Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 22 Dic 2025 11:14 
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¿El anillo o el conjunto completo?

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"Ma fin est mon commencement,
et mon commencement ma fin".


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 23 Dic 2025 18:52 
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Fragmentos de la Tercera Parte. Capítulo 1


***


Sofi y yo nos instalamos en la Zarzuela. (…) Trajo algunos muebles suyos de Grecia. Vivíamos bajo vigilancia, incluso sorprendimos al mayordomo escuchando detrás de las puertas. Nosotros no disimulábamos nada, tratábamos de actuar con normalidad. Yo sabía que un informe detallado de todos mis actos y gestos llegaba diariamente al despacho del general. No disponíamos de dinero alguno. (…) Como miembro de las Fuerzas Armadas, yo percibía la retribución de capitán. Íbamos de vacaciones a casa de nuestras familias respectivas, a Grecia, a Estoril o Lausana, o aceptábamos invitaciones de amigos que nos invitaban a viajes o a sus residencias. Nuestros medios eran limitados, lo que restringía nuestra libertad. El propio Franco vivía de manera muy austera y disciplinada. Nunca observé que buscara ninguna ventaja pecuniaria. Ciertas personas de su entorno inmediato abusaban de su poder, o de esa proximidad con el general, para dedicarse a prácticas reprochables. Por supuesto, nadie se atrevía a denunciarlos.

Por suerte, el nacimiento de mis tres hijos —Elena en 1963, Cristina en 1965, y al final Felipe, el heredero, en 1968— alegró este período de mi vida, que califico de travesía del desierto. (…) La felicidad de formar una familia compensó la incomodidad y la incertidumbre que caracterizaron mis años de joven recién casado. Me encantó ser padre, sentí una gran ternura por mis hijos. Cada nacimiento lo viví como un milagro, como algo maravilloso. Luego las obligaciones oficiales me llevaron a alejarme de ellos, pero conservo los recuerdos conmovedores de esa época, de aquella tierna infancia que pasaron en el encierro de la Zarzuela, y de sus jardines, protegidos de la curiosidad de los medios de comunicación y de mi vida pública. Disfrutaba de escuchar sus balbuceos, de abrazarles, de jugar con ellos; era como recuperar una parte de mi infancia. (…) Inconscientemente, no quería que mis hijos vivieran el sentimiento de abandono y de soledad que ensombreció mi infancia. Siempre intentamos, con Sofi, ser padres protectores y cuidadosos. Los tres estaban muy unidos. Felipe destacaba por ser el más travieso y sus hermanas siempre se mostraban solidarias con él. Se protegían los unos a los otros. Tratamos de que crecieran dentro de una normalidad con la ayuda de una nodriza inglesa. Sofi los acompañaba en las mañanas a sus respectivos colegios privados, y sus amigos venían a casa a jugar con ellos. No quería que la Zarzuela se convirtiera en su prisión dorada.

Yo veía a Franco con regularidad, casi cada semana, en el Palacio del Pardo, a unos cuantos kilómetros de mi residencia. Eran encuentros sin restricciones, aunque en un contexto siempre formal. Lo visitaba en su despacho y hablábamos al menos durante una hora. La conversación era muy libre. Yo disfrutaba de esas reuniones. Él se mostraba siempre amable, tranquilo, muy atento, pese a su sobrecargada agenda. Creo que dedicaba ese tiempo a estudiarme. Observaba mis reacciones y mis actitudes. Yo me comportaba de manera natural y me expresaba con franqueza, aunque me mantenía en alerta. Él permanecía impenetrable.

[…]

Franco no hacía avanzar sus peones y era el amo absoluto del tiempo. Yo era capitán, pero carecía de regimiento. Como ya he dicho, Franco no me permitía participar en competiciones hípicas. Era el hijo del pretendiente al trono en el exilio, lo que me negaba el derecho a cualquier estatus particular. (…) Yo estaba dispuesto a ponerme a la cabeza de un regimiento en cualquier parte del país. «Vuestra alteza, vaya a conocer a España y a los españoles», me respondió sin pestañear. Nunca me daba más detalles. Había que aprender a interpretar sus palabras. Fue entonces cuando comencé a viajar por todas las provincias. Creo que no me quedó una sola ciudad por visitar.

Fue un período muy interesante para España, ya que comenzaba su despegue económico. Un equipo de jóvenes tecnócratas había puesto en marcha un plan de estabilización económica, seguido de planes de desarrollo. Quiero destacar el papel fundamental desempeñado por el ministro de Comercio, Alberto Ullastres, quien puso en marcha este plan nacional de estabilización. (…) Es lo que se llamará el «milagro español», que yo fui constatando sobre el terreno y acompañé de cerca. Inauguraba fábricas e infraestructuras, visitaba los nuevos ordenamientos urbanos, y me reunía con empresarios y con jóvenes políticos. Todos ellos pertenecían a una nueva clase media en pleno resurgimiento; la misma que me acompañaría quince años más tarde en mi propósito de democratizar el país. Yo comenzaba a identificar sus aspiraciones y a comprender los impedimentos a los que debían hacer frente. Pese a que por entonces evolucionaba económicamente y captaba inversiones, España seguía siendo una anomalía, política y cultural, en el seno de Europa. Su imagen en el extranjero continuaba siendo mala, la de un destino barato de vacaciones de masas y un régimen encerrada en sí misma.

Por regla general, la población me recibía bien en las visitas o desplazamientos. Sin entusiasmo, pero con respeto. También hubo momentos desagradables, que siempre me tomé con humor. Como por ejemplo en Valencia, un día que Sofi y yo caminábamos por una calle junto al general en jefe de la región militar. Había prevenido a mi esposa de que, a la menor señal por mi parte, ella debía dar un paso atrás. (…) Aquella vez sentí que algo se estaba tramando, sin saber lo que era. ¿Quizá por el silencio que reinaba en la calle o por la mirada de sus habitantes? Advertí a Sofi, que retrocedió al mismo tiempo que yo, mientras que el general siguió avanzando. Él recibió los tomatazos dirigidos a mí. Se puso furioso. Le recordé la famosa frase de mi abuelo Alfonso XIII, que tuvo que enfrentarse a varios atentados, el más sangriento de ellos el día de su boda: «¡Son gajes del oficio!». Lo sentí mucho por él, pues no estaba acostumbrado a verse ante gestos de protesta. ¡En esa materia, yo estaba mejor entrenado que él!

La propaganda falangista antimonárquica había causado estragos. Muchos, aun sin conocerme, no me querían. Los carlistas también comenzaban a hacer ruido. El carlismo es un movimiento que se remonta al siglo XIX, cuando el hermano menor de Fernando VII, Carlos María Isidro, se negó a reconocer la legitimidad de su sobrina, Isabel II, lo que engendró tres guerras civiles. El movimiento, contrario al liberalismo, el parlamentarismo y el secularismo, se implantó sobre todo en las zonas rurales y tradicionalistas, como Navarra. Con la urbanización progresiva, se volvió más marginal, pero hay que reconocer su longevidad. Sus partidarios se mostraban muy activos. Por ejemplo, robaban el libro de oro de visitas en el que la gente me dejaba mensajes de simpatía a mi llegada a un lugar público. O algunos manifestantes se arremolinaban a mi paso. Eran visibles, pero no me molestaban. (…) Albergaba la esperanza de que aquellos que me denigraban cambiarían de opinión. (…) Algunos, en el entorno del general, preconizaban un sucesor militar o un falangista. Se barajaban muchos escenarios y Franco parecía no tener prisa en decidirse. Sobre todo porque mi primo hermano, Alfonso, tendía a hacerme sombra.

Solo puedo hablar bien de Alfonso. Siempre se mostró amable y respetuoso conmigo. Compartíamos los mismos y maravillosos recuerdos de nuestra infancia en familia. Fue el padrino de mi hija Cristina. No tuvo una juventud fácil tras el divorcio de sus padres a finales de los años cuarenta, lo que fue considerado un escándalo para la época; luego, ambos volverían a casarse. La muerte de su hijo mayor en un accidente de coche y luego, cinco años después, en 1989, su muerte trágica en un accidente atroz de esquí me llevan a perdonar los desencuentros que pude tener con él. (…) Su matrimonio en 1972 con la mayor de los nietos de Franco, Carmen Martínez-Bordiú, una joven guapa, simpática y divertida, le dio una presencia pública y mediática. Nombrado Duque de Cádiz, algunos pretendían que se le llamara también «alteza real». Un día, un poco molesto por el hecho de que varios ministros se exhibieran con mi primo en ceremonias oficiales para promocionarlo, le dejé caer a Franco: «¡Si usted desea a otro en la Zarzuela, yo puedo irme!». Y él me preguntó tranquilamente: «¿Quién manda aquí?». Le respondí: «Usted». «¿Y entonces?», replicó impasible. Nuestra conversación terminó allí, y me quedé sin saber algo más al respecto de sus intenciones.

Esos años de preparación resultaron a la postre muy útiles, pero en aquel momento me sentía más bien en el purgatorio. Mi única certeza: no percibía en ninguna parte un sentimiento claro en favor de la monarquía. Era consciente de que la institución era un viejo recuerdo que representaba una realidad lejana. No podía hablar de ello abiertamente. Toda expresión pública en favor de la monarquía era condenada. Los monárquicos, igual que los militantes comunistas o cualquier otro opositor del régimen, acababan en la cárcel por activismo. Los más valientes colocaban un detalle verde en su vestimenta, pues «verde» es el acrónimo en español de «Viva el rey de España».

Franco envejecía y continuaba, a pesar de todo, sujetando firme las riendas del poder. (...) También lo visitaba en su residencia de verano de Pazo de Meirás, una enorme construcción de granito situada en Galicia. La primera vez que estuve allí, nada más sentarme en la cama de la habitación que me habían asignado, una de las patas se rompió y la cama se vino abajo. No me atreví a decir nada y coloqué el colchón en el suelo, donde pasé una noche excelente. Cuando al día siguiente se enteró la mujer de Franco, Carmen Polo, se quedó consternada. No había querido molestarla por esa minucia, pero sin querer la había avergonzado.

Franco hablaba poco, incluso durante las comidas en familia a las que yo solía asistir. Parecía escuchar, pero rara vez daba su opinión. (...) Al término de esos almuerzos, me llamaba a su despacho y allí teníamos largas conversaciones cara a cara. Manteníamos verdaderas discusiones; yo intentaba establecer una conversación franca con él, aun sabiendo que en realidad nadie se atrevía a hacerlo. Le hacía preguntas como: «¿Por qué no se da libertad a los ciudadanos para crear partidos políticos?». «Yo no puedo hacerlo, pero usted lo hará más tarde», me respondía. Normalmente tenía que descifrar sus sutiles insinuaciones, pero esta vez fue, para mi sorpresa, muy explicito. A veces, cuando no deseaba responder, simulaba no haber escuchado mi pregunta. (...) Medía las relaciones de fuerza a su alrededor a largo plazo y trataba de mantener el statu quo.

[…]

¿Mantuve una relación filial con Franco? Había entre nosotros cuarenta y seis años de diferencia. Él no tuvo un hijo varón. Tal vez proyectaba un sentimiento paternal hacia mí. No disimulaba la simpatía que me profesaba. Tal vez incluso sentía una cierta ternura, una cierta benevolencia. (…) Un día, cuando nos dirigíamos los dos en coche a una ceremonia oficial, me quedé dormido sobre su hombro. Él me dejó descansar durante todo el trayecto. «Alteza, despierte; hemos llegado», murmuró. Pedí disculpas por haber sido tan mal compañero de viaje. No vi en su mirada ni un ápice de reproche. Incluso parecía divertido. Su animosidad contra mi padre nunca la proyectó sobre mí. Nunca criticó a mi padre en mi presencia, y tampoco mi padre lo criticó a él delante de mí. Por mi parte, yo lo respetaba enormemente, y apreciaba su inteligencia y su sentido político. Un día, uno de sus ayudantes me informó de la celebración de una ceremonia oficial organizada por la Falange, así que me preparé y lo esperé en la puerta del Pardo, vestido de uniforme militar. Franco me vio y preguntó: «¿Qué hace usted aquí, alteza?». Sorprendido, le respondí: «¡He venido a acompañarlo, mi general!». (...) Él respondió: «Alteza, esta ceremonia no es para usted. No debe asistir». (...) Quería protegerme, que no se me identificara con una determinada corriente política. Fue muy hábil y aquello me ayudaría mucho después de su muerte. ¿Cómo hubiera podido llegar a ser Rey de todos los españoles si se me hubiese visto como un príncipe falangista?

No existía intimidad alguna entre nosotros. Mantenía una cierta distancia con respecto a él, pues tenía mi destino entre sus manos. Teníamos una relación personal frecuente, pero sin caer en la familiaridad. Si logré llegar a ser Rey, fue gracias a él. Nunca dejé que nadie le criticara delante de mí. Hay varios Francos: para algunos sigue siendo el hombre de la Guerra Civil, responsable implacable de miles de muertes; para otros, encarna una estabilidad ganada tras decenios de tensiones e inquietudes. Los españoles le deben, por ejemplo, el sistema de seguridad social, todavía vigente. Nunca su nombre logrará la unanimidad, lo que es legítimo, pero no se pueden borrar de un golpe cuarenta años de nuestra historia”.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 26 Dic 2025 13:33 
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Dejo por aquí unas de las grandes guarradas que el dictador le hizo a la familia, aparte del exilio.

En octubre, Franco llegó de visita a Portugal y quiso que don Juan fuese a verle a su residencia del Palacio de Queluz para mostrar al mundo la imagen de sus supuestas buenas relaciones. Pero el Conde de Barcelona se negó a entrar a formar parte de aquel montaje, a pesar de los deseos de Julio Danvila. Poco más tarde, el 14 de noviembre, fallecía en Sevilla el Infante don Carlos, a quien su hija, la Condesa de Barcelona, no llegó a ver con vida por la tardanza del gobierno de Madrid en expedirle el permiso necesario para entrar en España. Doña María nunca perdonaría aquello a Franco.


“Estoril, los años dorados” de Ricardo Mateos




Fragmentos de la Tercera Parte. Capítulo 2


***


“Había cumplido treinta años, acababa de tener un hijo, un potencial heredero. Le dimos el nombre de Felipe, por Felipe V, el primer Borbón español. Mi abuela, la Reina Victoria Eugenia, me pidió ser su madrina, lo que me alegró; y su padrino fue mi padre, don Juan. Estas decisiones no fueron casuales: pretendían reforzar la continuidad monárquica. (…) El bautismo, que tuvo lugar en la intimidad de la capilla de la Zarzuela el 8 de febrero de 1968, reunió de forma excepcional a tres generaciones de Borbones en suelo español, hecho que no se producía desde la proclamación de la República. Me sentía conmovido. Muchos españoles no habían olvidado a mi abuela, que se instaló en uno de los palacios más bellos de la capital, el Palacio de Liria, propiedad de la prestigiosa y antigua familia de Alba. Allí, detrás de esos muros que albergan una colección de arte privado inigualable, había fallecido la Emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III y madrina de mi abuela. La Duquesa de Alba, que se dice que ostenta más títulos nobiliarios que la Familia Real británica, abrió sus puertas para acoger al centenar de madrileños que acudieron a rendir homenaje a la anciana reina octogenaria, desmejorada por la edad y los problemas de salud. El besamanos duró todo un día.

En presencia de mi abuela, Franco no parecía dueño de la situación. Era la primera vez que se veían desde 1931. Franco parecía turbado. En cuanto a ella, la emoción de regresar a su reino, aunque fuera por pocos días, le había llegado al corazón. La recuerdo majestuosa y feliz. Al término de la ceremonia religiosa, en la que vi a mi hija pequeña Cristina, de tres años, jugar con los flecos del cordón de general del uniforme de Franco, que permaneció impasible a pesar de la osadía, mi abuela le pidió al general conversar en privado. ¿Qué se dijeron? ¡Misterio! Cuando le pregunté a la Reina, me respondió divertida: «¡Ese secreto morirá conmigo!». Algunos pretenden haber escuchado a Franco decir: «Los deseos de vuestra alteza se cumplirán». No tengo certeza alguna de ello.

[…]

En 1969, justo antes de irme a Portugal, me reuní como era habitual con Franco. Le informé de mi viaje inminente. «¿Cuándo piensa regresar a España?», me preguntó. Y me instó a que acudiera a verle en cuanto regresara a Madrid. Nada fuera de lo normal. Ya en Estoril, mi padre, preocupado, me confió que creía que próximamente Franco iba a nombrarme sucesor. Sus informadores le habían advertido de que se tramaba un cambio. Como no había visto evidencia alguna que lo confirmara, lo negué y le tranquilicé. De vuelta en Madrid, Franco me pidió que acudiera a su despacho. Yo no sospechaba nada. Y me dijo a quemarropa: «Voy a nombrarlo sucesor con el título de Rey. ¿Acepta usted?». Estupefacto, pensé enseguida en mi padre. Le pregunté si tenía algunos días para pensarlo, pero él esperaba mi respuesta de inmediato. Me sentí entre la espada y la pared. Me miró fijamente. Reinaba el silencio. Escuché mi respiración. Acepté. Como un deber, una imposición. Yo sabía que estaba cometiendo una herejía dinástica. Pero, ¿tenía otra posibilidad? Por supuesto, hubiera preferido que mi padre fuera Juan III y heredar de él la Corona, respetando el orden de la Casa Real. ¿Pero la meta última acaso no era restablecer la monarquía en España? Me sentí abrumado por ese peso, invadido por la culpabilidad, pero no disimulé mi alivio al ver que por fin recibía un estatus oficial, y mi futuro tomaba forma. (…) «Sobre todo, no le diga nada a su padre», me conminó Franco cuando ya estaba franqueando la puerta. «Yo me encargaré personalmente.» Me sorprendió su ofrecimiento. ¿No habría sido más normal que yo se lo comunicara a mi padre? Decididamente, Franco no contribuía a la armonía familiar.

Anticipé el inmenso revés que la noticia supondría para mi padre. (…) Sentía también que él vivía desconectado de su país, rodeado sobre todo de hombres exiliados desde la Guerra Civil o de fervientes monárquicos que buscaban complacerlo. ¿Cómo no hacerle daño? (…) Al llegar, llamé de inmediato a mi madre para que le advirtiera. Franco me había pedido no avisar a mi padre, pero de mi madre no había dicho una palabra; aquella fue la manera que vi de eludir su orden. Fue un momento realmente doloroso para nuestra familia. Pasé a ocupar el lugar de mi padre, pero no de buena gana. Además, él tenía el convencimiento de que yo estaba al corriente de la decisión de Franco cuando fui a verle a Estoril, y que se lo había ocultado; que, en resumidas cuentas, le había mentido y le había traicionado. Durante seis largos meses, no me habló. Sufrí mucho. Él incluso llegó a redactar una carta destinada a las familias reales para que me retiraran el saludo. Por suerte, mi madre, siempre dispuesta a preservar la armonía familiar, se lo impidió. Finalmente, nos reencontramos con ocasión de una fiesta familiar en Navidad y nos abrazamos muy conmovidos. Incluso lloramos el uno en brazos del otro. (…) Después de todo, era él quien me había colocado en esa situación, enviándome a vivir a España a los diez años. (…) Mi
padre se convertiría en mi mejor consejero, mi más fiel e infalible sostén. Siempre pude contar con él. Pero todavía me estremezco cuando pienso en el sufrimiento que involuntariamente le ocasioné. Nunca lo hablamos, pero supongo que pensaba que Franco no osaría saltarse una generación. Su dignidad inquebrantable frente a las vicisitudes lo harán para siempre admirable.

La mañana del 23 de julio de 1969, solo cinco días después de mi entrevista con Franco (…) llamé a mi antiguo profesor de Derecho, que jugaría más tarde un papel fundamental en la Transición, Torcuato Fernández-Miranda. Iba vistiéndome a la vez, trataba de ponerme los calcetines sin dejar caer el auricular del teléfono. Me comía la ansiedad. ¿Acaso tendría que abjurar en un futuro? Sabía ya entonces, en 1969, que, una vez en el poder, no iba a conservar intacto ese régimen, que iba a modificar las instituciones. Desgraciadamente, me sentía obligado, de momento, a asociar la Corona con los valores del Movimiento Nacional. No me quedaba otra opción. Mi profesor me tranquilizó y me dijo la famosa frase: «Usted puede ir de la ley a la ley pasando por la ley». (…) Tal vez algunos españoles les sorprenda saber que yo pensaba ya entonces, en 1969, liberalizar el régimen. (…) Pensaba para mis adentros: «¡Va a ser muy difícil realizar cambios!». Sobre todo teniendo en cuenta el apoyo de la población a Franco. Tampoco sabía cómo iba a lograrlo: la Guerra Civil, cuyo recuerdo alimentaba el régimen, y la censura política contribuían a crear una atmósfera esclerosada. (…) Mi padre y mi abuela me habían repetido, una y otra vez, que la Corona debía unir a todos los españoles, y que los principios democráticos debían ser el fundamento de la monarquía. Ellos tenían el modelo británico en la cabeza, siendo mi abuela inglesa y habiéndose formado mi padre en el seno de la Royal Navy. Pero por entonces aquello era un objetivo lejano.

[…]

Los ultras, los falangistas, los más conservadores, conocidos como el «búnker», estaban convencidos de que cualquier apertura podría destruir los logros del franquismo y propugnaban la intransigencia. Su vigilancia era mayor si cabe en cuanto que el espíritu de Mayo del 68 se había extendido también a las universidades españolas, donde se reprimió con mano dura. Los reformadores, minoritarios, consideraban que la oposición al régimen seguía siendo persistente y que era indispensable reformarlo desde dentro, antes de verse sobrepasados por un movimiento contestatario republicano. Yo me encontraba en medio de esas corrientes, sin ningún peso verdadero sobre ninguna de ellas. (…) Algunos aseguran que la familia de Franco, su mujer y su yerno —mi primo Alfonso—, conspiraban en mi contra, pero nunca tuve pruebas de ello. Por el momento, yo salía de una posición ambigua, pero continuaba ese ponerme a prueba. Nada era seguro. Franco podía reconsiderar su decisión”.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 26 Dic 2025 16:36 
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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 02 Ene 2026 04:45 
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Entrevista a Laurence Debray: "El rey Juan Carlos tiene asumido que va a morir en el extranjero"

https://youtu.be/pH3pO9okXM0?si=18EkLOTdoiEKi1Qj


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 09 Ene 2026 16:41 
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Fragmentos de la Tercera Parte. Capítulo 3


***


Tomé la iniciativa de viajar, de entrevistarme en privado con responsables europeos: en el Reino Unido, me reuní con el primer ministro laborista, Harold Wilson, en la ceremonia de los setenta años de la Reina Madre; una cacería en Alemania me permitió charlar con el presidente de la RFA, Gustav Heinemann, y conversé ampliamente con Valéry Giscard d’Estaing, entonces ministro de Economía y Finanzas francés, durante una cacería en Chambord. Anticipaba que el apoyo internacional iba a ser indispensable. (…) Me contentaba con difundir un discurso progresista, aunque todavía impreciso. Mi objetivo era, sobre todo, convertirme, pese a mi juventud y mi estatus de sucesor, en un interlocutor válido y serio en la escena internacional.

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Un nuevo acuerdo entre Madrid y Washington acababa de subscribirse. Estados Unidos tenía bases militares en suelo español desde 1953, a cambio de una sustancial ayuda económica. (…) Para consolidar la pervivencia de esta alianza, el presidente Nixon me invitó oficialmente, con Sofi, a la Casa Blanca, en enero de 1971. Quería sondear, junto a Henry Kissinger, mis intenciones políticas. Me demostraron su apoyo y se mostraron preocupados por la continuidad de la estabilidad de España. Nixon se mostró muy cordial, pese a su reputación de hombre frío. Kissinger insistió sobre la ayuda que me podía proporcionar. Comprendí que era posible contar en el futuro con un socio sólido.

[…]

De regreso a Washington, asistí a una reunión privada con personas influyentes. Las conversaciones debían ser off the record, pero mis opiniones sobre la democracia aparecieron al día siguiente publicadas en la prensa americana. ¡Y también sobre el despacho de Franco, cosa que yo en ese momento ignoraba! Me había aventurado a manifestar que los españoles deseaban más libertad, pero que había que saber a qué ritmo acometer esos cambios, que debían efectuarse en un marco constitucional. Me había expresado con total confianza. ¡Paso en falso de principiante!

Al bajar del avión en Madrid, me enteré de que Franco tenía sobre su escritorio las declaraciones que yo había hecho en Estados Unidos. Tomé la iniciativa y fui a verle de inmediato. Me encontré al general en el Palacio del Pardo, sentado ante su escritorio, inclinado sobre sus carpetas. Vi la prensa americana y me ofrecí a traducirle lo que había dicho. Él me dijo tranquilamente: «Alteza, hay cosas que pueden decirse allá y que no pueden decirse aquí; y hay cosas que pueden decirse aquí, pero que no pueden decirse allá». ¡Una gran lección de política! No hizo ningún otro comentario. Hubiera podido reprocharme mis opiniones liberales, pero no dijo palabra alguna. Lo interpreté como un acuerdo tácito.

[…]

Seis meses después de su nombramiento, en la mañana del 20 de diciembre de 1973, una explosión sacudió el corazón de Madrid. Sofi, que llevaba en coche a los niños al colegio, lo escuchó en directo. El primer atentado espectacular de ETA hizo volar por los aires el coche de Carrero Blanco, que regresaba de su misa cotidiana y se dirigía hacia su despacho. La noticia me dejó estupefacto. Me encontraba en la Zarzuela, en audiencia con el cardenal de Madrid, Vicente Enrique y Tarancón, cuando mi ayudante vino a anunciarnos el drama. Nos quedamos paralizados. Era la primera vez que el régimen era golpeado de frente con tanta violencia. (…) Franco parecía muy debilitado, física y moralmente, y se mostraba cada vez más enigmático y hermético. Los dirigentes se vieron invadidos por el pánico y el miedo. Decidí entonces afrontarlo y presidir los funerales oficiales. ETA amenazaba con realizar nuevos atentados y el pánico en el seno de las fuerzas de seguridad era total. La víspera de morir asesinado, Carrero Blanco se había entrevistado con Henry Kissinger para hablar sobre el futuro de España. La bomba explotó muy cerca de la embajada estadounidense, una de las zonas más vigiladas de Madrid. ¿Cómo pudo ETA perforar aquel túnel bajo la calle con el fin de colocar los explosivos sin ningún impedimento? Quedan todavía muchos misterios por resolver. (…) Vestido con el uniforme de la marina en honor al almirante, me encontré solo en medio de la amplia avenida de la Castellana, detrás del féretro de Carrero blanco. Cien mil personas acudieron a ver pasar el cortejo que recorría la ciudad en silencio, bajo un cielo plomizo. Yo no llevaba chaleco antibalas. El frío me atenazaba. Fumaba un cigarrillo tras otro, me costaba contener la angustia. Afrontaba mi primera prueba de fuego. Desgraciadamente, aquello no fue más que el comienzo. ETA ensombrecería mi reinado con sus crímenes. No hay que ceder nunca ante el terrorismo.

El ministro del Interior, Carlos Arias Navarro, un franquista radical, fue nombrado presidente del Gobierno. Yo no le tenía un particular aprecio y no manteníamos relación alguna. Constaté con pesar que el Gobierno se endurecía y que Franco se debilitaba. (…) Las manifestaciones de la oposición al régimen eran cada vez más visibles y frecuentes. Yo lo observaba todo resignado y contrariado. En abril de 1974, la Revolución de los Claveles, un golpe de Estado de jóvenes militares que derrocó el régimen autocrático salarazista impuesto en Portugal desde 1933, dejó al régimen aislado en la península ibérica. Nadie lo había previsto, ni en España ni en ningún otro lugar. El nerviosismo entre los dirigentes era palpable. Tenía la impresión de que España iba a la deriva. ¿Qué situación estaba yo a punto de heredar?

En julio de 1974, el general cayó gravemente enfermo y fue hospitalizado. (…) De repente, yo debía asumir el poder vacante de manera provisional, por ley, cuando hasta ese momento se me había mantenido completamente al margen. Me encontré, de un día para el otro, presidiendo el Consejo de Ministros. A los treinta y seis años, y sin ninguna experiencia de poder. No me quedaba otra opción. No me di por vencido y les planté cara a ciertos ministros que no me respetaban. Eran mayores, arrogantes, y estaba claro que me subestimaban. Por suerte, no eran mayoría en el seno del Gobierno y Franco me había enseñado a mostrarme imperturbable. Al término del consejo, los ministros corrían al hospital a ver a Franco y contarle las últimas novedades. Dependía del que llegara primero. Yo era el último en llegar y le decía: «Imagino que ya se ha enterado de todo y no necesito contarle más». «Lo que me interesa es escucharlo de su propia boca», me respondía. (…) Cuando le pedía consejos concretos sobre algo en particular, él replicaba: «¿Para qué? Usted no podrá actuar como lo hago yo. Usted tendrá que actuar de otra manera». Él no quería ser mi mentor. Sabía que su poder, derivado directamente de la Guerra Civil, no podía ser el mío, y que los tiempos habían cambiado. «¿Por qué no pone en marcha las reformas para abrir el régimen?, le preguntaba yo. «Le toca a usted hacerlo. Yo no puedo», me replicaba. A menudo me repetía: «Yo no puedo cambiar las cosas». ¿Acaso estaba atrapado en las redes de su entorno? Yo estaba convencido de que él sabía que me reunía discretamente con miembros de la oposición. Nada se le escapaba. (…) Era una tarea que me impresionaba. ¿Estaría yo a la altura? Rara vez me dejo invadir por la ansiedad, tengo un carácter de militar, presto a cumplir con mi misión, pero admito que esos años fueron bastante opresivos.

Franco abandonó el hospital en agosto y comenzó su convalecencia en su casa, en Pazo de Meirás, en Galicia, rodeado de los suyos. Yo le visité y advertí la mejoría de su estado de salud. Lo animé a retomar el poder, pero lo rechazó; deseaba reposar. «Usted lo hace muy bien, Alteza; continúe», me repetía. A mi regreso a Palma de Mallorca, apenas tres horas después de nuestra entrevista, Franco me llamó para anunciarme que asumía de nuevo sus responsabilidades como jefe de Estado. «He reflexionado y finalmente he decidido retomar mis funciones», me dijo, sin otra explicación. (…) Comprendí entonces que su familia le había presionado para que cambiara de opinión. Su esposa, Carmen Polo, y su yerno, el marqués de Villaverde, mi primo Alfonso, casado con su nieta Carmen, no se despegaban de su lado. Su influencia sobre Franco, muy debilitado, era inmensa. ¿Tratarían de que cambiara sus deseos con respecto a su sucesión? Aquella noche estaba tan contrariado que me agarré una buena borrachera.

El régimen adoptó una línea dura. Se dictaron cinco condenas a muerte que desencadenaron una movilización internacional inesperada. Intervino el Papa, los jefes de Estado europeos convocaron a sus embajadores, manifestaciones por doquier rodearon las embajadas españolas y mi padre se sumó al llamamiento de clemencia general. Franco se encerró en un mutismo total. El 1 de octubre de 1975, en la celebración del 39 aniversario de su llegada al poder, hizo su última aparición pública en el balcón del Palacio Real. Balbucía frases ininteligibles ante una muchedumbre que respondía con el saludo fascista. Yo me encontraba detrás de él, impasible. Trataba de contener mi malestar. Me parecía estar ante una mascarada de los años treinta. Me dije a mí mismo: «Voy a tener que hacer cambiar de opinión a toda esta gente…».

En octubre de 1975, Franco sufrió varios infartos y fue hospitalizado de nuevo. Retomé el poder de manera interina. Ignoraba por cuánto tiempo. El país afrontaba una situación de crisis exterior; estaba al borde de una guerra colonial. El Rey de Marruecos, Hasán II, había lanzado la «Marcha Verde» sobre el Sáhara Occidental, que reclamaba como suyo, para desafiar al Ejército español presente en la zona, con un contingente de unos varias decenas de miles de hombres. Trescientos mil civiles armados con el Corán y con banderas nacionales se dirigieron hacia la principal ciudad de la región, El Aaiún, empujadas por las fuerzas armadas marroquíes. Comprendí que era una manera de imponer la soberanía de Marruecos sobre la zona y consolidar la movilización del pueblo marroquí por esa causa. España estaba dispuesta a negociar una pre autonomía y a organizar un referéndum de autodeterminación. Marruecos optó por otra manera de asegurar su dominio en la región, frente a una Argelia enemiga. El general de nuestras fuerzas armadas en la región me llamó: «La situación es muy preocupante. Nuestra base está rodeada de minas. Si la multitud se aproxima demasiado, habrá centenares de muertos». Yo decidí acudir al lugar, a ese territorio bajo la gestión española desde 1958.

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Nada más llegar, me dirigí a las tropas: «Vamos a retirarnos del Sáhara, pero en orden y con dignidad. No porque nos hayan vencido, sino porque el Ejército español no puede disparar sobre una multitud de mujeres desarmadas». Me propuse apoyar a las fuerzas armadas y planificar una retirada en orden, con la cabeza alta, evitando cualquier equívoco y todo conflicto sangriento. A mi regreso de El Aaiún, anuncié al Consejo de Ministros que Hasán II iba a llamarme para anunciarme que detenía la «Marcha Verde». Yo no lo conocía personalmente, pero había aprendido, durante mis viajes por los países árabes, a comprender su mentalidad. Les encantan los «gestos». Y para ellos, el gesto más apreciado es que un capitán se ponga al frente de sus tropas. Se debe valorar al enemigo para que la victoria sea aún más dulce. Los ministros dudaban y me miraban con desprecio. Al cabo de media hora, mi ayudante interrumpió la reunión y me anunció que el rey de Marruecos deseaba hablar conmigo. ¡Qué satisfacción poder restregárselo a todos esos ministros que me subestimaban! Era la primera vez que hablaba con Hasán II. «Te felicito por haber acudido junto a tus soldados», me dijo sin preámbulo. «Ahora podemos discutir sobre el Sáhara con total serenidad y hablar de las relaciones entre nuestros dos países», respondí. Fue una llamada muy breve, pero tranquilizadora. Ninguno había perdido su dignidad. Luego llegamos a ser amigos íntimos”.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 09 Ene 2026 17:00 
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Que se bebió hasta el agua de los floreros al ser consciente de como maniobraban los otros, incluido el primo Alfonso, alrededor del dictador. Pobrecico mío. Me ha producido mucha ternura su impotencia frente a los manipuladores. :ooops:

Ni el Rey Juan Carlos ni la Reina Sofía creen que a Carrero Blanco le asesinara “solo” ETA. Ambos expresan sus dudas en sus respectivas biografías. Nunca he leído una buena obra que fundamente las distintas teorías que corren. La Reina Sofía aseguraba que se creía cualquier cosa al respecto, desde la mano de la CIA a personas del régimen contrarias a Carrero.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 09 Ene 2026 18:11 
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He conseguido con grandes dificultades terminar estas...memorias, saltándome alguna página. He leído bastantes libros de memorias, por lo general nome gustan, nunca son objetivos y rara vez cuentan cosas que me interesen, pero sin duda esto es lo peor que he leído.
No sé si la traducción es mala o es la redacción, además el autobombo resulta casi vomitivo, ha sido lo mejor que le ha pasado a España, a los españoles y a todos los que le han rodeado. ¡Tremendo!
Está claro que no tiene abuela y si realmente se cree todo lo que dice es que vive en una nube o se ha dejado engañar demasiado.
No sé si habrá vendido mucho, supongo que por el morbo que todos tenemos, pero no merece la pena desde mi punto de vista.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 11 Ene 2026 16:06 
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Fragmentos de la Tercera Parte. Capítulo 4

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“A comienzos del mes de noviembre de 1975, al general se le estaba prolongando la vida artificialmente. Algunos afirmaban que su familia trataba de mantenerlo con vida para que él pudiera renovar el mandato del presidente de las Cortes, y así evitar cualquier desmantelamiento del régimen. No tengo pruebas de ello. Me sentía aturdido por el encarnizamiento médico del que era objeto, pese a que hacía días que estaba totalmente inconsciente. ¿Era el temor ante el futuro lo que los empujaba a actuar de esa manera?

[…]

España contuvo la respiración durante días. Estoy convencido de que ni sus peores enemigos le hubieran deseado una agonía como aquella. Al final, su hija pidió que dejaran morir en paz a su padre. A las 5:25 de la mañana del 20 de noviembre murió Franco. Sofi y yo mirábamos la televisión la víspera por la noche, y ella propuso que permaneciéramos en vela hasta el anuncio fatídico. Yo preferí irme a dormir. En medio de la noche, recibí la llamada del general Juan Castañón de Mena, jefe de la Casa Militar de Franco, informándome de la noticia.

Colgué y le pedí a mi ayudante que me despertara a las 7:30. Me dormí de nuevo sin problemas. Sabía que iba a necesitar todas mis fuerzas para afrontar los días me esperaban. No podía permitir que me invadiera la emoción, y no servía de nada velar o angustiarme por el futuro del país o por mi propio destino. ¿Respetarían la voluntad de Franco y me entronizarían Rey, o enviarían a la Guardia Civil con la orden de detenerme? Todo era posible.

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Franco me hizo un último regalo antes de morir, en el testamento que dejó a su hija y que leería Carlos Arias Navarro durante el anuncio de su fallecimiento en televisión: «[Os pido] que rodeéis al futuro rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido». No hizo alusión alguna a los principios ideológicos del régimen. Le estuve muy agradecido. Gracias a esas últimas voluntades, los franquistas se sintieron obligados a apoyarme. Yo sé que en aquel entonces el país me subestimaba. Poca gente apostaba porque fuera a durar mucho. Me quedaba todo por demostrar.

[…]

Algunos aseguraban que no quedaba una sola botella de champán en todo el país, de tanto que se había celebrado su fallecimiento. Es difícil saber cuál es la verdad. Lo que sí es cierto es que la emoción era palpable en las calles de Madrid. La misa de los funerales, el 23 de noviembre, la siguieron desde el exterior centenares de miles de personas. (…) La víspera, las Cortes, fieles al general, me entronizaron como Rey en una sobria ceremonia. Ninguna pompa, ningún festejo. Ante un patio de oficiales desconfiados, de rostro severo y hermético, yo anuncié: «Hoy comienza una etapa nueva de la historia de España». (…) Yo sabía que ellos seguían obedeciendo la voluntad de Franco. Pero ¿por cuánto tiempo? Sentía que vivía en tiempo prestado.

Cuando vuelvo a ver las imágenes de mi entronización, lo que más me sorprende es mi rostro desencajado por la fatiga y el estrés. La noche de la víspera creo que repasé más de diez veces mi discurso. Sabía que sería histórico. (…) No utilicé la terminología de la guerra civil, que dividía a la sociedad entre vencedores y vencidos, entre patriotas y enemigos de la nación, en vigor desde hacía cuarenta años. Deseaba, por medio de una nueva terminología progresista, representar una monarquía unificadora, integradora, pacífica, que miraba hacia el futuro y la modernidad. La oposición de izquierdas se sintió decepcionada por mi discurso, y lo consideró demasiado prudente. Yo me dirigía a una asamblea franquista que podía dar un final violento a mis aspiraciones, y en la que algunos vestían el uniforme de la Falange con la camisa azul. Debía mostrarme moderado, no provocar inútilmente y asegurar una estabilidad en la continuidad. (…) Los observadores internacionales temían una segunda guerra civil. Sobre todo porque la crisis petrolera de 1973 había supuesto un freno brutal al «milagro español» y los españoles sufrían en su vida cotidiana las consecuencias económicas: inflación, desempleo y una tasa de crecimiento por los suelos. Bastaba una chispa para que sobreviniera un incendio incontrolable entre una oposición de izquierdas impaciente y un régimen a la defensiva. Mis palabras buscaban inspirar confianza a todo el mundo, pero mi margen de maniobra era limitado.

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En las Cortes, Sofi y los niños me rodeaban sobre un estrado construido a la carrera. Mi hijo Felipe tenía entonces siete años. Él recuerda ese momento crucial para la Corona de España: sabía de dónde veníamos y el difícil camino recorrido. Al término de mi discurso, los aplausos de la audiencia fueron tímidos y protocolarios. Estruendosos, en cambio, para la hija de Franco, que presenciaba la ceremonia desde el balcón, al lado de mis dos hermanas. Sofi sonreía, pero yo no era capaz de hacerlo. No sentí satisfacción personal alguna al convertirme —al fin— en Rey. Era el jefe de Estado más joven de Europa y el único con plenos poderes. Me obsesionaba el peso de la responsabilidad. (…) Sabía que la oposición comunista me llamaba «Juan Carlos el breve». Ciertos falangistas también. ¿Querrían desestabilizarme llamando a la confrontación? Era todo tan incierto…

Al final de la ceremonia, me sentía como si hubiera atravesado un examen político. ¡El primero de una larga serie! Creo que adelgacé unos cuantos kilos en esa jornada. No tuve más que unos minutos para demostrar que mi reinado sería diferente y que ser el Rey de todos los españoles sería siempre mi divisa. Mi padre me llamó al final del día para felicitarme por mi discurso. Estaba lejos, pero su apoyo moral era fundamental. Se mantendría discretamente apartado. Él hubiera podido, en tanto que Rey legítimo en el plano dinástico, reclamar un reconocimiento oficial. Pero me dejaría actuar y me respaldaría en privado, tan vigilante como benevolente. Cada vez que pienso en él, me invade la emoción y el reconocimiento”.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 11 Ene 2026 16:06 
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulo 1

***


“Franco gobernó España con mano de hierro durante casi cuarenta años. Para algunos españoles era una figura tutelar, garante del orden y la estabilidad. Otros lo consideraban un tirano abominable que había encerrado al país en el inmovilismo sociocultural. Nadie fue capaz de derrocarlo, ni siquiera de desestabilizarlo, lo que en un periodo tan largo no es poca cosa. Augusto Pinochet e Imelda Marcos vinieron oficialmente a Madrid a presentarle sus últimos respetos. Pinochet me daba consejos: «¡No cambies nada! ¡Haz lo que hizo Franco!». Yo no podía impedir que asistieran a su funeral, pero no quería que me asociaran con ellos. Conseguí que se marcharan lo antes posible. ¡No fue fácil, porque tenían la firme intención de prolongar su estancia! Mi objetivo era estar rodeado de líderes políticos democráticos de primer orden para la misa del Te Deum, el servicio religioso que se celebraría al final del periodo de luto nacional para marcar mi acceso al trono.

El príncipe Felipe, duque de Edimburgo y esposo de la reina Isabel II, confirmó rápidamente su asistencia, al igual que el vicepresidente estadounidense Nelson Rockefeller, en representación del presidente Gerald Ford, que no asistió debido a un viaje oficial a Pekín. Pude contar con la intervención decisiva de varios amigos para asegurar la presencia de jefes de Estado europeos, y sobre todo de mi cómplice desde hacía tiempo, Simeón de Bulgaria. (…) Simeón viajó a Viena a petición mía para convencer al canciller socialista Bruno Kreisky de que asistiera a esta misa. Kreisky expresó un deseo: facilitar el regreso a España de los exiliados españoles que vivían en Austria. Así se hizo: con la llegada de la democracia, las familias que se marcharon durante la Guerra Civil pudieron volver a sus raíces.

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A París también envié a un emisario personal, mi íntimo amigo Manuel Prado y Colón de Carvajal. (...) Le encargué la delicada tarea de convencer a Giscard d’Estaing para que asistiera a esta misa. Mi padre lo frecuentaba y yo lo había conocido, como ya he dicho, durante una cacería presidencial en Chambord. «Debe apoyar mi monarquía. Es la única manera de garantizar que no caigamos en otra guerra civil», le había pedido entonces. (…) Se hizo de rogar y pidió un trato especial. Manuel accedió, sin consultarme siquiera, a un desayuno privado antes de la misa. De vuelta a Madrid, Manuel estaba muy preocupado por cuál sería mi reacción ante este compromiso contraído sin mi aprobación. Le tranquilicé: «La presencia de Giscard bien vale un desayuno», parafraseando la famosa frase de Enrique IV.

Giscard afirmaría haber convencido al presidente alemán Walter Scheel para que le acompañara a Madrid, pese a que el Gobierno de Alemania Occidental no necesitaba del estímulo de Giscard para apoyarme eficazmente durante todo el proceso de la Transición. El presidente francés no se privaba de presumir… Cada vez que venía, tenía la impresión de que se creía Napoleón, cuyo hermano José intentó apoderarse de España, lo que provocó un levantamiento popular contra las tropas francesas. Me lanzó una insinuación al ver un cuadro de uno de mis antepasados llevando el Toisón de Oro, la máxima distinción de la Corona española; seguramente esperaba que yo se lo concediera. En cada una de mis invitaciones, Giscard se mostraba muy quisquilloso sobre su lugar en el protocolo. Su arrogancia, que rayaba en la condescendencia, podía hacer sombra a su inteligencia. Yo necesitaba su apoyo y él me lo hacía notar. Lo que no quiere decir que me ayudara más adelante en mis esfuerzos por incorporar a España a la Comunidad Europea o en la lucha contra ETA, que encontraba refugio impunemente en Francia tras cometer crímenes atroces en España.

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Al día siguiente del funeral del general, me sentí como un jefe de Estado sometido a juicio. Había heredado de Franco plenos poderes: era jefe supremo de las Fuerzas Armadas, presidía el Consejo de Ministros, podía aprobar decretos u oponerme a la aprobación de una ley, y podía proponer referendos. Era el representante supremo de la nación. A pesar de estas prerrogativas excepcionales, tenía la impresión de estar solo y aislado, atrapado entre los inmovilistas, por un lado, y la impaciencia de las fuerzas revolucionarias, por el otro. Hasta que escuché la homilía del cardenal Enrique y Tarancón en la misa del Te Deum. Este eclesiástico progresista y sagaz, presidente de la Conferencia Episcopal Española, pronunció palabras que yo no me había atrevido a decir ante las Cortes. Abogó claramente por el inicio de una nueva era política basada en la libertad y la participación de todos. Me sentí respaldado por los más altos dignatarios democráticos que asistieron a la misa. Mientras escuchaba la homilía valiente y franca del cardenal, me dije, aliviado: «¡Después de todo, no estoy tan solo en mi deseo de cambio!». Me sentí infinitamente en deuda con él. Hay que situar esta homilía en su contexto: hacía casi cuarenta años que los españoles no se aventuraban a decir de manera pública lo que pensaban. «Hay curas que han ido a la cárcel por decir mucho menos que eso», exclamó un dirigente franquista atónito. Yo estaba encantado, aunque no pudiera demostrarlo.

Tras la misa, ofrecí un cóctel en el Palacio Real y salí al balcón con Sofi para saludar a la multitud congregada en la plaza de Oriente. Por primera vez, fui aclamado como Rey. Por primera vez, vi caras sonrientes llenas de esperanza. Después de una semana de funerales y de rostros sombríos y preocupados, aquella ovación alegre me dio una fuerza inesperada. Los españoles que habían acudido a celebrar el comienzo de mi reinado me transmitieron su esperanza y su dinamismo. Me sentí realmente conmovido. Aún recuerdo la sensación de euforia que me embargó. Les estaba muy agradecido por darme el impulso necesario para afrontar los retos que me esperaban”.

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 11 Ene 2026 16:46 
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Confirmamos que ninguno de los dos abrigos tenía mangas, son chalecos largos.



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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 12 Ene 2026 20:23 
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulo 1

***

El presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, nombrado por Franco el 31 de diciembre de 1973 a raíz de la muerte de Carrero Blanco, no me inspiraba simpatía, y él tampoco me tenía a mí en gran estima. Nuestra desconfianza era mutua y evidente. Este hombre seco y testarudo, de baja estatura, que lucía un bigote que le daba un aire amargado, conmovió al país cuando leyó por televisión el testamento de Franco, que le había confiado a su hija única, Carmen. (…) Su carácter intempestivo impedía cualquier diálogo constructivo. (…) El objetivo de Arias Navarro era mantener intacto el franquismo. Incluso creo que quería ser el representante de Franco en la Tierra; su garante. Para preservar mi propósito de cambio desde la continuidad, le mantuve en su puesto, ya que no presentó su dimisión. Sin embargo, le impuse una serie de ministros que yo consideraba progresistas. En mi primera reunión del Consejo de Ministros, el 24 de noviembre de 1975, decreté una amnistía parcial para los presos políticos. (…) Pero la oposición se sintió decepcionada porque la amnistía fuera parcial y no total. Lo interpretaron como un signo de debilidad, cuando yo lo hice como un signo de apertura frente a los ultras irascibles del régimen. La izquierda estaba impaciente por ver un cambio radical, algo que yo no podía ofrecer sin correr el riesgo de iniciar una segunda guerra civil.

[…]

Cambiar al presidente del Gobierno y al de las Cortes al mismo tiempo habría provocado una revuelta en las instituciones del régimen. Había que actuar con cautela. Mi antiguo profesor de Derecho, Torcuato Fernández-Miranda, era el hombre ideal, dadas sus aptitudes y sus aspiraciones políticas. (…) Contemplaba los acontecimientos de una forma analítica y distanciada. (…) Estábamos de acuerdo en que el franquismo era una etapa en la historia de España y que no podía encarnar la esencia del Estado español. El pluralismo y el liberalismo permitirían reincorporar al país al concierto de las naciones y restablecer un nivel de vida vigente en el resto de Europa. Lo hablamos en varias ocasiones de forma totalmente confidencial. Yo había depositado toda mi confianza en él desde sus primeras clases de Derecho. (…) Durante mi mandato, siempre tuve una foto suya en mi despacho. Le debía mucho.

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Cuando yo acababa de ser entronizado, le pregunté: «Torcuato, ¿prefieres ser presidente del Gobierno o presidente de las Cortes?». No se lo pensó. Me contestó de inmediato: «Personalmente, preferiría ser presidente del Gobierno, pero para España y para la monarquía sería más útil como presidente de las Cortes». Y así se resolvió mi dilema. Mantuve a Arias Navarro en su puesto y a él lo nombré presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, un puesto clave y más discreto para este maestro del diálogo sutil. Quiero destacar su total abnegación: el destino del país primó sobre su destino personal y sus ansias de poder. Hoy, por desgracia, las cosas son muy diferentes. Últimamente, algunos políticos nos han demostrado que su ambición personal está por encima de los intereses del país.

[…]

Él tenía el método, la receta mágica para destrabar el régimen e iniciar el proceso de Transición: «Ir de la ley a la ley pasando por la ley», como ya me había aconsejado en 1969. Tenía la salida del laberinto en el que me sentía atrapado. Una salida que me permitiría no retractarme de mi juramento de fidelidad a las leyes fundamentales del régimen al ser nombrado sucesor. (…) Teníamos un futuro que construir. La tarea intimidaba por su enormidad. Frente a nosotros, una oposición escéptica y unas Cortes inquietas. ¿Y si todo estaba tan bien «atado» que no podía ceder?

El país comenzó el año 1976 agitado y febril. Movimientos de huelgas, sin precedentes desde 1939, inauguraron una nueva correlación de fuerzas. Las reivindicaciones salariales, mezcladas con la impaciencia política, rompían radicalmente con el orden social impuesto por el franquismo durante casi cuarenta años. Se multiplicaron las manifestaciones a favor de una amnistía total, a lo que se agregaban reivindicaciones de autonomía regional en el País Vasco y Cataluña. El Gobierno se vio totalmente desbordado por las protestas y reaccionó con la intransigencia del pasado. En Vitoria, la represión se saldó con muertos. (…) Fueron semanas terribles para mí. ¡Perdí el sueño, cosa que rara vez me pasa! Temía que la actitud reaccionaria del Gobierno me salpicara. (…) El 16 de febrero de 1976, Sofi y yo partimos hacia Cataluña, un territorio en plena agitación y poco proclive al fervor monárquico. Nada más llegar, pronuncié un discurso que fue retransmitido por televisión. Empecé en castellano, como era de esperar, y luego, hacia la mitad, cambié al catalán. En aquella época era un idioma que no se enseñaba en la escuela ni se utilizaba de manera oficial como hoy, aunque se hablaba de manera habitual en el seno de las familias. Nadie esperaba que pronunciara algunas frases en catalán. Fue un éxito inmediato. Causé una gran impresión.

Tras décadas de división, los activistas de la oposición se unieron en un frente unido llamado «Platajunta». El PCE formaba parte públicamente de esta coalición, que el Gobierno apenas podía tolerar: «Los comunistas perdieron la Guerra Civil, fueron perseguidos durante el franquismo, ¿cómo se atreven a reclamar algún reconocimiento político? Ante todo, son enemigos de la nación», decían algunos de los refractarios. (…) La presión a favor de un cambio radical era cada vez mayor. La polarización de la sociedad había alcanzado niveles preocupantes. Yo esperaba el momento oportuno para concretar un cambio visible. (…) Finalmente, rompí mi silencio. Hice unas declaraciones a Newsweek en las que me expresé con claridad: en resumen, Arias Navarro era un desastre total y había llegado el momento de la reforma. Esto no significaba que el jefe del Gobierno fuera a dimitir. Pensé que, desautorizándole públicamente de esta manera, se sentiría obligado a renunciar a su cargo.

[…]

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El 2 de junio de 1976, en mi reunión con el presidente Ford y Henry Kissinger en la Casa blanca, mostré mi determinación de llevar a cabo reformas. (…) El secretario de Estado me sugirió que me embarcara en un proceso democrático gradual, manteniendo el calendario bajo control: «¡Go slowly!», «¡vaya despacio!», me repetía. Hizo hincapié en la falta de tradición democrática de España y en su temor a que el comunismo llegara al poder. No se puede obligar a un país a cambiar sus instituciones desde fuera, por medio de principios o de moral o de programas de cooperación. Pero un apoyo público de esta magnitud nos ayudaba sin duda a avanzar con mayor aplomo. Sobre todo, cuando estábamos firmando un nuevo Tratado de Amistad y Cooperación que garantizaba un importante apoyo económico a España. (…) Tras la reunión en el Despacho Oval, me dirigí al Capitolio, un edificio histórico que acogía para la ocasión una sesión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado. Era consciente de que estaba a punto de pronunciar uno de los discursos más importantes de mi existencia, que sería retransmitido por la televisión española. Allí, ante aquella audiencia de dignatarios estadounidenses, hice una clara promesa de democracia al pueblo español. Era la primera vez que asumía ese compromiso públicamente. (…) Tenía un plan en mente y estaba decidido a pasar a la acción. Mi discurso fue recibido con una gran ovación. Los diputados se agolparon a mi alrededor para felicitarme y darme la mano. Me embargó la emoción, y me sentí reconfortado por tanto entusiasmo. Al día siguiente, el New York Times y el Washington Post me calificaron de «fuerza impulsora del cambio». Regresé a España fortalecido en mi determinación de pasar a la siguiente etapa. El 1 de julio, Arias Navarro presentaba su dimisión. ¿A quién iba a poner en su lugar?

[…]

El Consejo del Reino se reunía todas las semanas. Al cabo de tres semanas, Torcuato vino a verme, aliviado, para anunciarme: «Estoy en condiciones de ofrecerle lo que me ha pedido, majestad». La persona que tenía en mente para asumir este peligroso papel no era ninguno de los ministros reformistas a los que se habían sondeado para el puesto, como el muy activo ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, embajador en Estados Unidos y Francia, y estrecho asesor de mi padre, o el ministro del Interior, Manuel Fraga, un franquista moderado, abierto a reformas, aunque restringidas. Al final, los diecisiete miembros del Consejo propusieron a un candidato de cada tendencia política en «la terna»: el democristiano Federico Silva Muñoz, exministro de Obras Públicas; el tecnócrata Gregorio López-Bravo, exministro de Industria y luego de Asuntos Exteriores, y Adolfo Suárez, un joven franquista desconocido, sin experiencia de poder, el menos votado de los tres. ¡Les estaba preparando una bonita sorpresa a los españoles!”


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