Fragmentos de la Segunda Parte. Capítulos 2 y 3
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Mis padres me acompañaron a la estación de Lisboa. Ya era de noche aquel
8 de noviembre de 1948, y yo me esforzaba por no mostrar mi miedo y mi pena. Cuando llegamos al andén, mi padre le dijo a mi madre: «María, despídete de Juanito porque no sabemos cuándo podremos verle de nuevo». Al escuchar estas palabras, sentí un nudo en el estómago. (…)
Franco había enviado su vagón personal, que estaba
acoplado al Lusitania Expreso, un tren-coche cama que hacía el trayecto de Lisboa a Madrid. En ese mismo vagón azul viajó Franco hasta la frontera franco-española para reunirse con Hitler el 23 de octubre de 1940, un encuentro que condujo a la no intervención de España en la Segunda Guerra Mundial.
Recuerdo haber dicho adiós a mis padres a través de la ventanilla durante largo rato, conteniendo las lágrimas. (…) Estaba tan nervioso que no podía dormir. Miraba el paisaje a través de la cortinilla, preguntándome si reconocería mi país. (…)
A primera hora de la mañana, el tren se detuvo en Villaverde, a las afueras de Madrid. Franco no quería hacer concebir esperanzas a los monárquicos susceptibles de organizar un acto para celebrar mi llegada. Aun así, un centenar de personas esperaba en el andén. Recuerdo los rostros sombríos y austeros de los hombres que formaban el comité de recepción. (…)
Me sentí intimidado y, sobre todo, muerto de frío. Llevaba pantalones cortos y un abrigo que me quedaba un poco grande. (…) Estaba impaciente por descubrir mi colegio y a mis nuevos compañeros, ocho niños de mi edad, todos seleccionados por mi padre. Por fin
llegué a Las Jarillas, en la periferia verde y montañosa de Madrid. Enseguida
me gustó ese edificio sencillo en un entorno muy bucólico,
propiedad de un amigo de mi padre, Alfonso de Urquijo. (…) Bajo un sol frío,
conocí a mis compañeros, entre los que se encontraba mi primo Carlos de Borbón-Dos Sicilias, hijo de un hermano de mi madre. Con él compartiría habitación y travesuras. Yo no era precisamente un niño
modelo.
[…]
Ese era el niño que yo era, inquieto y emprendedor, pero también aplicado en los estudios. Lo que no siempre fue fácil.
Se dieron cuenta tarde de que era disléxico. (…) La dislexia entonces ni se reconocía ni se tenía en cuenta como ahora.
Tuve que esforzarme más para superar este trastorno del aprendizaje. ¿Me hizo eso más terco? ¿Despertó en mí un sentido intuitivo excepcional?
Sin duda, me ayudó
don José Garrido, el director de este internado creado de la nada en torno a mí, y para mí.
Lo eligió mi padre por recomendación de uno de sus amigos y consejeros, el Duque de Sotomayor, el mismo que me acompañó en el tren hasta el internado.
Mi plan de estudios se elaboró con la ayuda del Conde de Fontanar, el padre de Jaime Carvajal, el que se convertiría en amigo y compañero de habitación. Franco había autorizado mi venida, pero
de los preparativos se encargó mi padre. Don José era un hombre excepcionalmente bondadoso y progresista que había dirigido en Madrid el colegio Virgen de la Paloma, en origen un centro de formación para huérfanos y niños en situación precaria.
Este amable andaluz de Granada propugnaba una pedagogía avanzada, inspirada en la enseñanza del padre Andrés Manjón, basada en el
juego y la
enseñanza al aire libre. Para enseñarnos ciencias naturales, en lugar de dar lecciones repetitivas, abstractas y teóricas, nos llevaba al campo. Nos hacía leer a los clásicos y, en lugar de obligarnos a aprender los textos de memoria, nos pedía nuestra opinión sobre ellos.
Era una educación liberal, moderna, muy diferente de la que se impartía entonces en las escuelas franquistas, donde se profesaba «la formación del espíritu nacional». (…) También teníamos un profesor de gimnasia, Heliodoro Ruiz Arias, que se empeñaba en convertirnos en atletas consumados, y al temible padre Zulueta, que enseñaba Religión y que era muy integrista, pero que, para nuestro alivio, se marchó tras una discusión con el director. El profesor de Historia, Ángel López Amo, el de Literatura, Juan Rodríguez Aranda, y la profesora de Francés, Aurora Delgado, eran muy buenos. (…)
Nuestros estudios se convalidaban cada año con un examen final, escrito y oral, realizado en público
ante un tribunal de profesores en el prestigioso Instituto Nacional San Isidro de Madrid. Era una obligación reservada para mí y mis ocho compañeros, y que nos permitía obtener los títulos oficiales. Frente a un auditorio de periodistas, monárquicos y familiares de mis amigos, tenía el privilegio de ser el primero en examinarme.
[…]
Nos calentábamos los pies como podíamos con los braseros de debajo de las mesas. (…)
Nuestras comidas eran sobrias y repetitivas, con muchas patatas. En aquella época,
en España, faltaba de todo. La carne estaba racionada y
escaseaban algunos de los alimentos más básicos. Aún
recuerdo ver a gente caminando por la calle con alpargatas en pleno invierno. Reconozcámoslo, n
uestro país era entonces pobre y atrasado. Sobrevivía en una autarquía total, tras tres años de Guerra Civil, seguidos de seis años de guerra mundial. (…) La España que conocí
era un país apagado, subdesarrollado, gobernado por la Iglesia y la Falange, impermeable al impulso positivo que abrazaba una Europa en plena reconstrucción y renacimiento tras la Segunda Guerra Mundial.
[…]
Recuerdo, como si fuera ayer,
aquella terrible sensación de soledad cuando aparecían los padres de los demás y yo no tenía a nadie a quien recurrir. (…) A veces se organizaba un viaje los fines de semana, cuando todos mis amigos regresaban a casa. Fui
con don José Garrido a explorar las cuevas prehistóricas de Altamira, en Cantabria. Descubrí muy impresionado esas pinturas prehistóricas y la tranquila localidad de Santillana del Mar, con sus estrechas callejuelas de piedra. En contadas ocasiones, mi primo me llevaba a pasar el fin de semana con sus padres a Madrid. (…)
La única salida que me marcó de por vida fue mi encuentro con Franco en el Palacio del Pardo unas semanas después de mi llegada.
Por el camino,
recordé el consejo de mi padre: «Cuando te reúnas con Franco, escúchale con atención, pero habla lo menos posible. Sé educado y responde brevemente a sus preguntas». (…) Pasé años amurallado en el silencio, para protegerme y defenderme, hasta mi proclamación como Rey en 1975. Sé que muchos españoles interpretaron este silencio como signo de estupidez. (…) Tenía diez años y era la primera vez que iba al despacho de alguien tan importante.
Él fue muy afectuoso conmigo. La gente tiene de Franco una imagen de hombre severo y frío, pero
en privado, o al menos conmigo,
siempre se mostraba amable, sonriente y conversador. Me preguntó por mi padre, refiriéndose a él como «alteza», no «majestad», como yo estaba acostumbrado a oír en Estoril. Le respondí: «El Rey está muy bien, gracias». (…) Vestido con su uniforme, se mantenía erguido y
me miraba con fijeza. Mientras me hablaba, yo escrutaba cuidadosamente los libros, los muebles de madera oscura y las alfombras. Y
vi un ratón correteando entre las patas del escritorio. Empecé a seguir al ratón con la mirada y Franco se dio cuenta. «¿Qué mira usted?», me preguntó. «¡General, hay un ratón cerca de usted!», le contesté riendo. Se quedó muy sorprendido.
[…]
Después de casi un año en Las Jarillas, donde yo ya empezaba a situarme,
mi padre me trajo de vuelta a Estoril antes del final del curso escolar, sin previo aviso. A menudo he dicho que, durante mis años de formación en España,
fui como una pelota de ping-pong entre Franco y mi padre, un peón al que movían en un tablero de ajedrez. Si las relaciones entre Franco y mi padre eran buenas, me quedaba en España; si eran malas, regresaba a Estoril.
[…]
En mayo de 1949 me alegré de poder reunirme con mi familia en Estoril, aunque no sabía por cuánto tiempo sería. (…) Más tarde comprendí que
mi padre esperaba que Franco suavizara la presión sobre los monárquicos en España.
Los periódicos tenían prohibido informar sobre sus actividades políticas, incluso sobre las náuticas. Si mi padre quedaba segundo en una regata de vela, ¡se informaba a los lectores del primer y tercer premio!
Si hacía declaraciones, se modificaban sus palabras. Yo residía en España, pero
los falangistas perseguían a los partidarios de mi padre, cuyos derechos dinásticos no eran reconocidos. Esto hacía que
mi presencia allí fuera problemática. (…)
Iba a jugar a la casa del Rey de Italia, Humberto II, que vivía en una preciosa mansión rosada que daba al Atlántico,
Villa Italia, con su hijo y sus hijas, o
a casa del Conde de París, que vivía
con sus once hijos en las colinas de
Quinta do Anjinho, donde pasábamos las tardes zambulléndonos en la piscina y trepando a los árboles. Era un ambiente alegre y familiar. Íbamos a la casa de los demás, incluso para las fiestas de fin de año:
la noche del 24 de diciembre se celebraba en nuestra casa,
la comida del 25 en casa del Conde de París y los Reyes Magos en casa del Rey de Italia. Estábamos muy unidos.
[…]
A principios del siglo XX, el Rey de Portugal había puesto de
moda esta Riviera portuguesa de clima templado, en la que había instalado su cuartel de verano sin dejar de estar cerca de sus obligaciones en la capital, a solo veinte kilómetros.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el bar del Hotel Palacio, junto al Casino de Estoril,
era conocido por ser un nido de espías, pero luego se convirtió en un sitio chic donde la alta sociedad portuguesa, como los Espíritu Santo o los D’Orey,
podía cruzarse con el Rey Carlos de Rumanía, los Braganza o los Habsburgo, o con el embajador español, Nicolás Franco, hermano del Generalísimo.
Mi padre rechazó el coche que el embajador le ofreció a su llegada: no quería deberle nada al régimen. Si bien políticamente prefería mantenerse a distancia de Nicolás,
humanamente se llevaban bien y yo jugaba a menudo con su hijo, que tenía más o menos mi edad.
Aprendí muy temprano
a distinguir las opiniones políticas y los cargos oficiales
de los vínculos amistosos, y que
los unos no excluyen a los otros.
Vi a mi padre hablar con gente de todos los bandos, y para mí sería
un ejemplo a seguir.