Foro DINASTÍAS | La Realeza a Través de los Siglos.

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 14:06 
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Fragmentos de la Segunda Parte. Capítulo 5

***


Mi primer amor de juventud fue una de las hijas del Rey Humberto II de Italia, María Gabriela de Saboya, que vivía en Estoril con su hermano y sus dos hermanas, y a quien yo conocía desde la infancia. Un día que todos jugábamos en casa del Conde de París, ella se cayó a la piscina. Era mala nadadora y se debatía en el agua. Inmediatamente, me zambullí para socorrerla. Fue así como nos hicimos cómplices. Esta hermosa princesa, a la que yo llamo Ella, de esbelta figura y cabellos dorados, iluminaba nuestras veladas entre amigos con sus finos rasgos y su alegría de vivir. Culta, independiente, moderna, no quería ser prisionera de un título, hasta el punto de rechazar mi mano en matrimonio, luego la del Sha de Irán y también la de Balduino de Bélgica. Reivindicaba su libertad y no quería estar sujeta a los deberes de la realeza. (…) Durante mucho tiempo conservé una foto suya en mi mesilla de noche de la Academia Militar.

En una fiesta para los cadetes del buque escuela Juan Sebastián de Elcano, en el puerto del Callao (Perú), causó sensación la atractiva Gladys Zender, elegida Miss Universo en 1957. Me encantó poder cenar con ella al día siguiente, antes de zarpar de nuevo. Me regaló un álbum de un centenar de páginas con fotografías suyas que tenía intención de guardar como un tesoro. (…) Cuando regresé al barco, me puse a escribirle una larguísima carta. (…) Al llegar a Panamá, le pedí a un compañero que la enviara discretamente por correo. A la vuelta de aquel viaje de cuatro meses, fui a ver a Franco sin sospechar nada. Me dijo, en el curso de la conversación: «Sigue cometiendo usted muchas faltas de ortografía, alteza. Debe tener cuidado». (…) Sospecho que mi amigo, a quien le confié mi carta, la remitió a uno de nuestros superiores, que sin duda la entregó al cónsul español en Panamá. Y así terminó en la mesa de Franco en vez de en manos de la bella Gladys Zender. Me reencontré con ella unos quince años después, en un viaje oficial a Perú. No me dio un vuelco el corazón como la primera vez que la vi, pero me emocionó recordar aquella etapa tan bonita.

Durante aquellos años de formación militar, también había flirteado con la hija de un republicano, lo que escandalizó a algunos oficiales de alto rango. Tuve que replicar que ella no era responsable de las opiniones políticas de su padre, que poco me interesaban. Seguíamos viviendo en una sociedad regida por el antagonismo de la Guerra Civil, incluso veinte años después del final del conflicto. También conocí a la italiana Olghina de Robilant, que vivía al lado del Conde de París, en las colinas de Sintra. (…) Estaba secretamente enamorado de Hélène, la tercera de los once hijos del Conde de París, cuatro años mayor que yo. Su belleza me trastornaba. Era un amor imposible. Llamé Elena a mi hija mayor en su honor.

Un día, en el transcurso de una conversación, Franco me dijo: «Ya es hora de que su alteza deje de coquetear y se case». Yo tenía veintitrés años y entendí el mensaje. (…) Conocí a mi futura esposa, Sofía, en la boda de Eduardo, Duque de Kent, primo de la reina Isabel, con Catalina Worsley. Fue en junio de 1961, en Londres. Habíamos coincidido antes durante un crucero en el yate Agamenón en 1954, organizado por su madre, la Reina Federica de Grecia, para reunir a las familias reales de Europa tras el trauma de la guerra, pero no me había fijado en ella.

[…]

Seis años más tarde, volví a encontrarme con algunos de ellos en Londres, con motivo de aquella boda que reunía la flor y nata. Sofía era una joven realizada y culta, de mi edad, hija y nieta de Rey, educada en un internado en Salem, cerca del lago de Constanza. Llevaba una vida muy activa: estudiaba arqueología con su hermana Irene, ayudaba en un hospital infantil y navegaba con su hermano Constantino. Nos alojábamos en el mismo hotel, el Claridge, durante los festejos, y como nuestros padres no estaban allí, podíamos salir informalmente al cine o a bailar. Era muy simpática y abierta. Enseguida me atrajo su actitud sencilla, dulce y jovial, nada esnob ni estirada. Y bailaba muy bien. Me impresionó la delicadeza de sus rasgos, la elegancia de su porte y la dulzura de su sonrisa. Percibí sus muchas cualidades: su generosidad, su energía, su abnegación y su sentido del humor. Nuestras conversaciones no eran fáciles, porque yo no hablaba bien inglés en aquella época, y no entendía ni el griego ni el alemán, que Sofía hablaba con fluidez, mientras que ella no sabía ni español ni italiano ni portugués. Afortunadamente, sí hablaba un poco de francés. Pero, a pesar de la barrera lingüística, nos entendíamos. Aprovechamos estos momentos festivos sin acompañantes para abrir nuestros corazones. Enseguida me di cuenta de que ella era la elegida, de que tenía que ser la madre de mis hijos. Estaba muy enamorado de ella, me sentía feliz y realizado a su lado. Cuando estábamos juntos, sentía que nos complementábamos. Como hija mayor de una Familia Real reinante, educada como yo en el mundo reglamentado de la Corona, sabía que se adaptaría perfectamente a las obligaciones que tal vez algún día debería asumir. Ya no iba a estar solo mi destino. Desde entonces la llamo Sofi.

Su madre, Federica de Hannover, era hija del Duque Ernesto Augusto III de Brunswick, nieto del último Rey reinante de la Casa de Hannover, y de la Princesa Victoria Luisa de Prusia, única hija del Káiser alemán Guillermo II. Su padre, el Rey Pablo, accedió al trono tras la muerte de su hermano, después de huir de la invasión alemana refugiada en Egipto y Sudáfrica. (…) Me llevaba bien con la que sería mi futura familia política, aunque la Reina Federica tenía un carácter fuerte y autoritario. Había que saber plantarle cara y ponerla en su sitio. Le gustaba mandar y a veces era necesario ponerle límites: «En mi casa, mando yo. En Grecia, tú haces lo que quieras», debía repetirle cuando empezaba a querer controlar nuestra vida familiar. Por ejemplo, era vegetariana, como Sofi, e intentó impedir que mis hijos comieran carne. Era una mujer dinámica, original, muy volcada en sus obligaciones y muy aficionada a las matemáticas y la espiritualidad india, que estudiaría a conciencia en el exilio, después de 1967. El Rey Pablo, más discreto, era muy culto y espiritual. Como mi padre, tenía grandes tatuajes en los brazos, reliquias de su juventud en la marina. Junto a sus tres hijos, formaban una familia unida y armoniosa, alejada del protocolo y la ostentación.

Después de la boda de Eduardo en Londres, Sofi y yo pasamos unos días con mis padres en la residencia de verano de la Familia Real griega, el Palacio de Mon Repos, en las colinas de Corfú. Allí pudimos dar rienda suelta a nuestra pasión común por la vela. Fueron unos días preciosos, románticos y alegres, aunque a veces discutiéramos en el barco a propósito de alguna maniobra. Oficializamos nuestro compromiso el 13 de septiembre de 1961, en Lausana, en casa de mi abuela, la Reina Victoria Eugenia. Yo le hice una propuesta formal de matrimonio a su padre, el Rey Pablo, pero no sabía cómo entregarle a Sofi el anillo de compromiso. Un día que ella estaba descansando en su habitación del Hotel Beau Rivage, frente a la Vieille Fontaine, a la hora de la siesta, llegué de improviso y lancé al aire una cajita que contenía el anillo de rubíes. «Cógelo», dije. Fue mi manera poco convencional de formalizar nuestra relación.

[…]

Sin embargo, había un obstáculo para nuestra unión: Sofi era ortodoxa. Para ciertos tradicionalistas españoles, este matrimonio era difícilmente concebible. En una reunión en Estoril entre mi padre y miembros de su Consejo Privado, uno de ellos se ofuscó: «¿Vais a permitir que el Príncipe se case con una hereje?», le preguntó a mi padre delante de mí. Afortunadamente, mi padre me tiró de la manga para indicar que mantuviera la calma. La mentalidad católica de la época era muy obtusa. Fui al Vaticano con mi padre en enero de 1962. El Papa Juan XXIII nos recibió en audiencia. Recuerdo lo bajito que era, sentado los pies apenas tocaban el suelo. «El jueguecito de las coronas está muy bien», dijo para dejar claro que no se oponía al matrimonio según el rito de la religión ortodoxa. Y así desbloqueó la situación. Nuestra unión será la primera en celebrarse por medio de una doble liturgia, católica y ortodoxa. Nos beneficiamos de los vientos de apertura generados por el Concilio Vaticano II”.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 14:50 
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Estuvo enamorado de una hija del conde de París? Esta no me la sabía...


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 15:25 
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Yo lo mato. A muchos les ha gustado el capítulo que dedica a la Reina Sofía. A mí NO. Primero por empezarlo hablando de sus otros “amores” y segundo porque dice “Conocí a mi futura esposa, Sofía, en la boda de Eduardo, Duque de Kent”. ¿Perdón?

No recuerda que fue en la boda de la misma Helene, en el 57, cuando realmente se reencontró con la Princesa Sofía, tantos años después del Agamenón. Tampoco recuerda la cena con la Familia Real griega en Nápoles —JJ. OO. de Roma 1960— y el afeitado de bigote.

Hay tantas cosas que no menciona y que le hubieran hecho tanto bien.

María Gabriela de Saboya sobre su flirt juvenil con JC.

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 20:32 
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Qué ojos, por Dios. Impresionante presencia la de esta mujer.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 20:57 
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Ya se que los parecidos son muy subjetivos, pero en la fotografía de Juan Carlos con Gabriela que ella lleva un vestido de topitos, veo un parecido asombroso de Leonor con su abuelo.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 22:40 
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Tienes razón Clara, cuenta todo amontonado y sin ritmo ni cronología. En un párrafo ha despachado tres novias un compromiso y una doble boda por favor, Ay Babilonio qué mareo..!

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 20 Dic 2025 22:40 
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En la boda de Antonio de Borbón 2 Sicilias y de Isabel de Wurtemberg en el 58 salen juntitos en varias fotos…

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 21 Dic 2025 00:30 
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Siempre me pregunto si habría funcionado esta relación un poco mejor, Doña Sofía terminó siendo lo que precisaba, una mujer de pocas palabras, seria y de mucho trabajo, de pasearse por los pueblos, una gran madre de sus hijos pero no sé cómo habría funcionado una persona tan independiente y progresiva en la España franquista, evidentemente no muy bien. Y la monarquía precisaba hacer las cosas muy bien para volver si es que había chances. Nos perdimos sí muchos joyones porque lo que heredó María Gabriela de sus parientes fue todo bueno, incluso una tiara de Fabergé.

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"Ma fin est mon commencement,
et mon commencement ma fin".


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 21 Dic 2025 16:34 
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Ubicación: España
“Hubo tres días consecutivos de festejos a un ritmo frenético para acoger a los en torno a ciento cincuenta invitados, entre ellos representantes de veintisiete monarquías: acudieron la Reina de los Países Bajos, el Rey de Noruega, la Reina de Dinamarca, el Rey Miguel de Rumanía, los Príncipes de Liechtenstein, el Gran Duque de Luxemburgo, el Príncipe Felipe de Edimburgo, Lord Mountbatten y Rainiero de Mónaco y su mujer, Grace, que irradiaba belleza y elegancia. Era la primera vez que se reunían tantos reyes y príncipes desde la boda de la futura Isabel II de Inglaterra en 1947. (…) Mis compañeros de promoción también vinieron. Me casé con el uniforme de Teniente de Infantería. Sofi, muy guapa y elegante, vestida por el modisto francés de origen griego Jean Dessès, llegó con su padre en un carruaje tirado por seis caballos blancos y flanqueado por una escolta encabezada por su hermano. La catedral católica de San Dionisio Aeropagita estaba enteramente decorada con los colores de la bandera española, con claveles rojos y amarillos. (…) De aquella boda salió la de Ana María de Dinamarca con nada menos que el hermano de la novia, Constantino, y la de Ana de Orleans con mi primo Carlos de Borbón-Dos Sicilias.

[…]

Intercambiamos votos en nuestros respectivos idiomas. La misa duró apenas una hora. A Sofi se le empañaron los ojos cuando se dio cuenta de que había olvidado pedir el consentimiento protocolario de su padre antes de pronunciar sus votos. Entre la emoción y la decepción, no pudo contener las lágrimas. Le presté mi pañuelo para que se las secara. Mi hija mayor, Elena, cometió el mismo error el día de su boda con Jaime de Marichalar en la Catedral de Sevilla. ¡La historia se repite!

Al salir de la iglesia, dieciocho oficiales de mi promoción formaron un arco con sus sables y recibimos una lluvia de pétalos de rosa. A continuación, el cortejo se puso en marcha y se dirigió a la catedral ortodoxa de la Anunciación de Santa María, donde nos esperaba una suntuosa ceremonia. Era la primera vez que me vitoreaban así, y estaba exultante. La alegría estallaba por las calles de Atenas. (…) La catedral estaba abarrotada y hacía mucho calor. La misa fue larga y ritual, con mi suegro el Rey Pablo y mi cuñado Constantino sosteniendo las coronas sobre nuestras cabezas y las vueltas alrededor del altar, la copa de vino que compartimos y las oraciones del sínodo. Luego sonaron cinco cañonazos, a los que respondieron las campanas de la ciudad. (…) Por desgracia, estaba incómodo debido al dolor. Dos semanas antes de la ceremonia, me había dislocado el hombro derecho y me había roto la clavícula practicando judo con el futuro Rey de Grecia, Constantino. Me hacía de verdad mucho daño, lo que explica que salga un poco tenso en las fotos. Sobre todo porque los españoles que fueron a Atenas para la ocasión me saludaban dándome palmadas en el hombro. Era amistoso, pero dolía. Suerte que me quedaba el brazo izquierdo para bailar. Sofi ha sido desde día no solo una gran Reina, sino también una compañera incomparable y una madre muy entregada. Es una mujer admirable y leal con la que tengo una enorme deuda.

Tras la boda de cuento de hadas, empezó la luna de miel de postal. El armador Stavros Niarchos puso a nuestra disposición su isla privada de Spetsopoula, al este de las Cícladas, su magnífico velero Eros y luego también el Creole. Mi padre pasó a visitarnos en el Saltillo, de regreso a Portugal. (…) Primero fuimos a Roma para agradecer a Juan XXIII su decisiva mediación. Luego a Madrid, para presentar a Sofi a Franco. No me preocupaba este encuentro, pues estaba seguro de que todo iría bien. Incluso creo que Sofi se sintió gratamente sorprendida por Franco, que se mostró afable y acogedor, y al que agradó comprobar que ella ya hablaba bastante bien el español.

[…]

Durante nuestro noviazgo, en la visita que hizo Sofi a Estoril con su familia, mi padre nos había enseñado algunas casas próximas a la suya. No me atreví a decirle que no pensaba vivir allí, pero se lo di a entender al agente inmobiliario. ¿Qué sentido tendría que me hubieran separado de mi familia a una edad tan temprana si al final me instalaba en el exilio al lado de mi padre? ¿Todo ese sacrificio para nada? Pero claro, yo tenía un jefe, mi padre, y Franco no hacía avanzar sus peones y se mantenía evasivo en cuanto a los planes que tenía para mí. (…) Por el momento, nos embarcamos en un pequeño viaje alrededor del mundo con total despreocupación. Aplacé para nuestro regreso esta decisión, que sabía que sería crucial.

Filmé nuestras aventuras con una cámara beaulieu de 16 mm que me regaló mi madre. Hace poco encontré estos viejos rollos, que hice digitalizar. Con gran emoción volví a ver estas imágenes, recuerdos de una época en la que nuestros hábitos y costumbres eran tan diferentes, y de la que han pasado sesenta años. Empezamos en Montecarlo, donde Rainiero y Grace nos dieron una cálida bienvenida, con una sencillez casi familiar. Sus hijos, Carolina y Alberto, jugaban con nosotros en la piscina. Grace se había hecho muy amiga de mi abuela, a la que visitaba con regularidad y a la que le gustaba leerle libros. Su belleza era célebre, al igual que su amabilidad. Seguimos en barco hasta Portofino y luego hacia Saint-Tropez, antes de volar a la India, en concreto a Nueva Delhi y Jaipur, donde se nos ve encaramados a un elefante con una cinta en la cabeza. Luego llegamos a Nepal bajo la lluvia torrencial del monzón. Éramos los turistas número diez mil que desembarcábamos en aquel remoto país, y nos recibió un jesuita estadounidense de unos cincuenta años que nos llevó a visitar una escuela. Me costó dejar a aquellos niños tan conmovedores. Los cogí de la mano y caminamos juntos un buen trecho, hasta que tuvieron que regresar a la escuela. Para volver a Calcuta y Benarés, tomamos un avión DC3 que tuvo que frenar de repente en medio de la pista de despegue porque pasaba un burro. Fue todo muy cómico. Era la primera vez que me sentía tan desubicado. En Tailandia, filmé largamente los mercados flotantes de Bangkok. Recorrimos la bulliciosa red de canales en una barca, rodeados de innumerables tenderetes. Estábamos los dos solos. La Compañía Internacional de Coches Cama había reservado los vuelos y los hoteles, pero sobre el terreno hacíamos lo que queríamos, sin ninguna ayuda. Sofi estaba menos acostumbrada que yo. Por galantería, la ayudé a hacer y deshacer sus innumerables maletas. Al final de nuestro viaje, le dije: «¡Nunca más!».

En cada parada comprábamos recuerdos y baratijas. En Bangkok, deambulando por las calles, entré en una joyería. Una vendedora me dijo: «¡Tengo justo lo que necesita!», y sacó un magnífico zafiro cabujón. Quise comprárselo a Sofi, pero me anunció un precio prohibitivo: cinco mil dólares. Después de pensarlo mucho y hacer cuentas, llegué a la conclusión de que no entraba en nuestro presupuesto y me fui, decepcionado, llevándome la tarjeta de la tienda. Cinco años después, emprendimos un viaje por Asia con un par de amigos griegos que nos habían invitado a acompañarlos. Cuando llegamos a Bangkok, me acordé de esta joyería. Había perdido la tarjeta, así que la busqué con atención en la guía del hotel. Encontré la tienda. La misma señora me saludó y dijo: «¡Todavía tengo el zafiro para usted!». ¡Es increíble que me reconociera! Me lo vendió por la mitad del precio que me había pedido cinco años antes. Me alegré mucho de poder comprarlo esta vez. Esperé a estar en el Taj Mahal y, durante una cena de luna llena, le regalé a Sofi ese magnífico zafiro.

Volamos a Singapur, Hong Kong y Macao, que aún no tenían el aspecto ultramoderno de hoy, antes de llegar a Japón. Visitamos Tokio, Kioto y Osaka, pero sobre todo tuvimos el honor de ser recibidos por el futuro Emperador Akihito y su esposa Michiko. Akihito pertenece a la dinastía más antigua aún en el poder, y sus tradiciones son centenarias. Ha trabajado duro para reconciliar a su país con su pasado y acercar, rompiendo con ciertos ritos, la figura del emperador al pueblo. Tras treinta años de reinado, abdicó en 2019 en favor de su hijo. Aún guardo un grato recuerdo de nuestro primer encuentro.

Después llegamos a Honolulu, donde aprendí a surfear. Ya se me daba muy bien el esquí acuático. Aprovechamos la playa e hicimos senderismo por paisajes exuberantes, rodeados de cascadas. El paisaje era paradisíaco. Luego aterrizamos en California y visitamos San Francisco, Los Ángeles y sus enormes parques de atracciones, que causaban sensación por su novedad y tamaño: Marineland, Disneyland y los legendarios estudios de Hollywood. Una vez llegados a la costa este, nuestro viaje adquirió un aire más protocolario, gracias a la intermediación del embajador español, Antonio Garrigues, cercano al clan Kennedy, y de Angier Biddle Duke, jefe de protocolo de Estados Unidos, que se convertiría en embajador en España tras encargarse de dirigir la triste y difícil tarea de supervisar los funerales del presidente John F. Kennedy. Fuimos recibidos en West Point con honores militares. Depositamos un ramo de flores en el cementerio de Arlington, antes de acudir al Despacho Oval de la Casa blanca, el 30 de agosto de 1962, para saludar al presidente Kennedy. Quedé encantado e impresionado por este encuentro, que resultó muy agradable. Fue un privilegio ser recibido de aquella manera, sobre todo porque yo carecía de título y de función oficial en aquel momento. Antes de eso, no nos perdimos la Copa América, con sus magníficos yates de 12 metros en Newport. Estábamos llegando al final de aquella pequeña vuelta al mundo excepcional por todo lo alto”.


***


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 21 Dic 2025 18:00 
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Que pena que si tiene esos vídeos de su luna de miel no los done a algún archivo o algo y los pueda ver todo el mundo


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 21 Dic 2025 20:45 
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¿Qué zafiro será?

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 21 Dic 2025 21:02 
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