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"La imagen que conservo de mi nieto Francisco muerto, después del accidente, aún me taladra por dentro. Yo a Fran le quería mucho. Era mi primer nieto, un niño buenísimo, inteligente y sensible. El accidente se produjo en Navarra cuando mi hijo, mis nietos y Manuela –su señorita de compañía– regresaban de Astún, donde habían participado durante el fin de semana en un campeonato de esquí y habían quedado en muy buen lugar. Regresaban a Madrid y en la carretera de Corella se produjo el accidente. Eran los primeros días del mes de enero de 1984. Alfonso quedó inconsciente y muy grave. Luis Alfonso, el pequeño, ¡daba una pena! Me parece durísimo perder a tu único hermano, del que te separa una corta diferencia de edad, y más de esa manera.
Fueron trasladados urgentemente al Hospital General de Navarra. Mi hijo Alfonso estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos durante casi dos semanas, la mayor parte del tiempo sin recobrar la conciencia. A Luis Alfonso y a Manuela, después de ingresarlos también en la UCI, los pasaron a sendas habitaciones en una de las plantas del hospital. Mi nieto Fran estuvo casi dos días en estado de coma profundo y aunque la esperanza es lo último que una pierde, sabíamos por el equipo médico que le atendía que era necesario un milagro para que se salvase. Éste no se produjo. El día 8 de febrero, Fran fue enterrado en el cementerio de El Pardo de Madrid.
Los médicos iban cada día preocupándose más, ya que el coma de Alfonso se alargaba y, según decían, era más profundo de lo que ellos habían calculado en un principio. Por si podía servirle de ayuda, me indicaron que procurara hablarle mucho. Entre nosotros, generalmente, nos comunicábamos en francés y en este idioma inicié mi penoso soliloquio. Le contaba anécdotas de su infancia que, en su día, habían sido importantes para él; me pasaba las horas sentada en una sillita a su lado, aferrada a un monólogo del que dependía su vida y mi desesperación. Es probable que influyera la extrema situación por la que atravesábamos, pero fue éste el momento en el que fui más consciente del amor que le profesaba.
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Durante esas largas semanas, para mí fue fundamental la presencia de Gonzalo a mi lado. A veces parecía mi sombra, porque no permitía que me quedara sola ni un minuto. Cuando yo entraba en la UCI a entablar mi solitaria conversación, me venía abajo. Entre aquellas cuatro paredes me veía obligada a echar un pulso a la muerte que, en aquellos días, cotejaba a Alfonso. Gonzalo, además de otras muchas cosas, fue siempre un ser muy cariñoso y muy tierno. Adoraba a su hermano y estaba hundido por el fallecimiento de Fran, pero aun así yo creo que sacaba fuerzas de flaqueza con la intención de ayudarme a mí a amortiguar el golpe. En todos los momentos duros que nos tocaron vivir, Gonzalo se aferraba a esa serenidad innata que poseía y que fomentaba para intentar proteger a los demás.
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Para colmo, la aparición en Pamplona de Mercedes Licer me contrarió sobremanera. Su sola presencia me irritaba. Cuando una se encuentra sometida a tanta tensión resulta incomodísimo estar cerca de alguien que no es de tu total confianza. Me iba poniendo furiosa el hecho de verla por los pasillos continuamente y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para que Gonzalo lo notara lo menos posible. Fue una mujer que no me gustó nunca y mi frialdad con ella lo atestiguaba.
A finales de febrero, trasladamos a Alfonso, a Luis Alfonso y a manuela, la señorita, en un avión del Ejército hasta la clínica de La Luz en Madrid, donde trabajaba el doctor Palacios de Carvajal, un buen amigo del marqués de Villaverde. También allí me instalé en una pequeña habitación del centro médico, junto a Alfonso, para no separarme de él. Mi hijo me preguntaba sin cesar: <<¿Dónde están los chicos?>> y yo le contestaba que estaban esquiando con su madre. ¿Qué otra cosa podía decirle? Pasado el tiempo, llegó un día en el que pensé que algo debía hacerle saber, pero cada vez que trataba de empezar a hablar, no me sentía con fuerzas y l aplazaba para el día siguiente.
Tras varias noches de insomnio y nerviosismo, me di cuenta de que nunca iba a ser capaz de decirle a Alfonso lo que había sucedido con Fran. Entonces llamé a Cristóbal Villaverde y le pedí el favor de que fuera él quien le comunicara la muerte de su hijo. Cristóbal apareció en la clínica un domingo a media tarde y se lo dijo delante de mí y de una enfermera. En ese momento sí que me vi sobrepasada por el dolor. Fui cobarde. Mientras mi consuegro hablaba con Alfonso, yo me metí en el cuartito que, como dije, tenía al lado del suyo. No podía ver llorar a mi hijo la muerte de su propio hijo.
Sigo sin poder olvidar la mirada y la expresión del rostro de Alfonso mientras escuchaba las palabras que le dirigía, con todo cariño, su suegro. Hasta entonces había vivido situaciones que me parecían brutales, pero en comparación con lo que viví aquella tarde todas me parecieron nimiedades. Fue lo más atroz que me ha ocurrido en mi vida. Sí, el peor momento. Algo a lo que no me había enfrentado nunca.
Tampoco podré olvidar jamás tantas tardes de domingo en las que, sin proponérmelo, me acuerdo de ambos. Cristóbal Martínez-Bordiú fue muy cariñoso con mi hijo y conmigo. A él iba a verlo a diario, tratando de distraerle, y conmigo también se volcó. Durante la larga convalecencia de mi hijo, un día me pidió el favor de que lo acompañara a una cena. Siempre comprendí que no se trataba de que yo le hiciera un favor, sino de entretenerme como fuera. Me lo había propuesto varias veces y yo no había aceptado. Me había quedado sin fuerza para nada. Pero aquella noche pensé que era imposible negarme de nuevo a menos que no me importara quedar como la mujer peor educada del mundo. Además, era un esfuerzo y un desgate tan grande el que Cristóbal hacía intentando suavizar mi dolor…
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Cuando Alfonso, ya en casa, se encontraba convaleciente, vivimos una situación muy difícil, ya que él se sentía responsable de la muerte de Fran y, además, su recuperación le resultaba desesperante de puro lenta. Estaba tan atrapado en la tristeza que mi papel en aquellos momentos se redujo a hacerle compañía y a aceptar cualquier proposición que pudiera sacarle de su ensimismamiento. Es así como acudí con él, al menos en dos ocasiones, a los toros. ¡Pobres animales…! Sinceramente, me parece un espectáculo lamentable.
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A día de hoy, los restos mortales de mi nieto Francisco yacen en el convento de las Descalzas Reales de Madrid, junto a los de mis dos hijos, Alfonso y Gonzalo".
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