“Pero llegado
el Viernes Santo, 29 de marzo, y cuando por la tarde, después de los oficios religiosos, don Juanito y don
Alfonsito estaban en Giralda jugando con una pequeña pistola que el primero había traído de Madrid y que ambos creían descargada,
un fatal accidente a manos del hermano mayor segó la vida del pequeño, con un infortunado disparo cuyos ecos aún pueden oírse en las memorias de quienes vivieron aquellos terribles días.
En un segundo toda la familia quedó sumida en el mayor estupor, y
el doctor Joaquín Abreu Loureiro (médico de los Barcelona y de los París), que
fue llamado a dar parte del fallecimiento y
en cuyos brazos, según algunos, expiró el Infante, (
otras versiones cuentan que ya había muerto
en brazos de su hermano Juan Carlos o en brazos de don Juan) afirmó no haber visto nunca tan mala fortuna, pues u
na bala del dos y medio había ido a entrar por la nariz (por la frente, según otros) de don Alfonsito para acabar alojándose en su cerebro. La escena fue de enorme desolación y, según ciertos testimonios, don Juan, en su desesperación, le espetó a don Juanito un durísimo:
«¡Júrame que no lo has hecho a propósito!». El multitudinario entierro del llorado infante tuvo lugar en el cementerio de Nuestra Señora de Guia dos días más tarde, el 31, en medio de enormes muestras de dolor y en presencia de muchas personalidades de numerosos países. Tres mil personas se congregaron a las puertas de Giralda, donde
don Juan no tuvo fuerzas para cerrar el féretro, delegando esa penosa labor en el Marqués de Castelldosrius. De España llegaron los Infantes Alfonso de Orleans y Fernando de Baviera, otros parientes y amigos de la familia real viajaron desde Italia y otros lugares, el Duque de Braganza se desplazó desde Coimbra, y no faltaron el Almirante Horthy, el Duque de Palmela, el Archiduque José, las Infantas Mafalda y Felipa de Portugal, el Nuncio Apostólico, el Rey Humberto, el Embajador de Estados Unidos, el Ministro de Asuntos Exteriores de Portugal y el jefe de la Casa Militar del jefe del Estado portugués. El embajador Nicolás Franco, en cama por un accidente de coche, delegó su representación en don Ignacio Muguiro, cuñado de Ramón Padilla y buen amigo de don Juan, que fue quien controló la información en los medios de prensa.
Las damas, que no asistieron al entierro,
quedaron en Villa Giralda para acompañar a la aturdida doña María, a quien el padre Valentini, que le dio su apoyo espiritual, aconsejó seguir un retiro de cinco días. Concluido el luctuoso acto,
don Juanito fue enviado inmediatamente de regreso a la Academia Militar de Zaragoza, para alejarlo lo antes posible del lugar de la tragedia. Hasta el doctor
Aldo Castellani, el médico de los Saboya, consignó aquella gran pérdida en su diario:
Un día sombrío para la Familia Real de España. El pequeño Alfonsito, el menor de los Barcelona, ha tenido un trágico final. A primera hora de la tarde del día 29 estuvo con su hermano de diecinueve años, el Príncipe Juan Carlos practicando tiro con una pistola del 22. Luego ambos acompañaron a sus padres a la iglesia, donde tomaron la Sagrada Comunión. Sobre las ocho y media de la noche, justo antes de la cena, los príncipes subieron al cuarto de juegos y Alfonsito comenzó a limpiar la pistola. Los chicos no eran conscientes de que una bala había quedado en la recámara. Se disparó de pronto y Alfonsito cayó, con un tiro entre los ojos. Murió en los brazos de su hermano unos minutos después. Al día siguiente el cuerpo del principito estuvo en capilla ardiente en la casa y cientos de personas de todas las clases acudieron a rendirle homenaje. El funeral fue el día 31. En el último adiós, cuando el cuerpo fue bajado a la tumba, don Juan, su padre, se rompió de dolor y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Todo el mundo quería a Alfonsito. Era un chico brillante, inteligente y rebosante de vida, guapo y sano, con sus ojos azules y su cabello rubio color de arena.
Desde entonces
en Giralda se instaló el silencio y durante largos meses toda la familia y un restringido grupo de íntimos rezarían diariamente, dirigidos por el padre Valentini, el rosario por el difunto infante en medio de oraciones vespertinas en latín. Cada uno intentaba manejarse como podía, con su tremendo dolor y, como no podía ser de otra forma, también con la lógica parte de culpa con la que dramas semejantes salpican siempre de forma muy honda a los sistemas familiares. Los Barcelona, sumidos en el luto, no asistieron a la celebración de las bodas de plata de los Condes de París que, prevista para el 8 de abril, quedó teñida de enorme tristeza.
El drama de la muerte de Alfonsito, de muy hondas repercusiones para la Familia Real española, no dejó impasible a nadie y
hundió en una profunda tristeza a todo su entorno. Los taxistas le echaban de menos, ya no alegraba los silenciosos encuentros familiares, su primo y casi hermano
Adam Czartoryski nunca regresaría a Estoril desde entonces, y
la nannie de siempre, Anny Wicky, abandonó la escena volviendo a su país de origen pues «casi se volvió loca». Según
Antonio Eraso, que también
marchó de Estoril para continuar sus estudios en Santander en compañía de uno de sus hermanos,
«la muerte de Alfonsito supuso una desbandada». Él, que vivió aquellos hechos tan luctuosos de forma directa y en primera persona, recuerda una y otra vez emocionado cómo nada volvería a ser igual a partir de entonces, pues con la muerte de Alfonsito se quebraron sueños, esperanzas y, por supuesto, aquellos años dorados.
Doña María, que todavía cuarenta y un años después
confesaría a su biógrafo Javier González de Vega
«¡A mí se me paró la vida!», fue quizá quien contó con menos recursos para poder comenzar a afrontar y elaborar lo sucedido, y
pronto entraría en una honda depresión buscando, poco a poco, el apoyo en el alcohol como única forma posible de poder sobrevivir a un dolor semejante. Ella misma decidió regalar a Antonio Eraso unos gemelos del infante, pero no tuvo fuerzas para entregárselos en persona ni tampoco para poder verle durante algún tiempo.
Don Juan, que lanzó la fatídica pistola al mar, salió a jugar al golf cinco días después y este gran amigo de su hijo, que lo vio en la lejanía, tampoco sintió, por respeto, tener fuerzas para acercarse a él, que
buscó consuelo en el mar y en su pasión marinera de toda la vida. Como reitera Eraso:
«El golpe fue brutal. La vida feliz y familiar quedó marcada por la tragedia».

Y es que
de Alfonsito todos recuerdan su enorme madurez, el sentido del deber para con su hermano, en quien reconocía la pesada carga que había caído sobre sus hombros y
a quien se esforzaba en ayudar de forma continua, y también
las reflexiones adultas (algunos le llamaban «Senequita») que era capaz de hacer a su padre, con quien compartía sus grandes pasiones: el mar y el golf.
Muy Orleans de aspecto y de figura, pues ya
la Infanta Eulalia había dicho de él que era el vivo retrato de su abuela doña Luisa cuando esta era una niña, la joven y despierta personalidad del infante inspiraba ternura y aprecio en todos cuantos estaban cerca de él, y aún llegan los ecos de su tierno hablar arrastrando fuertemente las «erres» españolas con su punto de infantil resabio francés”.