi idea era elegir a personas diferentes cada año para conocer a la mayor cantidad de gente posible. La primera recepción fue un éxito; en la segunda, los de la primera se quejaron porque no se los había invitado y en la tercera ya había demasiada gente disgustada por no haber sido invitada, así que decidí dejarlo. Un escenario similar se dio cuando empecé a llevar conmigo en el avión a algunos periodistas en viajes oficiales. Mi idea inicial era renovar a menudo el grupo de cronistas, pero me acusaron de favoritismo y de suscitar rivalidades entre colegas. No podía llevarme a todos los que estaban interesados, así que finalmente decidí no llevarme a ninguno. Complacer a todo el mundo es imposible.

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Lo hice lo mejor que pude, y lo hice sin descanso, a pesar del cansancio, los problemas de salud y los accidentes. Lo único que lamento es haber estado demasiado metido en reuniones en la Zarzuela o en viajes oficiales al extranjero, lo que me ha impedido conocer al pueblo español tanto como hubiera deseado. Recuerdo con nostalgia los años sesenta, cuando viajaba con Sofi por todas las regiones y localidades del país, charlando abiertamente con todo el que quería conocerme, parando de improviso en los restaurantes del camino. (…) A veces, por la noche, después de un día de reuniones, me escapaba a dar una vuelta en moto por Madrid. (…) Era un raro momento de libertad. También podía ver el estado de la ciudad, e incluso tomaba nota de los boquetes en las calles e informaba al alcalde. Un día vi a un hombre que hacía autostop con un bidón de gasolina; se había quedado sin combustible y necesitaba encontrar una gasolinera. Lo llevé detrás de mí, esperé a que repostara y luego lo llevé de regreso a su coche. Estaba muy agradecido e insistió en saber a quién debía este servicio. Al final me quité el casco. Se quedó asombrado. Todos tenemos nuestros problemas y todos necesitamos que nos echen una mano.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 15 Mar 2026 13:58 
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Ubicación: España
Quinta Parte. Capítulo 2

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Uno de mis objetivos personales era ver a España entrar en la Comunidad Europea. Conseguirlo no fue precisamente un camino de rosas, ni mucho menos. Puede que escandalice a más de uno si digo que, en aquella época, se nos consideraba como un país de tercera clase. Europa nos conocía sobre todo por nuestras playas baratas y nuestros emigrantes. (…) Tuvimos que abrirnos paso cuando nadie nos quería. Fueron años de arduas negociaciones, de malabarismos diplomáticos y presión sin tregua. Tanto la izquierda como la derecha, todos estábamos unidos en el deseo de que España entrara en el club europeo. Los españoles parecíamos haber asumido inconscientemente la famosa frase del filósofo José Ortega y Gasset: «España es el problema y Europa, la solución». (…) Por mi parte, me considero tanto español como europeo: mi abuela paterna es inglesa, mi madre es de origen francés, mi mujer es griega con ascendencia alemana, y yo he vivido en tres países europeos. ¡Soy la encarnación del Viejo Continente! Mi europeísmo es genético y natural.

[…]

No queríamos una adhesión condicional o por fases: nuestro objetivo era la plena adhesión. Yo seguía a distancia las tortuosas negociaciones técnicas, pero cada vez que conversaba con los jefes de Estado franceses o alemanes, insistía en este tema, en el que tenía muchísimo interés. (…) Europa dudaba de nuestro sistema democrático y teníamos que convencerla de la solidez de nuestras nuevas instituciones y de lo irreversible de nuestro proceso democrático. Evidentemente, el 23F no ayudó, pero los europeos pudieron comprobar que yo no había faltado a mis responsabilidades como garante de la Constitución. Giscard d’Estaing había decretado una pausa tras la primera ampliación, de la que formaron parte el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. (…) Esta congelación frenó nuestras ambiciones, pero yo no me rendí, sobre todo porque Grecia consiguió entrar en la Comunidad Europea en 1981. El eje central francoalemán era la clave de nuestra integración.

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Con el Presidente de Francia, François Mitterrand

Algunos afirman que nuestra incorporación a la OTAN (efectiva en 1982 y ratificada por referéndum en 1986) fue un preámbulo esencial a nuestra inclusión en Europa. España ya formaba parte del sistema de defensa occidental desde los Pactos de Madrid, firmados por Franco y Eisenhower en 1953. (…) Los estadounidenses establecieron bases militares en suelo español a cambio de ayuda alimentaria, económica y técnica, esencial para la supervivencia del país. La posición geoestratégica de España la convertía en una excelente base de aprovisionamiento en caso de conflicto con la URSS y con Oriente Próximo, y también de control del Mediterráneo. Se construyeron cuatro bases aéreas, entre ellas la de Torrejón —¡tan grande que podía albergar a toda la aviación española de la época!—, y la base naval de Rota, que, en los años ochenta, era una auténtica ciudad americana, con 16.000 militares estadounidenses estacionados allí con sus familias. A ello se añadieron las faraónicas obras de construcción de un oleoducto que atravesaba todo el país, desde Rota hasta Zaragoza. Las Fuerzas Armadas españolas se beneficiaron enormemente de los intercambios militares, sobre todo en la marina, y también de los programas de modernización que, sin duda, contribuyeron a cambiar la mentalidad de las Fuerzas Armadas españolas. (…) Es una política a la que yo daría continuidad firmando un nuevo Tratado de Amistad y Cooperación en 1976, con una línea de crédito de 1.200 mil millones de dólares concedido a un tipo muy preferencial y la retirada de las armas nucleares americanas de suelo español, y otro más en 1981 con Ronald Reagan.

La Alemania de Helmut Kohl era más partidaria de una ampliación europea que la Francia de Mitterrand, que se sentía amenazada por los productos agrícolas y pesqueros españoles. A finales de 1983, con las negociaciones en punto muerto, fui a París para asistir a una conferencia de la UNESCO, una excusa para tener una cena privada con el presidente francés. Al llegar, le dije bromeando: «¡Espero que, a diferencia de su predecesor, no tenga usted muchos consejos que darme!». La actitud paternalista de Giscard d’Estaing me irritaba, sobre todo porque, en los dos temas cruciales para España —Europa y ETA—, se había revelado decepcionante. François Mitterrand me escuchó. Recuerdo a un hombre serio y distante, culto y carismático, parco en palabras innecesarias y con una clara visión de futuro para Francia y Europa. Se mostró atento y simpático, más pragmático de lo que yo esperaba. Hablamos durante dos horas, en francés y con toda sinceridad, de la entrada de España en la CEE y de ETA. Unas semanas más tarde, Felipe González visitó el Elíseo.

Francia se comprometió de forma oficial a cooperar estrechamente con la policía española en su lucha contra ETA, que ya no podría retirarse con total tranquilidad al lado francés de los Pirineos como había estado haciendo hasta entonces. (…) Mitterrand me confesó que no era consciente de la magnitud del terror que la banda terrorista hacía reinar en España, y dijo que yo le había abierto los ojos. (…) Sé que Felipe González y Alfonso Guerra también instaron a sus colegas socialistas franceses a pedir ayuda a su Gobierno. Un comunicado conjunto de los ministros de Interior de ambos países ratificó una nueva política: «Un terrorista no puede ser nunca un refugiado político». Francia reconocía así el carácter criminal de ETA y comenzaba a perseguir y extraditar a los terroristas vascos. (…) Este es solo uno de los ejemplos que demuestra que cuando la Corona trabaja codo con codo con el Gobierno podemos hacer frente a los desafíos.

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Firma del tratado de adhesión de España a las Comunidades Europeas

François Mitterrand, que entonces ocupaba la presidencia de turno europea, también nos garantizó su apoyo a nuestra entrada en Europa, a pesar de las presiones de sus agricultores y pescadores. En la cumbre de Fontainebleau de junio de 1984, Mitterrand puso fin al problema de la contribución británica —con la famosa frase lanzada a Margaret Thatcher: «¡Señora primera ministra, tendrá su cheque!»— y relanzó las negociaciones para el ingreso de Portugal y España. Comenzó entonces un maratón ininterrumpido de reuniones y de noches en vela, de tensas conversaciones sobre cuotas de pesca y productos agrícolas. Un día, Felipe González me confió que estaba considerando seriamente la posibilidad de que las negociaciones fracasaran.

[…]

Este es el resumen de los años de esperanza y negociaciones que nos llevaron al hermoso día del 12 de junio de 1985, cuando, rodeado de dignatarios europeos y españoles, tuve el privilegio de firmar el Acta de Adhesión de España a las Comunidades Europeas. Fue un día lleno de emociones, en el que por fin vi convertida en realidad una de mis mayores ambiciones para España. Quise hacerlo en el Palacio Real, en el Salón de Columnas —la misma sala donde firmaría el decreto de mi abdicación en 2014—, para dar al acontecimiento toda la pompa y circunstancia que merecía. (…) Se implementaron de inmediato fondos —los Programas Integrados Mediterráneos o PIM— para ayudarnos a poner al día nuestras infraestructuras. En pocos meses, gracias a un efecto de bola de nieve, el sector inmobiliario también empezó a desarrollarse. ¡Cada año se construían en España más viviendas que en Alemania, Italia y Francia juntas! La economía general despegó gracias a ese impulso saludable. En 1999, España formó parte del primer grupo de países en incorporarse a la zona euro. ¡Cuánto camino recorrido en veinticinco años, cuando nadie apostaba por nosotros!


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 16 Mar 2026 15:13 
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Registrado: 03 Sep 2011 09:47
Mensajes: 10303
Lo que opinan otros. No sé si ponerlo aquí o en La crisis...
Artículo en La Vanguardia del sábado 14

https://www.lavanguardia.com/cultura/cu ... midad.html

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La risa es un antidepresivo sin efectos secundarios


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 19 Mar 2026 14:33 
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Fragmentos de la Quinta Parte. Capítulo 3 y 4

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No lo digo a la ligera: el 11 de marzo de 2004 será para siempre el día más duro de mi reinado. A las 7:37 de la mañana estalló la primera bomba en un tren de cercanías a su llegada a la estación de Atocha, en pleno centro de Madrid y en plena hora punta del transporte público. Un minuto después, se produjeron otras dos explosiones a bordo del mismo tren. A continuación, dos bombas más estallaron en un tren en la cercana estación de El Pozo y otra más en un tren en la estación de Santa Eugenia. A las 7:39, en un tren detenido a quinientos metros de Atocha, sonaron otras cuatro explosiones. (…) El balance fue terrible: 193 muertos y 1.857 heridos. Fue una carnicería, una tragedia. Se me llenan los ojos de lágrimas solo con recordarlo. Ha sido el acto terrorista más mortífero perpetrado en España. Cuanto más aumentaba el número de víctimas, más me paralizaba la desolación. (…) Pocas veces he llorado tanto. Decidí enseguida dirigirme a la nación, en estado de shock. Era la primera vez que lo hacía desde el intento golpista del 23F. Lo haría solo dos veces más: una con motivo del fallecimiento de Adolfo Suárez, el 23 de marzo de 2014, y la otra para anunciar mi abdicación. (…) En aquella ocasión, sin embargo, quería compartir con todo el mundo mi indignación y tristeza y, sobre todo, apelar a la unidad, firmeza y serenidad del país durante aquella prueba.

[…]

Como ya he contado, nada más llegar al trono tomé la decisión de no comprometerme a presidir los funerales de todas las víctimas del terrorismo, pero en este caso hice una excepción. Junto con toda la Familia Real, asistí al funeral de Estado por las víctimas del 11M en la madrileña catedral de la Almudena, al que acudieron dignatarios de todo el mundo. No pude contener la emoción en medio de las desoladas familias a las que intenté consolar con un abrazo. Al final de la misa, la Familia Real pasó espontáneamente entre los bancos para saludarlas y mostrar su solidaridad. No había consuelo para nadie. Olvidamos el protocolo. Estábamos unidos en el dolor.

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[…]

Jordi Pujol, de Convergència i Unió, fue presidente de la Generalitat de Cataluña de 1980 a 2003, ¡nada menos que veintitrés años! Una hegemonía y una longevidad política únicas en democracia. (…) Alimentó una cultura catalana basada en la exaltación de su historia y, sobre todo, llevó a cabo una «catalanización» de la vida administrativa y de la cotidiana. En diez años, decenas de miles de funcionarios pasaron de la administración pública española a la catalana. Se llegó a la absurda situación de que, en las estadísticas oficiales catalanas, las «relaciones comerciales con el exterior» incluían el comercio con el resto de España. Jordi Pujol acudía regularmente a Madrid para negociar más derechos y prerrogativas. Primero iba a La Moncloa para entrevistarse con el presidente del Gobierno, antes de reunirse conmigo en la Zarzuela. Luego el presidente me llamaba para informarme de su reunión y, así, antes de que llegara, tenía tiempo suficiente para informarme de sus exigencias. Sabía que, cada vez que Pujol intentaba sobrepasar los límites, yo debía indicarle dónde estaban.

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Para resumir en pocas palabras un tema delicado y que culminó en una crisis institucional en octubre de 2017 —que mi hijo afrontó con firmeza pronunciando un discurso importante digno de un gran rey—, todo vino de una ley orgánica aprobada en 1983 que armonizaba las competencias de todas las comunidades autónomas, cuando inicialmente se había distinguido, en la Constitución, entre las «comunidades históricas» (País Vasco, Cataluña y Galicia) y las demás. Fue el llamado «café para todos». Los catalanes no vieron con buenos ojos que sus particularidades quedaran diluidas entre las de los demás. En 2006, se elaboró un nuevo Estatuto de autonomía para Cataluña, aprobado en referéndum, pero declarado inconstitucional en 2010, lo que provocó grandes manifestaciones en Cataluña. En 2012, se intensificaron otras reivindicaciones sobre competencias fiscales —que afectaban a la solidaridad financiera entre regiones— y las judiciales, que culminaron en un referéndum ilegal de autodeterminación el 1 de octubre de 2017. Yo ya había abdicado, pero obviamente apoyé la postura decidida del rey Felipe sobre el respeto a la Constitución y la unidad del país, de la que él es el garante. A nivel personal e íntimo, me sentí traicionado. El territorio catalán, tan dinámico en el plano económico y cultural, región de acogida de gentes del sur en busca de trabajo y prosperidad, se convertía en una zona de intolerancia donde no ser nacionalista hasta el extremismo equivalía a ser «facha». Si alguien me hubiera dicho diez años antes lo que iba a suceder en Cataluña, no le habría creído. (…) Durante el redactado de la Constitución yo había pensado que podríamos convertirnos en un país federalizado, como Estados Unidos, por ejemplo. El camino que escogieron los padres de la Constitución recogía nuestras características históricas específicas. (…) No podemos ceder a la discriminación basada en la identidad y en el odio de los unos contra los otros. No podemos someternos al chantaje político cuando va en contra de nuestra Constitución. Tampoco podemos dejar de dialogar entre nosotros: la concordia nacional nos obliga a ello. Mi preocupación es que cada decisión consiga sentar un precedente que sea muy difícil de revertir en un futuro. Si España es plural, Cataluña también lo es. Y es desde el respeto a esta riqueza que debemos avanzar.

[…]

Barcelona fue para mí un lugar de grandes emociones durante los Juegos Olímpicos de 1992, una aventura de la que fui instigador nada menos que quince años antes. (…) Solo dos personas lo creíamos: Juan Antonio Samaranch y yo. Nos apasionaba el deporte y estábamos decididos a promoverlo en España, que por entonces contaba con escasas infraestructuras y pocos profesionales. (…) Juan Antonio Samaranch impulsó el deporte del hoquey sobre patines, hasta el punto que fue el seleccionador del equipo que ganó el primer mundial para España en 1951. (…) Años después de este inesperado éxito deportivo, fue nombrado presidente del Comité Olímpico Español y delegado nacional de Educación Física y Deportes. En 1977, cuando yo estaba inmerso en las complicaciones del proceso democrático, vino a verme a la Zarzuela:

—Majestad, nómbreme embajador de España en Moscú, y le prometo que algún día España tendrá sus propios Juegos Olímpicos. Moscú va a ser la sede de los próximos Juegos Olímpicos. Cuando esté allí, podré convencer al bloque del Este para que apoye nuestra candidatura.

Su entusiasmo era contagioso. Presenté la propuesta de inmediato al ministerio de Asuntos Exteriores, que se resistió al nombramiento por no ser Samaranch diplomático de carrera. (…) Finalmente, Samaranch fue enviado como embajador a la URSS, pero en Madrid yo era el único que apostaba por su plan.

Tres años más tarde, en Lausana, fue elegido presidente del Comité Olímpico Internacional, cargo que ocupó durante veintiún años, el mandato más largo después del de Pierre de Coubertin. En 1979, Samaranch ya le había explicado su proyecto al entonces alcalde de Barcelona, Narcís Serra, que se mostró cauteloso, al igual que el Gobierno español e incluso el Comité Olímpico Español. (…) En 1985, Barcelona presentó oficialmente su candidatura para la organización de los Juegos Olímpicos de Verano. Un año después, fuimos elegidos. Aquel día no pude reprimir una inmensa alegría.

En el ámbito internacional teníamos fama de ser algo informales. Pocos creían en nuestra capacidad de cumplir con nuestros compromisos. Debíamos demostrar al mundo que éramos capaces de organizar a la perfección el mayor acontecimiento deportivo planetario. (…) En aquel momento, socialistas, comunistas, independentistas y conservadores éramos todos españoles movilizados por un proyecto que beneficiaría a toda España en términos de imagen, reputación, infraestructuras, turismo, beneficios económicos, etc. (…) El alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, del Partido de los Socialistas de Cataluña, realizó un trabajo extraordinario para su ciudad, que experimentó una completa remodelación entre 1987 y 1992. Hasta entonces, la capital catalana daba la espalda al mar, una línea de ferrocarril bordeaba el litoral y las zonas costeras estaban abandonadas. Con motivo de los Juegos Olímpicos, se desvió la línea férrea, se limpiaron las playas, se crearon parques, se mejoró el transporte público, surgieron hoteles, restaurantes y nuevas infraestructuras y la ciudad olímpica se puso de moda, con jóvenes barceloneses codeándose con extranjeros de todo el mundo. Fue todo un resurgimiento para Barcelona, que se convertiría en un núcleo turístico de primer orden.

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Al final de la jornada del 25 de julio de 1992 todo estaba milagrosamente listo para la ceremonia de inauguración en el Estadio Olímpico de Montjuic, donde unos cuarenta jefes de Estado, miembros de familias reales de todo el mundo y del Gobierno se congregaban en el palco oficial. Cuando mi hijo apareció en el desfile como abanderado de España —participaba en los Juegos con otros dos tripulantes en la clase soling y quedó sexto—, mi hija mayor, Elena, rompió a llorar de la emoción. (…) Cuando las recuerdo, todavía me estremezco. Me sentía tan orgulloso de él y de España. Toda la familia vibraba al unísono con las competiciones. Fueron unos días maravillosos.

¡Jamás en toda su historia España había ganado tantas medallas en unos Juegos Olímpicos, veintidós, trece de ellas de oro! (…) Sabían que todo el país contaba con ellos y estaban enardecidos por el ambiente de euforia. Era como si el público formara parte del equipo. (...) Por primera vez, el mundo entero pudo ver todas las pruebas. (…) Aun así, el día de la clausura, debo admitirlo, respiré aliviado. Fueron unas semanas agotadoras. Me había comprometido a asistir a todas las competiciones y a saludar a todos nuestros atletas: ¡todo un reto! (...) Desde entonces, nunca más he querido asistir a otros Juegos Olímpicos: los de Barcelona estarán siempre grabados en mi memoria.

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Aquel año fue para toda España una apoteosis. Celebramos magníficamente el V Centenario del Descubrimiento de América. No solo acogimos los Juegos Olímpicos, sino que Madrid fue designada Capital Europea de la Cultura y Sevilla se convirtió en la sede de una Exposición Universal, otro gran acontecimiento internacional que transformó Andalucía por completo. Se construyó un nuevo aeropuerto, una nueva estación de ferrocarril, un teatro de la ópera, autopistas; se inauguró el primer AVE entre Madrid y Sevilla, hubo barrios enteros rehabilitados, se reurbanizaron las riberas del Guadalquivir y se construyeron varios puentes. (…) Fue durante mi primer viaje oficial al otro lado del Atlántico como Rey, en 1976, cuando anuncié en Santo Domingo mi intención de que España se postulara para la organización de una Exposición Universal para celebrar el descubrimiento de América. (…) En 1982 se aceptó la candidatura de Sevilla, pero Génova, cuna de Colón, y Chicago también querían celebrar el descubrimiento del Nuevo Mundo. Génova optó por una Exposición Especializada, así que Sevilla y Chicago fueron las dos ciudades seleccionadas para la Exposición Universal. Chicago no recibió el apoyo esperado del estado de Illinois ni del Gobierno federal, y finalmente se retiró. (…) El requisito que nos propusimos fue que las nuevas instalaciones se reutilizaran, después de la Expo, para fines culturales, educativos o administrativos; no queríamos gastar millones en edificaciones que se quedaran vacías tras el acontecimiento. La Expo tenía que beneficiar ante todo a sevillanos y andaluces, más que ser una atracción turística temporal, y eso fue lo que logramos hacer. (…) La Expo transformó totalmente el paisaje de la región, una zona agraria y atrasada, una de las más pobres del país, que había sufrido mucho. (…) Estaba haciendo realidad una visión que había tenido quince años antes. La Corona tiene la inmensa ventaja de poder actuar a largo plazo, de anclar sus acciones a lo largo de un reinado.

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La increíble afluencia de cuarenta y dos millones de visitantes superó con creces las previsiones más optimistas, hasta el extremo de que las autoridades locales presionaron para prolongar el acontecimiento. (…) La mayor preocupación de Felipe González durante estos seis febriles meses fue controlar el riesgo de atentados. (…) Afortunadamente, los posibles alborotadores de estas celebraciones en Sevilla y Barcelona mantuvieron un perfil bajo. Los independentistas catalanes más acérrimos no se atrevieron a dañar la imagen de Cataluña ante los ojos del mundo. En las ceremonias oficiales de los Juegos Olímpicos, el himno catalán sonó antes que el himno nacional, y los anuncios se hicieron primero en catalán y luego en castellano, lo que sorprendió a muchos extranjeros. Todo transcurrió en armonía. (…) Estaba surgiendo una nueva España. Todos nos sentíamos muy orgullosos, sobre todo por aquellas generaciones de españoles que vivieron el aislamiento, e incluso la pobreza, como una dolorosa humillación. Los principales dignatarios internacionales vinieron a España en 1992. Habíamos vuelto a poner al país en el mapa. (…) Nos habíamos convertido en una nación dinámica, optimista y emprendedora.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com


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