De todo corazon
Reaparecidas Leonor y Sofía
Acabamos de verlas, guapas como un milagro, radiantemente rubias, en la misa de Domingo de Resurrección, en Palma de Mallorca. Ya era hora. Quiero decir que ya iba siendo hora de verlas a ustedes, Sofía, Leonor, porque tocaba, gracias a las vacaciones preceptivas, y, sobre todo, porque el gentío ya iba echando de menos ver cómo de bien criadas prosperan las hijas de los Príncipes.
El pueblo es cariñoso y entregado y hasta entusiasta, pero necesita asiduidad. Y cuando escribo asiduidad quiero escribir también cercanía. Vemos mucho a la Familia Real, pero las vemos mucho menos a ustedes, que son un par de ángeles que sólo se aparecen por Navidad, para el “christma” obligado, o bien el primer día que van al cole, y poco más.
El pueblo, ya digo, tiene a la Familia Real como gentes de la propia familia, y percibo que también le gustaría a este pueblo complaciente tenerlas a ustedes algún domingo en casa, vía tele, o vía foto, como unas dulces crías que asoman de visita, como esas dulces crías que un día serán copa del árbol de la monarquía española.
Si uno saca cuentas, de
modo rápido, resulta que sólo las acabamos viendo tres o cuatro veces al año, en total un soplo, según exigencias del calendario. Uno arriesgaría, con todo el respeto, que traerían mucho contento al llano vecindario si las viésemos crecer no tan de tarde en tarde, sino más al trote espontáneo de los días que pasan y no vuelven. Las rebequitas azules, por cierto, les quedaban monísimas.
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