Registrado: 22 Abr 2015 17:57 Mensajes: 23527 Ubicación: España
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Fragmentos de la Tercera Parte. Capítulo 1 *** “Sofi y yo nos instalamos en la Zarzuela. (…) Trajo algunos muebles suyos de Grecia. Vivíamos bajo vigilancia, incluso sorprendimos al mayordomo escuchando detrás de las puertas. Nosotros no disimulábamos nada, tratábamos de actuar con normalidad. Yo sabía que un informe detallado de todos mis actos y gestos llegaba diariamente al despacho del general. No disponíamos de dinero alguno. (…) Como miembro de las Fuerzas Armadas, yo percibía la retribución de capitán. Íbamos de vacaciones a casa de nuestras familias respectivas, a Grecia, a Estoril o Lausana, o aceptábamos invitaciones de amigos que nos invitaban a viajes o a sus residencias. Nuestros medios eran limitados, lo que restringía nuestra libertad. El propio Franco vivía de manera muy austera y disciplinada. Nunca observé que buscara ninguna ventaja pecuniaria. Ciertas personas de su entorno inmediato abusaban de su poder, o de esa proximidad con el general, para dedicarse a prácticas reprochables. Por supuesto, nadie se atrevía a denunciarlos.
Por suerte, el nacimiento de mis tres hijos —Elena en 1963, Cristina en 1965, y al final Felipe, el heredero, en 1968— alegró este período de mi vida, que califico de travesía del desierto. (…) La felicidad de formar una familia compensó la incomodidad y la incertidumbre que caracterizaron mis años de joven recién casado. Me encantó ser padre, sentí una gran ternura por mis hijos. Cada nacimiento lo viví como un milagro, como algo maravilloso. Luego las obligaciones oficiales me llevaron a alejarme de ellos, pero conservo los recuerdos conmovedores de esa época, de aquella tierna infancia que pasaron en el encierro de la Zarzuela, y de sus jardines, protegidos de la curiosidad de los medios de comunicación y de mi vida pública. Disfrutaba de escuchar sus balbuceos, de abrazarles, de jugar con ellos; era como recuperar una parte de mi infancia. (…) Inconscientemente, no quería que mis hijos vivieran el sentimiento de abandono y de soledad que ensombreció mi infancia. Siempre intentamos, con Sofi, ser padres protectores y cuidadosos. Los tres estaban muy unidos. Felipe destacaba por ser el más travieso y sus hermanas siempre se mostraban solidarias con él. Se protegían los unos a los otros. Tratamos de que crecieran dentro de una normalidad con la ayuda de una nodriza inglesa. Sofi los acompañaba en las mañanas a sus respectivos colegios privados, y sus amigos venían a casa a jugar con ellos. No quería que la Zarzuela se convirtiera en su prisión dorada.
Yo veía a Franco con regularidad, casi cada semana, en el Palacio del Pardo, a unos cuantos kilómetros de mi residencia. Eran encuentros sin restricciones, aunque en un contexto siempre formal. Lo visitaba en su despacho y hablábamos al menos durante una hora. La conversación era muy libre. Yo disfrutaba de esas reuniones. Él se mostraba siempre amable, tranquilo, muy atento, pese a su sobrecargada agenda. Creo que dedicaba ese tiempo a estudiarme. Observaba mis reacciones y mis actitudes. Yo me comportaba de manera natural y me expresaba con franqueza, aunque me mantenía en alerta. Él permanecía impenetrable.
[…]
Franco no hacía avanzar sus peones y era el amo absoluto del tiempo. Yo era capitán, pero carecía de regimiento. Como ya he dicho, Franco no me permitía participar en competiciones hípicas. Era el hijo del pretendiente al trono en el exilio, lo que me negaba el derecho a cualquier estatus particular. (…) Yo estaba dispuesto a ponerme a la cabeza de un regimiento en cualquier parte del país. «Vuestra alteza, vaya a conocer a España y a los españoles», me respondió sin pestañear. Nunca me daba más detalles. Había que aprender a interpretar sus palabras. Fue entonces cuando comencé a viajar por todas las provincias. Creo que no me quedó una sola ciudad por visitar.
Fue un período muy interesante para España, ya que comenzaba su despegue económico. Un equipo de jóvenes tecnócratas había puesto en marcha un plan de estabilización económica, seguido de planes de desarrollo. Quiero destacar el papel fundamental desempeñado por el ministro de Comercio, Alberto Ullastres, quien puso en marcha este plan nacional de estabilización. (…) Es lo que se llamará el «milagro español», que yo fui constatando sobre el terreno y acompañé de cerca. Inauguraba fábricas e infraestructuras, visitaba los nuevos ordenamientos urbanos, y me reunía con empresarios y con jóvenes políticos. Todos ellos pertenecían a una nueva clase media en pleno resurgimiento; la misma que me acompañaría quince años más tarde en mi propósito de democratizar el país. Yo comenzaba a identificar sus aspiraciones y a comprender los impedimentos a los que debían hacer frente. Pese a que por entonces evolucionaba económicamente y captaba inversiones, España seguía siendo una anomalía, política y cultural, en el seno de Europa. Su imagen en el extranjero continuaba siendo mala, la de un destino barato de vacaciones de masas y un régimen encerrada en sí misma.
Por regla general, la población me recibía bien en las visitas o desplazamientos. Sin entusiasmo, pero con respeto. También hubo momentos desagradables, que siempre me tomé con humor. Como por ejemplo en Valencia, un día que Sofi y yo caminábamos por una calle junto al general en jefe de la región militar. Había prevenido a mi esposa de que, a la menor señal por mi parte, ella debía dar un paso atrás. (…) Aquella vez sentí que algo se estaba tramando, sin saber lo que era. ¿Quizá por el silencio que reinaba en la calle o por la mirada de sus habitantes? Advertí a Sofi, que retrocedió al mismo tiempo que yo, mientras que el general siguió avanzando. Él recibió los tomatazos dirigidos a mí. Se puso furioso. Le recordé la famosa frase de mi abuelo Alfonso XIII, que tuvo que enfrentarse a varios atentados, el más sangriento de ellos el día de su boda: «¡Son gajes del oficio!». Lo sentí mucho por él, pues no estaba acostumbrado a verse ante gestos de protesta. ¡En esa materia, yo estaba mejor entrenado que él!
La propaganda falangista antimonárquica había causado estragos. Muchos, aun sin conocerme, no me querían. Los carlistas también comenzaban a hacer ruido. El carlismo es un movimiento que se remonta al siglo XIX, cuando el hermano menor de Fernando VII, Carlos María Isidro, se negó a reconocer la legitimidad de su sobrina, Isabel II, lo que engendró tres guerras civiles. El movimiento, contrario al liberalismo, el parlamentarismo y el secularismo, se implantó sobre todo en las zonas rurales y tradicionalistas, como Navarra. Con la urbanización progresiva, se volvió más marginal, pero hay que reconocer su longevidad. Sus partidarios se mostraban muy activos. Por ejemplo, robaban el libro de oro de visitas en el que la gente me dejaba mensajes de simpatía a mi llegada a un lugar público. O algunos manifestantes se arremolinaban a mi paso. Eran visibles, pero no me molestaban. (…) Albergaba la esperanza de que aquellos que me denigraban cambiarían de opinión. (…) Algunos, en el entorno del general, preconizaban un sucesor militar o un falangista. Se barajaban muchos escenarios y Franco parecía no tener prisa en decidirse. Sobre todo porque mi primo hermano, Alfonso, tendía a hacerme sombra.
Solo puedo hablar bien de Alfonso. Siempre se mostró amable y respetuoso conmigo. Compartíamos los mismos y maravillosos recuerdos de nuestra infancia en familia. Fue el padrino de mi hija Cristina. No tuvo una juventud fácil tras el divorcio de sus padres a finales de los años cuarenta, lo que fue considerado un escándalo para la época; luego, ambos volverían a casarse. La muerte de su hijo mayor en un accidente de coche y luego, cinco años después, en 1989, su muerte trágica en un accidente atroz de esquí me llevan a perdonar los desencuentros que pude tener con él. (…) Su matrimonio en 1972 con la mayor de los nietos de Franco, Carmen Martínez-Bordiú, una joven guapa, simpática y divertida, le dio una presencia pública y mediática. Nombrado Duque de Cádiz, algunos pretendían que se le llamara también «alteza real». Un día, un poco molesto por el hecho de que varios ministros se exhibieran con mi primo en ceremonias oficiales para promocionarlo, le dejé caer a Franco: «¡Si usted desea a otro en la Zarzuela, yo puedo irme!». Y él me preguntó tranquilamente: «¿Quién manda aquí?». Le respondí: «Usted». «¿Y entonces?», replicó impasible. Nuestra conversación terminó allí, y me quedé sin saber algo más al respecto de sus intenciones.
Esos años de preparación resultaron a la postre muy útiles, pero en aquel momento me sentía más bien en el purgatorio. Mi única certeza: no percibía en ninguna parte un sentimiento claro en favor de la monarquía. Era consciente de que la institución era un viejo recuerdo que representaba una realidad lejana. No podía hablar de ello abiertamente. Toda expresión pública en favor de la monarquía era condenada. Los monárquicos, igual que los militantes comunistas o cualquier otro opositor del régimen, acababan en la cárcel por activismo. Los más valientes colocaban un detalle verde en su vestimenta, pues «verde» es el acrónimo en español de «Viva el rey de España».
Franco envejecía y continuaba, a pesar de todo, sujetando firme las riendas del poder. (...) También lo visitaba en su residencia de verano de Pazo de Meirás, una enorme construcción de granito situada en Galicia. La primera vez que estuve allí, nada más sentarme en la cama de la habitación que me habían asignado, una de las patas se rompió y la cama se vino abajo. No me atreví a decir nada y coloqué el colchón en el suelo, donde pasé una noche excelente. Cuando al día siguiente se enteró la mujer de Franco, Carmen Polo, se quedó consternada. No había querido molestarla por esa minucia, pero sin querer la había avergonzado.
Franco hablaba poco, incluso durante las comidas en familia a las que yo solía asistir. Parecía escuchar, pero rara vez daba su opinión. (...) Al término de esos almuerzos, me llamaba a su despacho y allí teníamos largas conversaciones cara a cara. Manteníamos verdaderas discusiones; yo intentaba establecer una conversación franca con él, aun sabiendo que en realidad nadie se atrevía a hacerlo. Le hacía preguntas como: «¿Por qué no se da libertad a los ciudadanos para crear partidos políticos?». «Yo no puedo hacerlo, pero usted lo hará más tarde», me respondía. Normalmente tenía que descifrar sus sutiles insinuaciones, pero esta vez fue, para mi sorpresa, muy explicito. A veces, cuando no deseaba responder, simulaba no haber escuchado mi pregunta. (...) Medía las relaciones de fuerza a su alrededor a largo plazo y trataba de mantener el statu quo.
[…]
¿Mantuve una relación filial con Franco? Había entre nosotros cuarenta y seis años de diferencia. Él no tuvo un hijo varón. Tal vez proyectaba un sentimiento paternal hacia mí. No disimulaba la simpatía que me profesaba. Tal vez incluso sentía una cierta ternura, una cierta benevolencia. (…) Un día, cuando nos dirigíamos los dos en coche a una ceremonia oficial, me quedé dormido sobre su hombro. Él me dejó descansar durante todo el trayecto. «Alteza, despierte; hemos llegado», murmuró. Pedí disculpas por haber sido tan mal compañero de viaje. No vi en su mirada ni un ápice de reproche. Incluso parecía divertido. Su animosidad contra mi padre nunca la proyectó sobre mí. Nunca criticó a mi padre en mi presencia, y tampoco mi padre lo criticó a él delante de mí. Por mi parte, yo lo respetaba enormemente, y apreciaba su inteligencia y su sentido político. Un día, uno de sus ayudantes me informó de la celebración de una ceremonia oficial organizada por la Falange, así que me preparé y lo esperé en la puerta del Pardo, vestido de uniforme militar. Franco me vio y preguntó: «¿Qué hace usted aquí, alteza?». Sorprendido, le respondí: «¡He venido a acompañarlo, mi general!». (...) Él respondió: «Alteza, esta ceremonia no es para usted. No debe asistir». (...) Quería protegerme, que no se me identificara con una determinada corriente política. Fue muy hábil y aquello me ayudaría mucho después de su muerte. ¿Cómo hubiera podido llegar a ser Rey de todos los españoles si se me hubiese visto como un príncipe falangista?
No existía intimidad alguna entre nosotros. Mantenía una cierta distancia con respecto a él, pues tenía mi destino entre sus manos. Teníamos una relación personal frecuente, pero sin caer en la familiaridad. Si logré llegar a ser Rey, fue gracias a él. Nunca dejé que nadie le criticara delante de mí. Hay varios Francos: para algunos sigue siendo el hombre de la Guerra Civil, responsable implacable de miles de muertes; para otros, encarna una estabilidad ganada tras decenios de tensiones e inquietudes. Los españoles le deben, por ejemplo, el sistema de seguridad social, todavía vigente. Nunca su nombre logrará la unanimidad, lo que es legítimo, pero no se pueden borrar de un golpe cuarenta años de nuestra historia”.***
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