En el otoño de 1866, Pepe Alcañices "se deja caer" por París. Acababa de hacerse una especie de gira europea. Primero había estado en Inglaterra, a dónde acudía con cierta frecuencia en busca de caballos para sus establos españoles, pues su padre había introducido en el país el concepto de cría caballar. Luego se había dirigido a Baden-Baden, uno de los resorts de
moda, dónde se lo había pasado en grande. Para rematar la faena, antes de regresar a Madrid, decidió concederse unas semanitas de asueto en la capital francesa.
Pepe siempre era muy bien recibido en París. Eso tiene mucho que ver con su biografía privada, por supuesto. Ya se ha mencionado, pero cabe recordar aquí, que el gran amor de juventud de Pepe había sido Paca de Montijo, quien se había casado con James, duque de Berwick y de Alba. Para estar más cerca de Paca, Pepe había bailado el agua a la hermana menor de ésta, Eugenia. El gran "bluff" en la vida de la apasionada Eugenia había sido enterarse de que Pepe no la quería, que sólo la rondaba para adorar al santo por la peana; según la crónica, la muchacha había llegado al punto de intentar suicidarse, pero la madre de ella había intervenido a tiempo para salvarla de la muerte prematura por desengaño sentimental convertido en decocción de fósforos con leche. Eugenia jamás olvidó a Pepe.
Mi opinión personal, de hecho, es que Eugenia estaba loca por Pepe. Los episodios que se conocen son harto reveladores. Cuando acababa de asegurarse un porvenir glorioso, habiendo obtenido una petición de mano del mismísimo emperador Napoleón III de Francia, aún no las tenía todas consigo y remitió a Pepe Alcañices un telegrama que consistía en la siguiente frase entre interrogantes:
"¿Dime si me caso?". En tanto esperaba la respuesta, la reconcomían los nervios por dentro. Le confesó a su amiga Consuelo de Bedmar que si Pepe le pidiese que abandonase sus perspectivas de ser emperatriz para irse con él, lo haría sin dudarlo ni un segundo. Pero Pepe replicó en tono animado, con un texto que le envía las felicitaciones oportunas por una boda imperial y que finalizaba en un divertido:
"¡Que haya suerte!". Incluso a partir de ahí, cuando Eugenia remitía a su adorada hermana Papa duquesa de Alba cartas extensísimas, de hasta dieciséis carillas de letra apretujadísima, contándole sus triunfos, añadía siempre la coletilla: "Díselo a Pepe" o "Cuéntaselo a Pepe". Eran ganas de llamar la atención de Pepe.
En cuanto Pepe se acercaba a París, podía confiar en que Eugenia le cursaría invitaciones a las Tuilleries. Pero Eugenia no era la principal conexión afectiva, desde el punto de vista de Pepe, en París. Lo que más le gustaba a Alcañices, quien solía reservarse amplias habitaciones en el Grand-Hotel con su ayuda de cámara (otro Pepe, en ese caso Pepe Estrada), era visitar a su tío Juan Silva y Téllez Girón, marqués de Arcicollar, quien ocupaba un cargo destacado en la Embajada de España en París. A Pepe le caía de maravilla su tío Juan, poco mayor que él mismo, y adoraba a la esposa de Pepe, Lucía Borchgrave. Verlos a ellos con sus hijos rondando le hacía experimentar incluso el deseo de "sentar cabeza".
Pepe quizá se hubiera casado...de haber tenido ocasión de hacerlo con Paca de Montijo. Pero Paca de Montijo se había convertido en la duquesa de Alba. Alcañices no había dejado de cortejarla, pero sabía que carecía de esperanzas en esa dirección. Otras damas no le interesaban, aunque su padre, Nicolás, y su madre, Inés, le animaban a que siguiese el ejemplo del querido hermano menor de Pepe, Joaquín, que habçia contraído nupcias con una hermosa muchacha, Mercedes, que ostentaba el título de marquesa de Arenales. Viendo la felicidad doméstica de Joaquín y Mercedes, Pepe quizá evocaba cómo hubiera sido su vida en común con Paca. Pero nunca experimentó ganas de casarse, ni siquiera cuando le ponían delante de las narices candidatas perfectas. La muerte de Joaquín, prematura y envuelta en un tufo de misterio, le afectó sobremanera; trató de reconfortarse prestando asistencia incondicional a su cuñada viuda Mercedes y ocupándose "como un padre" de sus sobrinos huérfanos (Joaquín, Nicolás, José Ramón y Montserrat). A Pepe le encantaba cuidar a los chicos, ir guiándoles a medida que crecían. Cuando le tocó la custodia de Julio Benalúa, otro chico huérfano, hijo de unos aristócratas fallecidos antes de su tiempo que habían sido allegados de Pepe, Alcañices se puso realmente contento. Llevó a Julito Benalúa a su casa...y se aseguró de tratarle igual que a otro hijo de la familia.
Con esto quiero decir que, en 1866, Pepe quizá estaba ya en una edad en que los argumentos a favor de conseguir una boda adecuada tenían su peso. Había mejorado su actitud, su predisposición. De cualquier forma, estaba hecho a vivir a su aire, libre de compromisos excepto los que asumía, tan gustoso, con sus familiares. Así que tampoco íba a ser fácil que echase por la borda era carrera de solterón que se había labrado.
En fín. Era otoño de 1866, estaba en París, se trataba con sus tíos los marqueses de Arcicollar y recibía constantes invitaciones a eventos sociales o fiestas de postín a cuenta de sus conexiones. Una existencia burbujeante como el champagne, aunque a él le pesase en el ánimo saber que España vivía, para no variar, una coyuntura socio-política tremendamente inestable, inflamable. Pero estaba en París. Había que componer el aspecto de gallardo aristócrata español para cumplir con un rosario de saraos.
Una tarde, acudió a una velada que ofrecía Anne de Mouchy. El esposo de Anne era el duque de Mouchy; ella misma había nacido siendo la princesa Anne Murat, hija de Lucien Murat, a su vez un hijo de Joachim Murat con Carolina Bonaparte. Por tanto, nuestra duquesa de Mouchy era una nieta de Carolina, la hermana menor de Napoleón I. Esto la convertía en prima de Napoleón III, que tenía por padre a Louis, otro hermano menor de Napoleón I. Las vinculaciones familiares de la duquesa de Mouchy, sumadas a su presencia y refinamiento, hicieron de ella una de las damas más notables de la época del II Imperio.
En la fiesta en casa de Anne, Alcañices repara de pronto en una mujer rubia. A esa misma mujer, recuerda, la ha visto unos días atrás paseando a lomos de un espléndido caballo por el Bois de Boulogne. A Pepe siempre se le íban los ojos detrás de las mujeres atractivas que montaban caballos de gran valor, así que esa rubia no le había "escapado". Ahora, al encontrarla en casa de Anne de Mouchy, se hace una luz en su cerebro incluso antes de que la anfitriona trate de hacer las presentaciones de rigor. Es Sophie Troubetzkoi, la viuda del duque de Morny. Alcañices se acuerda de que habían coincidido años antes -quizá siete años- en otro baile.
Con cierta timidez, Alcañices le explica a Sophie que la ha visto unos días antes en el Bois de Boulogne, pero que no se había atrevido a acercarse a presentarle sus respetos por si acaso ella se había olvidado de que habían coincidido en cierta ocasión. Sophie le sonríe amablemente y le explica que montar en el Bois de Boulogne es una de las alegrías de su existencia parisina. Los dos charlan en un tono animado, propio de dos miembros destacados de la aristocracia que comparten una velada palaciega. Está claro que Alcañices quedó tremendamente impresionado, porque al día siguiente se pasó a rendir visita a la casa de la duquesa de Morny, una residencia ubicada en el número 42 de la avenue Gabriel. Alcañices había decidido seguir una estrategia en dos frentes: por un lado iría a pasear al Bois, dónde estaba seguro de poder ver a diario a Sophie; por otro lado, dejar su tarjetón en la bandeja del 42 de la avenue Gabriel era una forma de conseguir que Sophie le invitase al "salón" que ella sostenía semanalmente la tarde de los jueves. El "salón" de Sophie lo frecuentaban una abigarrada mezcla de franceses, rusos (¡muchos rusos!) y algunos españoles de postín, como podía ser la princesa Czartoriska, nacida María Amparo Muñoz y Borbón, hija de la ex reina María Cristina con el duque de Riansares.
Los encuentros entre Alcañices y Sophie se hicieron muy pero muy frecuentes en el año 1867...