Aunque dedico el mismo cuidado y atención a todos los conjuntos de Su Majestad, en esta gira había programado otro acto para el que me hacía especial ilusión diseñar algo. La Reina y el duque de Edimburgo tenían previsto visitar Starý Smokovec en funicular hasta la cima de Hrebienok, donde iban a descubrir una placa conmemorativa de un sendero turístico accesible para sillas de ruedas llamado «Tatras sin barreras». Era un compromiso encantador: gracias a ese sendero, las personas con movilidad reducida podrían visitar este hermoso paraje. Dado que iban a subir a gran altura en los Tatras eslovacos, sabía que el atuendo de Su Majestad tenía que ser abrigado, pero quería diseñar algo que se adaptara a las condiciones meteorológicas, en caso de que nevara. Me decidí por un abrigo de tweed de lana en tono blanco roto, ribeteado con piel en el cuello y los puños para un mayor aislamiento, y un vestido a juego del mismo tejido, para el que también le pedí a Stella McLaren que confeccionara un sombrero a juego. Como adorno, elegimos plumas y lentejuelas, que brillarían, con suerte, a través de la nieve que cayera.

Cuando llegamos a Eslovaquia, hacía un calor inusual para esa época del año, pero había metido en la maleta un par de botas negras cómodas a la par que elegantes para la Reina; serían perfectas para la nieve.
Aquella mañana, rezaba para que nevara y, mientras Su Majestad y Su Alteza Real subían la montaña en tren, efectivamente, empezó a nevar. Era una estampa de lo más mágica: un manto blanco y nítido que se iba extendiendo lentamente por todas partes. La Reina se calzó las elegantes botas negras que había metido en la maleta por si acaso, y la prensa enloqueció, ya que nunca antes se la había visto con algo parecido. De hecho, Su Majestad marcó tendencia en aquella ocasión, y cuando recuerdo ese momento, no puedo evitar pensar: «La Reina de las Nieves».
