A veces creo que lo peor de alcanzar una edad avanzada en relación con la esperanza media de vida de la época que te toca, es dolorosísimo porque tienes a tu alrededor la sensación de que faltan todos los que te habían sido queridos. La coincidencia, por ejemplo, había matado en un mismo día a Sophie Troubetzkoi y a la queridísima amiga de ésta Angustias de Heredia Spínola. Sophie había muerto de madrugada, mientras dormía en su casa parisina. Angustias había muerto por la tarde, en su palacete madrileño. La hija de Angustias, Chichita, se había quedado devastada; clamaba que había perdido en una jornada aciaga a dos madres.
En 1901 había muerto asimismo Carlos duque de Alba, adorado sobrino de la emperatriz Eugenia. La encantadora Rosario Falcó, esposa de Carlos, le sobrevivió apenas tres años. El fallecimiento de Rosario, que tan unida había estado a Sophie, ejerció un triste impacto en Pepe.
Al margen de eso estaba la familia, que no era ninguna balsa de aceite. En 1903, la hija pequeña de Sophie, Missy de Morny, se había divorciado de su marido, el marqués de Belbeuf. Missy se sumergió de lleno en una vida escandalosa; quería ser hombre, no mujer, razón por la que emprendió una transformación física a la vez que se hacía llamar Max. En 1907 protagonizaría una de las mayores convulsiones de entonces. Hasta ese momento, se había limitado a rondar por los círculos del music hall, bebiendo en exceso, consumiendo morfina y sosteniendo aventuras sexuales con diversas muchachas. Pero a esas alturas había emprendido una relación -destinada a durar siete años...- con Sidonie Gabrielle Colette, sencillamete Colette, literata y actriz de cabaret. Colette y Missy -que escogió el nombre artístico de Yssim- protagonizaron una escena de altísimo voltaje que dió pie a una auténtica polvareda.
Considerando la sarta de desapariciones...y los escándalos de su hijastra...Pepe mantuvo el tipo. Como no le gustaba comer solo, aceptaba de mil amores las constantes invitaciones a almorzar de un surtido de aristócratas españoles; íba de un lado a otro apoyado en el brazo de su jefe de cuadras, Manuel Sánchez, Calandria. Llevaba ya los cabellos y los mostachos encanecidos, apenas lograba mantenerse erguido, pero cuando veía que cualquier transeúnte se fijaba en él, instantáneamente se enderezaba para que nadie pudiese decir que había visto a Pepe Alcañices con el espinazo doblado. Aún le gustaba visitar asiduamente el soto de Algete, su maravillosa finca campestre. En cierta ocasión, le llevaron en coche, un invento al que se había resistido bravamente. Le gustó la experiencia, pero declaró que dónde estuviese un buen tiro de caballos, que se quitase el automóvil.
El 10 de diciembre de 1909, se celebraron en España elecciones municipales. Hacía un tiempo espantoso, con viento helado empujando los densos copos de nieve. Pepe era un octogenario achacoso, por lo que su sobrino nieto Miguel (hijo de Chichita) trató de disuadirle de que saliese de casa. Pero Pepe se mantuvo inflexible: él siempre había votado, explicó, y no íba a permitir que una nevada le impidiese hacerlo ese día. Cumplió su deber, sí, pero pilló un catarro que enseguida se transformó en pulmonía.
Sabiendo que sus días eran contados, instituyó testamento. El heredero natural hubiera debido ser Pepito, primogénito de José Ramón y nieto, por su madre María, de Sophie. Pero Pepito había sufrido años antes un lamentable accidente; una caída de caballo le había reducido a la condición de inválido completamente adicto a la morfina. Por tanto, Pepe recurrió al medio hermano de Pepito, Miguel, a quien quería mucho. Miguel tuvo que cumplir la voluntad de Pepe de quemar las cartas de Paca duquesa de Alba, Eugenia emperatriz de Francia y Sophie Troubetzkoi. Ahí Pepe fue un caballero, protegiendo la intimidad de las tres mujeres, pero...¡menuda cabronada nos hizo a los cotillas de la historia!

Pepe murió el 30 de diciembre de 1909. El cortejo fúnebre, a través de la calle Alcalá y la Puerta del Sol, hasta cruzar el Puente de Toledo y alcanzar la Sacramental de San Isidro, fue presidido por el hijastro de Pepe, Serge de Morny; a su lado avanzaba el infante Fernando de Baviera, representante de Alfonso XIII. No faltaban autoridades ni un surtido de aristócratas, pero quienes más sentido homenaje tributaron al "duque Pepe" fueron los madrileños de a pié.
Crista envió un ramilleto de violetas a la tumba.