Registrado: 22 Abr 2015 17:57 Mensajes: 23527 Ubicación: España
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La Eyre bebe de las fuentes de Emanuela Dampierre que era igual de mala que ella. Casi utiliza las mismas palabras. Ricardo cuenta algo similar, que en la última etapa ella quiso reconciliarse con él y volver a convivir. Se presentó en algún evento al que no había sido invitada para intentar coincidir con él. Sin la mayor trascendencia, supongo, porque al ser su mujer, sería de lo más normal que muchos pensaran que acudían juntos. Él adoptó la actitud de hombre despechado, quizás por el arranque de celos que le dio cuando ella decidió irse con los Duques de Lécera. Emanuela Dampierre fue quizás la más descriptiva sobre este particular: “También nos ocurrió algo parecido con los Duques de Lécera, Grandes de España, cuando, recién casados, fuimos a ver a la Reina a Londres. Se decía entonces, y también se afirma ahora incluso en libros serios de historia, que los Duques de Lécera, Jaime y Rosario, estaban ambos enamorados de la Reina. No tengo la menor idea de si esto es cierto o no, y tampoco tengo el más mínimo interés en saberlo. Lo que sí es verdad es que el Rey no quería que fuésemos a ver a Doña Victoria Eugenia porque los Lécera merodeaban siempre por su entorno. El Duque fue uno de los grandes de España que la acompañó a ella cuando, en 1906, tuvo lugar su matrimonio en la Iglesia de los Jerónimos en Madrid. El Rey no quería que sus hijos fuesen a ver a su madre a causa, seguramente, de aquel malicioso rumor. Y yo me pregunto: ¿por qué le molestaba tanto? Su postura era demasiado cómoda: «Yo puedo hacer lo que me dé la gana, pero mi mujer no». En esto coincidía con muchos hombres de aquella época”.
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“El día que el Rey agonizaba, o quizá, acababa de morir en el Grand Hotel del Roma, nos encontrábamos en su salón privado un pequeño grupo de personas: sus familiares más íntimos y los Reyes de Italia. Cuando los médicos dijeron que nada más podían hacer por su vida y que su final estaba llegando, la Reina tomó una habitación en el mismo hotel. Fue Juan quien, por orden de su madre, le dijo al Rey que ella se encontraba allí y que quería verlo. El Rey, casi sin voz, con un gesto de cabeza, se negó a recibirla. Ella insistía y fue esta vez Beatriz a quien envió de mensajera. La terquedad del Rey, que quería impedir la entrada de su mujer en la habitación, me pareció tan obstinada como digna. Eran muchos los años en los que no habían mantenido relación alguna y cada vez que por alguna razón había surgido la necesidad de verse o hablarse, la agresividad existente entre el matrimonio había saltado indefectiblemente. Resulta coherente suponer que Don Alfonso XIII pensara que ya no había tiempo para mejorar aquella desagradable situación y que era mejor que, entre ellos, todo quedara igual a como había sido en vida.
La Reina, por su parte, también me dio mucha pena. Era duro aceptar ese visceral rechazo, lleno de rencor, por parte de su marido, sobre todo en presencia de sus hijos y otras personas. Ella siempre mantuvo la esperanza de que sus relaciones se suavizaran. A mí su postura me pareció tan loable como poco realista, ya que los desamores tan intensos no se arreglan sólo con buena voluntad. A veces, un desencuentro emocional equivale a un socavón del que uno no es capaz de salir nunca. Seguramente se trataba de dos personas obstinadas y con sensibilidades distintas. Cierto es que, en los últimos tiempos, la Reina había perseguido al Rey por varios países de Europa, dejando de lado su dignidad e, incluso, su discreción. Creo que todo esto podría resumirse diciendo que ella pretendía quererle, pero no era posible. Cuando Don Alfonso murió, la Reina era aún muy joven, sólo tenía cincuenta y tres años. Le quedaba una larga vida por delante”.
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“A pesar de todo lo acontecido, en un determinado momento Doña Victoria Eugenia quiso volver con el Rey y viajó a Roma. Una vez comentó que, a veces, acudía a cenas o recepciones en las que cabía una mínima posibilidad de que se encontrara con su marido. Por entonces, estos actos sociales la aburrían soberanamente e, incluso, podían llegar a humillarla, ya que se presentaba en muchos eventos sin haber sido requerida, pero corría el riesgo con la esperanza de encontrar al Monarca. La verdad es que ya nada podía hacerse. En el supuesto de que este buscado encuentro se produjera en una casa particular, en el golf o donde fuera, el Rey, sin comentar nada a nadie, sencillamente desaparecía”.
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