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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 06 Dic 2025 19:46 
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¡Minnie, qué alegría leerte!

Tus juicios sobre las des-memorias y su escribidora son muy necesarios.

Llevo dos capítulos nada más, pero por ahora veo a un monarca muy egocéntrico, la humildad la ha perdido por el camino; muy alejado de los problemas reales; injusto e insensible con ciertos temas; MUY imprudente, algo inadmisible para un rey constitucional con obligación de comportarse con neutralidad.

Todas esas cosas que deja entrever o que su biógrafa ha perfilado sobre él, le alejan de la majestad de un rey y lo acercan a la simpleza de un político, sobre todo los actuales.

Así que, como bien dijo Javier Caraballo, vuelvo a repetir: "el ciudadano Juan Carlos no tiene derecho a enturbiar la historia de Juan Carlos I Rey de España".

Añadiría que ni él ni su entorno.

PD: Ayer mi madre, que también se ha zambullido en las memorias, me perturbó al soltarme “¿no te parece extraño que al Rey Felipe no le haya dado algo ya?”

Miedo me da.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 06 Dic 2025 19:55 
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Arearea escribió:
Bueno no te apures Clara, puedes ponerlo cuando quieras, es mejor leerlo con calma.

A mí me gustaría que La Mareta la pudiera usar cualquiera, tanto los reyes como los presidentes, pero tengo la sensación de que a la actual casa real no le interesa tampoco mucho.

Lo ideal sería que fuera igual que el Palacio Real, que se usa para actos institucionales y lo puede visitar cualquiera y puede ver a lo largo de sus salas como la decoración, las artes decorativas, el mobiliario y las obras de artes reflejan los gustos y modas de diferentes siglos. Es una finca con varias edificaciones y se puede compatibilizar creo yo la seguridad e intimidad con las visitas de público algunas fechas al año. Por eso, La Mareta lo ideal sería que estuviera abierta al público y que fuese un ejemplo de cómo es un palacio, entre comillas, en el siglo XX. Es decir, que podamos ver la moda en mobiliario, en diseño, arquitectura, pero también en arte y en decoración durante esos años. La casa de César Manrique se puede visitar y acude mucha gente a verla por eso, y la de Fernando Higueras, no sé si está abierta, pero también es todo un referente para la arquitectura y el diseño. Entonces creo que sería una buena iniciativa, pero claro es más bien una ensoñación porque no le veo muchos visos de realidad, por no desviarnos del tema jajajaja


No veo el interés de La Mareta. Las obras de arte son de categoría menor, porque muchas son los grabados de la colección de arte contemporáneo de PN. Y es más interesante arquitectónicamente la Casa Museo de César Manrique.
Hoy en día hay villas de hoteles de lujo más impactantes que La Mareta, salvo la originalidad de César.
No van a dejar que nadie lo visite, igual que no se visita Marivent. La puesta a punto por seguridad sería carísima.
Yo, sinceramente, creo que ni tiene sentido que sea de PN. Lo es porque se lo regalaron al Rey, pero sería más lógico que lo fueran la Alhambra, la Casa de Campo o el Palacio Real de Pedralbes. Y todos pasaron a otras administraciones y otros usos.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 06 Dic 2025 21:54 
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Es curioso ver como cuenta su primer regreso a España tras marcharse a Abu Dabi en 2020. Tenemos recuerdos muy distintos sobre aquello, aparte de como maquilla a su manera, de forma inconfundible, todo lo que ocurrió. La Casa del Rey le exigió que volviera en vuelo regular, pagado con dinero bien habido y que se ajustara a las normas de conducta impuestas por el Rey a todos los miembros de la Familia Real. Él desobedeció todas esas exigencias, se convirtió en un show retransmitido en directo, pero lo resuelve con un “no llegamos a un acuerdo - no llegamos a entendernos”.

Cuando llegó a Madrid tras pasar por Sanxenxo, Felipe le echó la bronca del siglo y le afeó que utilizara un avión privado (la norma de no aceptación de regalos) que fue fotografiado por toda la prensa. El hijo reclamándole durante una hora que no había acatado las normas de conducta y lo que había planteado la Casa del Rey terminó en no puedes volver en junio como habíamos quedado y con él ofendido porque nada malo había hecho. En ese episodio también recibe la Reina Sofía, que no le había respondido a una invitación a celebrar su aniversario de bodas en Ginebra. Enfadada seguramente con su actitud.

Es muy complicado intentar meter en vereda a alguien así. Es imposible. Él solito se autosabotea.

La chicha, la parte más polémica, os la voy a poner ya y así luego seguimos con lo importante, los recuerdos de su vida temprana, la transición, su reinado...


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 06 Dic 2025 23:51 
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Fragmentos correspondientes a la Primera Parte - Capítulos del 1 al 4

Tras mi abdicación en 2014, me propuse ceder el protagonismo a mi hijo y optar por la discreción en España. Incluso pensé en trasladarme a otro país. Al final, viajé todo lo que pude, hasta el extremo de pasar, en 2016, doscientos diez días en el extranjero. La prensa no se preocupó en su momento.

[...]

Sin embargo, seguía a disposición de la Corona y mi hijo me convocaba de vez en cuando para que representara a España en un traspaso de poderes de un jefe de Estado, un funeral oficial, una entrega de premios o un acto en el extranjero al que él no podía asistir. El funeral de Fidel Castro, la inauguración del nuevo canal de Panamá, la firma de los acuerdos de paz en Colombia... Cuando era príncipe de Asturias, le correspondía a él reemplazarme. Los papeles se habían invertido. Durante esos años al margen, lo ayudé siempre que me lo pidió. Hasta que me falló la salud. Nadie se atreve a decir que esos actos oficiales son agotadores: el programa es intenso y cronometrado, y la agenda la organizan otros.

Siempre traté de ser un padre atento y afectuoso, pese a las obligaciones que me reclamaban. Sin duda le resultaba difícil conciliar sus deberes como Rey y sus sentimientos como hijo, separar el aspecto político de las consideraciones familiares. Lo importante es que heredó de mí una Corona y una Constitución que, a pesar de las críticas actuales, es nuestra primera Constitución, fruto de un consenso histórico, y de la que me siento orgulloso. Gracias al trabajo de treinta y nueve años de reinado, cuenta con una buena base institucional para reinar. Por supuesto, es mejorable y sin duda requiere algunos ajustes, pero permite a los españoles convivir en cohesión y armonía.

Sabía que Felipe gobernaría a su manera, según su propia personalidad, muy distinta de la mía, y con criterios más adecuados a las exigencias del siglo XXI. Como recordé en mi discurso de abdicación del 2 de junio de 2014 (que debí grabar varias veces por la emoción que me embargaba): «Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana». Me sentí orgulloso de cederle el trono. Los españoles podían contar con un heredero muy preparado, por su formación militar, por sus excelentes estudios universitarios, por sus años de experiencia práctica sobre el terreno, en el país y en el extranjero, cómodo en sus discursos y apariciones públicas, en sus contactos con la sociedad y con otros jefes de Estado. En aquel entonces, fue comprensivo con mis problemas de salud. Compartíamos almuerzos de trabajo y nos reuníamos regularmente. Tenía la impresión de que, a pesar de nuestras diferencias de carácter y de edad, manteníamos una buena relación.

[...]

«Por favor, ven a verme a mi despacho», me pidió de improviso la mañana del 15 de marzo de 2020. Llegué a su despacho, que fue el mío durante casi cuarenta años. Para mi gran sorpresa, allí estaba el jefe de la Casa Real, Jaime Alfonsín, que para entonces hacía veinticinco años que trabajaba con mi hijo y gozaba de su plena confianza. Este abogado serio y austero, de unos sesenta años, de baja estatura y frente calva, había asumido un poder desmesurado en el seno de la Casa Real. Le nombré en 1995 secretario de Felipe, que en aquella época había terminado su formación militar y sus estudios superiores, y empezaba a tener su propio programa de actividades oficiales. Le consideraba un hombre eficaz, honesto y leal. Venía todas las semanas a mi despacho para mantenerme informado. Mucho más tarde me enteré de que inducía a mi hijo a que se distanciara de mí.

Yo había imaginado que ese 15 de marzo de 2020 tendría una reunión a solas con mi hijo, así que obviamente me molestó verle allí, entre nosotros. Para no agravar la situación, preferí callar. Mi hijo me entregó un papel. Leí la nota con atención.

—Este anuncio significa que me repudias... —dije mirando impasible a mi hijo—. No olvides que heredas un sistema político que yo forjé. Puedes repudiarme personal y financieramente, pero no puedes renegar de la herencia institucional que te sustenta. Y solo hay un paso entre ambas cosas. No respondió.

La vicepresidenta Carmen Calvo ha dicho que la carta tiene que publicarse tal cual —se apresuró a añadir Alfonsín, preocupado por la posibilidad de que yo pidiera alguna modificación.

[...]

Reconozco haber cometido errores. Me pusieron en la picota, sin contemplación alguna, sin un gesto de consideración. No volví a abordar ese tema con mi hijo, ni antes ni después de esa reunión. No estaba enfadado: trataba de preservar mi relación con él. Sabía que actuaba como Rey, persuadido de cumplir con su deber. También yo tuve que tomar decisiones dolorosas, difíciles de enunciar, y contrarias a mis sentimientos personales. Sé lo que se llega a sentir: un malestar, una molestia a la que uno se debe sobreponer.

[...]

Estaban convencidos de que así se protegían ante el escándalo que yo había provocado. Felipe actuaba como un jefe de Estado implacable para preservar el aura de la Corona. El Gobierno, una alianza de partidos de izquierda y de extrema izquierda republicana asociada con los independentistas, los cuales vulneraban constantemente las prerrogativas del Rey, debía de estar más que contento ante esta situación. La Corona de mi hijo se asienta sobre una base institucional de la que yo soy el padre. El artículo 57.1 de la Constitución es claro: «La Corona de España es hereditaria en los Sucesores de S.M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica». No descansa sobre varias generaciones de monarcas constitucionales; descansa sobre una sola, la mía. No es como el Reino Unido, que nunca conoció una república. Al repudiarme, temo que la Casa Real debilite la monarquía. Temo que ello suponga un golpe que resquebraje el zócalo y que, a la menor tempestad, lo haga vacilar. Aunque espero equivocarme.

Felipe es un hombre de su tiempo que sabe cómo responder a los deseos de ejemplaridad de su generación. Comprendo que, en tanto que Rey, debe marcar una distancia con respecto a mí. Pero he sufrido como padre. En esos momentos difíciles, sentía la necesidad de afecto y de apoyo familiar. Atacándome, no es a mi persona a la que se golpea, pues en el fondo desde ahora soy poca cosa, sino a la institución de la Corona. Denigrándola, se perjudica al Estado, a la unidad del país y a sus fundamentos democráticos.

El Gobierno actual parece alegrarse. En lugar de proteger el Estado, de trabajar respetando sus instituciones por la prosperidad y el desarrollo del país, ellos lo debilitan. Y eso que, al tomar posesión del cargo, el presidente del Gobierno y sus ministros prometen «por mi conciencia y honor cumplir fielmente con las obligaciones del cargo, con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución, como norma fundamental del Estado».

[...]

Salí del Palacio de la Zarzuela la mañana del domingo 2 de agosto de 2020. Sin avisar a nadie. Dejé la casa donde fundé mi familia, donde construí la democracia española, donde recibí a jefes de Estado de todo el mundo y a los presidentes de Gobierno de España. Como los intereses de la Corona deben estar siempre por encima de cualquier consideración personal, resolví marcharme. Tenía el corazón roto. Estaba abrumado como pocas veces lo he estado. Por supuesto que había cometido errores. Desde ese momento, fui objeto de una histeria mediática, un estorbo para el buen funcionamiento de la Corona y una vergüenza para mi hijo, el rey Felipe. No podía contar con ninguna ayuda de la Casa Real, de ninguna atención, ningún apoyo. Llevaba semanas dándole vueltas a esta decisión. No veía otra alternativa. Sigo sin verla ahora. (...) Seis meses antes de mi salida, mi hijo, que entonces llevaba seis años como Rey, me retiró la pensión —la pensión anual de un jefe de Estado jubilado— y escrituró ante notario la renuncia de mi herencia a favor de él y sus dos hijas. ¿Es eso legal? Todavía me lo pregunto. Poco importa.

Soy el único español que no cobra pensión después de casi cuarenta años de servicio y al que se le impide, en vida, dejar un legado a su hijo y a sus descendientes. Supongo que se trata de otro «privilegio» real añadido. Supongo también que él se enfrentaba a presiones del Gobierno y que actuaba, ante todo, como yo siempre le inculqué, para proteger los intereses de la Corona. Los escándalos que me rodeaban podían dañar su credibilidad. Yo sabía que había cometido errores en mi ámbito personal. Ser repudiado públicamente como Rey era comprensible. Pero fue un impacto doloroso para el padre que también soy. Me sentí solo ante los ataques de los medios de comunicación y ante el diluvio de noticias falsas.

[...]

Nadie sabía ni cuándo ni a dónde me iba. Ni mis hijos, ni mi mujer, ni mis amigos más íntimos. No tenían la menor idea. No quería imponerles la situación embarazosa de tener que guardar un secreto, ni causar barullo. Los pillé a todos desprevenidos, en plenas vacaciones de verano. Pensaba estar fuera como mucho dos meses, pero en realidad me iba a otra vida. Al enterarse mi hijo de mi repentina marcha, me llamó cuando yo ya estaba en el avión.

—¿Adónde vas, patrón? ¿A Londres?

Me llaman «jefe» o «patrón». No creo que tenga un carácter autoritario, pero sin duda refleja la organización piramidal de la Casa Real y de la Familia Real. Como muestra de respeto, mi hijo me llama así, aunque en privado sigo siendo «papá».

—No, hacia Abu Dabi.

—Cuídate.

Nada dijo para disuadirme. Fue nuestro último intercambio de viva voz antes de alejarme durante muchos meses. La Casa Real hizo pública entonces la carta privada que yo le había enviado. La había dejado sobre su escritorio antes de marcharme. Aún suscribo cada palabra.

Dos semanas después, la Casa Real reveló mi destino. Hubiera preferido que se mantuviera en secreto, pero, ante la presión de los medios de comunicación y el aluvión de especulaciones —me habían visto supuestamente en Santo Domingo, otros pensaban que estaba en Marruecos, y algunos me buscaban en Portugal ¡e incluso en Tailandia!—, desde el palacio anunciaron mi nuevo lugar de residencia. Nada de lo que me suceda después habrá de interesarles. Y los españoles lo desconocerán. Comenzaba una nueva etapa en mi vida, larga, discreta y solitaria. Una auténtica travesía del desierto, en todos los sentidos de la palabra. Pero eso aún no lo sabía...”


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS Creí durante años que Juan CDEL REY JUAN CA
NotaPublicado: 07 Dic 2025 06:46 
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Creí durante años que Juan Carlos era uno de los reyes "blancos". Ya sabéis, esa lista en la te encuentras un Fernando VI, un Carlos III y un Alfonso XII. Pero no, amigos. Estaba en la otra "lista", la de los que no saben estar a la altura de la propia aura que han proyectado en un tiempo en que, ya no lo dudo, le marcaban el tono personas muchísimo más talentosas.

Tú, yo, y millones de españoles que creímos en él. El problema es que nunca supimos la verdad de quién era Juan Carlos. Nos vendieron una moto institucional, con cerrojazo de prensa, para hacernos creer en un hombre que no existía.

No culpo a las mujeres periodistas que entrevistan a JC o a otros royals. Hacen su trabajo aunque no guste en determinados que sectores de la sociedad. La clave, como siempre está en los protagonistas de la historia - JC da entrevistas a quien le da la gana y le ofrece poder decir lo que quiere - la mujer que le entrevista (que no es idiota) sabe las consecuencias de las declaraciones.

He dicho muchas veces que JC es un narcisista de manual y con el tiempo, con lo que sabemos y sobre todo sus hechos, estoy más que segura Lo peor de JC no lo sabemos y tardaremos generaciones en saberlo.

No soy monárquica pero creo en la monarquía parlamentaria con estrictos controles institucionales para evitar que un rey/reina haga lo que le da la gana, como lo hizo JC porque los políticos miran hacia otra parte por amiguismos, incompetencia con su trabajo o es demasiado curro ponerle las "ies" a un rey, con los enormes problemas que eso conlleva a nivel institucional, si los partidos con más votos no se ponen de acuerdo.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 14:06 
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La justicia suiza llevaba investigando desde 2018 un ingreso de dinero realizado en 2008 en mi cuenta en la banca del país, y la justicia española había hecho lo propio. El Gobierno convirtió estas investigaciones judiciales en una caza de brujas, en un juicio moral que afectaba a todo mi reinado y a mi acción política. En noviembre de 2020 la fiscal general del Estado, anterior ministra de Justicia, convocó una rueda de prensa en la que me acusó sin pruebas de tener una cuenta bancaria no declarada en Jersey, un paraíso fiscal. Todo era falso, pero reavivó la maquinaria de rumores y sospechas que se había apagado un poco. La desinformación no tiene límites. Intentaron incriminarme por supuestas comisiones derivadas del contrato de construcción del tren de alta velocidad entre Medina y La Meca, «el tren del desierto». Era absurdo imaginar que el contratista saudí podría haber abonado un dinero con un año de antelación por un contrato que no se licitaría hasta 2009, y que ganaría en 2011 un consorcio de doce empresas españolas, imponiéndose a firmas francesas y alemanas.

Todo ocurrió así: yo estaba de visita privada en Riad en 2009, si no recuerdo mal. En uno de mis viajes en coche por una de esas anchas autopistas semivacías vi una gran carpa con la inscripción «Siemens» y las imágenes de un tren. Sorprendido, le pregunté al amigo que me acompañaba, miembro de la Familia Real saudí:

—¿Qué es esto? ¡Parece una feria de trenes!

—Siemens ha venido a presentar sus avances técnicos. Han traído incluso un vagón vacío. Estamos pensando en construir un tren de alta velocidad que una La Meca con Medina, pasando por Yeda, una distancia de casi quinientos kilómetros, para facilitar la llegada de los peregrinos y descongestionar el tráfico de las auto pistas. Ya estamos diseñando las estaciones.

Este proyecto de desarrollo me pareció muy interesante y de inmediato pensé en posicionar a España para esta iniciativa. Le hablé de la capacidad competitiva de Talgo y de nuestros trenes de alta velocidad que unen Madrid con Sevilla y Barcelona. Inmediatamente, llamé al director de Talgo y le pedí que me hiciera llegar una presentación de su empresa lo antes posible. Me envió por correo electrónico unos documentos muy pesados que no había manera de descargar. En aquella época, enviar este tipo de documentos era todavía complicado. El jefe de seguridad que me acompañaba, Vicente García-Mochales, se pasó toda la noche descargándolos para poder imprimirlos. A la mañana siguiente, se los envié al ministro de Transportes saudí junto a una nota mía en la que le pedía que tuviera en cuenta a España para la próxima licitación del primer tren de alta velocidad saudí. Antes de regresar a Madrid, cené con mi amigo, el rey Abdalá de Arabia Saudita, y le repetí que Talgo era una empresa pionera a la que tener en cuenta para aquel formidable proyecto. Un consorcio de doce empresas españolas, entre ellas nuestro operador nacional Renfe y el gestor de infraestructuras Adif, se puso manos a la obra para responder a esta licitación de más de 6.000 millones de euros. Una bendición para el país, que atravesaba una grave crisis económica. Frente a ellos, un tándem francés, Alstom-SNCF, respaldado por el primer ministro François Fillon durante uno de sus viajes oficiales a Riad y apoyado personalmente por el presidente Sarkozy. Una dura competencia.

Volví en viaje oficial a Arabia Saudita en 2011 para la firma del contrato, orgulloso de España y sus empresas. Era el reconocimiento de que éramos un país de referencia, con un modelo ferroviario competitivo y exportable. Me sentí el padrino de esta aventura, que había iniciado por casualidad. A pesar de las complicaciones y los retrasos, la línea se inauguró en 2018. En lugar de diez horas de viaje, el trayecto se reducía a dos, gracias a velocidades punta de 320 km/hora. Es el tren más grande de Oriente Próximo, capaz de soportar temperaturas de 50°C. Me emociona haber contribuido a ello. Ni siquiera las acusaciones infundadas de la prensa española me quitarán la satisfacción de haber formado parte de un proyecto del que todos los españoles deberían sentirse orgullosos. Las elucubraciones acerca de las supuestas comisiones han empañado un logro increíble: España se ha convertido en el campeón europeo de la alta velocidad ferroviaria por número de kilómetros instalados, superando a Francia. A nivel mundial, ¡solo China nos supera!

[...]

Los tribunales suizos archivaron su investigación el 13 de diciembre de 2021, seguidos por los tribunales españoles tres meses después. No se presentaron ni cargos ni pruebas incriminatorias contra mí. La fiscal general del Estado español tenía el expediente preparado en un cajón. Esperó varias semanas antes de hacerlo finalmente público presionada por los medios de comunicación, porque la información ya se había filtrado. Quizás seguía buscando razones para incriminarme.

Cuando se cerraba un frente, se abría otro. Hacienda revisaba todas mis cuentas, todos los regalos que pudiera haber recibido por parte de mis amigos e investigaba a los que me habían invitado a sus casas. Era una insaciable búsqueda de cualquier motivo para incriminarme. ¿Debía pagar impuestos por el jamón serrano que me ofrecía un tendero o por una cena en casa de un amigo? Me vi reducido a justificar todos los aspectos de mi vida, desde la compra de una camisa hasta el más mínimo viaje. Todo en mí se volvió sospechoso. La guinda del pastel: en diciembre de 2020, me enteré de que una antigua relación había interpuesto una demanda por presunto acoso y difamación ante la High Court de Londres, alegando grotescas fabulaciones dignas de una película de James Bond. No me libré de nada. Algunos imaginaron, tal vez, que me llevarían al límite; otros me veían ya destruido. Pero me mantuve firme. No cedí a las murmuraciones, defendí mi integridad.

He sido difamado por la prensa, por el Gobierno y por una antigua relación que con sus declaraciones extravagantes ha buscado mi ruina. También se me ha acusado de blanqueo de capitales, una imputación grave y del todo infundada, porque el origen de los fondos era perfectamente conocido. Nunca he negado que se tratara de una donación generosa, regalo del difunto rey de Arabia Saudita, Abdalá, un amigo, un «hermano», como se dice con respeto por estos lares. Ningún procedimiento judicial ha establecido mi responsabilidad, ningún tribunal ha dictado una condena en mi contra.

Muchas monarquías se benefician de la generosidad de las familias reales árabes, por no hablar de los políticos europeos. Es algo que no me excusa, pero sí coloca esta donación en su contexto. Incluso un beduino en medio del desierto recibe a un forastero con prodigalidad y comparte su pan con el visitante. Rechazar un regalo se consideraría una ofensa, una declaración pública de hostilidad. Nuestras normas occidentales, que recientemente han evolucionado hasta convertirse en códigos estrictos, no pueden compararse con las suyas.

En 2011, su alteza el jeque Mohamed bin Zayed, de los emiratos árabes Unidos, nos regaló a mi hijo y a mí dos coches Ferrari, entre los doscientos que ofrecían a sus amigos de todo el mundo. Patrimonio Nacional se opuso y los sacó a la venta, prácticamente nuevos. El primer intento, en 2015, fue infructuoso, y terminó en 2017 en una subasta de derribo. Los beneficios se transfirieron a la administración pública. El príncipe heredero emiratí vivió esa operación como una afrenta, pues no entendía que un Estado pudiera revender un regalo personal. Era una forma de rechazar su obsequio y, por tanto, su amistad. Y no debemos olvidar que las monarquías del Golfo son inversoras de primer orden en nuestras economías europeas. La cortesía de nuestros códigos culturales no se corresponde para nada con la de ellos. Y más teniendo en cuenta que, desde hace miles de años, los reyes se hacen regalos como gesto de amistad, alianza, de ayuda mutua y de lealtad. Es una manera de demostrar la preeminencia, de afianzar una solidaridad. Es parte de una forma de diplomacia, tanto como los matrimonios, las uniones políticamente útiles, a veces entre hijos o primos. Una aberración a nuestros ojos, que solo entienden los matrimonios por amor. Incluso ahora, en los viajes oficiales, los jefes de Estado siguen haciéndose regalos, que desde hace poco en Europa se catalogan y no superan una determinada suma. Reflejan el saber hacer nacional y son una señal de buena voluntad. Los dones y contradones están en el centro de las relaciones entre países. Puede parecer arcaico, incluso inmoral, pero tradicionalmente sigue siendo ineludible.

Yo tenía una carta oficial del Ministerio de Finanzas saudí que certificaba sin reservas que se trataba, efectivamente, de una donación. Puedo asegurar que se realizó sin contraprestación alguna, en nombre de una amistad de cuarenta años, de la solidaridad entre realezas, de la prodigalidad desinteresada que caracteriza a los dirigentes árabes. Admito que cien millones de dólares son una suma enorme. Me habrían permitido atender las necesidades de mi esposa, Sofi; de mis dos hijas, Elena y Cristina, y de sus seis hijos, recientemente excluidos de la Familia Real, y no tener que preocuparme por mi jubilación lejos de la vida oficial española, en una casa en el extranjero de la que habría sido propietario.

[...]

Quería dejarle todo el protagonismo a mi hijo y llevar una vida libre, autónoma y discreta, sin depender de la Casa Real. Sabía que mi hijo no iba a ocuparse de sus padres ni de sus hermanas. Yo siempre me he sentido responsable y a cargo de mis parientes, en el sentido más amplio, en tanto que cabeza de familia de nuestra organización piramidal, y por mi carácter protector. Para mí es una cuestión de honor proteger a los que me rodean. Históricamente, los reyes han actuado así, no solo los reinantes, como mi abuelo Alfonso XIII, sino también los exiliados, como mi padre, don Juan, con respecto a sus familiares. Seguramente es herencia del carácter paternalista y feudal de la Corona. En mi caso, quizá haya, además, una pizca de culpabilidad por haber impuesto a mis hijas una vida sometida a las exigencias de la Corona sin imaginar que un día, con más de cincuenta años, quedarían excluidas. Representar a la monarquía les daba un estatus y una compensación económica proporcional a sus actividades. De repente, debido a la reconfiguración de la Familia Real decidida por mi hijo, mis hijas debieron cambiar de vida y yo tuve que apoyarlas, sobre todo porque sus respectivos maridos ya no podían hacerlo: uno estaba atrapado en problemas legales y el otro, tras un derrame cerebral, carecía de perspectivas profesionales prometedoras.

Mis padres y mis dos hermanas recibían trato de altezas reales y de vez en cuando asistían a los actos oficiales, pero nunca se alojaron en un palacio oficial de Patrimonio ni recibieron una pensión asociada a su rango protocolario. Llevaban vidas completamente independientes, al margen de la Casa Real. Pero de mis hijas y sus hijos me siento aún más responsable. Por suerte, Elena y Cristina fueron las primeras infantas con estudios universitarios y carrera profesional. Desde muy jóvenes quisieron emanciparse y vivir de acuerdo con su generación. Aunque yo seguía viéndolas como madres solteras que necesitaban protección.

[...]

Hoy en día se nos exige total transparencia y que nuestras cuentas sean auditadas. Hace treinta años, eso no importaba a nadie. Hoy tenemos que justificarlo todo. Este no es el mundo en el que yo crecí. Obviamente, debemos respetar las nuevas normas. Y, por supuesto, debería haber declarado mi dinero en Suiza.

Durante una relación que se volvió tóxica para mí, me dejé cegar. Cometí la debilidad de depositar mi confianza en empresarios que me habían presentado y ceder a lo que ahora percibo como presiones. Me encontré en medio de un embrollo financiero que escapaba a mi control. Lo lamento amargamente. Muchos hombres se han mostrado débiles bajo la influencia de este tipo de mujeres. Nuestros errores nos revelan humanos. Me arrepiento y sigo pagando un alto precio por ello. Soy consciente de que he decepcionado. Ninguna institución es irreprochable, ni tampoco ninguno de sus miembros. Esta confesión de debilidad reavivará sin duda las críticas. Pero, si no puedo admitir mis errores, ¿qué esperanza tengo de reconciliarme con los españoles?

Reconozco que, durante mi reinado, me rodearon algunos empresarios poco escrupulosos que actuaron en mi nombre, pero sobre todo en su propio beneficio personal. Traicionaron mi amistad y mi confianza ciega. Me implicaron en chanchullos de los que no tenía conocimiento. Se presentaron de forma indebida como mis intermediarios, para enriquecerse. Bajé la guardia por exceso de confianza. También por ingenuidad. Preferí olvidarlos antes que meditar mi decepción. Carece de sentido enumerarlos; algunos pagaron más que otros, incluso acabaron en la cárcel. Intentaron implicarme para defenderse, para manchar mi imagen, pero era pura calumnia. Estoy enfadado conmigo mismo por entregar mi simpatía con demasiada espontaneidad, por permitirles tener acceso a mis contactos. El poder atrae a aprovechados y aduladores, y no fui lo suficientemente desconfiado. Pensé que mi instinto me alertaría, pero reconozco que se aprovecharon de mí. Sin duda me cegué, sin duda no escuché las advertencias. Fui engañado y estafado. Como ante cualquier herida, ante cualquier decepción íntima, me encierro en el silencio. No tiene sentido ahondar en la amargura.

[...]

No soy un hombre de dinero, como afirman algunos. No tengo formación ni conocimientos en la materia. En el seno de la familia rara vez abordamos el tema. Íbamos justos y a veces nos avergonzaba. Existe una famosa anécdota que he repetido muchas veces que demuestra que realmente no he tenido sentido empresarial, y no lo he tenido desde niño. Tendría cinco o seis años cuando hice el primer mal negocio de mi vida. Fue en Lausana. Un español que fue a visitar a mi padre me regaló una estilográfica de oro. No lejos del Hotel Royal, donde vivíamos, había una tienda de dulces y chocolates. Como nunca tenía un céntimo en el bolsillo, tuve la brillante idea de ir a ver al portero del hotel para enseñarle mi pluma. «Esto es oro», le expliqué, «¿cuánto me das?». El portero me dio cinco francos. Le di mi bolígrafo y corrí a la tienda a comprarme una gran cantidad de caramelos. Cuando mi padre se enteró, fue a ver al portero, le dio diez francos y se llevó el bolígrafo. Me dijo muy severamente: «Me has hecho perder cinco francos», y me castigó. Me di cuenta de que la gula era mala consejera.

Mi padre vivió gracias a la generosidad de las familias monárquicas. El patrimonio dejado por Alfonso XIII era limitado, y se repartió entre todos sus hijos. Mi padre nunca fue un buen inversor, nunca se interesó por incrementar su capital ni por el rumbo de sus negocios. Él no se ocupaba de esas cosas. Tal vez lo desdeñaba. Controlaba sus gastos con rigor y se permitía pocos lujos, pero debía mantener su estatus. En aquella época, parecía normal que la aristocracia cuidara de «su Rey». El fisco español no les pedía que lo justificaran. Hoy, incluso los amigos que me han hospedado en su casa deben rendir cuentas de todo: el vino y la comida consumidos, los nombres de los invitados... como si yo fuese un peligroso fugitivo cuyos movimientos fueran objeto de especulaciones delirantes. Y quienes me ayudaron a reunir la suma exigida por Hacienda para hacer frente a mi deuda tributaria en febrero de 2021 lo hicieron ante notario, en forma de préstamo a corto plazo que tendré que devolver. No hubiera sido posible hacerlo desinteresadamente. ¡Y luego muchos de ellos fueron sometidos a una inspección fiscal! Me eduqué en un mundo donde el dinero fluía de forma más sencilla, donde las donaciones y los regalos para mantener a nuestra familia eran lo habitual. Donde el apoyo personal, cara a cara, era espontáneo.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 14:27 
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Registrado: 22 Abr 2015 17:57
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¿Qué pasa? ¿Las Infantas Elena y Cristina no pueden mantenerse a sí mismas? ¿Son mujeres sin trabajo, dinero y bobas? Casadas o no, ambas tienen buenos trabajos y sueldos.

“Madres solteras que necesitan protección” es una frase cavernícola. :roll: También lo es desdeñar a Jaime de Marichalar por su enfermedad y decir que debido a ello no tiene salidas profesionales. ¿Cómo que no? Qué feo.

Creo que en ese concepto arcaico de Pater Familias radica parte del problema. El Rey no está para servir a los miembros de la Familia Real, sino que esos miembros son los que deben servir al Rey y hacer todo lo posible por facilitarle su labor. Si no la facilitan, puerta. ¿Qué opinará de la contundencia de Carlos III con su hermano Andrés, retirándole todos sus títulos y la casa? Ningún rey había llegado a tanto en este siglo, ni siquiera el nuestro.

Parece que todas las Casas Reales europeas han asimilado que las medias tintas no son buenas, que la proliferación de miembros a costa del contribuyente supone un peligro imposible de controlar y que los errores se pagan caro. Margarita, Harald, Carlos, Felipe (Bélgica)… Todos, en mayor o menor medida, han tenido que tomar decisiones combativas.

De igual modo, tiene un concepto de propiedad sobre la Corona que parece propio de la era isabelina o absolutista. La Corona sireve al pueblo no al revés. El Rey la cuida, la protege, la convierte en una institución útil, pero no es de su propiedad, pertenece a los españoles.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 15:20 
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Registrado: 01 Oct 2023 19:43
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Por Dios, todo lo que dice siempre es desde una perspectiva de víctima, como quién se encuentra los problemas de sopetón y no que sean consecuencias de sus acciones.

Cada vez que habla de que sus delitos no fueron juzgados porque no se encontraron pruebas o presentaron cargos se olvida del hecho esencial de que era inviolable...


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 20:07 
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Registrado: 17 Feb 2008 20:47
Mensajes: 18584
Uf...
Lo primero: agradecimiento a Clara, por haberse tomado el tiempo e interés y mimo de extractar todos esos párrafos del libro. Hace falta ponerse a ello...echarle ganas...y es muy de agradecer.

Después de dos lecturas consecutivas, mi impresión es que Juan Carlos trata de retratarse a sí mismo, y ojo que quizá también ANTE sí mismo, como "un gran señor de OTRO tiempo". Si os fijáis, insiste, de una manera u otra, en que se crió en un mundo en el que un rey -incluso uno que ni hubiese llegado a coronarse ni a sentar las posaderas en trono, como su padre- vivía, sí o sí, "a cuerppo de rey". Era "lo suyo", su derecho divino, su derecho por herencia de siglos. ¿No es normal que la aristocracia se ocupe de cubrirte si vienen mal dadas?¿No es normal que otros monarcas que literalmente pueden considerarse más ricos que Creso te hagan a tí, su hermano, regalos de un valor inmenso?¿No es normal que tu corte de amigos acepten sostenerte, mantenerte, llevarte en volandas, aunque hayas caído en desgracia?¿No es normal que los tuyos te consideren "el patrón" porque es tu prerrogativa cuidar de ellos y saben que a tu sombra no les van a faltar empleos amañados para medio justificar un altísimo nivel de vida, ni black cards, ya puestos? A ver...me bajo el monóculo...¿No es normal?

Quiere -sospecho que como todos los que preparan una autobiografía- situarse a sí mismo en una posición en que toda su autoapreciación y autoindulgencia, compartida con la recua de "pelotas" que siempre le han rodeado, parezca "lo normal". Pues bien: seguro que colaba en el siglo diecinueve, pero es que ya estamos en el siglo XXI. No ha debido enterarse de eso.

Otra cosa, una idea que me brota: ya hubiera querido Felipe tener de padre a don Juan. Al menos don Juan se comió su sentimiento de haber sido vendido en almoneda por su hijo y sus celos. Se cuadró, pronunció un Majestad, por España y se dedicó a vivir muy muy bien en Puerta de Hierro. Sin tocar los perendengues a nadie, añado.


Última edición por Minnie el 07 Dic 2025 21:33, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 20:24 
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Registrado: 27 Abr 2020 10:14
Mensajes: 3236
Gracias Clara por traernos estos extractos.

Sobre las referencias a su padre, el conde de Barcelona. Hizo que su padre le cediera sus derechos dinásticos de tapadillo en una ceremonia cutre, como si fuera un don nadie. Y después, su padre se puso al servicio de su hijo, sin dar disgustos y sin creerse el centro del universo. Podría aprender un poco de la actitud que mantuvo el conde de Barcelona.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 20:43 
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Registrado: 25 Jul 2009 07:22
Mensajes: 4919
Ubicación: Utrecht, Países Bajos
Creo que es hora de sacarle lustre a la figura del Conde del cual se dijeron muchas cosas, que su madre Doña María tuvo que poco menos que calmarlo para no perder la corona y que obligó a JC a tragarse muchos sapos pero la verdad, con los años pasados y un rey jubilado a la fuerza quizá tenía mucho para aprender de sus padres. Dignidad y SILENCIO ante todo, que la institución no se mancha. Podría haberse ido por la puerta grande de la historia y dejar a los biógrafos en un par de décadas que encuentren parte de la basura pero no, no nos dio el gusto.

_________________
"Ma fin est mon commencement,
et mon commencement ma fin".


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 07 Dic 2025 20:58 
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Registrado: 03 Mar 2008 16:43
Mensajes: 5963
Se me hace insoportable, de verdad. La vergüenza me refiero. Horrible. No nos merecíamos aquello ni mucho menos esto ¿No podemos descansar ya?¿No acabará nunca?

Don Juan, conde de Barcelona, espero que no llegaras a imaginar nada de esto cuando aún vivías. Qué bochorno.


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