Al final de la Segunda Guerra Mundial, los monárquicos españoles confiaban que Franco, al que habían apoyado con esa esperanza, restaurara la monarquía borbónica. Mi padre,
don Juan, estaba por su parte
convencido de que los Aliados se asegurarían de esa restauración. España se había mantenido neutral durante el conflicto, pero
Franco había confraternizado con Mussolini y Hitler. Así que
Lord Louis Mountbatten, primo suyo por parte de madre y último virrey de la India británica,
le pidió a mi padre que, en nombre de los Aliados,
hiciera una declaración pública contra su régimen. El
19 de marzo de 1945,
don Juan publicó el «Manifiesto de Lausana», en el que
denunciaba los orígenes fascistas del régimen de Franco y le instaba a dimitir en favor de una monarquía constitucional y
moderada
que incluyera a todos los partidos políticos,
también al Partido Comunista. Quería encarnar al Rey de la reconciliación nacional, con una misión pacificadora. Un mes antes,
en la Conferencia de Yalta, las grandes potencias vencedoras se habían mostrado favorables al principio del restablecimiento de la Corona española.
Mi padre se preparaba para convertirse en el rey
Juan III, al frente de una monarquía acogedora para todos y sostenida por el esfuerzo de todos. Pero
el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, su firme partidario, murió y fue sustituido por Harry S. Truman.
En la Conferencia de Potsdam, en el
verano de 1945, Truman y los demás Aliados abandonaron a mi padre.
Ante el ascenso del comunismo, Estados Unidos
no estaba dispuesto a asumir ningún riesgo estratégico con una monarquía frágil y abierta a todos los partidos políticos, incluidos los comunistas. En el nuevo contexto de la Guerra Fría, mi padre representaba una opción arriesgada.
[...]
Portugal era un país próximo a España no solo geográficamente, sino también en cuanto a clima y estilo de vida. Contaba con buenas infraestructuras y, desde el punto de vista económico, estaba bien desarrollado, ya que
su neutralidad durante la guerra lo había protegido. Los españoles iban allí a comprar café y otros productos de primera necesidad de los que carecían. Imagino que
mi padre pudo contar con la buena acogida de António de Oliveira Salazar, antiguo profesor de economía que llegó a ser presidente vitalicio del Consejo, y
que acogió a muchos exiliados en la posguerra. Mis padres
vivieron en Estoril más de treinta y cinco años. Incluso les ofrecieron la nacionalidad portuguesa, que ellos declinaron. Y
durante la Revolución de los Claveles en 1974, aunque algunas personas les instaron a marcharse,
mis padres nunca se plantearon la posibilidad de trasladarse.
Las autoridades portuguesas de todo signo siempre
les mostraron una gran deferencia. Solo
en 1982, ante mi insistencia, regresaron por fin a su patria y
se instalaron en una discreta casa a las afueras de Madrid. Allí siempre nos sentimos bienvenidos.
[...]
Mientras toda mi familia se trasladaba a Portugal, yo me quedé solo en Suiza. Acabé
en Friburgo, una bonita ciudad medieval de tejados rojos al pie de los Alpes,
para continuar mi educación en Villa Saint Jean, un internado dirigido por padres marianistas. Era un colegio de gran renombre que promovía tanto el estudio como las actividades al aire libre. El famoso piloto y escritor francés Antoine de Saint-Exupéry estudió allí. ¡Mucho antes que yo, por supuesto!
El ambiente era estricto, reflejo de la educación de la época. No recibí ningún trato especial, ¡todo lo contrario! Aún
recuerdo a los profesores dándonos golpes sobre los nudillos con una regla y poniéndonos en un rincón toda una tarde para castigarnos.
A veces me encerraban solo en clase para obligarme a repasar las lecciones. Hice un amigo, Dominique Allard, con el que me escapaba para ir a la tienda de golosinas.
[...]
Aquellos años en el internado fueron mi primera experiencia alejado de mi familia
Allí descubrí el amargo sabor de la soledad, después de haber crecido rodeado de mis primos y hermanos. El contraste era realmente radical.
No fue fácil. Sobre todo porque por entonces las comunicaciones telefónicas eran excepcionales y esporádicas.
Mi hermana, la infanta
Pilar, me contó más tarde
que mi madre quería llamarme, pero que mi padre no la dejaba: «¡Hay que educarlo como príncipe heredero, hay que endurecerlo!». Hoy comprendo que la dureza de mi educación fue una preparación para mis futuras obligaciones, pero, en aquel momento,
me hizo sufrir.
En Suiza,
Eugenio Vegas Latapié, mi tutor, se ocupaba de mí. Me acompañaba a todas partes, me hablaba y me cuidaba. En especial, durante
una doble otitis aguda que me tuvo en el hospital durante mucho tiempo.
Mis padres estaban en un crucero, invitados por el rey belga
Leopoldo III, y no se les pudo localizar. Afortunadamente, para llenar el vacío afectivo
pude contar con mi abuela paterna,
la reina Victoria Eugenia, a quien yo llamaba
Gangan. Creo que
es la persona más adorable que he conocido en mi vida. Era la encarnación de lo que llamamos
una «gran dama», la personificación de la nobleza de mente y corazón. Siempre elegante y distinguida, era
cálida, divertida y
nunca ocultaba su fuerte carácter.
No conozco a nadie que se atreviera a enfrentarse a ella. Su pragmático sentido común y su muy británico sentido del humor le permitían superar cualquier revés. Tuve una relación privilegiada con ella.
Era como mi «abuela madre».
La quiero mucho, la quise mucho. Todavía
me emociono cuando pienso en ella y en su incomparable bondad.
Venía a verme desde Lausana todos los jueves por la mañana. Llegaba, siempre muy elegante, con su tez de porcelana, los ojos azules muy claros y el cabello blanco recogido en un moño, en su Plymouth negro conducido por su chófer.
El director del colegio, Monsieur Grimeau,
la recibía de manera protocolaria y la llevaba a mi dormitorio, que compartía con otros cinco internos.
Disfrutaba de cada una de
sus visitas, pero también sabía que insistiría en lavarme. Me prestaba de mala gana, porque
hacía un frío que pelaba. En aquella época
no nos duchábamos todos los días como ahora.
Mi abuela me enjabonaba en una pequeña bañera del cuarto de baño
sin calefacción; luego
me revisaba la ropa, y
apartaba la que necesitaba remiendos y lavados. Ella también
me enseñaba pronunciar la erre española. Me reunía asimismo con ella para pasar
el domingo en su casa, la villa Vieille Fontaine, cerca del lago Lemán. Ese día, temprano,
tomaba el tren de Friburgo a Lausana, acompañado por mi tutor. Aún recuerdo cuando
llegaba a su habitación y la encontraba leyendo los periódicos con guantes para no mancharse las manos. A mí
tampoco me gusta el olor de los periódicos, ni las manchas grises que dejaban antes en las manos. La decoración era muy acogedora, de estilo británico, con bibelots que había heredado de su madre. El jardín era mi patio de recreo. Había que cruzar una calle por detrás de la casa para llegar a la pista de patinaje de la ciudad, donde iba en invierno. Esa casa, en la que tenía mis costumbres y mis puntos de referencia, se convirtió en mi puerto base.
Allí pasé vacaciones memorables con mis primos. Unas damas de compañía se turnaban al lado de mi abuela; eran cuatro o cinco aristócratas españolas que se alternaban durante varias semanas. La encantadora
Mademoiselle Rose, su ama de llaves, me daba dinero para comprar golosinas. Y más tarde, para ir al cine con mis primos.
Gangan estaba muy unida a todos sus nietos: nos
contaba historias y le gustaba hablar con nosotros, pero
no podías quitarle la palabra. Nos confiaba como un secreto que,
cada vez que necesitaba dinero, iba a la joyería a vender uno de los diamantes de su gran collar de dos vueltas,
que luego sustituía por otro falso. Nadie sospechaba nada. Nos lo contaba todo riendo, sin un ápice de amargura.
Inspiraba confianza. Era al mismo tiempo una brújula y un imán.
Durante las vacaciones, recibía a un primo de cada rama de la familia. No le gustaba que hubiera demasiados nietos armando barullo a la vez; prefería tener una relación privilegiada con cada uno de nosotros.
Solíamos ir a pescar al lago y dar paseos por la montaña. De mayores, íbamos a tomar una copa al Café Scotch o a bailar al Bagatelle.
Comíamos con ella y se nos hacía la boca agua de antemano,
aunque a veces hubiera endivias y salsifíes que no nos gustaban. Para ella
era un orgullo ofrecer a sus nietos menús especiales. «Quiero que comáis bien en casa», solía decirnos. Discutía largamente los menús con su cocinero, deseosa de complacer a todo el mundo. Después de la comida, nos sentábamos a su alrededor para escucharla. Apoyaba las piernas en un reposapiés y
nos contaba anécdotas de su vida.
Era tan
abierta de pensamiento que
podíamos hablar de todo con ella, con total libertad.
Era muy moderna y vanguardista, e intentaba estar siempre a la última. Para todos nosotros, era la principal figura de apoyo, y para mí era la personificación de la distinción real. Recuerdo que,
en sus últimos momentos,
cuando estábamos susurrando nuestras preocupaciones y oraciones, nos dijo: «Can you talk lower because I can still hear everything?» (¿podéis hablar más bajo, que lo sigo oyendo todo?). Su humor era incomparable y
su muerte dejó un gran vacío en mi corazón. Era extraordinaria. Tras su fallecimiento en 1969, a la edad de ochenta y un años,
animé a mi padre a conservar Vieille Fontaine,
pero él
no tenía medios para mantenerla y se vendió. Después de aquello, fue más difícil mantener unida a la familia y nuestros lazos se debilitaron. Ella era nuestro punto de encuentro.
[...]
Todo era opuesto entre mi padre y Franco,
políticamente e incluso
físicamente: el Generalísimo era pequeño de estatura, de voz aflautada y de reivindicada austeridad, mientras que mi padre era un hombre expansivo y radiante, imponente y majestuoso. Franco
no le había perdonado la publicación d
el «Manifiesto de Lausana» de 1945 y
su postura pública en contra de su régimen. Su rivalidad personal era notoria, lo que nunca impidió a Franco mostrar su respeto por la monarquía como institución.
Para afianzar su autoridad,
Franco había redactado en 1947 una ley de Sucesión. (...)
Mi padre,
en su «Manifiesto de Estoril», denunció la ilegalidad de esta ley, de la que señaló que alteraba la esencia de la monarquía española.
Franco y mi padre no se apreciaban, pero, (...)
en agosto de 1948, en el Azor, (...) l
legaron a un acuerdo sobre una cosa:
yo debía estudiar en España.
Mi padre tuvo que transigir con su enemigo, su adversario político, el hombre que le cerraba el paso al trono, y aceptar confiarle a su hijo para asegurar el futuro de la monarquía. (...) Sé que
fue una decisión arriesgada y difícil para mi padre, sobre todo porque l
os monárquicos estaban perseguidos en la época, como todos los demás opositores.
Gritar «¡Viva el Rey!» se castigaba con la cárcel. (...)
Algunos de los consejeros de mi padre, miembros de su Consejo Privado,
no comprendieron su maniobra. Pero
Pedro Sainz Rodríguez, antiguo ministro de Educación del primer Gobierno de Franco, que se había exiliado a Portugal,
apoyó la decisión de mi padre. Entablé con él una relación muy personal: me enseñó a jugar al ajedrez, preludio de largas partidas de uno contra el otro, y me llevó a explorar Oporto y al palacio real de Busaco, rodeado de un bosque húmedo y brumoso. En 1969 regresó a Madrid, con su biblioteca de casi veinte mil libros, para ingresar en la Academia de la Lengua y de la Historia.
Desempeñó un papel decisivo en mi destino.
[...]
Como veremos más adelante, aquello acabaría por perjudicarle:
mi padre sería el gran sacrificado, al no llegar nunca a ser Rey como dictaba la orden de sucesión.
¿Era consciente de ello en aquel momento? No lo creo. Sé que
mi abuela apoyó a mi padre en esta difícil decisión. Ella
solía decir públicamente
que el futuro rey de España
tenía que ser Rey de todos los españoles, una frase que
mi padre también repetía a menudo,
pese a que en aquella época
el país estaba dividido,
gobernado por los vencedores de la Guerra Civil
que demonizaban a «los rojos», lejos todavía de la reconciliación nacional. Sería imprescindible que yo pusiera de relieve esta misma frase en mi primer discurso oficial como Rey, ante las Cortes franquistas.
[...]
A finales de octubre de 1948, de un día para otro,
mi padre me trajo de vuelta a Portugal, a Estoril, (...) Cuando llegué, mi padre me llamó a su despacho y me dijo:
«Juanito, vas a ir a estudiar en España. Es importante que conozcas tu país». No dijo nada más ni tuve derecho a más explicaciones. Me sorprendió, desde luego;
no me lo esperaba en absoluto. Siempre he tenido que adaptarme a los cambios de circunstancias, así que
no tuve más remedio que conformarme con su decisión. Estaba al mismo tiempo ansioso por esta nueva perspectiva, lleno de curiosidad por conocer España y triste por tener que volver a dejar atrás a mi familia.