Registrado: 22 Abr 2015 17:57 Mensajes: 23527 Ubicación: España
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Fragmentos de la Quinta Parte. Capítulo 3 y 4
*** No lo digo a la ligera: el 11 de marzo de 2004 será para siempre el día más duro de mi reinado. A las 7:37 de la mañana estalló la primera bomba en un tren de cercanías a su llegada a la estación de Atocha, en pleno centro de Madrid y en plena hora punta del transporte público. Un minuto después, se produjeron otras dos explosiones a bordo del mismo tren. A continuación, dos bombas más estallaron en un tren en la cercana estación de El Pozo y otra más en un tren en la estación de Santa Eugenia. A las 7:39, en un tren detenido a quinientos metros de Atocha, sonaron otras cuatro explosiones. (…) El balance fue terrible: 193 muertos y 1.857 heridos. Fue una carnicería, una tragedia. Se me llenan los ojos de lágrimas solo con recordarlo. Ha sido el acto terrorista más mortífero perpetrado en España. Cuanto más aumentaba el número de víctimas, más me paralizaba la desolación. (…) Pocas veces he llorado tanto. Decidí enseguida dirigirme a la nación, en estado de shock. Era la primera vez que lo hacía desde el intento golpista del 23F. Lo haría solo dos veces más: una con motivo del fallecimiento de Adolfo Suárez, el 23 de marzo de 2014, y la otra para anunciar mi abdicación. (…) En aquella ocasión, sin embargo, quería compartir con todo el mundo mi indignación y tristeza y, sobre todo, apelar a la unidad, firmeza y serenidad del país durante aquella prueba.
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Como ya he contado, nada más llegar al trono tomé la decisión de no comprometerme a presidir los funerales de todas las víctimas del terrorismo, pero en este caso hice una excepción. Junto con toda la Familia Real, asistí al funeral de Estado por las víctimas del 11M en la madrileña catedral de la Almudena, al que acudieron dignatarios de todo el mundo. No pude contener la emoción en medio de las desoladas familias a las que intenté consolar con un abrazo. Al final de la misa, la Familia Real pasó espontáneamente entre los bancos para saludarlas y mostrar su solidaridad. No había consuelo para nadie. Olvidamos el protocolo. Estábamos unidos en el dolor.

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Jordi Pujol, de Convergència i Unió, fue presidente de la Generalitat de Cataluña de 1980 a 2003, ¡nada menos que veintitrés años! Una hegemonía y una longevidad política únicas en democracia. (…) Alimentó una cultura catalana basada en la exaltación de su historia y, sobre todo, llevó a cabo una «catalanización» de la vida administrativa y de la cotidiana. En diez años, decenas de miles de funcionarios pasaron de la administración pública española a la catalana. Se llegó a la absurda situación de que, en las estadísticas oficiales catalanas, las «relaciones comerciales con el exterior» incluían el comercio con el resto de España. Jordi Pujol acudía regularmente a Madrid para negociar más derechos y prerrogativas. Primero iba a La Moncloa para entrevistarse con el presidente del Gobierno, antes de reunirse conmigo en la Zarzuela. Luego el presidente me llamaba para informarme de su reunión y, así, antes de que llegara, tenía tiempo suficiente para informarme de sus exigencias. Sabía que, cada vez que Pujol intentaba sobrepasar los límites, yo debía indicarle dónde estaban.

Para resumir en pocas palabras un tema delicado y que culminó en una crisis institucional en octubre de 2017 —que mi hijo afrontó con firmeza pronunciando un discurso importante digno de un gran rey—, todo vino de una ley orgánica aprobada en 1983 que armonizaba las competencias de todas las comunidades autónomas, cuando inicialmente se había distinguido, en la Constitución, entre las «comunidades históricas» (País Vasco, Cataluña y Galicia) y las demás. Fue el llamado «café para todos». Los catalanes no vieron con buenos ojos que sus particularidades quedaran diluidas entre las de los demás. En 2006, se elaboró un nuevo Estatuto de autonomía para Cataluña, aprobado en referéndum, pero declarado inconstitucional en 2010, lo que provocó grandes manifestaciones en Cataluña. En 2012, se intensificaron otras reivindicaciones sobre competencias fiscales —que afectaban a la solidaridad financiera entre regiones— y las judiciales, que culminaron en un referéndum ilegal de autodeterminación el 1 de octubre de 2017. Yo ya había abdicado, pero obviamente apoyé la postura decidida del rey Felipe sobre el respeto a la Constitución y la unidad del país, de la que él es el garante. A nivel personal e íntimo, me sentí traicionado. El territorio catalán, tan dinámico en el plano económico y cultural, región de acogida de gentes del sur en busca de trabajo y prosperidad, se convertía en una zona de intolerancia donde no ser nacionalista hasta el extremismo equivalía a ser «facha». Si alguien me hubiera dicho diez años antes lo que iba a suceder en Cataluña, no le habría creído. (…) Durante el redactado de la Constitución yo había pensado que podríamos convertirnos en un país federalizado, como Estados Unidos, por ejemplo. El camino que escogieron los padres de la Constitución recogía nuestras características históricas específicas. (…) No podemos ceder a la discriminación basada en la identidad y en el odio de los unos contra los otros. No podemos someternos al chantaje político cuando va en contra de nuestra Constitución. Tampoco podemos dejar de dialogar entre nosotros: la concordia nacional nos obliga a ello. Mi preocupación es que cada decisión consiga sentar un precedente que sea muy difícil de revertir en un futuro. Si España es plural, Cataluña también lo es. Y es desde el respeto a esta riqueza que debemos avanzar.
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Barcelona fue para mí un lugar de grandes emociones durante los Juegos Olímpicos de 1992, una aventura de la que fui instigador nada menos que quince años antes. (…) Solo dos personas lo creíamos: Juan Antonio Samaranch y yo. Nos apasionaba el deporte y estábamos decididos a promoverlo en España, que por entonces contaba con escasas infraestructuras y pocos profesionales. (…) Juan Antonio Samaranch impulsó el deporte del hoquey sobre patines, hasta el punto que fue el seleccionador del equipo que ganó el primer mundial para España en 1951. (…) Años después de este inesperado éxito deportivo, fue nombrado presidente del Comité Olímpico Español y delegado nacional de Educación Física y Deportes. En 1977, cuando yo estaba inmerso en las complicaciones del proceso democrático, vino a verme a la Zarzuela:
—Majestad, nómbreme embajador de España en Moscú, y le prometo que algún día España tendrá sus propios Juegos Olímpicos. Moscú va a ser la sede de los próximos Juegos Olímpicos. Cuando esté allí, podré convencer al bloque del Este para que apoye nuestra candidatura.
Su entusiasmo era contagioso. Presenté la propuesta de inmediato al ministerio de Asuntos Exteriores, que se resistió al nombramiento por no ser Samaranch diplomático de carrera. (…) Finalmente, Samaranch fue enviado como embajador a la URSS, pero en Madrid yo era el único que apostaba por su plan.
Tres años más tarde, en Lausana, fue elegido presidente del Comité Olímpico Internacional, cargo que ocupó durante veintiún años, el mandato más largo después del de Pierre de Coubertin. En 1979, Samaranch ya le había explicado su proyecto al entonces alcalde de Barcelona, Narcís Serra, que se mostró cauteloso, al igual que el Gobierno español e incluso el Comité Olímpico Español. (…) En 1985, Barcelona presentó oficialmente su candidatura para la organización de los Juegos Olímpicos de Verano. Un año después, fuimos elegidos. Aquel día no pude reprimir una inmensa alegría.
En el ámbito internacional teníamos fama de ser algo informales. Pocos creían en nuestra capacidad de cumplir con nuestros compromisos. Debíamos demostrar al mundo que éramos capaces de organizar a la perfección el mayor acontecimiento deportivo planetario. (…) En aquel momento, socialistas, comunistas, independentistas y conservadores éramos todos españoles movilizados por un proyecto que beneficiaría a toda España en términos de imagen, reputación, infraestructuras, turismo, beneficios económicos, etc. (…) El alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, del Partido de los Socialistas de Cataluña, realizó un trabajo extraordinario para su ciudad, que experimentó una completa remodelación entre 1987 y 1992. Hasta entonces, la capital catalana daba la espalda al mar, una línea de ferrocarril bordeaba el litoral y las zonas costeras estaban abandonadas. Con motivo de los Juegos Olímpicos, se desvió la línea férrea, se limpiaron las playas, se crearon parques, se mejoró el transporte público, surgieron hoteles, restaurantes y nuevas infraestructuras y la ciudad olímpica se puso de moda, con jóvenes barceloneses codeándose con extranjeros de todo el mundo. Fue todo un resurgimiento para Barcelona, que se convertiría en un núcleo turístico de primer orden.

Al final de la jornada del 25 de julio de 1992 todo estaba milagrosamente listo para la ceremonia de inauguración en el Estadio Olímpico de Montjuic, donde unos cuarenta jefes de Estado, miembros de familias reales de todo el mundo y del Gobierno se congregaban en el palco oficial. Cuando mi hijo apareció en el desfile como abanderado de España —participaba en los Juegos con otros dos tripulantes en la clase soling y quedó sexto—, mi hija mayor, Elena, rompió a llorar de la emoción. (…) Cuando las recuerdo, todavía me estremezco. Me sentía tan orgulloso de él y de España. Toda la familia vibraba al unísono con las competiciones. Fueron unos días maravillosos.
¡Jamás en toda su historia España había ganado tantas medallas en unos Juegos Olímpicos, veintidós, trece de ellas de oro! (…) Sabían que todo el país contaba con ellos y estaban enardecidos por el ambiente de euforia. Era como si el público formara parte del equipo. (...) Por primera vez, el mundo entero pudo ver todas las pruebas. (…) Aun así, el día de la clausura, debo admitirlo, respiré aliviado. Fueron unas semanas agotadoras. Me había comprometido a asistir a todas las competiciones y a saludar a todos nuestros atletas: ¡todo un reto! (...) Desde entonces, nunca más he querido asistir a otros Juegos Olímpicos: los de Barcelona estarán siempre grabados en mi memoria.

Aquel año fue para toda España una apoteosis. Celebramos magníficamente el V Centenario del Descubrimiento de América. No solo acogimos los Juegos Olímpicos, sino que Madrid fue designada Capital Europea de la Cultura y Sevilla se convirtió en la sede de una Exposición Universal, otro gran acontecimiento internacional que transformó Andalucía por completo. Se construyó un nuevo aeropuerto, una nueva estación de ferrocarril, un teatro de la ópera, autopistas; se inauguró el primer AVE entre Madrid y Sevilla, hubo barrios enteros rehabilitados, se reurbanizaron las riberas del Guadalquivir y se construyeron varios puentes. (…) Fue durante mi primer viaje oficial al otro lado del Atlántico como Rey, en 1976, cuando anuncié en Santo Domingo mi intención de que España se postulara para la organización de una Exposición Universal para celebrar el descubrimiento de América. (…) En 1982 se aceptó la candidatura de Sevilla, pero Génova, cuna de Colón, y Chicago también querían celebrar el descubrimiento del Nuevo Mundo. Génova optó por una Exposición Especializada, así que Sevilla y Chicago fueron las dos ciudades seleccionadas para la Exposición Universal. Chicago no recibió el apoyo esperado del estado de Illinois ni del Gobierno federal, y finalmente se retiró. (…) El requisito que nos propusimos fue que las nuevas instalaciones se reutilizaran, después de la Expo, para fines culturales, educativos o administrativos; no queríamos gastar millones en edificaciones que se quedaran vacías tras el acontecimiento. La Expo tenía que beneficiar ante todo a sevillanos y andaluces, más que ser una atracción turística temporal, y eso fue lo que logramos hacer. (…) La Expo transformó totalmente el paisaje de la región, una zona agraria y atrasada, una de las más pobres del país, que había sufrido mucho. (…) Estaba haciendo realidad una visión que había tenido quince años antes. La Corona tiene la inmensa ventaja de poder actuar a largo plazo, de anclar sus acciones a lo largo de un reinado.
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La increíble afluencia de cuarenta y dos millones de visitantes superó con creces las previsiones más optimistas, hasta el extremo de que las autoridades locales presionaron para prolongar el acontecimiento. (…) La mayor preocupación de Felipe González durante estos seis febriles meses fue controlar el riesgo de atentados. (…) Afortunadamente, los posibles alborotadores de estas celebraciones en Sevilla y Barcelona mantuvieron un perfil bajo. Los independentistas catalanes más acérrimos no se atrevieron a dañar la imagen de Cataluña ante los ojos del mundo. En las ceremonias oficiales de los Juegos Olímpicos, el himno catalán sonó antes que el himno nacional, y los anuncios se hicieron primero en catalán y luego en castellano, lo que sorprendió a muchos extranjeros. Todo transcurrió en armonía. (…) Estaba surgiendo una nueva España. Todos nos sentíamos muy orgullosos, sobre todo por aquellas generaciones de españoles que vivieron el aislamiento, e incluso la pobreza, como una dolorosa humillación. Los principales dignatarios internacionales vinieron a España en 1992. Habíamos vuelto a poner al país en el mapa. (…) Nos habíamos convertido en una nación dinámica, optimista y emprendedora.***
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