“Un día, la Reina me invitó a acompañarla la próxima vez que un diseñador, su equipo y el sombrerero vinieran a una prueba de vestuario. Me quedé un poco desconcertada, ya que normalmente no asistía a las pruebas; por lo general, solo acompañaba a las
modistas hasta la sala y las dejaba a su aire, pero esta vez me pidieron que me quedara. Además, estaba bastante nerviosa porque sabía que no se me daba muy bien ocultar mis sentimientos: si un conjunto no le sentaba bien a Su Majestad, mi expresión dejaría claro a todo el mundo lo que pensaba. Y lo que era peor, si la Reina me pedía consejo, me vería obligada a descartar un conjunto delante de su diseñador, o el sombrero delante de su sombrerera. Su Majestad nunca querría herir los sentimientos de nadie, aunque a mí no me importara, y yo tendría que ser sincera con mi opinión por su bien. Poco podía imaginar que ese momento sería otro peldaño más para mí, otra puerta que se abría.

Una vez en marcha la prueba, tal y como había previsto, la expresión de mi rostro empezó a delatarme y Su Majestad me pidió mi opinión. Esta pregunta no fue bien recibida por todos los presentes en la sala. Con la respiración contenida, todos se volvieron hacia mí en busca de mi respuesta y esperaron, y pude ver la sorpresa en sus rostros cuando les dije lo que pensaba: los sombreros eran demasiado masculinos y sus estampados, demasiado grandes. En cuanto a los trajes, la Reina necesitaba algo más chic, entallado y elegante. Se hizo un silencio de sorpresa en la sala después de que hablara. Sospeché que nunca volverían a invitarme, e imagino que el diseñador y el sombrerero esperaban lo mismo, pero Su Majestad siguió solicitando mi presencia en las pruebas, para terror de esos diseñadores. Me convertí en su peor pesadilla”.