“Hubo tres días consecutivos de festejos a un ritmo frenético para acoger a los en torno a ciento cincuenta invitados, entre ellos representantes de veintisiete monarquías: acudieron la Reina de los Países Bajos, el Rey de Noruega, la Reina de Dinamarca, el Rey Miguel de Rumanía, los Príncipes de Liechtenstein, el Gran Duque de Luxemburgo, el Príncipe Felipe de Edimburgo, Lord Mountbatten y Rainiero de Mónaco y su mujer, Grace, que irradiaba belleza y elegancia.
Era la primera vez que se reunían tantos reyes y príncipes desde la boda de la futura Isabel II de Inglaterra en 1947. (…) Mis compañeros de promoción también vinieron.
Me casé con el uniforme de Teniente de Infantería.
Sofi, muy guapa y elegante, vestida por el
modisto francés de origen griego Jean Dessès, llegó con su padre en un carruaje tirado por seis caballos blancos y flanqueado por una escolta encabezada por su hermano.
La catedral católica de San Dionisio Aeropagita estaba enteramente decorada con los colores de la bandera española, con claveles rojos y amarillos. (…)
De aquella boda salió la de Ana María de Dinamarca con nada menos que el hermano de la novia,
Constantino, y la de Ana de Orleans con mi primo
Carlos de Borbón-Dos Sicilias.
[…]
Intercambiamos votos en nuestros respectivos idiomas. La misa duró apenas una hora.
A Sofi se le empañaron los ojos cuando se dio cuenta de que
había olvidado pedir el consentimiento protocolario de su padre antes de pronunciar sus votos. Entre la emoción y la decepción, no pudo contener las lágrimas. Le presté mi pañuelo para que se las secara.
Mi hija mayor, Elena, cometió el mismo error el día de su boda con Jaime de Marichalar en la Catedral de Sevilla. ¡La historia se repite!
Al salir de la iglesia,
dieciocho oficiales de mi promoción formaron un arco con sus sables y recibimos una lluvia de pétalos de rosa. A continuación, el cortejo se puso en marcha y se dirigió a la catedral ortodoxa de la Anunciación de Santa María, donde nos esperaba una suntuosa ceremonia.
Era la primera vez que me vitoreaban así, y estaba exultante. La alegría estallaba por las calles de Atenas. (…) La catedral estaba abarrotada y hacía mucho calor.
La misa fue larga y ritual, con mi suegro
el Rey Pablo y mi cuñado Constantino sosteniendo las coronas sobre nuestras cabezas y las vueltas alrededor del altar, la copa de vino que compartimos y las oraciones del sínodo. Luego sonaron cinco cañonazos, a los que respondieron las campanas de la ciudad. (…)
Por desgracia, estaba incómodo debido al dolor. Dos semanas antes de la ceremonia,
me había dislocado el hombro derecho y me había roto la clavícula practicando judo con el futuro Rey de Grecia, Constantino. Me hacía de verdad mucho daño, lo que explica que salga un poco tenso en las fotos. Sobre todo porque los españoles que fueron a Atenas para la ocasión me saludaban dándome palmadas en el hombro. Era amistoso, pero dolía. Suerte que me quedaba el brazo izquierdo para bailar.
Sofi ha sido desde día no solo
una gran Reina, sino también
una compañera incomparable y una madre muy entregada. Es una
mujer admirable y leal con la que tengo una enorme deuda.
Tras la boda de cuento de hadas, empezó la luna de miel de postal.
El armador Stavros Niarchos puso a nuestra disposición su isla privada de Spetsopoula, al este de las Cícladas, su magnífico velero Eros y luego también el Creole. Mi padre pasó a visitarnos en el Saltillo, de regreso a Portugal. (…) Primero
fuimos a Roma para agradecer a Juan XXIII su decisiva mediación. Luego
a Madrid, para presentar a Sofi a Franco. No me preocupaba este encuentro, pues estaba seguro de que todo iría bien. Incluso
creo que Sofi se sintió gratamente sorprendida por Franco, que se mostró afable y acogedor, y al que agradó comprobar que ella ya hablaba bastante bien el español.
[…]
Durante nuestro noviazgo, en la visita que hizo Sofi a Estoril con su familia, mi padre nos había enseñado algunas casas próximas a la suya. No me atreví a decirle que no pensaba vivir allí, pero se lo di a entender al agente inmobiliario.
¿Qué sentido tendría que me hubieran separado de mi familia a una edad tan temprana si al final me instalaba en el exilio al lado de mi padre? ¿Todo ese sacrificio para nada? Pero claro, yo tenía un jefe, mi padre, y Franco no hacía avanzar sus peones y se mantenía evasivo en cuanto a los planes que tenía para mí. (…) Por el momento, nos embarcamos en un pequeño viaje alrededor del mundo con total despreocupación. Aplacé para nuestro regreso esta decisión, que sabía que sería crucial.
Filmé nuestras aventuras con una cámara beaulieu de 16 mm que me regaló mi madre.
Hace poco encontré estos viejos rollos, que hice digitalizar. Con gran emoción
volví a ver estas imágenes, recuerdos de una época en la que nuestros hábitos y costumbres eran tan diferentes, y de la que han pasado sesenta años. Empezamos
en Montecarlo, donde
Rainiero y Grace nos dieron una cálida bienvenida, con una sencillez casi familiar. Sus hijos, Carolina y Alberto, jugaban con nosotros en la piscina.
Grace se había hecho muy amiga de mi abuela, a la que visitaba con regularidad y a la que
le gustaba leerle libros. Su belleza era célebre, al igual que su amabilidad. Seguimos en barco hasta Portofino y luego hacia Saint-Tropez, antes de volar a la India, en concreto a Nueva Delhi y
Jaipur, donde se nos ve encaramados a un elefante con una cinta en la cabeza. Luego llegamos a
Nepal bajo la lluvia torrencial del monzón.
Éramos los turistas número diez mil que desembarcábamos en aquel remoto país, y nos recibió un jesuita estadounidense de unos cincuenta años que nos llevó a visitar una escuela. Me costó dejar a aquellos niños tan conmovedores. Los cogí de la mano y caminamos juntos un buen trecho, hasta que tuvieron que regresar a la escuela. Para volver a Calcuta y Benarés, tomamos un avión DC3 que tuvo que frenar de repente en medio de la pista de despegue porque pasaba un burro. Fue todo muy cómico. Era la primera vez que me sentía tan desubicado.
En Tailandia, filmé largamente los mercados flotantes de Bangkok. Recorrimos la bulliciosa red de canales en una barca, rodeados de innumerables tenderetes.
Estábamos los dos solos. La Compañía Internacional de Coches Cama había reservado los vuelos y los hoteles, pero sobre el terreno hacíamos lo que queríamos, sin ninguna ayuda.
Sofi estaba menos acostumbrada que yo.
Por galantería, la ayudé a hacer y deshacer sus innumerables maletas. Al final de nuestro viaje, le dije: «¡Nunca más!».
En cada parada comprábamos recuerdos y baratijas.
En Bangkok, deambulando por las calles,
entré en una joyería. Una vendedora me dijo: «¡Tengo justo lo que necesita!», y
sacó un magnífico zafiro cabujón. Quise comprárselo a Sofi,
pero me anunció un precio prohibitivo: cinco mil dólares. Después de pensarlo mucho y hacer cuentas, llegué a la conclusión de que no entraba en nuestro presupuesto y me fui, decepcionado, llevándome la tarjeta de la tienda.
Cinco años después, emprendimos un viaje por Asia con un par de amigos griegos que nos habían invitado a acompañarlos. Cuando llegamos a Bangkok, me acordé de esta joyería. Había perdido la tarjeta, así que la busqué con atención en la guía del hotel. Encontré la tienda. La misma señora me saludó y dijo: «¡Todavía tengo el zafiro para usted!». ¡Es increíble que me reconociera!
Me lo vendió por la mitad del precio que me había pedido cinco años antes. Me alegré mucho de poder comprarlo esta vez.
Esperé a estar en el Taj Mahal y, durante una cena de luna llena,
le regalé a Sofi ese magnífico zafiro.
Volamos a Singapur, Hong Kong y Macao, que aún no tenían el aspecto ultramoderno de hoy, antes de llegar a Japón.
Visitamos Tokio, Kioto y Osaka, pero sobre todo
tuvimos el honor de ser recibidos por el futuro Emperador Akihito y su esposa Michiko. Akihito pertenece a la dinastía más antigua aún en el poder, y sus tradiciones son centenarias.
Ha trabajado duro para reconciliar a su país con su pasado y acercar,
rompiendo con ciertos ritos, la figura del emperador al pueblo. Tras treinta años de reinado, abdicó en 2019 en favor de su hijo. Aún guardo un grato recuerdo de nuestro primer encuentro.
Después llegamos a Honolulu, donde aprendí a surfear. Ya se me daba muy bien el esquí acuático. Aprovechamos la playa e hicimos senderismo por paisajes exuberantes, rodeados de cascadas. El paisaje era paradisíaco. Luego aterrizamos en California y visitamos San Francisco, Los Ángeles y sus enormes parques de atracciones, que causaban sensación por su novedad y tamaño: Marineland, Disneyland y los legendarios estudios de Hollywood. Una vez llegados a la costa este, nuestro viaje adquirió un aire más protocolario,
gracias a la intermediación del embajador español, Antonio Garrigues, cercano al clan Kennedy, y de Angier Biddle Duke, jefe de protocolo de Estados Unidos, que se convertiría en embajador en España tras encargarse de dirigir la triste y difícil tarea de supervisar los funerales del presidente John F. Kennedy.
Fuimos recibidos en West Point con honores militares. Depositamos un ramo de flores en el cementerio de Arlington, antes de acudir al Despacho Oval de la Casa blanca,
el 30 de agosto de 1962,
para saludar al presidente Kennedy. Quedé encantado e impresionado por este encuentro, que resultó muy agradable. Fue un privilegio ser recibido de aquella manera, sobre todo porque yo carecía de título y de función oficial en aquel momento. Antes de eso, no nos perdimos la Copa América, con sus magníficos yates de 12 metros en Newport. Estábamos llegando al final de aquella pequeña vuelta al mundo excepcional por todo lo alto”.