Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 12 Dic 2025 13:30 
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Lo de la vasectomía no, hombre, lo de tener más churumbeles por el mundo. :XD:

Yo no lo veo. Me parecería el colmo de la idiotez. Sobre todo porque ha tenido relaciones muy largas y por mucho empeño que se ponga en evitarlo, no deja de ser cosa de dos.

¿A la Urbano por qué no le pone una demanda por estas cosas? No lo entiendo.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 12 Dic 2025 13:50 
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Registrado: 01 Oct 2023 19:43
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En las memorias si dice que le han atribuido hijos pero que es mentira, me suena de oírlo. Pero es que ya visto lo visto no me sorprende nada, a día de hoy no creo que sea cierto, pero quién sabe si dentro de 3 años salta la noticia.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Dic 2025 19:05 
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Fragmentos de la Segunda Parte. Capítulos 2 y 3

***


Mis padres me acompañaron a la estación de Lisboa. Ya era de noche aquel 8 de noviembre de 1948, y yo me esforzaba por no mostrar mi miedo y mi pena. Cuando llegamos al andén, mi padre le dijo a mi madre: «María, despídete de Juanito porque no sabemos cuándo podremos verle de nuevo». Al escuchar estas palabras, sentí un nudo en el estómago. (…) Franco había enviado su vagón personal, que estaba acoplado al Lusitania Expreso, un tren-coche cama que hacía el trayecto de Lisboa a Madrid. En ese mismo vagón azul viajó Franco hasta la frontera franco-española para reunirse con Hitler el 23 de octubre de 1940, un encuentro que condujo a la no intervención de España en la Segunda Guerra Mundial.

Recuerdo haber dicho adiós a mis padres a través de la ventanilla durante largo rato, conteniendo las lágrimas. (…) Estaba tan nervioso que no podía dormir. Miraba el paisaje a través de la cortinilla, preguntándome si reconocería mi país. (…) A primera hora de la mañana, el tren se detuvo en Villaverde, a las afueras de Madrid. Franco no quería hacer concebir esperanzas a los monárquicos susceptibles de organizar un acto para celebrar mi llegada. Aun así, un centenar de personas esperaba en el andén. Recuerdo los rostros sombríos y austeros de los hombres que formaban el comité de recepción. (…) Me sentí intimidado y, sobre todo, muerto de frío. Llevaba pantalones cortos y un abrigo que me quedaba un poco grande. (…) Estaba impaciente por descubrir mi colegio y a mis nuevos compañeros, ocho niños de mi edad, todos seleccionados por mi padre. Por fin llegué a Las Jarillas, en la periferia verde y montañosa de Madrid. Enseguida me gustó ese edificio sencillo en un entorno muy bucólico, propiedad de un amigo de mi padre, Alfonso de Urquijo. (…) Bajo un sol frío, conocí a mis compañeros, entre los que se encontraba mi primo Carlos de Borbón-Dos Sicilias, hijo de un hermano de mi madre. Con él compartiría habitación y travesuras. Yo no era precisamente un niño modelo.

[…]

Ese era el niño que yo era, inquieto y emprendedor, pero también aplicado en los estudios. Lo que no siempre fue fácil. Se dieron cuenta tarde de que era disléxico. (…) La dislexia entonces ni se reconocía ni se tenía en cuenta como ahora. Tuve que esforzarme más para superar este trastorno del aprendizaje. ¿Me hizo eso más terco? ¿Despertó en mí un sentido intuitivo excepcional?

Sin duda, me ayudó don José Garrido, el director de este internado creado de la nada en torno a mí, y para mí. Lo eligió mi padre por recomendación de uno de sus amigos y consejeros, el Duque de Sotomayor, el mismo que me acompañó en el tren hasta el internado. Mi plan de estudios se elaboró con la ayuda del Conde de Fontanar, el padre de Jaime Carvajal, el que se convertiría en amigo y compañero de habitación. Franco había autorizado mi venida, pero de los preparativos se encargó mi padre. Don José era un hombre excepcionalmente bondadoso y progresista que había dirigido en Madrid el colegio Virgen de la Paloma, en origen un centro de formación para huérfanos y niños en situación precaria. Este amable andaluz de Granada propugnaba una pedagogía avanzada, inspirada en la enseñanza del padre Andrés Manjón, basada en el juego y la enseñanza al aire libre. Para enseñarnos ciencias naturales, en lugar de dar lecciones repetitivas, abstractas y teóricas, nos llevaba al campo. Nos hacía leer a los clásicos y, en lugar de obligarnos a aprender los textos de memoria, nos pedía nuestra opinión sobre ellos. Era una educación liberal, moderna, muy diferente de la que se impartía entonces en las escuelas franquistas, donde se profesaba «la formación del espíritu nacional». (…) También teníamos un profesor de gimnasia, Heliodoro Ruiz Arias, que se empeñaba en convertirnos en atletas consumados, y al temible padre Zulueta, que enseñaba Religión y que era muy integrista, pero que, para nuestro alivio, se marchó tras una discusión con el director. El profesor de Historia, Ángel López Amo, el de Literatura, Juan Rodríguez Aranda, y la profesora de Francés, Aurora Delgado, eran muy buenos. (…) Nuestros estudios se convalidaban cada año con un examen final, escrito y oral, realizado en público ante un tribunal de profesores en el prestigioso Instituto Nacional San Isidro de Madrid. Era una obligación reservada para mí y mis ocho compañeros, y que nos permitía obtener los títulos oficiales. Frente a un auditorio de periodistas, monárquicos y familiares de mis amigos, tenía el privilegio de ser el primero en examinarme.

[…]

Nos calentábamos los pies como podíamos con los braseros de debajo de las mesas. (…) Nuestras comidas eran sobrias y repetitivas, con muchas patatas. En aquella época, en España, faltaba de todo. La carne estaba racionada y escaseaban algunos de los alimentos más básicos. Aún recuerdo ver a gente caminando por la calle con alpargatas en pleno invierno. Reconozcámoslo, nuestro país era entonces pobre y atrasado. Sobrevivía en una autarquía total, tras tres años de Guerra Civil, seguidos de seis años de guerra mundial. (…) La España que conocí era un país apagado, subdesarrollado, gobernado por la Iglesia y la Falange, impermeable al impulso positivo que abrazaba una Europa en plena reconstrucción y renacimiento tras la Segunda Guerra Mundial.

[…]

Recuerdo, como si fuera ayer, aquella terrible sensación de soledad cuando aparecían los padres de los demás y yo no tenía a nadie a quien recurrir. (…) A veces se organizaba un viaje los fines de semana, cuando todos mis amigos regresaban a casa. Fui con don José Garrido a explorar las cuevas prehistóricas de Altamira, en Cantabria. Descubrí muy impresionado esas pinturas prehistóricas y la tranquila localidad de Santillana del Mar, con sus estrechas callejuelas de piedra. En contadas ocasiones, mi primo me llevaba a pasar el fin de semana con sus padres a Madrid. (…) La única salida que me marcó de por vida fue mi encuentro con Franco en el Palacio del Pardo unas semanas después de mi llegada.

Por el camino, recordé el consejo de mi padre: «Cuando te reúnas con Franco, escúchale con atención, pero habla lo menos posible. Sé educado y responde brevemente a sus preguntas». (…) Pasé años amurallado en el silencio, para protegerme y defenderme, hasta mi proclamación como Rey en 1975. Sé que muchos españoles interpretaron este silencio como signo de estupidez. (…) Tenía diez años y era la primera vez que iba al despacho de alguien tan importante. Él fue muy afectuoso conmigo. La gente tiene de Franco una imagen de hombre severo y frío, pero en privado, o al menos conmigo, siempre se mostraba amable, sonriente y conversador. Me preguntó por mi padre, refiriéndose a él como «alteza», no «majestad», como yo estaba acostumbrado a oír en Estoril. Le respondí: «El Rey está muy bien, gracias». (…) Vestido con su uniforme, se mantenía erguido y me miraba con fijeza. Mientras me hablaba, yo escrutaba cuidadosamente los libros, los muebles de madera oscura y las alfombras. Y vi un ratón correteando entre las patas del escritorio. Empecé a seguir al ratón con la mirada y Franco se dio cuenta. «¿Qué mira usted?», me preguntó. «¡General, hay un ratón cerca de usted!», le contesté riendo. Se quedó muy sorprendido.

[…]

Después de casi un año en Las Jarillas, donde yo ya empezaba a situarme, mi padre me trajo de vuelta a Estoril antes del final del curso escolar, sin previo aviso. A menudo he dicho que, durante mis años de formación en España, fui como una pelota de ping-pong entre Franco y mi padre, un peón al que movían en un tablero de ajedrez. Si las relaciones entre Franco y mi padre eran buenas, me quedaba en España; si eran malas, regresaba a Estoril.

[…]

En mayo de 1949 me alegré de poder reunirme con mi familia en Estoril, aunque no sabía por cuánto tiempo sería. (…) Más tarde comprendí que mi padre esperaba que Franco suavizara la presión sobre los monárquicos en España. Los periódicos tenían prohibido informar sobre sus actividades políticas, incluso sobre las náuticas. Si mi padre quedaba segundo en una regata de vela, ¡se informaba a los lectores del primer y tercer premio! Si hacía declaraciones, se modificaban sus palabras. Yo residía en España, pero los falangistas perseguían a los partidarios de mi padre, cuyos derechos dinásticos no eran reconocidos. Esto hacía que mi presencia allí fuera problemática. (…) Iba a jugar a la casa del Rey de Italia, Humberto II, que vivía en una preciosa mansión rosada que daba al Atlántico, Villa Italia, con su hijo y sus hijas, o a casa del Conde de París, que vivía con sus once hijos en las colinas de Quinta do Anjinho, donde pasábamos las tardes zambulléndonos en la piscina y trepando a los árboles. Era un ambiente alegre y familiar. Íbamos a la casa de los demás, incluso para las fiestas de fin de año: la noche del 24 de diciembre se celebraba en nuestra casa, la comida del 25 en casa del Conde de París y los Reyes Magos en casa del Rey de Italia. Estábamos muy unidos.

[…]

A principios del siglo XX, el Rey de Portugal había puesto de moda esta Riviera portuguesa de clima templado, en la que había instalado su cuartel de verano sin dejar de estar cerca de sus obligaciones en la capital, a solo veinte kilómetros. Durante la Segunda Guerra Mundial, el bar del Hotel Palacio, junto al Casino de Estoril, era conocido por ser un nido de espías, pero luego se convirtió en un sitio chic donde la alta sociedad portuguesa, como los Espíritu Santo o los D’Orey, podía cruzarse con el Rey Carlos de Rumanía, los Braganza o los Habsburgo, o con el embajador español, Nicolás Franco, hermano del Generalísimo. Mi padre rechazó el coche que el embajador le ofreció a su llegada: no quería deberle nada al régimen. Si bien políticamente prefería mantenerse a distancia de Nicolás, humanamente se llevaban bien y yo jugaba a menudo con su hijo, que tenía más o menos mi edad. Aprendí muy temprano a distinguir las opiniones políticas y los cargos oficiales de los vínculos amistosos, y que los unos no excluyen a los otros. Vi a mi padre hablar con gente de todos los bandos, y para mí sería un ejemplo a seguir.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Dic 2025 19:33 
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Tras dos mudanzas sucesivas, mi familia acababa de instalarse en una antigua casa-club de golf situada en la colina que domina el casino, en una zona residencial tranquila y frondosa, poblada de villas blancas llenas de flores. Mi madre la llamó Villa Giralda, en honor a la torre de la catedral de Sevilla. (…) Mi padre no quería poseer nada fuera de su país, pero, como ya se ha dicho, ante la insistencia del propietario, finalmente la compró. (…) En el estudio de mi padre, que presidía una bandera española, yo veía desfilar a sus asesores y amigos españoles. Él seguía con mucha atención la política española. (…) En casa, la primera planta era la de los adultos, con el despacho de mi padre contiguo al salón, el comedor con vistas al Atlántico y el dormitorio de mis padres. En la segunda planta, nuestros dormitorios estaban en fila: había que pasar por uno para llegar al otro, con los chicos a un lado y las chicas, con su severa ama de llaves, al otro, unidos por una sala común de juegos.

La niñera suizo-alemana, Frau Dorfi, hacía reinar el terror allí arriba. La vi arrastrar por el pelo a mi hermana Pilar pataleando en el suelo. Aquella escena atroz me dejó una huella imborrable. Supe entonces que no educaría a mis hijos de la misma manera. En aquella época, los métodos de enseñanza eran muy diferentes a los de ahora. Los profesores nos golpeaban los nudillos con una regla y nos ponían en un rincón durante horas y horas, y en casa nos daban unas cuantas bofetadas. Yo era zurdo, pero me obligaron a convertirme en diestro, lo que no fue fácil y me causó muchas dificultades de aprendizaje. Lo único a lo que todos estábamos muy atentos, sin que ninguna niñera tuviera que recordárnoslo, era a no cambiar nunca los objetos de sitio y a dejar las puertas siempre abiertas, para que mi hermana Margot pudiera orientarse. Mi padre me pedía: «Actúa con ella como si pudiera ver». Llevaba la misma vida que nosotros, trepaba a los árboles e iba al cine con nosotros a ver películas del oeste o de Fu Manchú. Le gustaba la música clásica más que a nosotros, y la escuchaba con Frau Dorfi. Contaba con una profesora de piano, Madame Petchenik, una excelente pianista polaca. Mi hermana tenía oído musical y se le daban muy bien los idiomas, además del piano. Los cuatro estábamos muy unidos. Teníamos nuestro propio mundo, paralelo al de los adultos. Comimos en la cocina hasta los doce años. Siempre había piña de postre, tan a menudo que hoy no puedo ni probarla. (…) El Generalísimo era una figura clave en las discusiones de los adultos. Yo solo sabía que Franco tenía un espía apostado a la entrada de nuestra casa. ¡Era tan poco discreto que le invitábamos a tomar café con nosotros en la cocina!

[…]

Yo jugaba al golf, aunque no tan bien como mi hermano pequeño, y mi madre y yo compartíamos la pasión por la equitación. Ella era una excelente amazona y montaba su hermoso caballo color bayo llamado "Vive le Roi". Cuando me caí por primera vez, hizo que volviera a montar de inmediato. A partir de los seis o siete años, pude cabalgar junto a ella. (…) Era una pasión obsesiva. Quería participar en competiciones, pero Franco me lo impidió.

[…]

En el verano de 1950 hicimos nuestra primera salida al mar con toda la familia. Para gran alegría de mi padre, el Saltillo se convirtió en su segundo hogar, a la vez un lugar de libertad y plenitud. Él fue ante todo un marino durante toda su vida. Llevaba el timón y nosotros éramos sus grumetes, mientras mi madre se afanaba en la cocina a preparar deliciosas comidas con ingredientes sencillos. (…) Navegamos durante casi dos meses. Más adelante también descubriríamos las costas de Argelia e Italia. Nos acercamos a España, situada en nuestra ruta, anclamos el barco en mar abierto cerca de Huelva, frente a Marruecos, y los españoles venían a traernos regalos o a saludarnos, de forma cálida y espontánea. Pronto llegó un oficial a decirnos que nos largáramos. El régimen no toleraba la presencia de mi padre, ni de lejos siquiera. A pesar de esta contrariedad, aquellos momentos con mi familia fueron maravillosos.

[…]

Después de aquel verano de aventuras en los mares, volví, tan repentinamente como me había ido, a España, esta vez al Palacio Real de Miramar, en San Sebastián, y con mi hermano pequeño, Alfonso, cariñosamente conocido como «el pipiolo». (...) Con dolor, volví a dejar a mi padre, tan encantador y bondadoso, siempre tranquilo, incluso en plena tormenta, un poco fatalista, pero nunca amargado, y siempre con un cigarrillo en la mano. Fumaba tabaco de picadura que le enviaban de España y guardaba los cigarrillos en un estuche de cuero. La ceniza le agujereaba los pantalones, lo que enfurecía a mi madre. Yo también fumaba mucho cuando era joven, probablemente por imitación, porque era muy común en aquella época. El día del atentado contra el presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco, en 1973, sobre el que volveré más adelante, me fumé tres paquetes en apenas doce horas. Pero me di cuenta de que ponía mi salud en peligro, así que decidí dejarlo de golpe. Luego me permitía fumar puros cubanos, Lanceros, más para compensar que por placer, porque en el fondo no me gustaban. Dejé de fumar del todo cuando me operaron del pulmón en abril de 2010.

En San Sebastián me reencontré con los amigos que había dejado en Las Jarillas el año anterior. Se formó otro grupo de la misma edad que Alfonso, que tenía nueve años. Pasamos a ser dieciséis internos divididos en dos clases, jóvenes y mayores. Vivíamos en una de las alas del palacio con vistas a una de las playas más hermosas del país, con el mismo equipo de profesores de Las Jarillas, entre ellos el famoso don José Garrido, con su calidad humana y bondad excepcionales, y muy paternal conmigo. Este palacio de verano, de estilo anglonormando, fue construido en un lugar magnífico, azotado por el viento. Me maravilló la vista panorámica sobre la playa de La Concha. A mi abuela, la Reina Victoria Eugenia, le gustaba veranear allí. Nos alojábamos en unas habitaciones especialmente acondicionadas que daban al jardín interior; las demás estaban cerradas porque mi padre no podía permitirse mantenerlo. Cuando hacía buen tiempo, la ciudad cobraba vida, pero en invierno era un lugar triste y húmedo. Entre los doce y los dieciséis años pasé por un periodo de estabilidad excepcional, lo que explica mi apego a esta hermosa ciudad costera de San Sebastián. Compartía habitación con mi hermano y por las noches hacíamos batallas de almohadas, como en casa. (…) Casi todos los domingos por la mañana asistíamos a un concierto de música clásica. (…) También jugábamos al fútbol y al hockey sobre patines con niños de otros colegios de San Sebastián. Y cuando íbamos al cine era una fiesta. Por lo demás, teníamos que visitar nuevas fábricas para comprender mejor los principios económicos.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Dic 2025 20:12 
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Franco le insistió a mi padre para que me formara en las tres academias militares españolas de tierra, mar y aire. (…) Al acabar mi internado, él había reflexionado y planificado detenidamente mi formación. Lo descubrí hace poco al toparme con unas cartas que le había escrito a mi padre, una correspondencia que no sabía que existía.

[…]

Me sorprendió que Franco hubiera reflexionado con tanta precaución y detenimiento sobre mi instrucción. (…) Más tarde supe que, en un segundo encuentro entre mi padre y Franco en 1954, mi padre le sugirió la posibilidad de enviarme a estudiar a la prestigiosa Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, o incluso a Bolonia, Italia, para que me codeara con la juventud europea y abrirme la mente lejos de la mentalidad franquista. Mi padre pensaba darme primero una sólida formación académica antes de entrar en el Ejército. Franco le convenció de que, al acabar una carrera universitaria, yo ya tendría veintidós o veintitrés años y que me costaría adaptarme a la vida de cadete, rodeado de camaradas de dieciocho años. Seguí este mismo razonamiento con mi hijo Felipe, que también se sometería a una formación militar completa antes de ir a la universidad, y Felipe ha hecho lo mismo con su hija Leonor. Franco insistió en que me formara únicamente en España, para no ser tachado de príncipe extranjero y no exponerme a influencias ideológicas foráneas. En aquella época, el país vivía encerrado en sí mismo.

En el invierno de 1954, me instalé en casa del Duque de Montellano, cuyo palacio de estilo francés, con su majestuosa escalera y sus obras maestras en las paredes, estaba situado en el Paseo de la Castellana de Madrid. Era uno de los maravillosos palacios antiguos de la capital, tristemente destruido y sustituido hoy en día por un edificio que alberga una compañía de seguros. (…) Mi tutor, nombrado por mi padre y aprobado por Franco, el General Carlos Martínez de Campos y Serrano, Duque de la Torre, era el responsable de mi formación militar y académica, y se tomó muy en serio la tarea de prepararme para las pruebas de acceso a la Academia Militar en solo un año, cuando por lo general se requería de dos años e incluso de más. (…) Nicolás Cotoner y Cotoner, Marqués de Mondéjar, fue un formidable instructor y un excelente jinete, y más tarde se convirtió en mi indispensable jefe de la Casa Real hasta 1990. ¡No le acepté la jubilación hasta los ochenta y cinco años! Era el único en quien confiaba ciegamente. Pequeño de estatura, siempre muy elegante, con un bigote fino y bien perfilado, lucía una cálida sonrisa. (…) El Marqués de Mondéjar se desvivió por mí sin que yo se lo pidiera. Me regaló ropa nueva y me cuidó como un padre, con gran bondad. Su generosidad y fiel afecto fueron esenciales en mi vida, y les estaré eternamente agradecido a él y a su familia. Su hija Marta sigue muy unida a Sofi.

[…]

De enero a julio de 1955 asistí al CHA, el Colegio de Huérfanos de la Armada (que ya no estaba reservado a los huérfanos), vestido de marinero, con la boina en la cabeza. Tras aprobar el examen de ingreso en agosto, me incorporé primero a la Academia General Militar de Zaragoza, donde permanecería hasta agosto de 1957. De allí pasé a la prestigiosa Escuela Naval Militar de Marín, en Galicia, de septiembre a diciembre de 1957, antes de embarcar en el buque escuela Juan Sebastián de Elcano, un hermoso velero de cuatro mástiles, para cruzar el Atlántico. Zarpamos el 10 de enero de 1958 —¡aún recuerdo la fecha!— desde el puerto de Cádiz. (…) Cuatro meses de descubrimientos y grandes aventuras en lugares lejanos antes de regresar a España para enrolarme en el minador Marte. Emprendimos entonces una gira por los puertos españoles. (…) Luego ingresé en la Academia del Aire de San Javier, en Murcia, con la que desfilé ante Franco en Madrid el 3 de mayo de 1959. Me sentía angustiado ante la idea de cometer un error.

[…]

Mostrar ejemplo era mi deber, más que el de nadie. Por la noche, debía hacer guardia en medio de un frío glacial. También me reprendían severamente por la más mínima falta de conducta. Los domingos por la mañana nos alineábamos en formación en el patio de armas antes de asistir a misa; el arraigo de la religión católica, y la piedad en nuestra vida cotidiana, eran ineludibles. Íbamos a misa vestidos con un abrigo muy largo que nos llegaba casi hasta los tobillos.

[…]

Me encantaba volar y sentía una auténtica sensación de libertad en el aire. Empecé pilotando aviones con alas de lona. Hasta mi abdicación en 2014, yo mismo pilotaba el helicóptero en mis viajes oficiales; luego dejé de hacerlo porque ya no tenía ninguno a mi disposición. Un día de mal tiempo Adolfo Suárez, recién nombrado Presidente del Gobierno, me vio a los mandos. No parecía muy tranquilo. Me dijo: «Majestad, ¡no quiero que mañana salgamos en los titulares por alguna triste razón!». Llegamos bien a nuestro destino, ¡pero reconozco que la niebla era terrible! Durante un viaje oficial a Tailandia, cuando el avión se acercaba al Everest, tomé los mandos para rodearlo. El piloto era un compañero de la escuela del Ejército del Aire, Adolfo Montoya, con quien había compartido animadas veladas durante nuestros permisos de salida de fin de semana del cuartel.

Un piloto de Iberia que volaba a Guinea Ecuatorial me regaló una cría de chimpancé que me seguía por la Academia del Aire y que me valió ser castigado. Se llamaba Chico. Las hijas del coronel le hicieron un uniforme de cadete. Un sábado por la mañana en que estábamos todos en formación para pasar revista, Chico consiguió liberarse de la cadena que lo ataba a un árbol. (…) Cuando llegó mi turno, frente al capitán, Chico se me subió al hombro. Fui arrestado: no pude salir del cuartel durante dos fines de semana seguidos. (…) Al final de mi formación militar, cuando fui a reunirme con mi familia en Estoril para pasar las vacaciones, mi padre me dijo: «O el mono o tú, pero los dos no». Se lo entregué al médico de la Academia del Aire. Me dio mucha pena dejarlo atrás, le tenía mucho cariño. Me había alegrado los días en el barracón: jugaba con él, lo sacaba a pasear. Siempre me ha gustado estar rodeado de animales; los veo como compañeros de juegos y de bromas, llenos de vitalidad y de sorpresas. Tenía siete perros en el Palacio de la Zarzuela. Incluso he tenido dos guepardos. El primero me lo regaló el Emperador de Etiopía, Haile Selassie. Murió de una indigestión de pájaros. Y el segundo fue un regalo de la hermana del Sha de Irán. Un día que lo paseaba con correa por los jardines de la Zarzuela, pasó mi hijo Felipe al volante de su kart y el guepardo saltó hacia él sin que yo pudiera contenerlo. Se quedó todo en un susto, pero aun así decidí enviarlo al zoo de Madrid. Hoy tengo un loro conmigo en Abu Dabi. Es blanco y luce una cresta con los colores de la bandera española.

***


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Dic 2025 20:24 
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Esta parte de las memorias me parece más interesante, todos esos pequeños detalles que nos muestran a sus padres, su abuela o sus hermanas. La sensación que tengo, y no sólo por cómo le describe su hijo, es que Don Juan era una persona bastante abierta. Sobre su hermana, recuerdo haber leído un artículo en el que se mencionaba que la infanta Margarita incluso se subía a los tejados con sus hermanos y primos cuando visitaban a su familia en Francia (no recuerdo el castillo al que hacían mención entonces).

Desconocía que hubiese visitado las cuevas de Altamira y Santillana del Mar. Sobre su llegada a Madrid, yo me había quedado con la parte de las Jarillas, no recordaba que a la vuelta se mudaron a San Sebastián.

Lo del guepardo por la Zarzuela me ha sorprendido bastante, podría haber terminado en una tragedia :shock:


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Dic 2025 20:34 
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Un poco más y nos quedamos sin heredero.

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Lo que no recuerda el Rey Juan Carlos, o quizás no fuese consciente dada su corta edad, es que pocos días antes de arribar con el Lusitania Express, un monárquico que repartía octavillas anunciando su llegada a España, fue detenido y murió en la cárcel de la paliza que le dieron.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Dic 2025 20:50 
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Quizás no llegase a saberlo.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 15 Dic 2025 18:04 
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Clara escribió:
Me parece muy raro que no se hiciera la vasectomía. Ha contado cosas tan privadas en sus memorias, que ya puestos, no hubiera estado de más aclarar si podría tener más descendientes por el mundo para callar a gente resentida como la Urbano.

Yo también lo he pensado. Que se la hizo.

Sí tuvo deslices de jovencito, eso ya sería distinto.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 15 Dic 2025 18:06 
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Registrado: 26 Mar 2019 22:04
Mensajes: 6598
Arearea escribió:
En las memorias si dice que le han atribuido hijos pero que es mentira, me suena de oírlo. Pero es que ya visto lo visto no me sorprende nada, a día de hoy no creo que sea cierto, pero quién sabe si dentro de 3 años salta la noticia.

Creo que, extrañamente, Peñafiel nunca le ha atribuido ninguno.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 15 Dic 2025 23:23 
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Mensajes: 6598
Hay algo que no estoy segura de entender bien.
¿Por qué Alfonsito fue también enviado a España, a formarse en un internado?


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 16 Dic 2025 01:36 
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Ubicación: España
Bueno, en un internado no, en el Palacio de Miramar, propiedad de su padre. Los educaron, por así decirlo, “en casa” pero trasladando a todo el alumnado y al equipo docente de las Jarillas.

En 1954, cuando Juan Carlos se instala con los Montellano a vivir, sí que meten a Alfonsito interno en Los Rosales. El Conde de Barcelona no quería que dijeran que los herederos de la dinastía eran unos príncipes extranjeros a ojos de los españoles.


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