carmela escribió:
Lo de la vicaría es muy chusco.
Cuando Napoleón III conoció a Mademoiselle de Montijo, cette blonde andalouse, no pensaba ni por asomo cortejarla con intenciones serias. Napoleón tenía una larga lista de conquistas a sus espaldas, pero, por la época de la que estamos hablando, llevaba años -años- de relación con Elizabeth Howard. Elizabeth Howard, una dama con una trayectoria fascinante, estaba perfectamente establecida en París; contaba con una residencia en la rue du Cirque y también disponía de unos amplios aposentos en el entresuelo del palacio de Saint Cloud. Además, ella tenía a su cargo no sólo a un hijo que había tenido en su juventud con el general inglés Francis Martin, sino también a los dos hijos bastardos que había proporcionado a Napoleón una querida anterior, Alexandrina Eleonora Vergeot, apodada La Belle Sabotière.
Nadie pensaba que Napoleón fuese a deshacerse de Elizabeth Howard...excepto por matrimoniar con una princesa. Al hacerse emperador, el tipo empezó a considerar que era su deber para con el país y la dinastía de las abejitas casarse adecuadamente. En primera instancia, pensó en su prima Mathilde, que había sido su novia años atrás; cierto que Mathilde estaba casada con un ruso, pero era infeliz en ese matrimonio y se podía anular con relativa facilidad. Pero Mathilde, que tenía un amante holandés, rechazó la sugerencia de Napoleón (algo que acabaría lamentando). Entonces, Napoleón intentó emparentar con viejas dinastías. Primero optó a la mano de Carola de Vasa, una nieta de Stephanie de Beauharnais. Luego optó a la mano de la joven Adelaide de Hohenlohe-Langenburg, llamada Ada, que era sobrina de la reina Victoria de Inglaterra. Ni a Carola ni a Ada les hubiese molestado casarse con Napoleón, pero las respectivas familias de ambas se opusieron a la idea por considerar a Bonaparte
un parvenu en un trono poco consistente que caería en cualquier momento.
Sólo a medida que fallaban sus perspectivas, Napoleón insistía en sus requiebros a la guapa Montijo. En cierta ocasión, él le preguntó, osado, cuál era el camino que conducía a su corazón. Eugenia no tenía intención alguna de ser una amante efímera en una lista extensa de mujeres. Con temple y con dignidad, replicó:
El que pasa por la vicaría, Sire.