Bueno, tampoco es una crítica. Deja claro lo que todos saben ya, que construyó un muro en torno a la familia para separarla de él. Letizia llegó, vio el percal y actuó para proteger lo suyo. Es su mayor logro y por ello se le está premiando. Esa "crítica", para mí, es una flor que le está echando.
Ya era hora que a la Reina Sofía le diera su lugar. El día que anunció la abdicación, aquel discurso, no tuvo ni una palabra para la mujer que había reinado junto a él durante cerca de 40 años. Aquello no estuvo bien. Sobre todo porque estos últimos años ha tenido que salir a desmentir muchas cosas por su culpa.
Lo de los millones aceptados... Ay, señor, ¿para financiar a la Corona? ¿Y por qué le entregó ese dinero a Corinna? ¿Y por qué no lo regularizó en España? Es que... La biógrafa está demostrando que tampoco tiene muchas luces, porque incurre en multitud de contradicciones.
Primera asunción de culpas, pero como siempre, todo es consecuencia de actos de terceros:
Juan Carlos I se ve a sí mismo como un monarca “nunca verdaderamente dueño de su destino”. Reconoce ser “consciente de haber decepcionado”, víctima de muchas “debilidades” y de “errores de juicio por amor y por amistad”, de “malas compañías” y de haber aceptado “regalos que pueden parecer inapropiados a algunos”.
Uno de los aspectos que aborda en el libro es el del dinero que recibió del difunto rey de Arabia Saudí, Abdalá, al que llama “un hermano”. “Un acto de generosidad de una monarquía hacia otra”. Durante los primeros años de su reinado, Juan Carlos I estrechó relaciones sobre todo con Marruecos y Jordania, pero también con otras monarquías del Golfo, que estaban empezando a despegar como potencias económicas. El Rey emérito admite en el libro, según publica Le Monde, que “100 millones de dólares es una suma considerable”. “Un regalo que no supe rechazar. Un grave error”, confiesa, con la supuesta finalidad de cubrir las necesidades de su familia y “asegurar mi retiro, lejos de la vida oficial española”.
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La empresaria alemana de origen danés, compañera sentimental del Rey emérito durante una larga temporada, la más tormentosa de su reinado, se dio a conocer después de que Juan Carlos I sufriera un percance en una cacería de elefantes en Botsuana mientras en España se estaban sufriendo las consecuencias de la crisis económica y la Gran Recesión. “Un viaje lejano y costoso que puede parecer totalmente fuera de lugar con la situación del país”, admite en el libro, según Le Monde, donde reconoce que dicha mujer fue un “error” que lamenta “amargamente”.
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El exilio autoimpuesto ocupa un espacio en la obra. También la deteriorada relación con el heredero a la corona, Felipe VI, al que alaba como Rey pero critica como hijo. “Mi hijo me dio la espalda por deber —escribe Juan Carlos—. Entiendo que, como Rey, mantenga una posición pública firme, pero sufrí (…) al verlo tan insensible". Le Monde subraya una conversación entre ellos que el emérito evoca. Fue en la Navidad de 2020, “encerrados en el silencio de la incomprensión y del dolor”.
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Los escándalos del Rey emérito, da a entender el libro según Le Monde, comenzaron a forjarse durante los años que gozó de una impunidad total, especialmente en los años noventa, con el esplendor de un grupo de empresarios y banqueros que terminó en la cárcel. El monarca asegura en el libro haber estado “ciego ante un entorno malintencionado” y haber tenido “la debilidad de confiar en hombres de negocios que me fueron presentados y de ceder a lo que hoy percibo como presiones”, hasta encontrarse “en medio de un embrollo financiero que me superaba”. Reconoce haberse dejado aconsejar, durante su reinado, por “ciertos empresarios poco escrupulosos que actuaron en mi nombre, pero sobre todo por su propio beneficio”. El problema que tiene el Rey Juan Carlos es que no es capaz de asumir la gravedad de sus actos. Es capaz de pedir perdón cientos de veces y reconocer que ha hecho algo mal. Tiene la nobleza para hacerlo, pero también la ingenuidad para creer que con eso se arregla todo. No, no se trata solamente de pedir perdón, sino de aceptar las consecuencias tan chungas que han tenido muchas de sus conductas. Si aceptara la gravedad de sus actos, entendería y aceptaría que su hijo, el Rey, tiene la obligación de castigarle por ello. La lista es larga, pero es imposible hacérselo entender.
Se erige como víctima de sí mismo y todo lo que le rodeó, me parece fenomenal, pero no está reconociendo que ha ido dejando un reguero de otras víctimas a su paso: la Corona, su mujer, sus hijos y sus nietos. Tiene un punto de egocentrismo muy acentuado y me causa tristeza constatar que, alguien que luchó tanto por restaurar la monarquía, no entiende en qué consiste la institución, qué se espera de ella y qué debe hacer para protegerla a toda costa. Ha ejercido como Rey, un buen Rey, pero no como Guardián de la Corona. Él es él y sus circunstancias, nada más. No demuestra dolor por el sufrimiento que ha podido causarle al resto.
Reconoce que en los 90 ya empezó a patinar seriamente, a salirse del tiesto con relaciones poco aconsejables (Mario Conde, Bárbara Rey...), los chantajes y las grabaciones del CNI. Después de semejante lío, después de ese escarmiento, ¿cómo diantres acabó con la señora alemana? Diez años después se metió en un charco más grande y peor. Solo alguien como él puede cometer tantas cagadas. Y las comete porque no tiene la capacidad suficiente para calibrar el daño causado.
Lo que dice del dictador tampoco es inédito. Entiendo que a las nuevas generaciones les sorprenda, pero se expresó del mismo
modo con la Urbano y con Villalonga en los 90. Y diría que en las pocas entrevistas que dio en TVE también. Si repite lo mismo de entonces, también contará como temía mucho más a la camarilla franquista que al propio dictador, como algunos le hicieron la vida imposible, como se sintió espiado en su propia casa y cuanto dolor causó ese ser en la relación con sus padres. Una monárquica no olvida que la Condesa de Barcelona no pudo llegar a tiempo para despedirse de su madre porque el dictador no lo permitió. Doña María arrastró aquello sin olvido y sin perdón.
A Zarzuela le diría que se mantenga tranquila. El libro perfila un retrato de su figura, de lo bueno y de lo malo. Demuestra claramente cuál ha sido y sigue siendo el problema: él es su peor enemigo. Y demuestra también que la Casa ha hecho lo imposible para salvar los muebles. Quedando todo claro ya, poco más se puede hacer.